Capítulo 12
Riccardo esperó a que el auto de Bassi desapareciera en la curva de la carretera, y el de Filippo detrás de él, antes de decir una palabra.
Esperó a que Assunta llevara a Nina adentro.
Esperó a que el perro subiera detrás de la niña, a que se cerrara la puerta del cuarto en el piso de arriba.
Esperó hasta que la terraza quedó vacía, salvo por Chiara, que recogía el rompecabezas de madera del banco con la lentitud de quien sabe lo que viene.
Entonces dijo:
—Biblioteca.
No esperó a ver si ella lo seguía. Cruzó la casa con la sangre golpeándole en las sienes, abrió la puerta doble de roble y se quedó de pie en medio de la sala, entre las estanterías que su padre había llenado de libros que nadie leía. Oyó los pasos de ella en el pasillo. Oyó cerrarse la puerta.
—Delante de un Montefusco —dijo, sin volverse.
—Delante de un asistente social que iba a escribir que no habla con nadie.
—Delante de un Montefusco, Chiara. —Se volvió—. Lo único que tiene esa niña. Lo único que guarda en esta casa sin que nadie lo sepa. Y tú lo entregaste en bandeja, con el nombre del perro de postre.
—¡Le entregué al juzgado el único progreso que acepta!
Ella soltó el rompecabezas sobre el escritorio con un chasquido de madera.
—Usted oyó al hombre. Quedarse en el mismo sitio. Sin eso, en tres semanas está en casa de la abuela, y la abuela va a contratar a otra psicóloga, y a otra, y ninguna va a tener un perro, y ella no va a volver a decirle una palabra a nadie.
—Te oyó.
Chiara se detuvo.
—Lo vi —dijo él, más bajo—. Desde la puerta. La mano se le quedó quieta en el pelaje del perro cuando lo dijiste. Te oyó. Ahora sabe que lo que le cuenta a él no se queda con él.
La cara de Chiara cambió. No mucho. Un músculo de la mandíbula, los ojos que bajaron al suelo y volvieron a subir. Pero él se había pasado la vida leyendo caras, y leyó esa: ella lo sabía. Había visto lo mismo que él. Y lo había dicho de todas formas.
—Lo sé —dijo ella.
—Y lo dijiste igual.
—Lo dije. —Levantó la barbilla—. Porque la otra opción era perder a la niña para siempre.
—Podrías haber hablado conmigo antes.
—¿Cuándo? ¿En la terraza, con el hombre del juzgado esperando la respuesta? —Abrió los brazos—. Usted me contrató para escribir un informe que un juez se tome en serio. Un juez no se toma en serio a una niña que se sentó en una silla. Se toma en serio a una niña que habla.
Él dio un paso hacia ella.
*
—¿Qué le dice al perro?
La pregunta salió antes de que él decidiera hacerla. La tenía en la garganta desde la noche de la perrera, desde la portezuela, desde nada que se pudiera entender.
—Cosas de niños.
—Mentira.
Ella no retrocedió.
—Usted quiere saber lo que su sobrina le cuenta a un perro cuando cree que nadie la oye. —La voz se le puso muy tranquila, y eso era peor que un grito.
—Regla número uno, señor Celano. Nadie le pregunta a Nina por el secuestro. Ni de forma indirecta. Ni con juguetes, ni con juegos. —Dio un paso, y ahora estaban a un palmo—. Ni a través de mí.
—Yo hice esa regla para proteger a la niña.
—Yo estoy protegiendo a la niña. También de usted, si hace falta.
—De mí.
—De usted.
Los ojos de ella no pestañearon.
—¿Para qué quiere saberlo? ¿Para mandar hombres detrás de cada cosa que diga? Ella se va a dar cuenta. Siempre se da cuenta. Y va a dejar de hablar con lo único con lo que todavía habla, y entonces yo ya no sirvo para nada, y usted ya no sirve para nada, y la abuela gana.
—Yo no soy mis hombres.
—Usted es exactamente sus hombres. Lo oí en el despacho, el primer día. —Respiró hondo—. Rómpanle los dedos de la mano derecha. Solo de la derecha.
Él lo sintió como una bofetada.
Porque era verdad. Porque ella lo había oído y lo había guardado, como lo guardaba todo, y ahora lo usaba contra él con la misma precisión con que él usaba las cosas contra los demás.
Porque ella estaba a un palmo de él, con la cara roja de rabia y el pelo soltándosele del elástico, y olía a limón y a perro, y tenía razón, y él quería que no la tuviera, y quería otra cosa, mucho más de lo que quería que no tuviera razón.
—Tú no sabes nada de mí —dijo él.
—Sé que usted se sienta en el suelo del pasillo todas las noches. —La voz le tembló, por primera vez—. Sé que usted lloró en la cocina el sábado. Sé que...
Él la besó.
No lo decidió. Primero fue la boca de ella diciendo sé que, y después ya no hubo distancia ninguna, y la espalda de ella chocó contra la estantería con un ruido de libros viejos, y la mano de él estaba en su pelo y deshacía lo que quedaba del elástico.
Hubo un segundo en que ella se quedó inmóvil. Él sintió la inmovilidad y empezó a retroceder.
Ella no lo dejó.
Sus manos le agarraron la camisa por delante y lo atrajeron de vuelta, con fuerza, con la misma rabia de la discusión, y la boca de ella se abrió bajo la suya. Un libro se cayó del estante de arriba y golpeó el suelo sin que ninguno de los dos lo oyera.
—La puerta —dijo ella, contra su boca.
Él estiró el brazo sin soltarla y giró la llave de la puerta de roble. El chasquido de la cerradura sonó fuerte en la biblioteca. Los dos lo oyeron. Los dos sabían lo que significaba.
Ella lo miró, a un palmo, con la boca roja y el pecho subiendo rápido. No dijo que no. Le soltó la camisa y le desabrochó los botones, de arriba abajo, con una prisa que todavía era rabia, y cuando llegó al último le sacó la camisa del pantalón.
Él la levantó por la cintura y la sentó en el escritorio de su padre, encima de los papeles, del rompecabezas de madera, de todo. Las piezas cayeron a la alfombra. Ella abrió las rodillas para que él cupiera y lo atrajo por el cinturón.
Riccardo le quitó la blusa por la cabeza. Se detuvo.
A la luz de la tarde que entraba por la ventana alta, ella llevaba un sostén claro, sencillo, de algodón, y la piel del escote se le había puesto roja por la discusión. Él puso la boca ahí, en el punto donde empezaba el rojo, y oyó que a ella se le escapaba el aire de golpe.
—No pares —dijo ella. No era un pedido. Era una orden.
Él no paró. Le desabrochó el sostén con una mano, y la boca bajó, y ella arqueó la espalda sobre el escritorio con los dedos enterrados en su pelo, y ya no había informe, ni juez, ni Montefusco en la terraza, solo el peso de ella en sus manos y el sonido que hacía, bajo, apretado entre los dientes, para que no llegara al pasillo.
Ella le abrió el cinturón. Él le subió la falda hasta la cintura, y la ropa interior se fue con la mano, y ella la pateó lejos sin mirar adónde.
Cuando él entró, despacio, ella le clavó las uñas en la espalda por debajo de la camisa abierta y contuvo la respiración.
—Mírame —dijo él.
Ella lo miró. Todavía con rabia. Con la otra cosa encima, la que él había visto en la terraza, a un dedo de su boca.
Y fue con los ojos en los de él que empezó a moverse también, contra él, al mismo ritmo, con el escritorio crujiendo debajo de los dos y los libros de su padre mirando desde todas las paredes.
No fue despacio mucho rato. No podía serlo. Era la discusión entera que continuaba, con el cuerpo en lugar de las palabras, y ella ganaba y perdía con cada movimiento, y él también.
Ella llegó primero, con la boca apretada contra el hombro de él para no gritar, el cuerpo entero cerrado alrededor de él. Él lo sintió y no aguantó más. Terminó con la cara en el cuello de ella y el olor a limón y a perro en la nariz, con su nombre atascado en la garganta.
*
Se quedaron así. Ella sentada en el borde del escritorio, él de pie entre sus rodillas, con la frente en el hombro de ella. Las respiraciones volviendo, despacio.
Fue ella la que habló primero.
—El informe —dijo, con un hilo de voz.
—Lo sé.
—Si alguien se entera de esto, no vale nada. Tú lo dijiste. —Le empujó el pecho con suavidad, para mirarlo—. Nadie puede saberlo, Riccardo. Ni Assunta. Ni Ciro. Nadie.
Era la primera vez que decía su nombre sin señor delante.
—Nadie —dijo él.
Ella bajó del escritorio. Recogió la blusa del suelo, se acomodó la falda, se recogió el pelo de cualquier manera. Él no la ayudó. Se quedó mirándola, con la camisa abierta, y ella no se escondió.
En la puerta, con la mano en la llave, se detuvo.
—Ella oyó —dijo, de espaldas—. Sé que oyó. Voy a tener que arreglarlo yo sola.
Giró la llave y salió. La puerta de roble se cerró despacio, con el peso de siempre.
Riccardo se quedó de pie en medio de la biblioteca con el sabor de ella en la boca.
Después se agachó y recogió el libro caído. Una edición vieja de Dante, de su padre. La cerró sin leerla y la volvió a poner en la estantería. Recogió las piezas del rompecabezas de la alfombra, una por una. En medio de ellas, un elástico de pelo, roto.
Se lo guardó en el bolsillo.
*
A la una de la mañana, subió. Se detuvo en el pasillo, frente a la puerta del cuarto de Nina, y en vez de sentarse en la alfombra se quedó de pie.
Había una voz adentro.
Baja, continua, amortiguada por la madera. La voz de Nina. No se entendían las palabras, solo el ritmo, las subidas y las pausas de alguien que le cuenta algo largo a alguien que escucha.
Riccardo se quedó inmóvil. Bastaba con apoyar la oreja en la puerta, y sabría lo que su sobrina le contaba a un perro a la una de la mañana.
Ni a través de mí.
Retrocedió un paso. Después otro.
Se sentó en la alfombra del otro lado del pasillo, lo bastante lejos como para no oír nada, con la espalda en la pared, y se quedó ahí hasta que la voz se calló.
No era la regla lo que lo detenía. Era la mano de la niña quieta en el pelaje del perro, en la terraza, en el momento en que alguien dijo en voz alta lo que era suyo.
No iba a hacerle eso una segunda vez el mismo día.
*
No durmió. Salió a las seis, antes que todos, antes que Assunta, antes de tener que cruzarse con ella en el pasillo y decidir qué cara poner.
Pasó la mañana en el almacén del puerto, con las cifras del mes que no conseguía leer. Leía una línea y veía el escritorio de su padre. Leía otra y sentía las uñas de ella en la espalda. Se rindió en la tercera.
La abogada llamó a las once y media, rápida como siempre. El juez había fijado la fecha para decidir sobre el adelanto: el viernes de la semana siguiente. Nueve días. Ella quería el informe de la terapeuta actualizado para entonces, con todo lo nuevo que hubiera hecho la niña.
—Con todo, señor Celano —repitió—. Incluido lo que habla con el animal. Es lo mejor que usted tiene.
Riccardo colgó sin responder. Lo mejor que tenía era lo que se había pasado la noche sin escuchar. A la una, bajó a buscar una carpeta al auto. El auto estaba en el patio trasero del almacén, dentro del muro, con un hombre de guardia en el portón y una cámara encima del poste.
Había un rectángulo blanco sujeto al limpiaparabrisas.
Riccardo se detuvo a tres metros. Miró alrededor. El guardia del portón, de espaldas, con un cigarrillo. La cámara. El muro. Nadie.
Se acercó. Levantó el limpiaparabrisas con dos dedos y tomó el papel por el borde.
Era una fotografía. Impresa en papel fotográfico, del bueno, sin nada escrito detrás. Tomada de lejos, por encima de una reja de hierro, con un lente que acercaba bastante.
El patio de la escuela de las monjas. El banco de piedra debajo de la higuera, a la hora del recreo. Niños corriendo, desenfocados, al fondo. Y, sola en el banco, con el uniforme nuevo, la mochila en el regazo y los pies colgando lejos del suelo, Nina.
En la esquina de abajo, en números naranjas, la fecha y la hora en que se había tomado la foto.
Esa misma mañana. A las diez y cuarenta y siete.