Capítulo 9
El cepillo tenía dos lados, y Nina eligió el izquierdo.
Chiara no vio llegar a la niña. Estaba arrodillada en la terraza, con Orso echado de lado en el césped y el cepillo de cerdas duras pasándole por el pelaje de las costillas, cuando una sombra pequeña cayó sobre el perro.
Levantó los ojos. Nina estaba de pie a un metro, con shorts y una chaqueta clara, los brazos cruzados y los ojos en el cepillo, como quien evalúa una herramienta.
Chiara no dijo nada. Sacó del bolsillo del abrigo el segundo cepillo, el suave, el que usaba para el pelaje de la barriga, y lo dejó en el césped. No se lo dio. Lo dejó en el suelo, del lado izquierdo del perro, y volvió a cepillar el lado derecho.
Contó hasta veinte.
Nina se arrodilló. Tomó el cepillo suave. Lo pasó una vez por el pelaje de la pata trasera de Orso, con cuidado, como si el perro se fuera a romper. Orso abrió un ojo, soltó un suspiro de rey que recibe tributo y volvió a cerrarlo.
Se quedaron así casi media hora, cada una de un lado del perro, sin hablar.
El sol subía por encima de los pinos. Allá abajo, en la bahía, los ferris iban y venían sin hacer sonar la sirena, y el mar estaba liso como una mesa.
Chiara en las costillas, Nina en las patas. El pelo suelto volaba en mechones dorados que el viento se llevaba hacia los limoneros. A veces las manos de las dos se acercaban en medio del lomo, y Nina retiraba la suya un centímetro, y después volvía.
Una vez, los dedos se tocaron. Los de Nina estaban fríos. No se retiró. Dejó la mano ahí, quieta sobre la de Chiara en el pelaje tibio del perro, un segundo entero, y solo entonces la apartó, despacio, como quien saca la mano de un agua que no sabe si está caliente o fría.
Nunca, en una semana, se había acercado tanto la niña a alguien. Chiara lo sabía porque estaba contando. Lo contaba todo. Metros, minutos, respiraciones. Era la única manera de no hacer una tontería, como sonreír.
Cuando el cepillo duro se llenó de pelo, se levantó.
—Voy a limpiar esto —le dijo al perro—. Ya vuelvo.
Cruzó la terraza hasta la puerta del lavadero, sacudió el cepillo en el cesto de la basura y se quedó adentro, en la sombra, con la puerta entreabierta. Desde ahí veía toda la terraza a través del vidrio esmerilado.
Nina dejó el cepillo suave. Se tumbó en el césped junto a Orso, de frente a él, con la cara hundida en el pelaje del cuello. Los labios empezaron a moverse.
Chiara empujó la puerta dos dedos más.
—...y tenía olor —decía la niña, con un hilo de voz—. Cuando se acercaba. A caramelo. A caramelo de menta.
Orso se quedó quieto, con las orejas vueltas hacia ella.
—Cada vez que se acercaba, estaba el olor. —Nina apretó el pelaje con la mano cerrada—. Ya no me gustan los caramelos. Ninguno. Ni los de goma.
Los caramelos de goma de la guantera de Gennaro.
Chiara apoyó la frente en el marco de la puerta y cerró los ojos.
*
Volvió a la terraza cinco minutos después, con el cepillo limpio y la cara limpia de todo. Nina ya estaba sentada otra vez, cepillándole la pata al perro como si nunca se hubiera tumbado.
Siguieron un rato más. Después la niña se levantó, dejó el cepillo suave en el césped, exactamente donde lo había encontrado, y subió a la casa sin mirar atrás, con Orso detrás.
Chiara se quedó sola en la terraza, con el pelo dorado volando alrededor.
Caramelo de menta.
Lo primero que le vino fue un traje claro, un hombre agachado a tres metros de la niña que le tendía una bolsita de papel con una sonrisa. La historia larguísima de un gato en un barco. La mano apoyada en el brazo de la madre. Venimos en paz, mamma.
Chiara negó con la cabeza, sola, como si alguien lo hubiera dicho en voz alta.
No. Media Nápoles chupaba caramelos de menta.
Los taxistas que esperaban en la fila del hospital, las enfermeras del turno de noche, los curas después de misa, los abuelos en todos los bancos de las plazas de la ciudad.
Su propio padre los chupaba, en el puerto, para disimular el cigarrillo. Una bolsita de caramelos regalada a una sobrina, delante de un asistente social, de una abuela y de un capo, no era una confesión. Era un tío sin imaginación para los regalos.
Y, si hubiera sido otra cosa, Nina habría reaccionado. Habría corrido. Se habría metido debajo de la cama en el instante en que apareció la bolsita.
Chiara recordó la cara de la niña aquella tarde, en el muro, paralizada desde el portón.
Paralizada. No había reaccionado a nada porque no estaba reaccionando a nada, ni a la abuela, ni al tío, ni al hombre del juzgado.
Cuando un niño se congela, se congela ante todo.
No hay manera de separar una cosa de la otra.
No había manera de saberlo.
Abrió la libreta azul sobre las rodillas. Escribió la fecha. En la línea del adiestramiento: Cepillado compartido, 28 min. Contacto de manos tolerado. Y debajo, con la letra apretada:
hombre del silbido = olor a caramelo de menta. rechaza caramelos (todos).
Pensó en contárselo.
Podía subir al despacho ahora mismo, llamar a la puerta, dejarle la libreta abierta sobre el escritorio.
El hombre que se llevó a su sobrina olía a caramelo de menta, y el hermano de su cuñada le dio una bolsita de caramelos de menta delante de todo el mundo. Podía ver la cara de Riccardo al leerlo. Podía ver lo que vendría después, con la misma voz baja de las reglas.
Un hombre muerto por un olor. Un tío de Nina, el único Montefusco que todavía le daba la mano. Y, si se equivocaba, la custodia perdida esa misma semana, y la niña entregada a una abuela que le iba a contar, el resto de su vida, que el tío Riccardo había matado al tío Filippo.
Y si acertaba, lo mismo.
Se quedó mirando la palabra menta mucho tiempo. Después cerró la libreta, porque no había nada más que pudiera escribir sin escribir un nombre, y un nombre, escrito ahí, dejaba de ser un pensamiento y se convertía en una acusación.
*
Riccardo volvió del puerto a las siete y media. Ella se lo encontró en el pasillo de abajo, camino de la cocina, cuando él iba en dirección contraria con la chaqueta al hombro.
Los dos se detuvieron al mismo tiempo. El pasillo era demasiado estrecho para cruzarse sin que uno le cediera el paso al otro, y ninguno se lo cedió.
—El sábado —dijo ella.
—Sé muy bien cuándo es el sábado.
—¿Y?
Él la miró.
Tenía la cara cansada de quien se ha pasado el día entero sin hacer la única cosa que quería hacer.
La barba sin afeitar, los ojos oscuros de sueño. La camisa abierta en el cuello y, debajo, en la base del cuello, el comienzo de la cicatriz que ella había visto en la oscuridad, en el muro, y que desde entonces le aparecía de vez en cuando al cerrar los ojos.
—Y todavía no lo he decidido —dijo él.
—Quedan dos días.
—¿Usted también me va a contar las horas?
—Si hace falta.
Una comisura de la boca de él se movió. No llegó a ser una sonrisa. Estuvo lo bastante cerca como para que ella se diera cuenta de que nunca le había visto una.
Él se hizo a un lado, por fin, y la dejó pasar. Pero, al pasar, el hombro de ella le rozó el brazo, y ninguno de los dos pidió disculpas, y ella sintió el calor del brazo de él atravesarle la manga de la blusa y quedarse ahí mucho después de que él hubiera subido.
*
A media tarde, cuando el sol calentó, Nina se había olvidado la chaqueta en el banco junto a los limoneros y había subido a su cuarto con el perro.
Fue Tonino quien la trajo. Apareció en la puerta del lavadero con la chaqueta doblada sobre el brazo, torpe, como la primera vez.
—La niña se la olvidó en el banco. —Se la tendió a Chiara—. No quise dejarla ahí. Por si llueve.
—Gracias.
—De nada. —Se rascó la nuca, con los ojos en sus propios zapatos—. Está mejor, ¿verdad? Usted está haciendo milagros con ella. Todo el mundo lo dice.
—Lo está haciendo ella sola.
Tonino sonrió, satisfecho como un niño al que han felicitado, y volvió a su puesto en el portón. Chiara colgó la chaqueta en el gancho detrás de la puerta y no volvió a pensar en ella hasta la noche.
*
El cesto de la ropa sucia de Nina estaba en el baño del pasillo, y Chiara le había pedido a Assunta ocuparse ella misma de la ropa de la niña.
No por amabilidad. La ropa sucia cuenta cosas. Una camiseta rota, un calcetín con sangre, un pantalón mojado de pis a las tres de la mañana. En el hospital, había aprendido más sobre los niños por el cesto de la ropa que por muchas historias clínicas.
A las diez de la noche, bajó con el cesto al lavadero.
Separó la ropa blanca de la de color bajo la luz amarilla de la bombilla del techo.
Descolgó del gancho la chaqueta clara que Nina había usado por la mañana, todavía cubierta de pelo dorado, y le metió la mano en los bolsillos antes de echarla a la lavadora, por costumbre.
En el bolsillo izquierdo, un pañuelo de papel doblado. Una piedrita lisa del camino del jardín.
En el bolsillo derecho, algo pequeño, duro, que crujió bajo los dedos.
Sacó la mano despacio.
En la palma, envuelto en papel transparente con rayas verdes, retorcido en las dos puntas, había un caramelo de menta. Entero. Sin abrir.
Ya no me gustan los caramelos. Ninguno.
Chiara se quedó quieta en medio del lavadero con aquello en la mano.
Nina no se lo habría guardado en el bolsillo. Una niña que le dice a un perro que ya no le gusta ningún caramelo, ni siquiera los de goma, no guarda un caramelo de menta en la chaqueta.
Alguien se lo había puesto.
Y la chaqueta había pasado toda la tarde doblada en un banco del jardín, a la vista de cualquiera que cruzara la terraza de los limoneros. Once cámaras, dos turnos de guardias, un jardinero, un ama de llaves, una mano derecha que fumaba en la balaustrada. Media casa había pasado junto a ese banco.
Después dejó el cesto en el suelo y subió. Cruzó el pasillo sin encender la luz, bajó los escalones de la entrada y entró en el salón, donde nadie entraba desde la visita. Encendió la lámpara.
La casa entera estaba en silencio. Solo el reloj de pie del vestíbulo, allá afuera, y su propio corazón, demasiado fuerte, latiéndole en los oídos como si quisiera despertar a alguien.
En la mesita junto a la ventana, al lado del vestido bordado de Adele, todavía en el papel de seda, con una tarjeta metida en la cinta —Para mi Nina, de la nonna— que nadie se había atrevido a abrir ni a guardar, estaba la bolsita de papel que Filippo le había tendido a su sobrina.
Chiara la tomó y la giró bajo la luz.
Estaba cerrada. Doblada dos veces en la boca y sujeta con un clip de metal, tal como había salido de la tienda. El clip, intacto. Nadie había abierto esa bolsita.
El caramelo del bolsillo de Nina no había salido de ahí.