La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano Capítulo 2
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Capítulo 2

El jardín estaba blanco de luna, y por eso Riccardo la vio de inmediato.

Una figura que cruzaba el césped en diagonal, con un abrigo oscuro encima de algo claro y los zapatos colgando de una mano. Él había ido hasta la ventana del despacho para dejar de mirar el formulario de la escuela que tenía sobre el escritorio. Se olvidó del formulario.

La terapeuta.

Bajaba descalza los escalones de piedra y esquivaba la grava con cuidado. Llevaba el pelo suelto. Los tobillos se veían blancos contra la piedra a cada paso.

Riccardo registró las dos cosas y descartó las dos. Lo que importaba era otra: una desconocida que caminaba por la propiedad a la una y diez de la madrugada, en dirección al único lugar del jardín que él no le mostraba a nadie.

La abogada había investigado su vida durante tres días antes de contratarla. Hospital, universidad, deudas, ningún pariente con antecedentes. Tres días no eran nada. Él conocía hombres que se habían pasado tres años limpios solo para acercarse a una puerta.

Ella llegó al seto de laurel y, en vez de seguir, se detuvo. Pegó la espalda al muro de la perrera de golpe, como si la hubieran empujado. No entró ni se volvió.

Estaba escuchando algo.

Riccardo abrió el cajón del escritorio por costumbre. Miró la pistola un segundo y cerró el cajón por decisión propia.

Sobre el escritorio, el formulario seguía donde Assunta lo había dejado, con un papelito amarillo pegado en la esquina: plazo, viernes.

En la primera casilla, impreso en letra escolar: Padre / Madre.

Una hora antes, él había tachado las dos palabras con una sola raya y había escrito encima, en mayúsculas: TUTOR.

La palabra seguía ahí, torcida, demasiado grande para el espacio. Firmar debajo era admitir que aquella casilla nunca más iba a tener otro nombre.

*

Bajó sin encender ninguna luz. Conocía aquella casa a oscuras desde los seis años: qué escalones crujían, dónde el mármol del vestíbulo estaba lo bastante frío como para despertar a alguien descalzo.

En el pasillo de arriba, pasó por la puerta del cuarto de Nina sin abrirla. Nunca la abría. Se había pasado casi dos horas sentado ahí, en el suelo, de espaldas a esa puerta, como todas las noches, contando su respiración por la rendija.

La única vez que entró, en mayo, ella se despertó y se encogió contra la pared con los ojos abiertos, sin gritar. Así descubrió que su presencia en la oscuridad estaba entre las cosas que le daban miedo.

A las doce y veinte, la respiración había dejado de moverse. Él esperó veinte minutos más, porque su primer sueño nunca era de verdad, y solo entonces bajó al despacho pensando que era una buena noche.

En la puerta de la cocina, se detuvo. El cerrojo de arriba estaba abierto. Había pasado por ahí a las once, antes de subir, y el cerrojo estaba cerrado.

Quien sale por una puerta vuelve a echar el cerrojo al entrar. Quien todavía está afuera, no.

Dos hombres de ronda. Once cámaras. Y alguien había abierto esa puerta.

Sacó el celular del bolsillo. Ciro contestó al primer tono, como contestaba desde hacía quince años, a cualquier hora.

—El cerrojo de arriba de la cocina está abierto —dijo Riccardo, en voz baja.

Del otro lado, el ruido breve de alguien que ya se estaba levantando.

—Mando a dos hombres.

—No mandes a nadie. Que nadie pise el jardín hasta que yo te vuelva a llamar.

—Riccardo...

—Mañana me explicas cómo pasó alguien entre tus hombres. Y eliges cuál de los dos me lo va a explicar mirándome a la cara.

*

Encontró a Chiara Marini pegada al muro de la perrera, de espaldas a la piedra, conteniendo la respiración como quien esconde a alguien.

Ella lo vio llegar y levantó la mano abierta, sin sonido. Espere.

Riccardo no esperó. Llegó hasta la portezuela y miró por la rendija.

Sobre la manta del compartimento del medio, el perro estaba echado de lado, inmóvil, con el hocico levantado hacia ellos.

No gruñó. No se levantó. Tampoco le quitó los ojos de encima a Riccardo. Él había crecido aprendiendo que un perro callado es un perro esperando una orden. Aquel no esperaba ninguna orden. Solo estaba de guardia.

Y, acurrucada contra su vientre, en pijama y con los pies descalzos sucios de tierra, estaba Nina.

Dormida.

No como dormía desde abril, ese sueño hecho pedazos, con los puños cerrados y un gemido bajo que nunca llegaba a ser palabra.

Un jueves de abril, él tendría que haber estado en el portón verde de la escuela a las cuatro y media. Se lo había prometido por la mañana, en el desayuno, y ella había asentido con la cabeza sin quitar los ojos de la leche, porque en aquella época todavía hablaba, pero no con él.

La reunión en el puerto se alargó. A las cuatro y diez, llamó a Gennaro, que llevaba veinte años como chofer de la familia y guardaba caramelos de goma en la guantera para ella.

Dos autos lo cerraron a cuatrocientos metros de la escuela.

Gennaro recibió dos balazos antes de poder soltarse el cinturón.

Treinta y una horas después, tres millones de euros y una iglesia en Fuorigrotta. Riccardo había pagado sin regatear un céntimo. Todavía no sabía a quién.

Cuando sus hombres la trajeron, Nina lo miró una sola vez, por la ventanilla del auto. Después nunca volvió a mirarlo igual. Lo miraba como quien comprueba si alguien sigue vivo.

El sueño de aquella noche era otro. La boca entreabierta. Una mano abierta, hundida en el pelaje del perro. La frente lisa.

Era la niña que corría descalza por ese césped detrás de Andrea, dos veranos atrás, y le gritaba a su padre que la esperara. Riccardo había olvidado que tenía esa cara cuando dormía. Había olvidado que tenía una cara que no estaba asustada.

Riccardo apoyó la mano en la piedra del marco y no se movió durante un tiempo que no midió.

Las argollas seguían en la pared, justo encima de la cabeza de la niña. No las miró. Hacía veinte años que no las miraba.

Cuando se apartó de la portezuela, Chiara ya había retrocedido tres pasos, lo bastante lejos como para no despertar a nadie. Él fue hasta ella.

—Salió sola —dijo, en voz baja.

—Vino a buscarlo a él.

—No sale del cuarto después de las ocho. No sale desde hace cinco meses.

—Hoy salió.

Él miró la casa allá arriba, la ventana oscura del cuarto de Nina, e hizo las cuentas que volvería a hacer por la mañana, con los guardias en fila delante de él.

Un pasillo largo. Los escalones. El vestíbulo. La cocina. Una puerta con dos cerrojos. Cuarenta metros de jardín. Una niña de siete años en pijama, y nadie la había visto.

Nadie salvo el perro.

Y él había estado a un metro de la puerta de su cuarto hasta las doce y cuarenta. La respiración que dejó de moverse a las doce y veinte no era sueño. Era espera. Ella se había quedado inmóvil en la oscuridad, con los ojos abiertos, hasta oír a su tío levantarse del suelo e irse.

—Esperó a que pasara la ronda —dijo Chiara—. La de las doce y media. Oí los pasos desde mi cuarto.

—La ronda pasa cada hora.

—Entonces lo sabe. —Chiara miró la casa—. Siete años, y ya se aprendió de memoria el horario de sus hombres.

—¿Usted estaba aquí cuando ella llegó?

—Llegué después. La portezuela ya estaba abierta.

—Y no entró.

—Si entraba, ella se iba a despertar y sabría que alguien la había visto. —Chiara cruzó los brazos por dentro del abrigo—. Vino aquí porque creyó que nadie la estaba viendo.

Riccardo se pasó la mano por la cara. La barba le raspó la palma. Dio un paso hacia la portezuela.

—Está descalza. Hace frío.

—Si se despierta en sus brazos, mañana no vuelve más aquí. —Chiara no levantó la voz, pero se le puso en el camino.

Nadie se le ponía en el camino. Los hombres de aquella casa se apartaban antes de que él terminara el paso. Ella se quedó donde estaba, descalza, con la barbilla en alto. Él se detuvo. —Y va a encontrar otro lugar adonde ir que usted no conoce.

—O sea que usted sugiere que deje a una niña dormir en una perrera.

Ya veía la frase en la próxima petición de Adele Montefusco: la menor fue encontrada de madrugada, descalza, en una perrera.

La última ya decía bastante, en la página que su abogada había subrayado con lápiz. La residencia del tutor constituye un entorno de riesgo comprobado: de ella salieron los padres de la menor hacia la muerte y de ella salió la propia menor hacia el cautiverio.

No había allí una sola palabra falsa. Andrea construía hoteles y nunca había sostenido un arma, y aun así murió con Giulia dentro de un auto, catorce meses atrás, porque su apellido era el mismo que el de Riccardo. Los Varriale nunca lo asumieron. No les hacía falta.

Adele lo había dicho todo con menos palabras, a la salida del cementerio de Poggioreale, con el velo levantado y los ojos secos.

Enterraste a mi hija. También vas a enterrar a mi nieta.

Tres semanas después, la custodia provisional pasó a él, porque eso era lo que Andrea había dejado por escrito. Al día siguiente, Adele contrató el bufete de abogados más caro de Nápoles.

—Sugiero que la deje dormir. —Ella le sostuvo la mirada, a medio metro—. ¿Hace cuánto que no duerme una noche entera?

Él no respondió. Ella entendió la respuesta de todas formas.

Riccardo volvió a la casa, sacó dos mantas del armario del vestíbulo y regresó. Le dio una a ella sin decir nada. La otra la extendió con cuidado por la rendija, sobre los pies sucios de tierra de la niña, sin pasar de la portezuela. El perro siguió el movimiento y no se movió.

—Ya no va a dormir aquí.

Ella levantó la barbilla. Él vio la respuesta armándose en ella, la misma del portón, la de «entonces yo tampoco me quedo», y la cortó antes.

—Mañana duerme dentro de la casa. En el cuarto de ella, si ella quiere.

Chiara abrió la boca y la cerró.

—¿Y la regla?

—La regla era mía. —Él miró la perrera—. Puedo cambiarla.

Por primera vez desde que se había bajado del auto, la terapeuta se quedó sin una respuesta lista. Duró poco. Se miró los pies sucios de tierra, después lo miró a él, y dijo la siguiente frase despacio, como quien cruza un piso que puede ceder.

—Habló con él.

El muro se volvió más frío bajo la mano de Riccardo. No recordaba haber puesto la mano ahí.

—Habló.

—Bajito. Con él. —Chiara mantuvo la voz en el mismo tono neutro, de historia clínica—. No conmigo.

Cinco meses. Dos psicólogas, una terapeuta del lenguaje, un neuropediatra que costó más que el auto de Gennaro. Ni una sílaba. Y ella había hablado en la oscuridad, dentro de aquella perrera, con un perro que llevaba menos de un día en la casa.

Tendría que haber sentido alivio. Lo que le subió por la garganta fue otra cosa, más parecida a la rabia, y no era contra la niña ni contra el perro.

—¿Qué dijo?

Chiara miró la portezuela antes de responder.

—Nada que se pudiera entender.