La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano Capítulo 5
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Capítulo 5

—Cuatro semanas —dijo Riccardo, y empujó la taza de café hacia ella por la mesa de la cocina—. Eso es lo que nos dio.

Eran las seis y media de la mañana. Él ya estaba vestido para el puerto, y ella todavía llevaba la sudadera, con el pelo mojado y Orso echado sobre sus pies debajo de la mesa.

Tenía la impresión de que él la había esperado ahí a propósito, en la cocina, donde nunca se quedaba, para decirle aquello antes de que todos se despertaran.

—Lo oí.

Una gota le resbaló del pelo al cuello de la sudadera. Los ojos de él siguieron la gota medio segundo antes de volver a su cara. Ella lo vio. Él vio que ella lo había visto, y se puso todavía más serio.

—Sé que lo oyó. —No se sentó—. Se lo repito para que oiga el número. Cuatro semanas para algo que dos psicólogas no consiguieron en cinco meses.

—Ellas no tenían un perro.

—¿Usted va a poner un perro en un informe para el juzgado?

—Voy a poner lo que haga la niña. —Chiara sostuvo la taza con las dos manos—. Ayer bajó. Se quedó cuarenta minutos. Silbó delante de la abuela. Eso es progreso, y yo lo escribo de manera que un juez lo entienda.

Riccardo la miró un rato. Lo hacía mucho: la miraba como si estuviera leyendo algo escrito detrás de sus ojos, en un idioma que conocía mal.

—Silba, pero no habla conmigo —dijo—. En eso Adele tiene razón, al menos.

—Adele quería que usted saliera de aquí pensando eso.

—Y lo consiguió.

Tomó la llave del auto del mostrador y se fue sin decir nada más. Chiara oyó el motor afuera, después el portón, y contó hasta tres antes de oír, arriba, el golpe sordo de dos pies descalzos saltando de la cama al suelo, y el roce de alguien que se metía debajo.

*

La hamaca estaba colgada entre dos pinos, en el rincón del jardín desde donde se veía toda la bahía.

Según Assunta, Nina no se acercaba a ella desde hacía cinco meses. Aquella tarde se acercó por el perro: Orso se metió debajo de la hamaca, se echó a la sombra y se negó a salir, y la niña, después de dar tres vueltas, se sentó en el borde de lona para estar cerca de él.

Chiara estaba a diez metros, en el césped, con la libreta azul en el regazo, fingiendo que anotaba los horarios del adiestramiento.

En la terraza de arriba, apoyado en la balaustrada como el día anterior, Ciro fumaba y la miraba a ella, no a la niña.

La hamaca se meció.

No mucho. Lo suficiente para que la niña perdiera el apoyo de los pies y la lona cediera bajo su peso.

Nina se agarró a las cuerdas con las dos manos, y todo su cuerpo se puso rígido, de una manera que Chiara conocía del hospital: la de un niño que ha vuelto, en un segundo, a un lugar que no es ese.

Chiara conocía ese lugar por dentro. No el de Nina. El suyo. Todo el que ha pasado un tiempo sin voz sabe que hay una habitación en la cabeza a la que uno vuelve sin querer, y que la puerta se abre sola.

Chiara no se movió. Levantarse y correr solo iba a demostrar que había peligro.

Fue Orso el que se movió. Salió de debajo de la hamaca, apoyó las dos patas delanteras en el borde de lona, y su peso detuvo el vaivén.

Nina bajó. No corrió hacia la casa. Se sentó en el césped, se puso la cabeza del perro en el regazo con las dos manos y le acercó la boca a la oreja.

Chiara contuvo la respiración y escuchó.

—Como el cuarto —dijo Nina, tan bajo que las palabras llegaban a pedazos—. El cuarto se mecía. El suelo. Se mecía siempre.

Orso se quedó inmóvil. Solo le tembló la oreja.

—Y de noche había un barco. —La niña hundió la cara en el pelaje—. Un barco grande. Hacía un ruido.

Allá abajo, en la bahía, como si alguien la hubiera oído, el ferry de las cuatro a Ischia hizo sonar la sirena: un sonido grave, largo, que cruzó el agua y subió por las rocas de la ladera hasta el jardín.

Nina se tapó los oídos con las dos manos y se encogió encima del perro.

Chiara se quedó mirando el mar hasta que la sirena terminó. Después miró la libreta abierta en el regazo. Estaba en la página de adiestramiento del día, con la fecha arriba y una columna de horarios y órdenes a medio llenar.

Un cuarto que se mece todo el tiempo. Ruido de un barco grande por la noche.

Una niña de siete años acababa de decir dónde había estado encerrada treinta y una horas. No la dirección. Pero sí qué clase de lugar era. Un barco. Una casa flotante. Un muelle. Algo cerca de agua lo bastante profunda para que pasaran barcos grandes.

Y ella era la única persona en el mundo que lo había oído.

Destapó el bolígrafo. Escribió debajo de los horarios, con letra pequeña, abreviado, como anotaba las historias clínicas cuando no quería que la madre de un niño las leyera por encima de su hombro:

c. se mece. barco gde. noche. sirena = pánico.

La fecha quedó arriba de la página, donde siempre quedaba.

Después se quedó un rato mirando su propia letra. Era la primera vez en cuatro años que escribía en la libreta de Orso algo que no era sobre Orso.

Si se lo contaba a Riccardo, él tendría lo que nadie había tenido en cinco meses: una pista.

Y la usaría de la única manera que sabía.

Chiara había oído esa manera por teléfono, en el despacho, con la misma voz baja de las reglas.

Mandarían hombres a todos los muelles de la bahía. Alguien acabaría con los dedos rotos.

Y la primera vez que alguien le preguntara a la niña, con cuidado o sin él, por un cuarto que se mece, Nina entendería que el perro no guardaba secretos. Dejaría de hablar con lo único con lo que hablaba.

Y además estaba el número que él había empujado por la mesa junto con el café.

Cuatro semanas. La misma pista que podía encontrar al hombre podía, si Nina volvía a cerrarse, entregar a la niña a su abuela.

Chiara no tenía ninguna de las dos cosas para ofrecerle a Riccardo.

Solo una línea abreviada en la libreta de un perro.

Chiara cerró la libreta.

Cuando levantó la vista, la terraza estaba vacía. El cigarrillo de Ciro todavía humeaba en el parapeto, encendido, abandonado allí por alguien que se había ido con prisa.

*

No pudo dormir. A las dos de la mañana, se rindió, se puso el abrigo y bajó con Orso para el paseo que le daba todas las noches antes de acostarse, y que esa noche llevaba tres horas de retraso.

Se llevó la libreta. No habría sabido decir por qué. Tal vez porque no quería dejarla en el cuarto, sola, con esa línea adentro.

Tal vez también por la cocina. Por la taza empujada por la mesa a las seis y media, por la manera en que él se había quedado de pie mientras ella estaba sentada, por esa mirada larga de quien lee en un idioma que conoce mal.

Había pasado el día entero sin pensar en eso, con esfuerzo, y a las dos de la mañana el esfuerzo se le había acabado.

El jardín estaba oscuro, sin luna. Solo las luces bajas del camino de piedra, cada diez metros. Se sentó en el banco junto a los limoneros, abrió la libreta en el regazo y volvió a leer la página de la tarde a la luz débil de un farol, mientras Orso olfateaba el seto.

La alarma se disparó.

No fue una alarma. Fueron todas. Sirena en lo alto de la casa, sirena en el portón, luces blancas encendiéndose en los muros de golpe, como si le hubieran arrancado la noche. Orso soltó un gemido, un sonido que ella nunca le había oído, y salió disparado por el jardín.

—¡Orso!

No volvió. Nunca en su vida había huido. Había pasado cuatro años en pasillos de hospital llenos de pitidos, sirenas y camillas, y nunca había huido, pero aquello era otra cosa: ruido que venía de todas partes a la vez, sin ninguna dirección hacia donde correr.

Chiara corrió detrás, con la libreta todavía en la mano.

Por el camino de piedra, por el césped, hacia el muro del fondo, adonde no llegaba la luz de los reflectores.

Oía al perro delante, el roce de las uñas en la grava, y detrás de ella, en la casa, puertas que se cerraban de golpe y voces de hombre.

Llegó al muro del fondo, a oscuras. Orso no estaba ahí.

Una mano la agarró del brazo y la hizo girar.

Su espalda chocó contra la piedra. Se quedó sin aire de golpe. Un cuerpo entero la inmovilizó contra el muro, con un antebrazo atravesado justo debajo de la clavícula, y algo duro y frío se le apoyó en la sien.

No gritó. No hubo tiempo. Solo hubo el peso, y el calor, y el olor: jabón, pólvora, la lana de un abrigo echado encima de la piel.

La sirena se detuvo.

En el silencio que quedó, oyó su respiración, corta, a centímetros de su cara. Y él oyó la de ella, porque el antebrazo se aflojó de repente y la cosa fría se le apartó de la sien.

—Usted —dijo Riccardo.

No se apartó. Se quedó donde estaba, con el cuerpo todavía contra el de ella, el brazo todavía atravesado, como si su cerebro hubiera dado la orden de soltarla y el resto no hubiera obedecido.

También estaba descalzo, con un pantalón oscuro y nada debajo del abrigo abierto.

El arma, bajada junto a la pierna. A la luz que llegaba de lejos, de los reflectores del muro, ella vio una cicatriz larga que le atravesaba las costillas, clara contra la piel, y apartó los ojos como si hubiera leído una carta que no era para ella.

El corazón de él latía contra su pecho. Rápido. Más rápido que el de ella, y el de ella iba rápido.

—Era un simulacro —dijo él, en voz baja—. Ciro cambió el protocolo después de la noche de la perrera. Dos de la mañana, sin aviso. Nadie tenía que estar en el jardín.

—Nadie me avisó.

—Nadie le avisa a nadie. Ese es el simulacro.

Todavía no se había apartado. Ninguno de los dos se había apartado. Hubo un segundo entero en que uno de ellos debería haberse movido, y el segundo pasó, y nadie se movió, y ella vio, en la oscuridad, que él lo sabía tanto como ella.

Riccardo retrocedió un paso. Se guardó el arma en la cintura, a la espalda.

—¿Se lastimó?

—No.

Él le tomó la muñeca de todos modos, la que había golpeado contra la piedra, y le giró la mano bajo la luz débil para mirarla. Sus dedos eran cálidos y cuidadosos, y no encajaban con nada de lo que habían hecho un minuto antes. La soltó despacio.

—La próxima vez que no pueda dormir —dijo—, me avisa antes de bajar.

Orso apareció de la oscuridad, temblando, con la cola entre las patas, y se le metió entre las rodillas.

Chiara se agachó para agarrarle el collar y solo entonces vio que todavía tenía la libreta en la mano, arrugada contra el pecho, abierta, con la página de la tarde hacia afuera.

Riccardo también la vio.

Le tendió la mano abierta, la misma mano que había sostenido el arma un minuto antes.

—¿Qué es eso?