La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano Capítulo 14
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Capítulo 14

El plano del almacén de los Varriale ocupaba todo el escritorio de la oficina del puerto, sujeto en las esquinas por cuatro tazas de café frío.

Ciro lo había conseguido a través de un ingeniero del ayuntamiento que le debía dinero a todo el mundo. Dos pisos, un muelle de carga que daba al agua, un portón corredizo al frente y una puerta de servicio en la parte de atrás que daba a un callejón.

Los Varriale guardaban ahí adentro lo que no podían guardar en ninguna otra parte. Y el muchacho de Salvatore, el cobrador, dormía en un cuarto encima de la oficina, con dos hombres en la planta baja y un perro atado en el portón.

—Un perro —dijo Riccardo.

—Pitbull. Viejo. Le ladra a todo. —Ciro señaló el portón con la punta del bolígrafo—. Por eso entramos por el muelle.

Riccardo pasó el miércoles y el jueves en ese escritorio.

Nombres, horarios, rutas. Quién iba en cada auto.

Quién se quedaba en el callejón. Quién subía la escalera de metal hasta el cuarto del cobrador.

Quién no volvía si algo salía mal, porque en todas las noches así había alguien que no volvía, y era mejor saber de antemano quién.

Hacía eso desde los dieciséis años. Sabía hacerlo con los ojos cerrados. La mano no le temblaba, la voz no le cambiaba, la cabeza se le quedaba fría y clara como agua de pozo.

Era la primera vez que, en medio de la planificación, se detenía y pensaba en otra cosa.

En una silla de plástico, en el patio de una escuela.

En un perro dorado echado a los pies de dos personas que no se miraban.

En una biblioteca cerrada por dentro, en un escritorio que había sido de su padre, en un cuerpo arqueado sobre los papeles y una voz que decía no pares.

En el elástico roto que seguía en el bolsillo de la chaqueta.

—Riccardo.

Levantó los ojos. Ciro lo observaba desde el otro lado del escritorio.

—Te pregunté si entras o te quedas en el auto.

—Entro.

—Tú nunca entras. Hace diez años que no entras.

—Esta vez, entro.

Ciro no discutió. Anotó algo en el margen del plano y no volvió a levantar los ojos.

—¿Y la casa? —preguntó, después de un rato—. Con doce hombres en Secondigliano, queda poca gente en Posillipo.

—Se quedan los nuevos. —Riccardo señaló la lista—. Todo el turno de la tarde dobla a la noche. Dos en el portón, dos en el jardín, uno en el pasillo de arriba.

Ciro recorrió la lista con el dedo y se detuvo en un nombre.

—¿Tonino en el jardín?

—Le cae bien el perro. —Riccardo se encogió de hombros—. La niña no huye de él. Es el único de los nuevos del que no huye.

Ciro se quedó mirando el nombre un instante más y después tachó algo al lado, que Riccardo no alcanzó a ver qué era.

*

El jueves por la noche, se sentó en el pasillo como siempre.

La puerta de Nina estaba entornada. Adentro, la lámpara de luna, y la sombra del perro atravesada en la alfombra. Oyó la respiración de la niña volverse lenta y regular alrededor de las once, y después oyó a toda la casa dormirse alrededor, pieza por pieza.

A la una y media, ella gritó.

No era una palabra. Era un sonido agudo, arrancado, que subió y se cortó a la mitad como si alguien le hubiera tapado la boca. Riccardo ya estaba de pie antes de que el sonido terminara. El perro ladró, una vez, fuerte, un ladrido que él nunca le había oído a ese animal.

Se detuvo en la puerta.

No podía entrar. La última vez que había entrado, en mayo, ella se había encogido contra la pared con los ojos abiertos. Él era una de las cosas de la oscuridad que le daban miedo. Lo sabía desde hacía cinco meses y lo respetaba como respetaba muy pocas cosas en la vida.

Adentro, Nina sollozaba, sentada en la cama, con las dos manos aferradas al pelaje del perro. Orso se había subido al colchón, cosa que nunca hacía, y estaba echado pegado a ella, con el hocico en su hombro.

Ella levantó los ojos. Vio a su tío en la puerta.

Riccardo esperó a que se encogiera. A que se volviera de piedra, como se volvía cuando su auto entraba por el portón.

No se volvió.

Se quedó mirándolo, con la cara mojada y la boca temblando. Después sacó una mano del pelaje del perro y la tendió, en el aire, hacia la puerta.

Él no entendió. Se quedó quieto, sin aire.

La mano siguió tendida. Pequeña, abierta, temblorosa.

Riccardo entró. Despacio, como quien entra en un cuarto donde hay un animal herido. No se sentó en la cama. Se arrodilló en la alfombra, a su lado, a la altura de sus ojos, y tendió su propia mano, abierta, sin tocarla.

Nina se agarró.

No le agarró la mano entera. Le agarró la muñeca. Cerró los dedos alrededor de su muñeca, con fuerza, y se quedó así, con los deditos quietos sobre las venas, y apretó, como quien aprieta para estar segura de algo. No le quitaba los ojos de la cara.

Él no se movió. No habló. Dejó que su sobrina le sostuviera la muñeca en la oscuridad con la fuerza de una niña de siete años, que es mucha más fuerza de lo que parece.

Poco a poco, la respiración de ella se fue calmando. Los sollozos se volvieron suspiros. Los ojos le pesaron. Se volvió a acostar, de lado, con Orso a la espalda y la mano todavía cerrada en la muñeca de su tío, y se durmió.

Riccardo se quedó arrodillado.

Al cabo de un rato, empezaron a dolerle las rodillas, y se sentó en la alfombra con la espalda contra la cama, el brazo estirado hacia arriba, la muñeca atrapada por la mano de ella. No la retiró. No la iba a retirar ni aunque se le cayera el brazo.

Cuando levantó los ojos, Chiara estaba en la puerta.

Descalza, con la sudadera, con el pelo suelto. Había oído el grito, el ladrido. Cuánto tiempo llevaba ahí, él no lo sabía. Miraba la mano de Nina cerrada en su muñeca con una cara que él no supo leer, la cara de quien ha visto algo mucho más grande de lo que parecía.

No entró. Se llevó la mano al pecho, un instante. Después se dio la vuelta y se fue por el pasillo sin hacer ruido.

Él pasó el resto de la noche en el suelo, con el brazo dormido, sin poder dormir, y sin querer.

*

El viernes por la mañana, Nina bajó a desayunar.

No pasaba desde abril. Comía en su cuarto, cuando comía, de la bandeja que Assunta le dejaba en la puerta. Esa mañana, a las siete y diez, apareció en la puerta de la cocina con el uniforme, con el perro detrás, y se quedó quieta, con los ojos en su tío, sentado a la mesa con la taza en la mano.

Riccardo no se movió.

Assunta, junto a los fogones, se quedó con la cuchara en el aire.

La niña cruzó la cocina, tiró de la silla del otro lado de la mesa, frente a él, y se subió. Assunta le puso delante una taza de leche sin decir nada, con la mano temblándole un poco. Nina sostuvo la taza con las dos manos y bebió sin quitarle los ojos a su tío, por encima del borde.

Le miraba la cara. Después las manos. Después la muñeca izquierda, la que ella había sostenido, donde todavía quedaba, si alguien miraba de cerca, la marca pálida de cuatro deditos.

Él dejó la taza en la mesa, cerca de la de ella, y no dijo nada.

Se quedaron tomando café y leche en silencio, uno frente al otro, durante doce minutos.

Assunta los contó. Después fue a contárselo a Chiara, con el delantal todavía puesto y los ojos húmedos, como quien cuenta un milagro en el mercado.

*

El viernes, a las seis de la tarde, ella entró en el garaje sin llamar.

Él estaba junto al auto, con el maletero abierto, revisando lo que no hacía falta revisar. Ella cerró la puerta lateral detrás de sí.

—No vaya mañana —dijo.

Riccardo cerró el maletero despacio.

—¿Cómo sabe lo de mañana?

—Los oí a usted y a Ciro el martes. En el rellano. Yo estaba en el pasillo.

—Usted siempre está en el pasillo.

—No vaya —repitió ella—. Mande a sus hombres, si tiene que mandarlos. Pero no vaya con ellos.

—Dejaron una foto de mi sobrina en mi auto.

—Lo sé. Vi la foto. —Dio un paso—. Por eso mismo. Si usted entra en ese almacén y no sale, ¿quién se queda con ella? ¿La abuela? ¿Ciro?

—Soy muy difícil de matar.

—Gennaro también creía que solo iba a recoger a una niña a la escuela.

Eso dio en el blanco. Él vio en sus ojos que ella sabía que iba a dar en el blanco y lo había dicho de todas formas.

—¿Por qué le importa tanto? —preguntó él—. Su contrato se termina dentro de seis semanas. Si yo no vuelvo, usted escribe el informe y se va.

Ella se quedó callada. Abrió la boca. La cerró.

Él lo vio. Vio que había una respuesta ahí, una respuesta de verdad, y que ella la retenía detrás de los dientes con la misma fuerza con que Nina le había sostenido la muñeca la noche anterior. No sabía qué era. Sabía que ella no la iba a decir.

—Porque vi la cara de ella anoche, cuando se agarró de usted —dijo Chiara por fin, y la voz le salió distinta—. No me pida que le explique más que eso.

Estaban demasiado cerca otra vez. El garaje era pequeño, olía a aceite y a caucho, y ella estaba apoyada en el auto, y él estaba a un paso, y los dos se acordaban de la biblioteca. De la llave girada. Del escritorio. Él le vio la boca. Ella vio que él se la veía.

—Después de la biblioteca —dijo él, en voz baja—, todavía me hablas de usted.

—Sobre todo después de la biblioteca.

Él dio el paso. Apoyó una mano en el techo del auto, junto a la cabeza de ella, y ella no se escabulló de debajo de su brazo. Levantó la barbilla.

Él la besó, y ella lo dejó. Más que dejarlo: abrió la boca, lo atrajo por la camisa, y todo lo que se había quedado guardado durante cuatro días de pasillos y de miradas esquivadas en la cocina subió de golpe.

La mano de él bajó por el costado de su cuerpo, por la cintura, por debajo de la sudadera, y encontró la piel caliente de la espalda, y ella contuvo la respiración contra su boca.

Fue ella la que se detuvo. Pero no porque quisiera detenerse.

Le puso la mano abierta en el pecho. No empujó. La dejó ahí, sobre el corazón, donde él había guardado la foto doblada el martes.

—Si vas mañana —dijo, con la respiración entrecortada—, no me vuelvas a tocar.

Él se quedó inmóvil.

—No es un chantaje. —La voz le tembló, y ella la dejó temblar—.

Es que no lo aguanto. No aguanto quedarme en esta casa contando los minutos hasta que alguien llame para decir que el capo de los Celano no salió de ese almacén.

Perdí a un hombre por un día de trabajo cuando tenía ocho años.

No voy a perder a otro porque él eligió ir.

La mano de ella le apretó la camisa, apenas.

—Es lo único que te estoy pidiendo.

Él puso la mano encima de la de ella. Se quedó así un instante, las dos manos sobre su pecho, el corazón latiendo debajo de las dos. Rápido. Él sabía que ella lo sentía.

—Voy a ir —dijo.

Ella retiró la mano. Lo miró un largo rato, con algo en los ojos que él no quiso nombrar, y salió del garaje sin decir nada más.

Riccardo se quedó con la mano en el pecho, donde había estado la de ella.

Pensó en la silla de la fiesta. En la muñeca.

En la leche tomada en silencio al otro lado de la mesa.

Pensó que la niña había empezado a mirarlo de otra manera esa semana, y que él no sabía por qué, y que Chiara sí lo sabía.

Estaba seguro de que Chiara lo sabía. Y que eso era lo que no le había dicho.

Pensó también en la foto, en el bolsillo de la camisa, y en el hombre que la había dejado en el parabrisas, dentro de su muro, para decirle que llegaba a la niña cuando quisiera.

Volvió a abrir el maletero y siguió revisando, una por una, las cosas que no hacía falta revisar.

*

El celular sonó a las once de la noche, en el despacho.

—El juez decidió hoy, antes del plazo —dijo la abogada, sin saludar—. Tomó el segundo informe de Bassi, el de la niña que solo habla con el perro, y la petición urgente de los Montefusco, y no esperó al otro viernes.

Riccardo apretó el celular en la mano.

—¿Y?

—Aceptó adelantar la audiencia, señor Celano. —Una página que pasaba—. La audiencia ya no es dentro de seis semanas. Es dentro de tres.