Interludio II
Hablaba con el perro.
Se repitió la frase por dentro en el auto, de vuelta, con la ventanilla cerrada, y después en casa, solo, con la luz apagada, y la frase siguió teniendo el mismo tamaño. Frases enteras. Órdenes, historias.
Historias.
Durante cinco meses, aquel silencio había sido lo más sólido de su vida.
Más sólido que el dinero, que ya se había ido casi todo, y que los hombres que esperaban el resto, que lo habían llamado dos veces esa semana, con una educación que él conocía bien y que siempre era el último aviso.
El silencio de la niña lo había sostenido todo. Había sostenido abril.
Y ahora había una grieta, y la grieta tenía cuatro patas.
¿Qué le habría contado ya?
Intentó pensar como una niña de siete años. ¿Qué se guarda de treinta y una horas a oscuras? Un cuarto. Una voz. Un ruido. Algo que se repite. Los niños no guardan lo que importa; guardan lo que se repite. Él lo sabía porque había sido niño en una casa donde nada importaba y todo se repetía.
Si ella le hubiera contado algo que sirviera, la terapeuta lo habría dicho. Se lo habría dicho al capo, y el capo ya estaría en su puerta con esa cara de quien todavía no ha decidido a quién va a matar. No estaba. Entonces la niña no había contado nada que sirviera. Todavía.
Todavía era la palabra que no lo dejaba dormir.
Porque una niña que hoy le habla a un perro mañana le habla a una terapeuta. Y la terapeuta le escribe a un juez. Y el juez manda a alguien a hacer preguntas. Y las preguntas, tarde o temprano, llegan al lugar correcto.
Eran ocho semanas cuando empezó todo aquello. Ahora eran menos, y la petición de adelantar la audiencia, que apretaba al capo, los apretaba a todos. El mismo papel que le quitaba tiempo a uno se lo quitaba al otro.
Pensó en el perro echado al sol, dorado, con el hocico entre las patas. En la niña con la mano hundida en su pelaje. En la terapeuta diciendo el nombre del animal en voz alta, sin sospechar nada, con la buena voluntad de quien responde a una pregunta amable.
Orso.
Pensó que, sin ese perro, la niña volvía a no tener con quién hablar. Que el silencio volvía a estar entero. Que era solo cuestión de quitar una pieza del tablero.
No había nada personal en eso. Nunca lo había. Era aritmética.
El perro tenía que salir de esa casa.