La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano Capítulo 3
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Capítulo 3

—Los dos muchachos de la ronda de anoche ya no trabajan aquí.

El hombre estaba apoyado en el mostrador de la cocina cuando Chiara bajó, a las siete, con una taza de café que nadie le había ofrecido y que sostenía como si fuera suya.

Cincuenta y tantos, canoso, corpulento, de traje a las siete de la mañana.

Ojos de quien cuenta las salidas de una habitación antes de contar a las personas.

—Ciro —dijo, sin tenderle la mano.

—Chiara Marini.

—Sé quién es usted. —Tomó un sorbo—. Sé que llegó ayer por la mañana. Sé que a la una de la madrugada estaba descalza en el jardín. Y sé que dos hombres con hijos pequeños perdieron el trabajo antes del desayuno.

—Por una niña de siete años que atravesó la casa entera sin que nadie la viera.

—Por una niña que nunca había salido de su cuarto. —Ciro dejó la taza—. Hasta que llegó usted con un perro.

—¿Quiere saber qué fue a hacer ella allá?

—Quiero saber qué fue a hacer usted allá.

—A ver si mi perro estaba bien.

—¿Y la niña?

—Dormía.

Era verdad. Chiara lo dijo sin pestañear, y aun así el sabor de la otra cosa, la que no había dicho, le bajó junto con el café.

Chiara se sirvió su propio café. Había aprendido en los pasillos del hospital que ciertos hombres solo querían saber si una iba a bajar la mirada.

No la bajó.

—Usted le cayó bien al jefe —dijo Ciro por fin—. Decide rápido. Casi siempre acierta. —Se enderezó y se abotonó la chaqueta—. Yo estoy aquí para el casi.

*

Orso había dormido el resto de la noche en la perrera, y Nina también, hasta la primera luz.

Chiara se había quedado sentada en el escalón de piedra detrás del seto, envuelta en la manta que Riccardo le había dado, hasta ver a la niña despertarse, mirar un largo rato la segunda manta que tenía sobre los pies y subir de vuelta a la casa arrastrándola por el césped.

No dejó la manta. Se la llevó.

A las ocho, Riccardo ya había salido hacia el puerto. Dejó una sola orden, que Assunta repitió en el vestíbulo con la boca apretada de quien no está de acuerdo: el perro podía entrar. En el cuarto de la niña, si ella quería.

Nina no dijo si quería. A las nueve estaba sentada en el muro de los limoneros, en el mismo lugar del día anterior, y Orso echado a sus pies, como si siempre hubiera sido así.

Chiara trabajó de lejos.

No le hablaba a la niña. Le hablaba al perro, con las manos.

La palma abierta hacia abajo: echado. Dos dedos levantados: sentado.

La mano cerrada contra el pecho: quieto.

Orso obedecía sin prisa, con la solemnidad de un funcionario público, y Chiara lo recompensaba con un trozo de queso que sacaba del bolsillo del abrigo.

Él nunca había rechazado un queso en su vida. Tampoco se había comido nunca un trozo sin antes mirarla esperando permiso.

Nina miraba sin girar la cabeza. Miraba de reojo, como los niños del hospital miraban la aguja.

A media mañana, Chiara se levantó, anunció en voz alta al aire que iba a buscar agua y se escondió detrás de la hilera de limoneros, a seis metros.

Esperó.

Nina bajó del muro. Revisó la casa, el jardín, el seto. Levantó dos dedos frente al hocico de Orso, igual que había visto. El perro no se movió. No conocía esa mano.

La niña bajó el brazo. Se acercó más a su oreja y movió los labios.

—Sentado.

Fue un soplo. Menos que un soplo. Orso se sentó.

Chiara cerró los ojos detrás del limonero y contó hasta diez antes de volver con un vaso de agua que nadie había pedido.

En la terraza de arriba, apoyado en la balaustrada, Ciro lo había visto todo.

*

El muchacho apareció cerca del mediodía, con un cuenco de agua en una mano y un trozo de jamón envuelto en una servilleta en la otra.

—Para él —dijo, y se puso colorado—. Si usted me deja, señora.

Veintidós, veintitrés años. El pelo rapado a los costados, una pistola en la funda que parecía demasiado pesada para su cuerpo flaco. Se agachó a dos metros del perro, despacio, y esperó a que Orso se acercara, cosa que Chiara anotó a su favor.

—Tonino —dijo—. Soy del turno de la tarde. En casa teníamos uno igualito. Del mismo color.

Orso se comió el jamón de un bocado y le lamió los dedos al muchacho. Nina, en el muro, no le quitaba los ojos de encima a la pistola.

—Si usted quiere dormir de noche, yo lo saco a pasear después de la ronda —dijo Tonino—. No me cuesta nada. Me gusta.

—Gracias. Pasea conmigo.

—Claro. Claro. —Se levantó y se limpió la mano en el pantalón—. Pero, si necesita...

—Tonino.

La voz de Ciro llegó desde la terraza, sin ningún volumen. El muchacho enderezó la espalda como si le hubieran dado una bofetada y subió los escalones de dos en dos.

*

El auto llegó a las dos y cuarenta.

Chiara no oyó el motor. Oyó el portón, el chirrido del hierro corriendo por el riel, y antes de que terminara de abrirse Nina ya no estaba en el muro.

Corrió sin hacer ruido. Ese era el detalle que Chiara iba a recordar después: una niña de siete años atravesando el jardín a toda velocidad con los pies apenas rozando la grava, como si lo hubiera ensayado. Orso se levantó y fue detrás, sin que nadie se lo ordenara.

Chiara la siguió despacio. No corrió. Correr detrás de un niño que huye solo le confirma que hay un motivo para huir.

La puerta del cuarto estaba abierta. La cama, tendida. La manta de la noche anterior doblada sobre la almohada, con un cuidado que ninguna otra cosa del cuarto tenía.

Debajo de la cama, dos pies descalzos, encogidos. Al lado, el cuerpo entero de Orso tendido en la alfombra, con el hocico metido en el hueco oscuro.

Chiara se sentó en el suelo, en la puerta. Después se tumbó de lado, con la cabeza apoyada en el brazo, a la misma altura de los ojos que no veía. No dijo nada. Dejó que el tiempo pasara como pasa para quien está escondido: lento y ruidoso.

Pasos en el pasillo. Pesados, conocidos, cada vez más lentos a medida que se acercaban.

Riccardo se detuvo detrás de ella, en la puerta. Todavía de chaqueta, con la llave del auto en la mano. Había vuelto del puerto horas antes de lo previsto, y Chiara no necesitó preguntar por qué: quería ver cómo había ido el primer día.

La miró a ella tumbada en el suelo. Miró al perro. Miró los dos pies encogidos debajo de la cama, que se encogieron un poco más.

Desde el suelo, Chiara le veía la cara desde abajo, desde un ángulo desde el que nadie mira a un hombre como ese. Por un segundo, no había nada encima. Solo un hombre en la puerta de un cuarto en el que no podía entrar.

No entró.

—Mi auto —dijo, tan bajo que era casi solo el movimiento de la boca.

Chiara asintió.

Él se quedó ahí un segundo más, con la mano cerrada alrededor de la llave con la fuerza suficiente para que el metal le marcara la palma.

Después se dio la vuelta y se fue por el pasillo, sin prisa, con los pasos cada vez más livianos, como los de un hombre que ha aprendido a irse de un lugar para que otra persona pueda respirar.

Once minutos después de que se cerrara la última puerta abajo, una mano pequeña salió de la oscuridad y se hundió en el pelaje del perro.

—Siempre —dijo Assunta más tarde, en la cocina. Pelaba papas sin mirarlas—. El auto del panadero, el del jardinero, el del señor. Cualquier motor en el portón. En cinco meses, no ha fallado ni una vez.

—¿Y nadie va con ella?

—El señor iba, al principio. —El cuchillo se detuvo—. Y hoy ni siquiera era día de que volviera temprano. Volvió por usted. Para ver el primer día.

Assunta retomó la papa y le habló a ella, no a Chiara.

—No sé cuál de las dos cosas le duele más. Que la niña huya de su auto o tener que irse él para que ella salga.

Chiara no respondió. Había visto la llave en su mano, apretada hasta marcarle la piel, y sabía la respuesta. Le dolía la segunda. La primera la entendía. La segunda era una elección de ella.

*

El perro desapareció cerca de las cinco.

Estaba olfateando el seto de laurel, después el muro del fondo, y de pronto ya no estaba en ninguna parte. Chiara se levantó del césped con el corazón en la boca. Un perro de treinta kilos, en una propiedad con once cámaras y hombres armados que aprendían desde niños que un perro es un arma.

No tuvo que llamarlo.

Nina, en el muro, se llevó dos dedos a la boca y silbó.

Dos notas. Bajas, la segunda más grave que la primera, largas, como una llamada que cruza una playa. No era una orden de adiestramiento. Chiara las conocía todas. Aquello era otra cosa, más antigua, la manera de llamar a alguien que está lejos y a quien uno quiere de vuelta antes de que oscurezca.

Las dos notas se quedaron en el aire después de terminar. Chiara las repitió por dentro, sin sonido, para no olvidarlas. Sonaban a algo que se aprende en una familia antes de aprender a leer.

Orso salió del seto a toda carrera, con las orejas al viento, y se detuvo frente a la niña con la lengua afuera, feliz como si hubiera ganado un premio.

Chiara se quedó donde estaba.

No dejes que te encuentre el hombre del silbido.

Nina había visto que ella lo había oído. Sus ojos se cruzaron por encima del perro, y la niña se quedó inmóvil, con una mano todavía levantada cerca de la boca, como quien ha sido descubierta con algo que no era suyo.

Después volvió la cara hacia el mar y no miró más.

Chiara abrió la libreta de tapas azules en la que registraba el adiestramiento de Orso desde su primer día en el hospital. Horarios, órdenes, recompensas, el nombre de cada niño al que había visitado. Escribió la fecha. Sentado: susurrado. Obedeció.

El bolígrafo se detuvo sobre la línea siguiente.

La cuarta regla seguía en su voz, baja, en el despacho. Usted no me miente.

Cerró la libreta sin escribir nada más.

*

Assunta la atrapó en el vestíbulo, a las siete de la tarde, con un paño de cocina al hombro y la voz baja de quien trae una noticia que nadie quiere.

—Mañana a las cuatro —dijo—. La primera visita.

—¿De quién?

—De los Montefusco. La abuela y su hijo, el tío de la niña. —Assunta se secó las manos en el paño, aunque las tenía secas—. Y el hombre del juzgado, para revisarlo todo. El señor mandó avisarle a usted. Van a querer ver a la niña con la terapeuta.

Un crujido, en el piso de arriba.

Las dos levantaron la cabeza al mismo tiempo. El rellano estaba vacío. Solo la luz del pasillo de arriba, y la alfombra, y la sombra de una puerta que acababan de arrimar.

Chiara subió sin prisa, porque la prisa asustaba.

La puerta del cuarto de Nina estaba entreabierta. La cama seguía tendida, la manta doblada sobre la almohada. En la alfombra, solo asomaba la cola dorada de Orso. Salía del hueco oscuro de debajo de la cama y golpeaba despacio el suelo.

Chiara se agachó.

Desde el fondo de la sombra, dos ojos claros la miraban, muy abiertos, sin pestañear. Nina ya estaba ahí.