La Grieta 24
98%

24

Quince días después

El teléfono vibró sobre la encimera de la cocina mientras Moon terminaba de fregar un plato. Número desconocido. Lo miró durante tres tonos completos, el corazón acelerándosele en el pecho. Sabía que podía ser ella. Lo había sabido cada mañana de esas dos semanas.

—¿Hola?

Un segundo de silencio.

—Moon… soy Eva.

La voz de Eva sonaba distinta. Más tranquila. Más baja. Como si hubiera ensayado la llamada varias veces antes de atreverse a marcar.

Moon se sentó despacio en una de las sillas, como si las piernas ya no quisieran sostenerla.

—Eva… hola.

Otro silencio breve. Ninguna sabía muy bien cómo empezar.

—Quería llamarte antes —dijo Eva al fin—, pero necesitaba tiempo.

Mucho tiempo. He hablado mucho con Jacob.

He pensado mucho en todo lo que pasó aquella mañana.

En lo que me contaste. En lo que sentí. Y…

quería hablar contigo. Solo contigo, si te parece bien.

No como parte del estudio ni nada académico.

Solo… como personas. Quiero conocerte un poco más. Quiero entender de dónde vienes.

Moon sintió que se le humedecían los ojos sin previo aviso.

—Sí… me gustaría mucho.

Quedaron para esa misma tarde en una cafetería pequeña y tranquila del centro. Nada formal. Nada clínico. Solo dos mujeres tomando un café.

Cuando Moon llegó, Eva ya estaba sentada al fondo. Llevaba una blusa beige sencilla y el pelo recogido de cualquier manera. No parecía la mujer avergonzada de la primera sesión ni la Eva dolida de aquella mañana en la cocina. Parecía cansada, pero serena.

Se saludaron con un abrazo corto y torpe, pero sincero. Pidieron dos cafés con leche y se quedaron un rato removiendo las cucharillas sin decir nada.

Eva fue la primera en hablar.

—Aquella mañana… cuando me contaste lo de tus padres… no pude decirte nada. Estaba demasiado impactada. Pero no he dejado de pensarlo estos días. Si quieres contármelo con más calma, me gustaría escucharte. Sin prisas. Sin juicios.

Moon miró su taza unos segundos. Luego levantó la vista.

—Mis padres se separaron cuando yo tenía dieciséis años, pero los problemas empezaron mucho antes. Cuando era pequeña… todo parecía normal. O al menos yo lo vivía así.

Hizo una pausa, como si estuviera ordenando recuerdos lejanos.

—A los cinco años mi madre trabajaba en una pequeña librería del barrio.

Le encantaba. Se pasaba el día rodeada de libros, recomendando novelas a señoras mayores, colocando estanterías.

Llegaba a casa oliendo a papel viejo y a café de máquina.

Me leía cuentos todas las noches. Historias de princesas que salvaban reinos ellas solas, sin esperar a ningún príncipe.

Mi padre, en cambio, trabajaba en una empresa de transportes.

Estaba mucho fuera, conduciendo camiones largos.

Cuando volvía, traía regalos pequeños: un peluche de alguna gasolinera, un collar de cuentas de colores.

Me acuerdo de que me subía a sus hombros y me paseaba por el salón como si fuera un caballo. Yo me reía tanto que me dolía la tripa.

Eva sonrió con ternura, pero no interrumpió.

—A los ocho años las cosas ya empezaban a cambiar un poco.

Mi madre había ascendido en la librería y ahora era la encargada.

Trabajaba más horas. Llegaba más tarde. Mi padre seguía conduciendo, pero ya no traía regalos tan a menudo.

Empezó a haber discusiones pequeñas. Nada grave.

Cosas como “llegas tarde otra vez” o “nunca estás para ayudar con la niña”.

Yo me escondía en mi habitación con mis muñecas y fingía que no oía nada.

Moon dio un sorbo al café. Le temblaba un poco la mano.

—A los diez años ya era evidente que algo no iba bien.

Mi madre seguía en la librería, pero ahora llegaba con la cara cansada y se ponía a limpiar la casa como si fuera una forma de descargar rabia.

Mi padre seguía conduciendo, pero cada vez pasaba más noches fuera.

Decía que eran “viajes largos”. Yo ya no me creía del todo que fueran solo viajes.

Empecé a notar que mi madre lloraba a veces en la cocina cuando pensaba que yo dormía.

Y mi padre… mi padre cada vez estaba más callado cuando estaba en casa.

Como si ya no supiera cómo hablar con nosotras.

Eva la miraba con atención, sin lástima, solo con interés real.

—¿Y nunca hablaron contigo de lo que pasaba?

Moon negó con la cabeza.

—Nunca. Me trataban como si fuera de cristal. “Todo está bien, cariño”. Pero yo lo sentía. Sentía la grieta. Esa grieta que se iba abriendo poco a poco entre ellos. Por eso, cuando a los dieciséis todo explotó… no me pilló por sorpresa. Solo confirmó lo que llevaba años viendo.

Se quedó callada un momento. Eva esperó.

—Cuando mi padre se fue definitivamente, mi madre se derrumbó.

Dejó la librería durante unos meses. Se quedó en casa, viendo la tele todo el día, comiendo poco.

Yo me encargaba de la compra, de la comida, de todo.

Aprendí a cocinar, a pagar facturas, a fingir delante de los profesores que todo iba bien en casa.

Fue ahí cuando empecé a obsesionarme con las parejas.

Con las grietas. Me parecía que si podía entender cómo se rompían las cosas…

quizás podría evitar que me pasara a mí.

Eva extendió la mano sobre la mesa y apretó suavemente la de Moon.

—Gracias por contármelo. De verdad. No era necesario, pero… me ayuda a entenderte. A no veros solo como “las chicas que nos engañaron”.

Moon sintió que se le humedecían los ojos otra vez.

—¿Y tú? ¿Cómo estás tú? ¿Cómo está Jacob?

Eva sonrió con suavidad, casi con ternura.

—Jacob… está raro. Más callado de lo normal.

Pero también más presente. Desde aquella mañana hablamos mucho.

De verdad. De cosas que llevábamos años sin decirnos.

Me ha contado cómo fueron aquellas dos noches con vosotras.

No con detalles sucios… sino cómo se sintió.

Cómo se dio cuenta de que seguía queriéndome, pero que ya no sabía cómo demostrármelo sin que pareciera rutina.

Hizo una pausa breve.

—También me ha contado cómo insistió para que yo entrara en todo esto. Que no quería vivirlo sin mí. Eso… eso me ha conmovido más de lo que esperaba.

Moon se atrevió a preguntar lo que llevaba días dando vueltas en su cabeza.

—¿Y cómo ha sido su día a día desde aquella mañana? ¿Está… bien?

Eva soltó una risa baja.

—Al principio estaba muy callado. Creo que tenía miedo de que yo me arrepintiera de todo.

Pero estos días… ha vuelto a mirarme como antes.

Como cuando éramos más jóvenes. Me toca más.

Me besa sin que sea solo protocolo. Anoche…

anoche me hizo el amor despacio, sin prisas, sin que hubiera nadie más.

Solo nosotros dos. Y fue… bonito. Muy bonito.

Moon sintió un nudo en la garganta. No era celos. Era alivio mezclado con culpa y una extraña alegría.

—Me alegro mucho —dijo en voz baja—. De verdad.

Eva la miró a los ojos durante unos segundos.

—Moon… no sé todavía cómo va a seguir todo esto. Necesito más tiempo. Pero quiero que sepas que no os odio. Ni a ti ni a Sofía. Estoy enfadada, sí. Pero también… agradecida. Porque, aunque empezasteis con una mentira, nos habéis obligado a mirarnos de verdad. Y eso no lo hace cualquiera.

Moon asintió, incapaz de hablar durante unos segundos.

Cuando se despidieron en la puerta de la cafetería, Eva la abrazó. Fue un abrazo más largo que el de la llegada. Más sincero.

—Cuídate, Moon —susurró Eva contra su pelo—. Y cuida a Sofía. Se os ve quereros mucho.

Moon sonrió entre lágrimas.

—Lo haré.

Se separaron. Eva se alejó caminando hacia su coche. Moon se quedó un rato parada en la acera, mirando cómo se iba.

Quince días después de aquella mañana caótica en la cocina, por primera vez sintió que quizás, solo quizás, todo no estaba perdido.

Todavía quedaba mucho por hablar. Mucho por perdonar. Mucho por construir.

Pero la puerta ya no estaba cerrada.

Estaba entreabierta.

Y eso, por ahora, era suficiente.

Moon caminó hasta la parada del autobús con el corazón más ligero de lo que había estado en semanas.

Cuando llegó al apartamento de Sofía, abrió con su propia llave (Sofía se la había dado hacía meses, “por si algún día quieres venir sin avisar”).

Nada más cerrar la puerta, Sofía apareció desde el salón corriendo, todavía en pijama y con el pelo revuelto.

—¿Qué te ha dicho? ¿Estás bien? ¿Te ha gritado? ¿Nos ha echado para siempre?

Moon soltó una risa nerviosa y dejó caer la mochila al suelo. Abrazó a Sofía con fuerza, enterrando la cara en su cuello.

—Está todo bien, Sofi. Mejor de lo que esperaba. Siéntate. Te lo cuento todo.

Se sentaron en el sofá cama, enredadas como siempre.

Moon le contó la llamada, la cafetería, cada palabra de Eva.

Le habló de cómo Eva había querido conocer su historia familiar, de cómo ella le había contado lo de sus padres cuando era pequeña, lo de la librería de su madre, los viajes de su padre, las noches en que se escondía en su habitación.

Le contó cómo Eva había escuchado sin juzgar, cómo había apretado su mano, cómo le había dicho que no las odiaba.

—Y lo más importante… —Moon sonrió, todavía con los ojos brillantes— …dijo que no quiere que perdamos el estudio. Que nos va a dar una oportunidad. Que nos llamará cuando esté preparada para otra entrevista. Psicológica. Como debe ser. Sin mentiras.

Sofía soltó un grito ahogado y se tapó la boca con las dos manos. Luego se lanzó sobre Moon y la abrazó tan fuerte que casi la tira del sofá.

—¡¡Joder, Moon!! ¡¡El estudio sigue vivo!! ¡¡No está muerto!!

Se rieron las dos, nerviosas, llorando y riendo al mismo tiempo. Sofía se levantó de un salto, fue corriendo al dormitorio y volvió con el portátil viejo que usaban para el trabajo académico.

—Vamos. Ahora mismo. Recopilemos todo lo que tenemos. No podemos perder ni un detalle.

Moon abrió el portátil y empezó a buscar las carpetas.

Tenían notas sueltas en el móvil, audios grabados en secreto de conversaciones con Jacob, tablas de variables que habían ido llenando durante la semana de espera, citas de Basson sobre deseo responsivo, reflexiones sobre vergüenza corporal, todo el material que habían guardado “por si acaso”.

Se pusieron manos a la obra.

Durante las siguientes tres horas el salón se convirtió en un pequeño centro de operaciones.

El portátil estaba abierto sobre la mesa baja.

Moon tecleaba mientras Sofía dictaba, paseando de un lado a otro con una taza de té en la mano.

Recopilaron todo lo nuevo: la evolución emocional de Jacob y Eva durante la semana de transición, la llamada de Eva pidiendo que fueran “vestidas como putas”, la petición íntima de Eva de aprender a hacer felaciones sin asco, la reconexión profunda que habían tenido como pareja, las conversaciones largas en la cama, los momentos de sexo renovado.

—Apunta esto —dijo Sofía, señalando la pantalla—. “Evolución del deseo responsivo en Eva: de evitación inicial a iniciativa activa. Variable clave: refuerzo positivo inmediato tras la primera sesión (sexo intenso con Jacob)”.

Moon tecleaba rápido, sonriendo.

—También hay que incluir la autodeterminación de Eva. Cómo pasó de bloquearse con tres botones a pedirnos que pareciéramos putas para excitar a su marido.

Sofía se rio bajito.

—Y la culpa de Jacob. Esa culpa silenciosa que sigue ahí, aunque ahora esté más presente con Eva.

Trabajaron con una mezcla extraña de excitación académica y alivio emocional.

Cada vez que añadían una nueva entrada al documento, se miraban y sonreían.

El estudio no estaba muerto. Estaba más vivo que nunca.

Tenían material de primera mano, longitudinal, profundo.

Tenían acceso real a una pareja que estaba cambiando delante de sus ojos.

Sobre las nueve de la tarde, cuando ya habían llenado casi treinta páginas nuevas, Sofía decidió que el estudio debía de dejar paso al placer abalanzándose sobre Moon.

—Basta de psicología por hoy —susurró, besándola con ganas—. Necesito recordarte que seguimos siendo nosotras dos.

Se desnudaron entre risas y besos torpes.

Esa noche no fue sexo salvaje. Fue lento, cariñoso, casi reverente.

Moon bajó por el cuerpo de Sofía, besándole las tetas, lamiendo sus pezones hasta que Sofía se arqueó gimiendo.

Cuando llegó entre sus piernas, la comió con calma, saboreándola, dejando que se corriera despacio, apretándole la cabeza con los muslos.

Después invirtieron los roles y Sofía hizo que Moon se corriera mirándola a los ojos todo el tiempo.

Durmieron abrazadas, desnudas, con las piernas enredadas.

Antes de quedarse dormida, Moon susurró contra el cuello de Sofía:

—El estudio sigue vivo, Sofi. Y nosotras también.

Sofía sonrió en la oscuridad y la apretó más fuerte.

—Y vamos a hacerlo bien esta vez. Juntas.