La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano Capítulo 6
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Capítulo 6

—El diario de Orso —dijo Chiara—. Adiestramiento. Horarios. Recompensas.

Riccardo no bajó la mano.

Ella dudó un segundo más de lo que dudaría alguien que no tiene nada que esconder. Después le puso la libreta en la palma.

Los reflectores del muro seguían encendidos, y la luz blanca llegaba hasta allí de refilón, suficiente para leer. Tapa azul, gastada en las esquinas.

Él la abrió por el principio. Fechas de cuatro años atrás, con una letra redonda y regular. Columnas. Sentado. Echado. Quieto. Horarios. Nombres de niños con la edad y el área del hospital al lado, y a veces una sola palabra debajo: se rio. se durmió. pidió que volviera.

Hojeó hasta el final. La última página escrita era del día. Horarios de la mañana, órdenes, y debajo, con una letra más pequeña y apretada que el resto:

c. se mece. barco gde. noche. sirena = pánico.

—¿Qué es c.?

—Caciocavallo. —Ella no pestañeó—. Peso la recompensa. Engordó un kilo desde la semana pasada.

—¿Y el barco?

—El ferry de las cuatro a Ischia. Hizo sonar la sirena allá abajo esta tarde, y él entró en pánico. —Miró al perro, todavía metido entre sus rodillas, que no dejaba de temblar—. Como ahora. Ruido fuerte, sin dirección. Anoto los detonantes.

La explicación cerraba. El perro acababa de huir de una sirena como si se acabara el mundo. Riccardo cerró la libreta despacio y la sostuvo un instante más.

Había pasado veinte años viendo a gente mentirle. Sabía lo que la mentira le hacía a una cara: los ojos que se escapaban hacia un lado, la mano que iba al cuello, la boca que explicaba demasiado. Chiara no hacía ninguna de esas cosas.

Estaba de pie frente a él, descalza, con la muñeca roja y la barbilla en alto, y explicaba exactamente lo necesario.

Eso era lo que le molestaba. Nadie explicaba exactamente lo necesario a las dos y diez de la mañana, después de un arma en la sien.

Le devolvió la libreta.

—¿Por qué la tenía en el jardín a esta hora?

—Escribo cuando no duermo.

—¿Y por qué no duerme?

Ella se abrazó la libreta contra el pecho.

—Porque es la cuarta noche en una casa donde una niña de siete años se aprendió de memoria el horario de la ronda —dijo—. Y nadie me avisa cuando va a sonar la sirena.

Él lo dejó pasar. No porque le creyera. Porque todavía sentía en el antebrazo el lugar exacto donde había estado su clavícula, y no confiaba en lo que le iba a salir de la boca si se quedaba ahí.

—Buenas noches, señora Marini.

*

No durmió.

Se quedó en el despacho hasta que el cielo aclaró sobre el Vesubio, con un vaso que no se bebió y la ventana abierta.

Todo el cuerpo recordaba cosas que la cabeza le había ordenado olvidar. El calor de ella a través de la sudadera. El olor a limón. La manera en que no había gritado. El segundo en que él debería haber retrocedido y no retrocedió.

No era la primera mujer a la que inmovilizaba contra una pared. Era la primera de la que no conseguía apartarse.

A las seis, bajó al auto sin pasar por la cocina.

*

El almacén de los Celano en el puerto olía a óxido, a diésel y a sal. Ciro esperaba adentro con dos hombres y una silla ocupada.

El hombre de la silla tenía unos sesenta años, la barriga apretada en una camisa de seda y el sudor corriéndole por la frente a pesar del frío de la mañana. No estaba atado. No hacía falta.

—Gaetano administra una sala de juego en Secondigliano —dijo Ciro—. En el fondo de una lavandería. La semana pasada entraron ahí cuarenta mil en billetes de cincuenta.

Riccardo se quitó la chaqueta y la dobló sobre un cajón.

—Billetes nuestros.

—Billetes del rescate. Los números coinciden. Avisó el banco.

Riccardo arrastró un segundo cajón y se sentó frente a Gaetano, tan cerca que las rodillas casi se tocaban. No dijo nada. Dejó que el silencio hiciera el trabajo que sus hombres solían hacer con las manos.

Gaetano aguantó un minuto y medio.

—No sé de dónde salió, don Riccardo. Lo juro por Dios. Alguien paga, yo cobro, no pregunto.

—¿Quién pagó?

—Uno de los muchachos de Salvatore. El que les cobra en la zona este. Llegó con un sobre, pagó una deuda vieja y se fue.

Salvatore Varriale. Riccardo no se movió, pero Ciro sí se movió detrás de él, un paso corto, como un perro que siente que se le afloja el collar.

—¿El muchacho dijo de dónde salía el dinero?

—Dijo que había hecho un trabajo. —Gaetano tragó saliva—. Un trabajo grande. En abril.

Abril.

Riccardo se quedó mirándolo hasta que el hombre empezó a temblar. Después se levantó, tomó la chaqueta y se la puso despacio.

—Gaetano. —Se acomodó el puño de la camisa—. El muchacho de Salvatore va a querer saber si hablaste conmigo.

—No voy a decir nada, don Riccardo.

—Ya sé que no.

Riccardo se inclinó un poco, hasta que sus ojos quedaron a la altura de los del otro.

—Porque si el muchacho de Salvatore desaparece antes de que yo decida qué hacer con él, voy a saber que fuiste tú quien le avisó. Y entonces voy a ir a visitarte a la lavandería. No aquí. A la lavandería, donde tu nieta hace la tarea después de la escuela.

Gaetano cerró los ojos.

—Llévenlo a su casa —dijo Riccardo, y se enderezó—. Entero.

Ciro esperó a que los dos hombres salieran con Gaetano. Después cerró la puerta del almacén de un golpe tan fuerte que la chapa vibró.

—¿Entero?

—Entero.

—Son los Varriale, Riccardo. El dinero, el trabajo, abril. —Ciro se le acercó—. Mataron a tu hermano. Se llevaron a tu sobrina. Y ahora están pagando deudas de juego con el dinero que tú diste para recuperar a la niña.

—Sé lo que hicieron.

—Entonces déjame hacer lo que hacemos. —La voz de Ciro bajó—. Dos días. Te traigo al muchacho que cobró, y después a Salvatore, y antes de que termine la semana no queda un Varriale en pie entre aquí y Poggioreale.

El celular de Riccardo vibró en el bolsillo. Miró la pantalla y contestó.

—Doctora.

La abogada hablaba rápido, como cuando cobraba por minuto. Se había enterado de lo del almacén. Se enteraba de todo, siempre; para eso le pagaba él.

Y fue clara, como lo había sido Bassi: un disparo, una pelea en el puerto, un hombre de los Varriale en el hospital, y el bufete de los Montefusco le llevaba la noticia al juez antes del almuerzo.

La petición de Adele ya decía que su casa era un entorno de riesgo. Él no tenía por qué darle la razón.

—Cualquier violencia ahora —dijo ella— y usted le entrega la niña a la abuela con sus propias manos.

Riccardo colgó.

Se quedó mirando la chapa del almacén, la puerta, a Ciro. Por primera vez en cinco meses, los hombres que se habían llevado a Nina estaban al alcance de una llamada. Y él no podía hacer esa llamada.

Andrea se habría reído de eso. El hermano menor, el que construía hoteles y nunca había sostenido un arma, se había pasado la vida diciendo que algún día Riccardo iba a encontrarse con algo que no se resolvía con hombres en un almacén. Había muerto antes de verlo. Ese algo era su hija.

—No —dijo.

Ciro lo miró como si no hubiera oído bien.

—Nadie toca a un Varriale hasta que yo lo diga. Ni al muchacho, ni a Salvatore, ni a su perro.

—Riccardo...

—Nadie, Ciro.

Ciro se quedó callado un rato. Cuando habló, fue en voz baja, sin rabia, lo cual era peor.

—Estás distinto.

—Tengo una audiencia dentro de siete semanas.

—No es la audiencia. —Ciro tomó su propia chaqueta—. Hace cuatro días que esa mujer entró en tu casa, y dejaste de dormir y empezaste a pedirle disculpas a un vendedor de lavandería. Te conozco desde los dieciséis años, Riccardo. Nunca te he visto dejar que un hombre se levante entero de una silla.

Riccardo no respondió. No tenía una respuesta que Ciro fuera a aceptar, ni una que él mismo aceptara.

*

Volvió a casa al atardecer.

Subió primero. En el pasillo de arriba, la puerta del cuarto de Nina estaba cerrada, y debajo, en la rendija, había una sombra larga y dorada echada de través en el suelo, del lado de adentro. El perro. Llevaba tres noches durmiendo ahí, y en tres noches nadie había tenido que vigilar esa puerta.

Riccardo no se sentó en la alfombra. Se quedó de pie, con la mano abierta apoyada en la madera, sin empujar. Del otro lado, un suspiro largo de perro, y después nada.

Por primera vez en cinco meses, había alguien de guardia del lado de adentro de esa puerta. Y no era él.

Bajó. Encontró a Chiara en la terraza de los limoneros, sola, sentada en el muro donde solía sentarse la niña, de cara al mar. Nina estaba arriba, con el perro, según Assunta. Había comido la mitad de la cena, lo cual era noticia.

Él se detuvo a unos pasos de ella, con las manos en los bolsillos.

—¿La muñeca?

—Morada. —Se la mostró, sin drama—. Ya se me pasará.

La marca de sus dedos estaba ahí, cuatro sombras oscuras en la piel clara de la muñeca. Riccardo la miró y sintió el deseo absurdo de volver a poner los dedos exactamente en el mismo lugar, esta vez despacio.

—Perdón.

Ella levantó los ojos. Él entendió por qué: no recordaba la última vez que había dicho esa palabra en voz alta.

Ella no dijo que no pasaba nada. Se puso la mano de la muñeca morada en el regazo, encima de la otra, y volvió a mirar el mar.

Se quedaron un rato mirando cómo oscurecía la bahía. Las luces de Ischia encendiéndose a lo lejos, una por una. El ferry de las ocho cruzando el agua, con las ventanas iluminadas y la estela blanca detrás. Él sintió el calor de ella a medio metro y se quedó exactamente donde estaba.

—Usted descubrió algo hoy —dijo ella—. Tiene cara de haber descubierto algo.

—Descubrí quién se quedó con el dinero. No quién se llevó a la niña.

—¿Y qué va a hacer?

—Nada. —Oyó su propia voz decirlo como si fuera otra persona—. La abogada dice que cualquier cosa que haga le entrega la custodia a la abuela.

Chiara se quedó callada. Después preguntó, sin mirarlo, con la voz ligera de quien comenta el tiempo:

—El lugar donde la tuvieron encerrada. ¿Estaba cerca del agua?

Riccardo giró la cabeza despacio.

Ella seguía mirando el mar. El ferry ya estaba lejos, y la sirena sonó una vez, grave, del otro lado de la bahía.

—No sabemos dónde estuvo —dijo él—. Nadie lo sabe. ¿Por qué?

—Curiosidad. —Bajó del muro y se sacudió el polvo del pantalón—. Aquí todo está cerca del agua. Buenas noches, señor Celano.

Él la vio cruzar el jardín hasta la casa, sin prisa, con el pelo recogido de cualquier manera, y esperó a que se cerrara la puerta de la cocina.

La curiosidad no tenía esa precisión. Nadie preguntaba por el agua por casualidad, la misma noche en que había escrito la palabra barco en una libreta a las dos de la mañana.

Sacó el celular del bolsillo. Ciro contestó al primer tono.

—La terapeuta —dijo Riccardo—. Quiero su vida entera, desde el día en que nació.