Capítulo 11
Riccardo se sentó en la primera fila con el traje que usaba para los entierros.
Chiara lo vio desde el fondo del patio, entre las columnas del claustro, donde se había quedado con Nina y el perro. Treinta sillas de plástico en filas.
Un escenario bajo de madera con una pancarta pintada a mano, ¡Bienvenidos, papás!, y las monjas de hábito azul corriendo de un lado a otro con listas en la mano. Los otros padres habían llegado en camisa polo, en jeans, algunos con traje de oficina. Conversaban, se reían, sacaban fotos.
Él no conversaba con nadie. Estaba sentado con la espalda recta y las manos en las rodillas, en medio de la primera fila, con una silla vacía a cada lado. Nadie se había sentado cerca de él. Chiara vio a dos padres cuchichear y mirar hacia él, y después apartar la vista demasiado rápido.
Nina también lo vio. Estaba aferrada a la correa de Orso con las dos manos, pegada a la columna, con el uniforme nuevo y zapatos negros. No había dicho nada en el auto, ni en la entrada, ni cuando la monja directora se agachó para saludarla. Pero no había corrido.
Había bajado del auto sola, había cruzado el portón de la escuela con la cara escondida en el pelaje del perro y se había detenido ahí, en la columna, desde donde veía toda la primera fila.
Chiara se había pasado todo el viernes al teléfono con la directora para conseguirlo. Un perro de terapia certificado, una terapeuta acreditada, un rincón del claustro reservado. Ninguna obligación de subir al escenario.
Empezaron a llamar a los niños por orden alfabético.
Un niño pelirrojo subió tirando de su padre de la mano. Una niña de trenzas presentó a su papá como el mejor pizzero de Fuorigrotta, y todo el patio se rio. Los padres subían, los niños hablaban, las monjas aplaudían, y cada vez que alguien bajaba del escenario Nina apretaba más la correa.
—Nina Celano.
El patio se quedó en silencio. No era el silencio de antes de los otros niños. Era otro. Todo el mundo en esa escuela sabía lo que había pasado en abril.
En la primera fila, Riccardo no se volvió. Siguió mirando el escenario vacío, con las manos en las rodillas. No buscó a su sobrina con los ojos. No hizo ninguna seña.
Chiara entendió que lo estaba haciendo a propósito. Estaba sentado ahí para que ella supiera que estaba. Y no la miraba para que ella no sintiera que tenía que ir.
La monja del micrófono esperó tres segundos, sonrió con una bondad que dolía y llamó al siguiente nombre.
Nina no se movió. Chiara tampoco.
*
La ceremonia terminó cuarenta minutos después. Los padres se levantaron, las sillas rasparon el suelo de piedra, los niños corrieron a la mesa de las galletas. Riccardo siguió sentado.
Fue entonces cuando Nina soltó la columna.
Chiara no la detuvo. Vio a la niña cruzar el patio con el perro a su lado.
Esquivaba las piernas de los adultos sin prisa, con la correa tensa entre los dos.
Vio que algunos padres se apartaban para dejarla pasar y que otros se quedaban mirando.
Vio a la monja directora detenerse a mitad de una frase.
Nina llegó a la primera fila. Se detuvo delante de la silla vacía a la derecha de su tío.
Riccardo no se volvió. Chiara vio que se le tensaban los hombros bajo la chaqueta, pero no se volvió. Siguió mirando el escenario, como si todavía hubiera algo allá arriba.
Nina se subió a la silla de plástico. Se sentó con la espalda recta y las manos en las rodillas, igual que él, con los ojos en el mismo escenario vacío. Orso se echó a los pies de los dos.
No se tocaron. No se miraron. Se quedaron sentados uno al lado del otro, el hombre con traje de entierro y la niña con el uniforme nuevo, con los ojos en la pancarta pintada a mano, mientras la fiesta seguía alrededor.
Chiara apoyó la espalda en la columna y se quedó muy quieta, porque, si se movía, iba a llorar delante de treinta familias y de una monja.
Se quedaron así once minutos. Ella los contó.
En el auto, de vuelta, nadie dijo nada. Riccardo conducía.
Nina iba atrás, con el perro echado en el asiento y la cabeza de él en su regazo, y Chiara vio por el retrovisor que la niña se pasó todo el camino mirando la nuca de su tío. No la ventanilla, no el mar. Su nuca, fijamente, como quien estudia algo nuevo.
Él lo sabía. Chiara lo vio en sus manos, en el volante. Condujo los veinte minutos hasta Posillipo sin mover la cabeza un milímetro, para no romper aquello.
*
La encontró en la cocina a medianoche, como si ya estuviera acordado entre los dos sin que nadie hubiera acordado nada.
No estaba comiendo. Estaba de pie junto a la ventana, sin chaqueta, con la corbata floja del traje de entierro todavía colgada del cuello. Cuando ella entró, no se volvió.
—Once minutos —dijo.
—Yo también los conté.
Entonces se volvió. Tenía los ojos rojos, y no hizo ningún esfuerzo por esconderlo, y eso fue lo que la desarmó. Un hombre que mandaba romper dedos por teléfono, de pie en la cocina con la corbata floja, sin ocultarle a nadie que había llorado.
—Se sentó a mi lado —dijo él, como si necesitara decirlo en voz alta para creerlo—. Cruzó ese patio. Delante de todo el mundo.
—Se sentó.
Él dio un paso hacia ella. Después otro. No se detuvo a un brazo de distancia, como en la terraza. Se detuvo a un palmo.
La cocina estaba tan silenciosa que ella oía el refrigerador, el reloj del vestíbulo, la respiración de él. Oía su propio corazón.
Él le tomó la mano. Le giró la palma hacia arriba, despacio, y le miró la muñeca, donde la marca morada de sus dedos, la de la noche del muro, ya estaba amarilla en los bordes. Le pasó el pulgar por encima. Una vez.
Después bajó la cabeza y apoyó la boca ahí. En la piel fina, sobre la marca que él mismo había dejado. Se quedó un segundo entero, y ella sintió su respiración caliente en la palma de la mano y el cuerpo entero responder, de las rodillas para arriba, sin pedir permiso.
—Gracias —dijo él, contra su muñeca.
Chiara no confió en su propia voz. Retiró la mano despacio, porque si no la retiraba en ese segundo ya no la iba a retirar, y salió de la cocina con la palma cerrada, como quien lleva algo demasiado caliente para sostenerlo.
Subió los escalones sin encender la luz. En el cuarto, apoyó la espalda en la puerta y abrió la mano. No había nada en ella. Seguía quemando.
*
La segunda visita fue el lunes, a las cuatro, y Adele no vino.
—Migraña —dijo Filippo, en lo alto de los escalones, con la mano tendida y la sonrisa de siempre—. La mamma se disculpa. Ya no tiene salud para estas cosas, ya sabes. Quedó muy afectada la otra vez.
Riccardo le estrechó la mano sin decir nada.
En el portón, Tonino le abrió paso al auto y le hizo a Chiara un saludo con dos dedos en la frente, como un soldado de película.
Bassi bajó del Fiat gris con el mismo portafolios y los mismos lentes, pero no con la misma cara. Tenía la expresión de quien ya ha escrito la mitad de un informe y solo ha venido a buscar el resto.
Esta vez, Nina bajó en doce minutos.
Chiara vio a Bassi anotar la hora. Vio también cómo levantaba las cejas, un milímetro, y se quedó satisfecha con ese milímetro exactamente medio segundo.
Se sentaron en la terraza, como la otra vez. Nina en el muro, el perro a sus pies, la casa detrás. Filippo trajo un rompecabezas de madera con animales marinos y lo dejó en el banco, sin acercarse, con una delicadeza que Chiara anotó a su favor y después ya no supo dónde poner.
—Doctora Marini. —Bassi abrió el portafolios—. Voy a ser directo, como lo fui con el señor Celano. La familia materna usó mi informe preliminar para pedir que se adelante la audiencia. Imagino que usted lo sabe.
—Lo sé.
—Entonces sabe que el juez va a decidir basándose en lo que yo escriba en los próximos días.
Se acomodó los lentes.
—Hasta ahora, lo que tengo es una niña que tolera la presencia de adultos a cierta distancia, acepta a un animal y no se comunica con nadie. Eso no es progreso, doctora. Eso es quedarse en el mismo sitio.
—Hoy bajó en doce minutos. La otra vez fueron veintidós.
—Anotado. —Ni siquiera miró la hoja y se volvió hacia la puerta de la terraza—. Señor Celano. La otra vez, usted me dijo que la niña a veces se esconde de usted. ¿Sigue haciéndolo?
Riccardo tardó en responder. Cuando lo hizo, la voz le salió más baja que de costumbre.
—El sábado, se sentó a mi lado.
Bassi levantó el bolígrafo.
—¿Dónde?
—En la escuela. En la fiesta de inicio de año. —Riccardo no miró a su sobrina—. Cruzó el patio sola y se sentó en la silla de al lado. Se quedó once minutos.
Filippo giró la cabeza hacia él, sorprendido. Bassi escribió, y esta vez escribió despacio.
—Es un dato relevante —dijo por fin—. Pero sentarse no es comunicarse, señor Celano. Un juez va a preguntar si dijo algo.
Nadie respondió. Bassi volvió a Chiara.
—¿Y habla?
Chiara sintió la mirada de Riccardo en la nuca, desde la puerta de la terraza, donde se había quedado otra vez, de pie.
—Señor Bassi...
—Una palabra. Un sonido dirigido a alguien. Cualquier cosa que yo pueda poner en un papel y que un juez entienda como comunicación.
Chiara miró a Nina en el muro. La niña tenía la mano enterrada en el pelaje del perro, de cara al mar, y no parecía oír nada.
Pensó en los diez días. En las tres semanas. En la abuela de las perlas y en el vestido bordado que nadie había abierto. Pensó en un hombre sentado en la primera fila sin mirar atrás, y en una niña que había cruzado un patio entero para sentarse a su lado.
Pensó que un informe que dijera no habla con nadie le entregaba a Nina a la abuela en tres semanas.
—Habla —dijo.
Bassi levantó los ojos del portafolios.
—Con el perro —completó Chiara—. Cuando cree que está sola con él. Frases enteras. Órdenes, historias. Yo la he oído. El señor Celano también la ha visto.
En el muro, la mano de Nina se detuvo en el pelaje del perro.
Solo eso: los dedos, que antes se movían despacio, se quedaron quietos. La niña no giró la cabeza, no miró a nadie. Siguió de cara al mar. Pero Chiara conocía esa inmovilidad, y sintió que se le hundía el estómago.
El silencio en la terraza cambió de peso.
Bassi escribió durante un largo rato, con el bolígrafo raspando el papel.
En la puerta, Riccardo no se movió. Chiara no necesitó volverse para saber qué cara tenía.
Lo sabía por la nuca. Le estaba contando a un hombre del juzgado, delante de un Montefusco, lo único de esa casa que él guardaba como si fuera suyo.
Y, en el banco, Filippo había dejado de sonreír.
No de una manera que alguien fuera a notar. Solo se le quedó la cara quieta un instante, como a quien oye un ruido en una habitación donde creía estar solo. Después la sonrisa volvió, más grande, más cálida, y se inclinó hacia adelante con los codos en las rodillas.
—Pero qué buena noticia —dijo, con la voz suave—. Qué buena noticia, doctora. La mamma va a llorar cuando se lo cuente.
Miró a su sobrina en el muro, después al perro echado a sus pies, dorado al sol, con el hocico entre las patas.
—¿Y cómo se llama? —preguntó, con una sonrisa—. El perro.