Capítulo 13
Nina no habló con el perro en todo el martes.
Chiara lo vio desde temprano. La niña volvió de la escuela al mediodía con los cuatro hombres y subió directamente a su cuarto, con Orso detrás.
Se sentó en la alfombra con la espalda contra la cama.
El perro se echó a su lado, con la cabeza en su regazo, como siempre.
Y ella se quedó ahí, de cara a la pared, con la mano quieta encima de él.
No movía los labios. No susurraba. Ni siquiera a él.
A las tres de la tarde, Chiara pasó por delante de la puerta entreabierta por cuarta vez.
Vio a Orso levantar la cabeza y apoyarle el hocico en la barbilla a la niña, como hacía con los niños del hospital cuando lloraban sin ruido. Nina apartó la cara. No con rabia. Con cuidado. Como quien se aparta de una persona a la que ya no puede contarle las cosas.
Oyó.
Chiara apoyó la espalda en la pared del pasillo y cerró los ojos.
Riccardo tenía razón. Había visto la mano de la niña detenerse en el pelaje, en la terraza, en el momento en que ella le dijo habla al hombre del juzgado. Y Nina había entendido exactamente lo que eso significaba: que el perro no era una caja fuerte. Que alguien escuchaba del otro lado.
Arreglarlo sola. Lo había dicho en la biblioteca, de espaldas a él, con la falda todavía torcida, como si supiera cómo.
No sabía cómo. Solo sabía lo que no podía hacer: pedirle perdón a la niña, explicarle, prometerle. Cualquier palabra dirigida a Nina iba a confirmar que había un adulto metido en aquello.
A las cuatro, después de pasar una hora sentada en el jardín sin que se le ocurriera nada mejor, entró en el cuarto sin llamar, como quien va a buscar otra cosa. Se sentó en la alfombra del lado opuesto de la cama, lejos, de cara al perro, no a la niña. Y habló con él.
—Ayer le conté a un hombre que eres el que mejor escucha en esta casa —dijo, bajito, con la mano tendida hacia Orso, que se acercó a olfatearla—. Solo eso. Que alguien conversa contigo. No le conté qué. Nunca voy a contar qué.
Orso le lamió los dedos y volvió al regazo de Nina.
—Lo que alguien te cuenta es tuyo —siguió Chiara, para el perro, y solo para él—. No es mío. No es del hombre. No es de nadie. Tú lo guardas. Yo sé que lo guardas.
Se levantó y salió sin mirar a la niña. No sabía si las palabras habían llegado adonde tenían que llegar. Solo sabía que se las había dicho al único oyente en quien Nina todavía confiaba, y que a veces así era como las cosas pasaban: de costado, nunca de frente.
En el pasillo, se detuvo del lado de afuera de la puerta, con el corazón en la garganta, y esperó. Un minuto. Dos.
Adentro, muy bajo, el roce de alguien que se movía en la alfombra. Y después nada.
No sabía si había funcionado. No sabía si lo había empeorado. Bajó al jardín porque ya no aguantaba quedarse quieta en ese pasillo.
Abajo, lejos de la puerta, el cuerpo le recordó lo que había empujado al fondo todo el día.
El escritorio del padre de él contra la parte de atrás de los muslos.
Su voz diciendo mírame. Se sentó en el banco de piedra y se apretó las manos entre las rodillas hasta que se le pasó, y fue entonces cuando vio el cielo.
*
Riccardo no volvió para la cena.
—Llamó a las siete —dijo Assunta, y puso en la mesa de la cocina solo dos platos, el de Chiara y el de Nina, que Nina no bajó a comer—. Está con Ciro en el puerto. Dijo que no lo esperaran.
Assunta se quedó quieta un instante con la fuente en la mano y los ojos en la ventana, en el cielo inmóvil sobre el golfo.
—Cuando no cena en casa y se queda con Ciro hasta tarde —dijo, a nadie—, al día siguiente alguien no se despierta.
Se santiguó, rápido, como en la puerta de la perrera, y volvió a la cocina.
*
La tormenta llegó del mar a las nueve de la noche.
No hubo aviso.
El día había sido bochornoso, quieto, con el aire espeso de quien contiene la respiración.
A las nueve el viento cambió de golpe y todo el golfo se puso negro. El primer trueno estalló sobre Posillipo con tanta fuerza que los vidrios de la casa temblaron en los marcos. Después vino la lluvia, de costado, y golpeó las ventanas como puñados de grava.
A las nueve y veinte, se cortó la luz.
Chiara estaba en su cuarto, al final del pasillo. Oyó el chasquido seco de los disyuntores y, enseguida, el silencio eléctrico de la casa entera: el refrigerador allá abajo, el aire del pasillo, el zumbido bajo que nadie nota hasta que se detiene. Todo se detuvo.
Y entonces pensó en la lámpara.
La lámpara con forma de luna, en el cuarto de Nina, encendida toda la noche desde abril. Assunta se lo había contado el primer día: la niña no dormía a oscuras. Nunca. Ni un minuto.
Chiara encendió la linterna del celular y salió descalza al pasillo.
Conocía esa oscuridad.
No ese pasillo: otro, en un apartamento pequeño de Pastena, con olor a humedad y a vela, el invierno en que ella no hablaba.
Tenía ocho años y dormía con la luz del pasillo encendida, y una noche de tormenta se cortó la luz, y ella se quedó sentada en la cama con la boca abierta, en un grito sin ningún sonido, hasta que su madre se despertó sola, por instinto, y vino.
La puerta del cuarto de Nina estaba entornada, como venía quedando desde que el perro dormía ahí. Apagó la linterna antes de acercarse. Se detuvo afuera, en la sombra, con la espalda pegada a la pared.
Un relámpago llenó el pasillo de blanco durante medio segundo.
Por la rendija, vio el cuarto entero, como una fotografía: la cama vacía, la lámpara apagada en la mesa de noche y, en el rincón entre el ropero y la pared, una forma acurrucada.
Nina, sentada en el suelo con las rodillas contra el pecho.
Y Orso echado alrededor de ella, con el cuerpo dorado curvado entero, como una pared que respira.
Después otra vez la oscuridad. Y el trueno, tan cerca que Chiara lo sintió en el estómago.
Adentro, la niña soltó un sonido. No una palabra. Un gemido fino, de animal, que se cortó a la mitad.
Chiara no entró. No podía entrar. Si entraba, sería un adulto más en la oscuridad, y era de la oscuridad con adultos de lo que Nina tenía miedo.
Se quedó. Con las manos abiertas contra la pared fría y los dientes apretados, se quedó.
Entonces llegó la voz.
Casi sin sonido, ronca de llanto contenido. Le hablaba al perro. Chiara tuvo que contener la respiración para oírla por debajo de la lluvia.
—No ladres —decía Nina—. No ladres, Orso. Él dijo que no se puede hacer ruido.
El perro se quedó inmóvil.
—En el cuarto que se mecía. Él lo dijo. Que yo no podía hacer ruido. Y que no podía contar nada. —Un sollozo tragado—. Que si lo contaba, a cualquier persona, él se iba a enterar. Que él siempre se entera.
El trueno rodó lejos, hacia el Vesubio.
—Y si lo cuento —la voz se volvió tan fina que casi desapareció—, el tío Riccardo se muere.
Chiara cerró los ojos. Se deslizó por la pared hasta sentir el suelo frío debajo y se quedó ahí, agachada, con la mano tapándose la boca.
—Él lo dijo. Que iba a hacer que el tío Riccardo se muriera igual que papá. Y que mamá. Y que Gennaro. —Nina apretó la cara contra el pelaje—. Por eso no hablo, Orso. Por eso no puedo. Si hablo, él se muere. Yo no quiero que se muera.
Hubo un silencio largo. La lluvia golpeando la ventana. El perro respirando.
—Tú no lo cuentes —dijo Nina, bajito—. Prométeme que no lo cuentas.
Orso soltó un suspiro largo y le apoyó el hocico en la mano.
*
Chiara se quedó contra la pared sin saber cuánto tiempo.
Todo se le reacomodó en la cabeza de golpe, como un rompecabezas que alguien pone boca abajo y las piezas caen solas en su lugar.
La niña que huía de cualquier auto en el portón.
Que miraba a su tío a través del seto, por la ventanilla del auto, desde la primera fila de una fiesta, con esos ojos fijos.
Chiara había leído miedo en esa mirada. No era miedo.
Era vigilancia. Nina no huía de Riccardo. Nina comprobaba que siguiera vivo.
Y el silencio no era una herida. Era un escudo. Una niña de siete años sostenía la vida de un hombre adulto con la boca cerrada, desde hacía cinco meses, sola, a oscuras.
Y Chiara se había pasado dos semanas intentando que esa boca se abriera.
Si se lo contaba a Riccardo, él iba a saber lo que nadie sabía: por qué su sobrina no hablaba con él.
Iba a entender los ojos fijos, el periódico levantado, la silla de la fiesta. Y le iba a preguntar lo que cualquier hombre preguntaría después. ¿Quién le dijo eso? E iba a ir detrás de la respuesta con doce hombres y cuatro autos, exactamente como la niña temía que fuera.
Si Nina creía que hablar mataba a su tío, cada palabra que le arrancaran sería una sentencia. Y si alguien, algún día, le contaba a Riccardo lo que ella le decía al perro, y Riccardo iba detrás del hombre, y a él le pasaba algo, la niña iba a saber que había sido por su culpa. El resto de su vida.
La luz volvió con un chasquido.
Todo el pasillo se iluminó. Adentro, la lámpara con forma de luna se encendió sola en la mesa de noche, y Chiara oyó a Nina soltar el aire, un sonido largo, de quien sale a la superficie.
Se apartó de la puerta sin hacer ruido. Estaba a mitad del pasillo cuando oyó voces que subían los escalones de la entrada.
Se detuvo en la sombra del marco del baño, por instinto.
Riccardo y Ciro llegaron al rellano uno al lado del otro. Riccardo estaba empapado por la lluvia, con el pelo chorreando y la camisa pegada a los hombros, con un papel blanco en la mano. Ciro hablaba bajo, rápido, con la voz de quien por fin ha recibido lo que pidió.
—Cuatro autos. Doce hombres. El almacén que tienen en Secondigliano, donde duerme el muchacho de Salvatore. Entramos por el muelle.
Riccardo se detuvo en lo alto de los escalones y miró el papel que tenía en la mano. No vio a Chiara en la sombra del marco. No veía nada más que el papel. Chiara vio, a la luz del pasillo, lo que era: una fotografía. Un banco de piedra. Una niña de uniforme.
—Me dejaron esto en el auto, Ciro. Dentro de mi muro.
—Lo sé.
—Mi sobrina, sentada sola en un banco. —La voz no le subió. Se le volvió más baja, más lenta, y Chiara reconoció esa voz: era la del teléfono, el primer día—. Quieren que sepa que llegan a ella cuando quieran.
—Entonces les demostramos que nosotros llegamos a ellos primero.
Riccardo dobló la fotografía por la mitad, con cuidado, y se la guardó en el bolsillo de la camisa, del lado del corazón.
El frío le subió a Chiara por los pies descalzos. A cuatro metros de ella, detrás de una puerta entornada, una niña acababa de decirle a un perro que, si abría la boca, ese hombre se moría.
Y ese hombre iba a entrar en un almacén de los Varriale a las cuatro de la mañana.
—El sábado —dijo él—. A las cuatro de la mañana. Y yo voy también.