Capítulo 7
La luz de la cocina estaba encendida a la una de la mañana, y Chiara se detuvo en la puerta con la mano todavía en el interruptor que no tuvo que tocar.
Riccardo estaba sentado a la mesa larga de mármol, en mangas de camisa, y comía pasta fría directamente de la fuente con un tenedor. No una persona comiendo. Un hombre que se había olvidado de cenar y se había dado cuenta a la una de la mañana, de pie frente al refrigerador abierto.
Levantó los ojos. No pareció sorprendido.
—Usted iba a avisarme antes de bajar.
—Bajé a la cocina. No al jardín.
—Es justo. —Empujó la fuente un palmo hacia ella, por la mesa—. Assunta cocina para ocho personas. Somos tres.
Chiara pensó en volver al cuarto. Pensó en la muñeca, que todavía le dolía al girar la mano, y en la manera en que él le había preguntado si se había lastimado. Sacó un tenedor del cajón y se sentó al otro lado de la mesa, en diagonal, lo bastante lejos como para que pareciera una decisión.
Comieron un rato en silencio. La casa crujía alrededor, madera y mármol enfriándose. Orso se había quedado arriba, atravesado en la puerta del cuarto de Nina, y sin él Chiara no sabía muy bien qué hacer con las manos.
—¿De dónde es usted? —preguntó él.
—De Salerno. Crecí en Salerno.
—¿Cuántos años tiene?
—Veintinueve. Está en el contrato. —Pinchó un trozo de pasta—. Usted tiene treinta y seis. Está en el expediente. Estamos a mano.
—¿Y el hospital?
—Ocho años en Nápoles. Cuatro con él.
Hacía las preguntas con la voz de quien conversa, pero los ojos no conversaban. Los ojos tomaban nota. Chiara conocía eso; era lo que ella hacía en las primeras sesiones con los padres de un niño nuevo.
—Me está entrevistando.
—Estoy cenando. —Dejó el tenedor—. Pero pueden ser las dos cosas.
—Entonces me toca a mí. —Apoyó los codos en el mármol—. ¿Por qué odia a los perros?
Él no respondió enseguida. Miró la ventana oscura, hacia el fondo del jardín, donde el seto de laurel escondía la perrera, y se quedó mirando tanto rato que ella pensó que no iba a haber respuesta.
—No odio a los perros —dijo por fin—. Me crie con ellos.
*
—Mi padre criaba perros guardianes. Cane corso, dóberman. Doce, quince a la vez, allá al fondo. —No señaló. No hacía falta—. No eran animales. Eran parte del sistema de seguridad, como las cámaras. Con la diferencia de que las cámaras no se comían a la gente.
Chiara se quedó inmóvil.
—Los adiestraba para atacar a la orden. Una palabra.
Hizo una pausa.
—Y me llevaba a ver el adiestramiento desde los cinco años, porque un Celano tenía que aprender temprano que todo lo que es leal se puede usar. —Riccardo hizo girar el tenedor entre los dedos—. La primera regla era no ponerles nombre. Un perro con nombre se vuelve mascota, y una mascota duda.
—Y usted le puso nombre.
Él levantó los ojos hacia ella y, por un segundo, pareció más joven, mucho más joven, alguien a quien habían atrapado.
—Moro. Un cachorro de cane corso, negro, con una mancha blanca en el pecho. Yo tenía ocho años. Le llevaba comida a escondidas y lo llamaba por su nombre solo cuando no había nadie cerca. Venía corriendo. Me lamía la mano por entre los barrotes.
—¿Qué pasó?
—Mi padre lo oyó. —La voz no cambió, y eso fue lo que dolió—. Le regaló a Moro a unos hombres del puerto. Dijo que necesitaban un perro que no fuera de nadie.
Chiara no dijo nada. No había nada que decir que no fuera demasiado pequeño.
—Él murió cuando yo tenía dieciséis. —Riccardo apartó la fuente—. El día del entierro, mandé soltar a los perros en una finca de Caserta y cerrar la perrera. No he vuelto a entrar desde entonces.
—¿Y las argollas?
—Se quedaron. —Se encogió de hombros—. Nunca quise arrancarlas. Pensé que alguien tenía que acordarse.
Entonces era eso. En esta casa, un perro es un arma. No era una regla. Era una herencia.
—A Orso nunca lo entrenaron para nada de eso —dijo ella en voz baja.
—Lo sé. Lo vi en la puerta de la perrera, aquella noche. No se levantó. No gruñó. Solo se quedó de guardia. —Riccardo se miró las manos—. Me pasé la vida entera pensando que era imposible que un perro hiciera las dos cosas.
*
Ella debería haber subido en ese momento. Había oído más de lo que había bajado a buscar.
Pero él preguntó, como preguntaba las cosas que importaban, sin cambiar de tono:
—¿Y usted? ¿Por qué aceptó de verdad? —Levantó una mano antes de que ella respondiera—. La verdadera. La de los siete años ya la oí.
El silencio de la casa se hizo más grande. Chiara miró la fuente, el tenedor, sus propias manos sobre el mármol frío.
—Cuando yo tenía ocho años —empezó—, mi padre...
Se detuvo.
No porque doliera. Había hablado de eso en consultorios, en congresos, en aulas. Se detuvo porque él la estaba mirando como nadie la había mirado las otras veces. Sin tomar notas. Esperando.
Y porque, arriba, una niña guardaba en su silencio algo que Chiara había escrito en una libreta y le había escondido a aquel hombre con la palabra caciocavallo.
—Otra noche —dijo.
Él no insistió. Eso también lo anotó ella. Un hombre que mandaba romper dedos por teléfono y no insistía con una pregunta a la una y media de la mañana.
—Otra noche —repitió él, como quien cierra un trato.
Ella se levantó, lavó su tenedor, lo secó y lo guardó en el cajón. Él se quedó sentado. Cuando ella pasó por detrás de su silla camino de la puerta, él no se volvió, pero ella vio que se le tensaban los hombros, un instante, al pasar ella a veinte centímetros.
Subió sin mirar atrás. Sintió sus ojos en la espalda hasta la curva del pasillo.
*
No fue al puerto a la mañana siguiente.
—En cinco meses, nunca —dijo Assunta en la cocina, mirando el auto estacionado en el patio como si fuera un platillo volador—. Ni el domingo de Pascua.
Chiara entendió el motivo a las nueve, cuando salió con Nina y Orso a la terraza de los limoneros y lo vio en la mesa de hierro junto a la balaustrada, con lentes oscuros, el periódico abierto y una taza de café que no se enfriaba porque él no la tocaba.
Estaba a treinta metros. Lo bastante lejos para que Nina no corriera. Lo bastante cerca para ver.
Nina lo vio. Los hombros le subieron. Pero no corrió.
Se sentó en el muro, con el perro a los pies, y se quedó vigilando a su tío de reojo, como lo vigilaba todo.
Fue el limonero el que lo resolvió.
Orso estaba olfateando debajo del árbol más viejo, el que daba los limones más grandes, cuando uno se soltó de la rama y cayó. Le dio al perro en plena cabeza con un ruido hueco.
Orso dio un salto. Miró el suelo, después hacia arriba, después al limón, con una cara de ofensa personal tan completa que parecía un señor mayor al que le hubieran dado un paraguazo en la cabeza.
Le ladró al árbol. Una vez. Dos. Retrocedió un paso, desconfiado, y volvió a ladrar, ahora al limón quieto en el césped, como si el limón lo hubiera hecho a propósito.
Y Nina se rio.
No fue una sonrisa. Fue una risa de verdad, corta, fuerte, un sonido que se le escapó antes de que pudiera contenerlo, y que ella misma no pareció reconocer. Se tapó la boca con la mano, demasiado tarde.
Chiara no se movió.
En la mesa de hierro, el periódico bajó despacio.
Riccardo se había quitado los lentes. Miraba a su sobrina desde el otro lado de la terraza como si hubiera oído un idioma que no oía desde hacía cinco meses. Nina le devolvió la mirada, con la mano todavía en la boca, esperando.
Él no se levantó. No sonrió, no la llamó, no dijo su nombre. Volvió a ponerse los lentes, levantó el periódico delante de la cara y se quedó así.
Chiara vio la mano que sostenía la página. Temblaba.
Nina se quedó mirando el periódico levantado un largo rato. Después bajó del muro, recogió el limón del césped y se lo ofreció a Orso, que lo rechazó con dignidad.
*
La encontró al final de la tarde en el lavadero del fondo, donde ella cepillaba al perro con la puerta abierta hacia el jardín. Nina dormía arriba después del almuerzo, por primera vez sin esconderse antes.
Riccardo se detuvo en la puerta. Se había quitado la chaqueta y arremangado la camisa, y parecía no saber qué hacer con el cuerpo en un cuarto tan pequeño.
—Se rio —dijo.
—Se rio.
—Delante de mí.
—Delante de usted. —Chiara pasó el cepillo por el pelaje de Orso, despacio—. Usted hizo lo correcto. No se acercó.
—Quería acercarme. —La voz le salió más baja de lo que pretendía, ella lo notó—. Quería cruzar esa terraza y...
No terminó. Se quedó mirando al perro, y después las manos de ella en el pelaje, y después su cara, y el cuarto pequeño se hizo más pequeño.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó—. Hasta que se ría para mí. No cerca de mí. Para mí.
—No lo sé.
—Entonces espero.
Se fue antes de que ella pudiera responder. Chiara se quedó con el cepillo detenido en el aire, y Orso giró la cabeza hacia ella con una paciencia de santo, esperando el resto del cepillado. El cuarto siguió pequeño mucho tiempo después de que él se fuera.
*
Por la noche, Chiara abrió la libreta azul en la mesa de su cuarto.
Escribió la fecha. Risa. 1.ª. Espontánea. Detonante: limón. Presencia del tío a 30 m, tolerada.
Se quedó mirando la línea. Después, debajo, con la letra pequeña y apretada de las cosas que no eran sobre Orso, volvió a la página de la hamaca y agregó lo que le daba vueltas en la cabeza desde la visita:
c. se mece. barco. silbido 2 notas = llamada de la familia de la madre (playa, Bacoli). ¿«hombre del silbido»?
Podía no ser nada. Los niños lo mezclan todo: el miedo de una noche con el sonido de una playa, la voz de un hombre con la voz de una madre. Un silbido era un silbido. La mitad de los padres de Nápoles llamaban así a sus hijos.
Pero Nina no había dicho un hombre. Había dicho el hombre del silbido, como quien dice un nombre.
Y, allá abajo, el hombre que le había preguntado de dónde era y adónde iba, con esos ojos que tomaban nota, se había guardado en la memoria la palabra caciocavallo.
Cerró la libreta y se quedó con la mano sobre la tapa.
Cuando bajó a buscar agua, a las once, la luz del despacho estaba encendida al final del pasillo de abajo, y la puerta, abierta. Se detuvo en lo alto de los escalones, en la sombra, por la costumbre de quien ha aprendido a escuchar antes de entrar.
Ciro estaba de pie frente al escritorio, con las manos cruzadas a la espalda. Riccardo, sentado, con un vaso intacto al lado. Ninguno de los dos hablaba.
Ciro sacó del bolsillo interior de la chaqueta un sobre de papel madera, grueso, y lo dejó sobre el escritorio. Desde la oscuridad de los escalones, Chiara alcanzó a leer lo que estaba escrito a mano en el frente, en mayúsculas, con tinta negra:
MARINI, C.