Capítulo 10
Ella tenía la mano cerrada cuando él llegó a la terraza, y se la metió en el bolsillo del abrigo antes de volverse.
Riccardo lo vio. No dijo nada. Se había pasado la vida viendo a gente esconder cosas de sus manos y había aprendido que preguntar en el momento era la manera más rápida de no enterarse nunca.
Era viernes, casi medianoche. La casa dormía detrás de ellos, y la terraza de arriba, la de las columnas, estaba a oscuras salvo por la luna y las luces de la bahía allá abajo.
Nápoles entera encendida en la curva del golfo, desde Posillipo hasta el puerto, y, del otro lado del agua, el Vesubio, una sombra más grande que la noche.
Él traía dos copas y una botella abierta. Le tendió una sin preguntar.
—Usted nunca se toma lo que sirve —dijo Chiara.
—Hoy me lo tomo.
Llenó las dos. Se bebió la mitad de la suya de un trago y apoyó los codos en la balaustrada junto a ella, a un palmo de distancia. El vino era de un viñedo que su padre le había comprado a un hombre que le debía dinero. No se lo contó.
—Tiene cara de haber encontrado algo —dijo.
—Encuentro cosas todos los días. Es mi trabajo.
—Hoy fue distinto.
Ella se quedó callada, girando la copa entre los dedos. La otra mano seguía en el bolsillo.
—Nina cepilló al perro conmigo esta mañana —dijo por fin—. Veintiocho minutos. Me tocó la mano.
Él la miró.
—¿Y eso es lo que encontró?
—Eso es lo que voy a poner en el informe.
No era una respuesta. Los dos lo sabían.
Él lo dejó pasar una vez más, y anotó, en el rincón de la cabeza donde anotaba lo que iba a cobrar después, que era la segunda vez esa semana que ella respondía exactamente lo necesario.
—El día de la visita —dijo él—, cuando Nina silbó y Adele habló de la playa, usted miró al suelo e hizo una cuenta. La vi.
Chiara no lo negó. Eso también lo anotó.
—¿Qué cuenta era?
Tardó en contestar. El viento le movió un mechón suelto del pelo, y ella no se lo acomodó.
—Que ella guarda a su madre en ese silbido —dijo—. Todo lo que quedó de Giulia cabe en dos notas. Y lo usó para llamar a un perro, delante de la mujer que se lo enseñó a su madre. —Chiara lo miró—. Un niño no hace eso por casualidad.
Era verdad. Él vio que era verdad. Y vio también, sin poder decir cómo, que no era todo.
*
—La mandé investigar —dijo él.
No lo había planeado. Le salió como le había bajado el vino, de golpe.
Chiara se volvió despacio.
—Lo sé. Vi el sobre. El martes por la noche, en su escritorio. —No levantó la voz—. Marini, C.
—Y no dijo nada.
—Usted tampoco. —Tomó un sorbo—. ¿Qué dice su sobre?
Él pensó en las cuarenta y tres hojas encerradas en el cajón de abajo. En el signo de interrogación de Ciro junto a la palabra novio. En el acta engrapada.
—Que usted hablaba mucho en clase. —Hizo una pausa—. Y que hubo un año en que no habló.
El silencio de ella duró lo que tardó un barco en cruzar la luz de la luna allá abajo.
—Quiere saber el resto —dijo ella—. Lo de la otra noche.
—Si usted quiere contarlo.
Chiara apoyó la copa en la piedra de la balaustrada. Miró el mar, no a él.
—Mi padre trabajaba en el puerto de Salerno. Estibador. Olía a aceite y a caramelo de menta, porque fumaba a escondidas de mi madre.
Una comisura de la boca se le movió.
—Un martes de marzo, se rompió el cable de una grúa. Yo estaba en la escuela. Me sacaron del aula en medio de la clase de geografía. La directora me llevó de la mano hasta mi casa.
Riccardo no se movió.
—Después del entierro, dejé de hablar. No lo decidí. Simplemente dejé de hablar. Las palabras seguían aquí —se tocó la sien—, pero no encontraban la salida.
Hizo una pausa breve.
—Mi madre me llevó al médico, al psicólogo, al cura. Uno de ellos dijo que yo lo hacía para llamar la atención. —Sonrió sin ninguna gracia—. Tenía ocho años y no podía pedir un vaso de agua.
—¿Cuánto tiempo?
—Once meses.
Once meses. Nina iba por cinco. Él hizo la cuenta sin querer, y ella vio que la hacía.
—No es una regla —dijo Chiara, antes de que él preguntara—. Cada niño tiene su propio tiempo.
—¿Y qué la trajo de vuelta?
Ella giró la cabeza hacia él y, por primera vez esa noche, sonrió de verdad.
—El perro de la vecina del tercer piso. Un callejero viejo, medio sordo, que se llamaba Pippo.
Se rio bajito, sola.
—Subía y bajaba las escaleras del edificio todo el día, y un día se detuvo en el escalón donde yo me sentaba después de la escuela y se echó a mi lado. Al día siguiente, también. Y al otro.
Volvió a tomar la copa.
—Tres semanas después, le dije que mi padre ya no iba a volver. Fue lo primero que dije en once meses. A un perro sordo.
Él se quedó mirándola un largo rato. Su perfil contra las luces de la bahía. La mano que sostenía la copa y no temblaba.
—Por eso aceptó —dijo él.
—Por eso acepté.
*
El viento cambió y trajo el olor de los limoneros desde abajo. Riccardo le llenó la copa, después la suya, y esta vez no bebió.
—Yo tendría que haber ido a buscar a Nina aquel día —dijo.
Nunca lo había dicho en voz alta. Ni a Ciro, ni a la abogada, ni al cura en el entierro de Gennaro. Oyó su propia voz decirlo, y le salió más vieja que él.
—Jueves. Cuatro y media. Se lo había prometido en el desayuno. Ni siquiera me miró, asintió con la cabeza y siguió tomándose la leche.
Apretó el borde de la balaustrada.
—La reunión en el puerto se retrasó. Podría haberme levantado e irme. Eran hombres que me debían dinero, podían esperar. No me levanté. Llamé a Gennaro a las cuatro y diez y le pedí que fuera en mi lugar.
—Usted no lo sabía.
—Yo sé disparar, Chiara. —Era la primera vez que decía su nombre, y ella se dio cuenta, él lo vio—.
Gennaro tenía sesenta y un años y guardaba caramelos de goma en la guantera.
Si yo hubiera estado en ese auto, habrían tenido que matarme antes de abrir la puerta de atrás. Y yo soy muy difícil de matar.
Ella no dijo que no era culpa suya. No dijo ninguna de las cosas que decía la gente. Puso la mano sobre la de él, en la piedra fría de la balaustrada, y la dejó ahí.
Riccardo miró su mano.
Pequeña, tibia, con la muñeca todavía marcada por sus dedos. Ella no la retiró. Él giró la suya despacio, por debajo, hasta que las palmas se encontraron.
Nadie dijo nada. La ciudad seguía encendida allá abajo. El viento seguía trayendo los limones.
Él se volvió hacia ella. Ella ya estaba vuelta hacia él. Quedaron a un palmo, después a menos, y él sintió el olor a vino en su aliento y vio, a la luz de la luna, que ella no iba a retroceder. Que estaba esperando. Que había cerrado los ojos un instante antes que él.
El viento le había soltado el pelo por completo.
Él levantó la mano libre sin pensar, le apartó un mechón de la cara y se lo puso detrás de la oreja, y los dedos se quedaron ahí, en la curva de la mandíbula, donde la piel estaba más caliente que el aire de la noche. Ella inclinó la cara un milímetro hacia su mano.
Se detuvo a un dedo de su boca.
Se quedó ahí. Un segundo, dos. El cuerpo entero pidiéndole el último centímetro.
—No —dijo, en voz baja, sin apartarse.
Chiara abrió los ojos.
—Su informe va a ir a un juez —dijo él, y la voz le costó salir.
Respiró.
—Dentro de siete semanas, el abogado de Adele se va a sentar frente a ese juez y va a preguntar si la terapeuta que escribió que la niña está mejor en esta casa tiene alguna relación con el dueño de la casa.
Le soltó la mano.
—Si usted es mía, su informe no vale nada. Y Nina se va con la abuela.
—Yo no dije que fuera suya.
—No hacía falta. —Le apartó la mano de la cara, despacio, como quien desarma algo.
—No sé hacer las cosas a medias, Chiara. Si doy ese paso, no voy a saber volver atrás. Y entonces no va a ser el abogado de Adele quien lo note. Va a ser la casa entera. Ciro. Assunta. El asistente social, en la primera visita.
Ella se quedó mirándolo sin decir nada. Después tomó la copa y se bebió el resto de un trago, como había hecho él.
—Tiene razón —dijo.
—Lo sé.
—Odio que tenga razón.
—Yo también.
Allá arriba, en la fachada oscura de la casa, una sola ventana tenía una luz débil: la del cuarto de Nina, donde la lámpara con forma de luna se quedaba encendida toda la noche desde abril.
Los dos la miraron al mismo tiempo, sin ponerse de acuerdo. Detrás de la cortina, una sombra grande se movió y volvió a echarse. El perro, que cambiaba de lado en la alfombra.
Era por esa ventana. Los dos lo sabían. Era por ella que nadie iba a dar el último centímetro.
Se quedaron uno junto al otro en la balaustrada, sin tocarse, otra vez a un palmo de distancia, como al principio, los dos frente al mismo mar.
Una distancia que ahora pesaba, y los dos sentían el peso.
—Primera fila —dijo él, después de un rato.
Ella giró la cabeza.
—Mañana. A las diez. —Hizo girar la copa vacía en la mano—. No subo al escenario. Pero me quedo en la primera fila.
Ella abrió la boca, y no tuvo tiempo de decir lo que iba a decir.
El celular le vibró en el bolsillo.
Las doce y veinte. La abogada solo llamaba a deshoras cuando algo estaba en llamas. Riccardo contestó de espaldas a Chiara, de cara al Vesubio, y escuchó.
—El bufete de los Montefusco presentó hoy, a las seis de la tarde —dijo la abogada, sin saludar—. Adele pidió que se adelante la audiencia. Alegan riesgo inmediato para la menor, basándose en lo que vio el asistente social en la visita. La niña que se esconde del tutor.
—Me está tomando el pelo.
—Cobro demasiado caro para tomarle el pelo. —Papeles pasando del otro lado de la línea—. Bassi le mandó al juez un informe preliminar, y el bufete de ella aprovechó cada línea. La hora en que bajó la niña, el escondite, la respuesta del tutor. Todo.
—¿Y el juez?
—Va a decidir en diez días si la adelanta o no. —Una pausa breve—. Si la adelanta, señor Celano, usted ya no tiene ocho semanas. Puede tener tres.