La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano Capítulo 4
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Capítulo 4

—En el salón, no.

Chiara lo dijo desde la puerta del despacho, a las cuatro menos veinte, sin llamar, y Riccardo levantó la vista del informe del puerto por primera vez en una hora.

—La visita es en el salón. Siempre lo ha sido.

—¿Y siempre ha salido bien?

Él no respondió. Ella entró y cerró la puerta.

—Un salón tiene una sola puerta —dijo—. Cinco adultos entre ella y la salida. Sillones altos, todo el mundo mirándola desde arriba. Si usted quisiera montar una sala para que una niña secuestrada se sienta atrapada, no podría hacerlo mejor.

—El asistente social quiere ver a la niña en un entorno controlado.

—Entonces que controle el jardín. —Se detuvo al otro lado del escritorio—. La terraza de los limoneros. El muro donde ella se sienta. El perro. Y la casa detrás de ella, adonde puede correr si lo necesita, sin nadie en el camino.

Estaba demasiado cerca del escritorio, con las dos manos apoyadas en el borde, la misma postura que él usaba con sus hombres. El pelo recogido de cualquier manera. Un olor a limón y a perro que no debería haber sido agradable y lo era.

Riccardo lo registró y lo dejó de lado.

—¿Y si corre?

—Entonces el hombre del juzgado va a ver a una niña que corre hacia dentro de la casa. No hacia afuera. —Chiara se enderezó—. Anótelo en su informe, si quiere. Gratis.

Él la miró un largo rato. Ella no apartó la vista.

—La terraza —dijo él—. ¿Dónde está ella ahora?

—Debajo de la cama. Desde ayer a las siete.

*

Ciro entró cuando ella salió y cerró la puerta con el cuidado de quien va a decir algo que no quiere oír retumbar.

—Uno de los dos de la ronda lloró esta mañana. Tiene un hijo pequeño.

—Lo sé.

—No estoy pidiendo nada. —Ciro se quedó de pie delante del escritorio—. Estoy diciendo que una niña que se aprendió el horario de la ronda no es culpa de la ronda.

Riccardo esperó. Ciro nunca entraba por una sola cosa.

—Esta mañana, la niña habló con el perro.

El bolígrafo se detuvo en la mano de Riccardo.

—Yo estaba en la terraza. Vi que movía la boca. Una palabra, quizá dos. El perro se sentó. —Ciro hizo una pausa—. La terapeuta estaba escondida detrás de los limoneros, a seis metros. Escuchando.

—Me dijo que la niña dice cosas que no se entienden.

—Puede ser. —Ciro se abotonó la chaqueta—. A seis metros, se entiende bastante.

—A ella le pagan por escuchar.

—Le pagas tú, y lo que ella escribe va a parar a un juez. —Ciro fue hasta la puerta—. ¿Ya le preguntaste para quién más escribe?

—Basta, Ciro.

—Basta. —Abrió la puerta y se detuvo—. Yo desconfío para que tú puedas dormir, Riccardo. Es lo único que hago.

*

El auto de los Montefusco cruzó el portón a las cuatro en punto, con un Fiat gris justo detrás. Adele no había llegado tarde a ningún sitio en toda su vida, ni siquiera al entierro de su hija.

Riccardo esperó en lo alto de los escalones, con Ciro dos pasos detrás. Contó a los ocupantes antes de que el chofer abriera la puerta.

Adele bajó primero: sesenta y ocho años, vestido gris, perlas, la columna de quien nunca se ha apoyado en un respaldo.

Del Fiat bajó el asistente social, un hombre delgado de cincuenta años, de lentes y portafolios de cuero, que se presentó como Bassi y ya estaba anotando algo antes de subir el primer escalón.

Por último, Filippo.

—Riccardo. —Subió con la mano tendida y sonriendo, el único Montefusco que todavía le daba la mano a un Celano. Cuarenta y un años, traje claro, el pelo empezando a ralear, la simpatía fácil de quien se gana la vida cerrando acuerdos—. Gracias por recibirnos. Sé que no es fácil.

—No soy yo quien necesita que sea fácil.

—Lo sé. —Filippo bajó la voz—. La mamma también lo sabe. Solo que no sabe decirlo.

Adele pasó junto a los dos sin saludar a nadie.

—¿Dónde está mi nieta?

*

Nina bajó veintidós minutos después.

Riccardo contó cada uno. Bassi también: estaba en su página, con la hora al lado.

No bajó sola. El perro llegó primero, sin prisa, y olfateó cada escalón. Después la terapeuta, despacio, sin mirar atrás. Y, tres escalones detrás de ella, con un vestido azul y la mano aferrada al pelaje del perro como quien se agarra a un pasamanos, Nina.

Chiara no llevó a la niña hasta los adultos. Llevó al perro hasta el muro de los limoneros, se sentó en el césped y esperó. Nina se subió al muro, a su lugar, con el mar a la espalda y la casa enfrente.

Con la salida a la vista. Riccardo entendió solo en ese momento lo que Chiara había hecho.

—Está más delgada —dijo Adele.

—Come lo que puede.

—En mi casa, comía.

—En su casa, no la habían secuestrado.

Adele giró la cara hacia él despacio. Filippo le puso la mano en el brazo a su madre.

—Venimos en paz, mamma. Por ella.

Los regalos venían en una bolsa de papel.

Adele había traído un vestido bordado, envuelto en papel de seda, que dejó en el banco sin que nadie lo abriera.

Filippo, un libro de dibujos y una bolsita de caramelos de menta, que le tendió a su sobrina con una sonrisa, agachado a tres metros, sin acercarse.

Nina no se movió. Había dejado de moverse desde el portón.

Bassi escribió. Después levantó los ojos de la libreta, no hacia la niña, sino hacia él.

—Señor Celano. ¿La niña lo busca a usted cuando tiene miedo?

Todos se volvieron. Adele también.

Riccardo pensó en el pasillo, en la alfombra, en la rendija debajo de la puerta. En su auto en el portón, y en los pies descalzos que corrían lejos del ruido.

—No.

—¿Se esconde de usted?

Había mentiras que él decía sin pestañear a jueces, a policías, a hombres armados. Miró a su sobrina en el muro, con la mano enterrada en el pelaje del perro.

—A veces.

Bassi escribió. Adele no dijo nada. No le hacía falta. Filippo desvió la mirada, avergonzado por él, y eso fue peor que el silencio de su madre.

Durante cuarenta minutos, Riccardo se quedó de pie en la puerta de la terraza, que era donde podía quedarse.

Desde ahí lo veía todo. Veía a Adele hacerle preguntas a su nieta que su nieta no respondía.

Veía a Filippo contar una historia larguísima sobre un gato que se cayó en un barco, con voces distintas, sin importarle que nadie se riera.

Veía a Bassi hacerle preguntas a la terapeuta, y a la terapeuta responderlas todas sin entregar nada.

—Interactúa con el animal —decía Chiara—. Acepta órdenes. Tolera la presencia de adultos a cierta distancia. Hoy pasó cuarenta minutos expuesta a una situación de estrés sin huir.

—Pero no habla.

—No con nosotros. Todavía no.

Riccardo notó el «con nosotros» y lo guardó.

Filippo vino a pararse a su lado en la puerta de la terraza, con las manos en los bolsillos, cansado de su propia historia del gato.

—¿La terapeuta es nueva?

—Llegó ayer.

—Parece seria. —Filippo siguió con los ojos la manera en que Chiara se acomodaba en el césped, de lado respecto a la niña—. La mamma va a querer saber de dónde salió. Ya conoces a la mamma.

—La conozco.

—Yo intento frenarla. —Se encogió de hombros, con media sonrisa—. No siempre lo consigo.

Lo que más veía era otra cosa.

Veía a Chiara siempre entre la niña y los adultos, nunca de espaldas a Nina, siempre de lado, usando su propio cuerpo como un muro bajo por encima del cual la niña podía mirar si quería.

Cuando Adele se levantó para acercarse, Chiara se levantó también, sin prisa, y se quedó en el camino de la abuela con una sonrisa educada que no le daba paso a nadie.

Hacía cinco meses que nadie se interponía en el camino de nadie por Nina, salvo él. Y él solo sabía hacerlo de una manera.

Adele lo encontró en la balaustrada, cuando Bassi fue a medir con los ojos el cuarto de la niña y Filippo lo siguió haciendo preguntas simpáticas. Se quedó a su lado sin mirarlo, con las dos manos enguantadas apoyadas en la piedra.

—¿Sabes quién le hizo eso?

—Lo voy a saber.

—¿Y cuando lo sepas, qué vas a hacer? —Le habló al mar—. ¿Otro entierro? ¿Otra calle cerrada, otro auto baleado, otra familia llorando del otro lado?

Él no respondió.

—Giulia me llamaba todas las noches, después de casarse con tu hermano. Todas las noches. Para decirme que todo estaba bien. —Adele volvió la cara hacia él por primera vez—. Nadie llama todas las noches para decir que todo está bien cuando todo está bien.

—Andrea no tenía nada que ver con mis negocios.

—Andrea tenía tu apellido. —Se apartó de la balaustrada—. Nina también lo tiene.

*

A las cinco y diez, Bassi cerró el portafolios.

Estaban cruzando el jardín hacia los autos cuando el perro se distrajo con algo en el seto de laurel y desapareció detrás.

Nina se llevó dos dedos a la boca y silbó.

Dos notas. Bajas, largas, la segunda más grave que la primera.

Riccardo nunca había oído silbar a su sobrina. El perro salió del seto a toda carrera y fue hasta ella.

Adele se detuvo en medio del césped.

Se detuvo de una manera que él nunca había visto, como si alguien hubiera cortado el hilo que la mantenía en pie. La mano enguantada le subió al pecho y se quedó ahí. Filippo se volvió hacia ella.

—¿Mamma?

Adele no le respondió a su hijo. Miraba a su nieta.

—Así llamábamos a los niños en la playa —dijo, y la voz le salió distinta, más baja, una voz de otra edad—. En Bacoli. Todos los veranos. Cuando oscurecía, yo salía a la veranda y silbaba así, y ellos venían corriendo del agua.

Nina se había quedado congelada en el muro, con la mano todavía cerca de la boca.

—Tu madre lo aprendió de mí —le dijo Adele—. Y te lo enseñó a ti.

Filippo le pasó el brazo por los hombros a su madre.

—Vamos, mamma. —Miró a su sobrina con una sonrisa triste—. Se acuerda de Giulia. Eso es bueno. ¿Es bueno, verdad, doctora?

Chiara no respondió. Riccardo vio que no miraba a Adele ni a la niña. Miraba el suelo, con la cara cerrada, como quien hace una cuenta que no quiere que nadie vea.

También lo guardó.

Adele dejó que su hijo la llevara hasta el auto. En la puerta, se detuvo de nuevo, sin volverse.

—Silba, pero no habla contigo —le dijo a Riccardo—. Piensa en lo que eso significa.

Filippo le cerró la puerta con cuidado, rodeó el auto, saludó a su sobrina con la mano y subió.

Bassi fue el último. Dejó el portafolios en el asiento trasero del Fiat y se volvió hacia Riccardo con la mano en la puerta del auto, con la voz neutra de quien ya ha dicho aquello en muchas casas.

—Señor Celano, voy a ser claro, porque creo que es lo que usted prefiere.

Se acomodó los lentes.

—El juez me pidió una evaluación intermedia antes de la audiencia. Vuelvo dentro de cuatro semanas. Si para entonces la niña no muestra un progreso que yo pueda poner por escrito, mi informe va a recomendar que la custodia pase a la abuela.