Capítulo 8
El sobre tenía cuarenta y tres hojas, y Riccardo las leyó todas antes de que Ciro terminara de cerrar la puerta.
Chiara Marini. Veintinueve años. Nacida en Salerno, hija única de un estibador del puerto y de una maestra de primaria.
Madre viva, jubilada, en el mismo apartamento del barrio de Pastena desde hacía treinta años.
Escuela pública, notas por encima del promedio.
Psicología en la Federico II, con beca. Especialización en terapia asistida con animales.
Un préstamo estudiantil pagado a medias. Un auto viejo, pagado. Ni una multa.
Ningún novio registrado en ninguna parte en los últimos tres años, cosa que Ciro había anotado al margen con un signo de interrogación que Riccardo decidió no comentar.
Ningún pariente con antecedentes. Ningún vínculo con los Montefusco. Ninguno con los Varriale. Ninguno con nadie.
—Limpia —dijo Riccardo.
—Demasiado limpia. —Ciro seguía de pie—. Nadie es tan limpio, salvo quien se ha limpiado.
—O quien nunca tuvo nada que esconder.
—Página diecisiete.
Riccardo volvió a la página diecisiete.
Era una copia del expediente escolar de primaria.
Primer grado, segundo, tercero: asistencia completa, boletines, observaciones de las maestras en letra redonda.
Alumna aplicada. Habla mucho en clase. Después, a mitad de tercer grado, la columna de asistencia se cortaba.
Un año entero sin registros. Sin notas, sin faltas, sin observaciones.
La página siguiente volvía a empezar el curso siguiente, en la misma escuela, con una anotación solitaria de la nueva maestra, a lápiz:
Regreso. Muy callada. Seguimiento.
Al lado, Ciro había engrapado la copia de un acta. El padre. Muerto en el puerto de Salerno, en un accidente con una grúa, en marzo de aquel año. Ella tenía ocho años.
Cuando yo tenía ocho años, mi padre...
Riccardo se quedó mirando el acta durante un tiempo que no midió.
—Un año fuera de la escuela —dijo Ciro—. Nadie sabe dónde. Puede haber sido una enfermedad, puede haber sido cualquier cosa. Es el único agujero en su vida, y está en un lugar donde nadie va a encontrar nada más, porque ella tenía ocho años.
—Yo sé dónde estaba.
Ciro esperó. Riccardo cerró el sobre.
—Estaba en su casa, Ciro. Sin hablar.
Ciro tardó en entender. Cuando entendió, no cambió de cara, pero desvió los ojos hacia la ventana, y Riccardo supo que él también estaba pensando en la niña de arriba.
—Eso no explica la libreta —dijo Ciro por fin—. Ni la pregunta del agua.
—Explica por qué entiende a Nina mejor que cualquiera de nosotros.
—Entender a alguien no es lo mismo que estar de su lado. —Ciro señaló el sobre con la barbilla—. ¿Sigo?
Riccardo abrió el cajón de abajo del escritorio, el que tenía llave, y guardó el sobre adentro. Giró la llave. Se guardó la llave en el bolsillo.
—No. Se acabaron los agujeros.
—Riccardo...
—De la libreta y del agua me encargo yo. —Miró a Ciro—. Tú encárgate de los Varriale. Solo mirando. Nadie toca a nadie.
Ciro se quedó un rato quieto. Después asintió, despacio, como quien obedece y anota la fecha en que obedeció.
*
La invitación de la escuela llegó al día siguiente, en un sobre azul con el escudo de las monjas y el nombre de Nina escrito a mano por alguien que se había esmerado en las letras.
Assunta la dejó sobre la mesa del desayuno, justo en el medio, como había dejado el formulario. Riccardo reconoció el método.
Fiesta de inicio del año escolar. Sábado, a las diez. Cada alumno sube al escenario con su papá para presentárselo a la clase.
La leyó dos veces. Después dobló la invitación y se la metió en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al celular.
—No voy —dijo, a nadie.
—¿Por qué?
Chiara estaba en la puerta de la cocina, con Orso al lado y la correa enrollada en la mano. Había oído. Siempre oía.
—Porque dice con su papá —respondió él—. Y yo no soy su padre.
—Usted es lo que ella tiene.
—Yo soy el motivo por el que ya no tiene padre. —Se levantó—. Si subo a ese escenario, treinta padres me van a mirar y van a pensar lo mismo que piensa Adele. Y la niña va a quedarse de pie a mi lado, sin hablar, con treinta niños mirándola. ¿Eso es lo que usted quiere para ella?
—No. —Chiara no se movió de la puerta—. Quiero que no se quede sola en un rincón del patio mirando cómo todos suben con alguien.
—No va a subir con nadie. Ni siquiera cruza el portón de la escuela sin esconder la cara.
—Entonces usted se sienta en la primera fila y se queda ahí. No sube. Solo se queda. —Dio un paso dentro de la cocina—. ¿Cuántas veces en los últimos cinco meses ha mirado ella una silla y usted estaba sentado en ella?
La pregunta le dio en un lugar que él no sabía que tenía al descubierto.
Riccardo rodeó la mesa. Chiara no retrocedió. Quedaron a medio metro el uno del otro, él con la invitación en el bolsillo, ella con la correa en la mano, y el perro sentado entre los dos mirando de uno a otro como un juez de tenis.
—Usted no sabe nada de mi familia —dijo él, en voz baja.
—Sé que usted se sienta en el suelo del pasillo todas las noches. Me lo contó Assunta. —La voz de ella también bajó—. Eso no es cosa de un tío.
Estaba lo bastante cerca como para que él le viera las pecas claras sobre la nariz, y un mechón suelto que le rozaba el cuello.
Lo bastante cerca como para que él volviera a sentir el olor a limón.
Para recordar, con el cuerpo y no con la cabeza, la pared, la oscuridad, el segundo en que no retrocedió.
Ella también lo recordó. Él vio en sus ojos el momento exacto.
Fue Orso quien lo deshizo. Soltó un ladrido corto, impaciente, y tiró de la correa hacia la puerta del jardín.
Chiara pestañeó, como quien se despierta.
—Primera fila —repitió, y salió con el perro.
Riccardo se quedó de pie en medio de la cocina, con la mano en el bolsillo donde estaba la invitación.
Sacó el papel azul y volvió a leerlo. Cada alumno sube al escenario con su papá.
Pensó en una fila de sillas de plástico, en un patio de monjas, en treinta padres con camisas planchadas.
En sí mismo en la primera fila, con la chaqueta que usaba para los entierros, y en la niña parada en un rincón, mirando la silla donde él estaba.
Volvió a doblar la invitación y la guardó. No en el bolsillo de adentro. En el de afuera, donde iba a tener que verla cada vez que sacara la llave del auto.
*
Al final de la tarde, bajó al jardín sin saber muy bien qué iba a hacer ahí.
Nina estaba sentada en el césped debajo del limonero viejo, el del limón del día anterior, con el perro echado a su lado y la cabeza de él en su regazo. La terapeuta estaba lejos, cerca de la casa, con la libreta azul. No había nadie más.
Riccardo se detuvo detrás del seto de laurel, a unos quince metros, donde la niña no podía verlo.
Y vio.
Los labios de Nina se movían. No eran susurros sueltos, como él se había imaginado al oír a Chiara contarlo, ni una sola palabra, como la había descrito Ciro.
Eran frases. La niña le hablaba al perro como si le estuviera contando una historia larga, con pausas, con la mano haciendo gestos pequeños en el aire.
Se detenía para acariciarle la oreja y volvía a empezar.
Una vez, hasta frunció el ceño y negó con la cabeza, como quien no está de acuerdo con algo que el perro no había dicho.
Cinco meses. Dos psicólogas, una terapeuta del lenguaje, un neuropediatra. Él sentado en el suelo del pasillo todas las noches, contando respiraciones por la rendija de una puerta.
Y ella hablaba. Hablaba todo el tiempo. Solo que no con él.
No era alivio lo que le subía por la garganta. Era otra cosa, fea y pequeña, que no le habría admitido a nadie. Celos. De un golden retriever de treinta kilos que robaba queso y rechazaba limones.
Una rama crujió bajo su zapato.
Nina se detuvo a mitad de una frase. Giró la cabeza hacia el seto, y sus ojos lo encontraron entre las hojas.
La boca se le cerró. La cara también.
No corrió. Eso era nuevo. Pero tampoco dijo nada más, ni siquiera al perro. Se quedó mirando a su tío a través del seto, muda, con la mano quieta en el pelaje dorado, hasta que él entendió que era él quien tenía que irse.
Se fue.
*
Por la noche, se sentó en el pasillo, como siempre.
La alfombra, la pared fría en la espalda, las piernas estiradas. La puerta cerrada. Ninguna rendija de luz debajo, porque Nina dormía a oscuras desde que el perro había empezado a dormir ahí.
Alrededor de las once, el picaporte giró por dentro.
Riccardo se quedó inmóvil. La puerta se abrió un palmo, sin ruido, y lo que pasó por ella no fue la niña. Fue el perro. Orso salió al pasillo despacio, lo miró en la oscuridad y, sin ninguna ceremonia, se echó a su lado en la alfombra, con el costado caliente pegado al muslo de Riccardo.
Había abierto la puerta él solo. O alguien se la había abierto.
Riccardo miró la rendija. Adentro, en la oscuridad, no se movía nada. Pero la puerta se había quedado entornada, y nadie la cerró.
Se quedó mucho tiempo sin moverse. Después, sin saber muy bien por qué, levantó la mano y la apoyó en la cabeza del perro. El pelaje era suave. El cráneo, ancho y tibio. Orso soltó un suspiro largo y cerró los ojos, como si fuera la cosa más normal del mundo.
Riccardo no tocaba a un perro desde hacía veintiocho años. Desde unos barrotes, y una lengua áspera que lamía la mano de un niño de ocho.
Se quedó así hasta que le vibró el celular en el bolsillo.
*
Era Ciro, pidiéndole que bajara.
Lo esperaba en el despacho, de pie, con el celular en la mano y la cara de cuando traía algo que no quería traer.
—El muchacho de Salvatore. El cobrador. —Ciro guardó el celular—. Tengo a dos hombres pegados a él desde lo del almacén, como dijiste. Solo mirando.
—¿Y?
—Él no habla. Pero el dueño del bar del muelle sí, después de unos billetes en la mano. —Ciro hizo una pausa—. El muchacho estuvo en el puerto la víspera del secuestro. Miércoles nueve de abril, de noche. Se encontró con alguien en el muelle de pesca, cerca de los barcos.
Barcos.
La palabra se le quedó quieta en la cabeza a Riccardo, al lado de otra, escrita con letra apretada en una libreta azul a las dos de la mañana. Barco gde. noche. El ferry de las cuatro, había dicho ella. El pánico del perro.
Riccardo se quedó inmóvil.
—¿Con quién?
—El dueño del bar no sabe el nombre. No era de ahí.
Ciro lo miró.
—Dijo que era un hombre de traje. Educado. Pagó los dos cafés y dejó propina. Y que no era de nuestro mundo, Riccardo. Lo dijo con esas palabras. Que se notaba de lejos que ese hombre nunca había sostenido un arma en su vida.