La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano
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Capítulo 1
—El perro se queda en el auto.
Chiara todavía tenía la mano en la manija cuando oyó la frase. No venía del guardia que había detenido su auto en el portón y se había pasado tres minutos al teléfono, de espaldas, como si ella fuera un problema que había que describirle a alguien.
Venía de un hombre que bajaba la rampa de piedra sin prisa, con camisa blanca arremangada y ningún arma a la vista, lo cual no la tranquilizó.
Riccardo Celano. Lo reconoció por las fotos del expediente antes de que él llegara al portón. Las fotos no mostraban su manera de mirar: primero al asiento trasero, después a ella, como si ambos fueran el mismo riesgo.
En el asiento trasero, Orso levantó la cabeza y golpeó dos veces la cola contra la tapicería.
—Buenos días, señor Celano. Chiara Marini. —Bajó del auto y cerró la puerta—. El perro es el motivo por el que estoy aquí.
—El motivo es usted. El perro se queda en el auto.
—Entonces yo también me quedo.
El guardia miró a su jefe. El jefe no miró a nadie más que a ella.
De cerca, la primera impresión solo empeoraba. Era más joven de lo que parecía en los periódicos, treinta y pocos, con una cicatriz fina que le cortaba la ceja izquierda y unas manos demasiado grandes para la calma con que las mantenía quietas.
Chiara lo registró todo como registraba la historia clínica de un niño nuevo: para saber dónde pisaba. No había otro motivo para fijarse en sus manos.
—En esta casa, un perro es un arma —dijo Riccardo.
El portón se había abierto mientras él hablaba, sin que nadie diera la orden. Se detuvo a medio metro de ella. Le sacaba una cabeza y se quedó ahí, demasiado cerca, como se quedan cerca los hombres peligrosos: sin ninguna prisa por explicar por qué.
Chiara no retrocedió. Retroceder habría sido darle la primera respuesta.
—Este no.
Abrió la puerta trasera. Orso bajó despacio, se sentó pegado a su pierna sin que nadie se lo pidiera y se quedó mirando al hombre con la boca entreabierta y la lengua afuera, con la cara más inofensiva de todo Posillipo.
—Seis años, golden retriever, certificado de terapia. Trabaja conmigo desde hace cuatro años en el área de pediatría. Ha dormido en el regazo de niños en quimioterapia. Nunca le ha enseñado un diente a nadie.
—Aquí nadie hace quimioterapia.
—No. Aquí hay una niña que no habla desde hace cinco meses. —Chiara le sostuvo la mirada—. La psicóloga del hospital no recomendó a una terapeuta. Recomendó a un equipo. Si usted solo quiere la mitad, llámela y pídale otro nombre.
Allá abajo, la bahía. Del otro lado, el Vesubio, gris y callado, como un hombre que finge dormir.
Riccardo estudió al perro un largo rato. El perro bostezó.
—No entra en la casa —dijo por fin—. Hay una perrera al fondo del jardín. Duerme ahí.
—¿Y durante el día?
—Se queda donde esté usted, siempre que usted esté afuera. —Ya le había dado la espalda—. Suba. Tenemos poco tiempo.
*
El despacho estaba en el segundo piso y tenía una pared entera de vidrio que daba al mar. Riccardo no se sentó ni le ofreció una silla. Dejó caer una carpeta sobre el escritorio, entre los dos.
El celular le vibró en el bolsillo. Riccardo contestó sin pedir disculpas y se quedó escuchando, de espaldas a ella, con los ojos en el mar. No bajó la voz. No se molestó en ocultar nada.
—¿Cuánto?
Escuchó un poco más.
—Entonces que lo devuelva antes del viernes. Y rómpanle los dedos de la mano derecha. Solo de la derecha. Va a necesitar la izquierda para firmar.
Colgó, guardó el celular y se volvió hacia ella.
—Leyó el expediente.
La misma voz. Baja, paciente, sin ninguna diferencia entre una frase y la otra. Eso era lo que helaba: no la orden. La voz, que no había cambiado.
—Lo leí.
—Entonces sabe lo que dice su abuela.
Chiara lo sabía. Adele Montefusco, la abuela materna, había puesto en lenguaje de abogado lo que cualquiera pensaría frente a aquel portón: que el mundo de los Celano había matado a los padres de Nina catorce meses atrás, en una emboscada que nunca llegó a juicio, y que había estado a punto de matar a la niña hacía cinco meses.
Treinta y una horas de secuestro. Rescate pagado. La niña devuelta con los ojos vendados en la puerta de una iglesia de Fuorigrotta, viva, sin un rasguño. Y sin una sola palabra desde entonces.
—Lo sé.
—La audiencia de custodia es dentro de ocho semanas. —Dijo el número como quien lee una sentencia—. El juez quiere el informe de la terapeuta que atienda a Nina. Su contrato es de ocho semanas. Termina el mismo día.
—¿Y si mi informe dice que estaría mejor lejos de aquí?
La pregunta se le escapó antes de que Chiara midiera su tamaño. A un hombre que acababa de ordenar que le rompieran los dedos a alguien sin cambiar de tono.
Riccardo no se movió.
—Entonces usted lo va a escribir.
Ella esperó la amenaza que debía venir detrás. No vino. Él apoyó las dos manos en el escritorio y siguió con la misma voz baja.
—Cuatro reglas. Usted no le pregunta por el secuestro. Nunca. Ni de forma indirecta, ni con juguetes, ni con juegos. Ella no sale de la propiedad sin dos de mis hombres. El perro no entra en la casa.
—¿Y la cuarta?
—Usted no me miente. Sobre nada que tenga que ver con Nina.
—Yo no les miento a los padres de mis pacientes.
—Yo no soy su padre.
Fue lo primero que dijo deprisa. Chiara lo guardó en el rincón de la cabeza donde guardaba lo que la gente decía antes de pensar.
—Tutor, entonces.
—Tutor. —La estudió un instante—. ¿Por qué aceptó?
—Porque tiene siete años.
Riccardo esperó el resto. Chiara no se lo dio. Había respuestas que no le entregaba ni a quien le pagaba el sueldo, y esa venía de mucho antes del hospital.
—Tutor —repitió él, y se enderezó—. Assunta le mostrará su cuarto. Nina pasa las tardes en el jardín. No le gusta que se le acerquen.
—A nadie le gusta, al principio.
Riccardo fue hasta la puerta y la abrió. Se quedó un segundo con la mano en el picaporte, de espaldas a ella.
—No habla con nadie, señora Marini. Ni siquiera conmigo.
*
Nina estaba sentada en el muro bajo de la terraza de los limoneros, de espaldas a la casa, con los pies colgando sobre las matas de romero y los ojos en el mar. Siete años, el pelo rubio recogido de cualquier manera, un vestido amarillo que alguien había elegido para que pareciera alegre.
Los hombros decían otra cosa. Estaban levantados, rígidos, los hombros de quien espera un ruido.
Chiara se detuvo a diez metros. No la llamó. No dijo su propio nombre. Le soltó la correa a Orso y le dio la orden en voz baja, una sola palabra.
—Ve.
El perro fue despacio, como había aprendido en los pasillos del hospital: sin correr, sin saltar, de lado, como quien solo pasa por ahí. Olfateó el romero. Olfateó el pie del muro. Se echó a medio metro de los pies de la niña y apoyó el hocico en las patas.
Nina no lo miró a él. Miró a Chiara. Una mirada rápida, de evaluación, y después otra vez el mar.
Chiara se sentó en el césped donde estaba y esperó.
Pasaron veinte minutos. Un barco cruzó la bahía y dejó una línea blanca en el agua. Una puerta se cerró de golpe en algún lugar de la casa, y los hombros de Nina subieron un centímetro más. Orso soltó un suspiro largo de perro aburrido y se tumbó de lado, con las cuatro patas hacia arriba.
Fue entonces cuando la niña bajó del muro.
Se arrodilló a su lado sin prisa, comprobó con los ojos que Chiara seguía lejos y apoyó la frente en la cabeza del perro. Se quedó así. Orso no se movió. Solo la cola barrió el césped, una vez, muy despacio.
Chiara no se levantó ni sonrió. Había aprendido muy pronto que lo peor que se podía hacer delante de un animal asustado era celebrar.
Desde la ventana del segundo piso, alguien observaba. No necesitó levantar la vista para saber quién.
*
—Hace años que nadie entra ahí —dijo Assunta al final de la tarde, de pie en la puerta de la perrera, con un balde de agua en una mano y una manta doblada en la otra.
Piedra, en el rincón más bajo del jardín, detrás de un seto de laurel.
Tres compartimentos. Argollas de hierro empotradas en la pared, oxidadas, demasiado gruesas para cualquier perro de familia.
En el compartimento del medio, una cadena enrollada, que el ama de llaves empujó con el pie hacia el rincón.
—¿De quién eran? —preguntó Chiara.
Assunta se santiguó, rápido, y le tendió la manta.
—La cena es a las ocho.
Chiara forró el compartimento, llenó el cuenco y dejó la portezuela solo arrimada, porque Orso nunca había dormido detrás de una reja y no iba a ser ella quien se lo enseñara. Él se echó sobre la manta y la miró como preguntando qué había hecho mal.
—Nada —dijo Chiara, y le rascó detrás de la oreja—. Mañana hablamos con el jefe.
*
La cena se sirvió en la galería acristalada, en una mesa demasiado larga para tres personas. Riccardo en la cabecera, Nina a su derecha, Chiara del otro lado, dos lugares más allá, porque ahí fue donde Assunta le puso el plato.
Nina comió cuatro bocados de pasta y alineó el resto en el borde del plato, hebra por hebra.
—Mañana hay escuela —le dijo Riccardo, en un tono que Chiara no le había oído en el despacho. Más bajo. Más cuidadoso—. Si no quieres ir, no vas.
La niña no levantó los ojos. Riccardo tomó el vaso, no bebió y volvió a dejarlo, exactamente sobre el mismo círculo húmedo del mantel. Chiara bajó la vista a su propio plato. Conocía ese gesto de los padres en la puerta de terapia intensiva: la mano buscando alguna tarea que no fuera derrumbarse.
Cuando Assunta vino a recoger los platos, Nina se levantó sin pedir permiso. Se quedó un instante frente a la puerta de vidrio, de espaldas a los dos, con los ojos en el jardín oscuro. En el punto exacto donde el seto de laurel escondía la perrera.
Después subió a su cuarto sin darse la vuelta.
Riccardo siguió sentado, con los ojos en la silla vacía.
—Le gustó —dijo Chiara.
—No le gusta nada.
—Apoyó la frente en él.
Él se volvió hacia ella y, por primera vez desde el portón, no pareció calcular la distancia entre los dos. Duró un segundo. El calor le subió a Chiara por el cuello, y le echó la culpa al vino que no había bebido.
—Buenas noches, señora Marini.
*
No durmió.
Después de las once, la casa entera se quedaba quieta como un museo cerrado. Chiara pasó horas contando los sonidos: el mar, un auto en la carretera de abajo, los pasos de alguien que hacía la ronda por el pasillo a las once y media y otra vez a las doce y media.
Pensó en Orso solo en la perrera de piedra, entre argollas hechas para otros animales.
A la una y diez, se rindió. Se puso el abrigo encima del pijama, bajó por la escalera de servicio que Assunta le había mostrado y salió por la puerta de la cocina.
El jardín estaba plateado de luna. Chiara bajó los escalones de piedra descalza, con los zapatos en la mano, para no hacer ruido en la grava. El seto de laurel. El muro de la perrera. Y la portezuela, que ella había dejado arrimada, estaba abierta.
Se detuvo.
Había una voz adentro.
Tan baja que, por un segundo, Chiara creyó que era el viento en el seto. Después el viento cesó y la voz siguió, fina y ronca por falta de uso, la voz de alguien que había olvidado cuánto espacio ocupa una palabra en la boca.
Chiara apoyó la espalda en la piedra fría y contuvo la respiración.
Por la rendija veía un trozo de la manta, las patas doradas de Orso y, acurrucada contra su vientre, una forma pequeña en pijama claro. Una mano de niña hundida en el pelaje. El perro estaba inmóvil. Solo movía las orejas, una por vez, atentas.
La voz se apagó. Volvió a empezar más cerca de su oreja, y esta vez Chiara entendió cada palabra.
—No dejes que te encuentre el hombre del silbido.