La Grieta 23
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Cuando la puerta se cerró, Eva se giró hacia su marido. Apoyó la frente contra su pecho otra vez y suspiró largo.

—No las odio —murmuró—. De verdad que no. Están destrozadas. Se nota que se arrepienten de verdad.

Jacob le acarició el pelo en silencio.

—Son muy jóvenes —continuó Eva—. Y muy valientes, a su manera. Entraron en nuestra casa, en nuestra vida, con una mentira… pero al final nos empujaron a mirarnos de verdad. Me ayudaron a verme como tú me ves. A atreverme a desearte otra vez. A atreverme a que me deseen.

Levantó la mirada hacia Jacob, con una sonrisa pequeña y cansada.

—Las admiro por la audacia. Por haber visto tus grietas y no haber tenido miedo de meterse dentro.

Por haber arriesgado tanto. Pero también quiero que sepan que no pueden jugar así con la vida de la gente.

Por eso les pedí que se fueran. Que sientan un poco el peso de lo que hicieron.

Que entiendan que esto no es un juego ni un trabajo de universidad.

Jacob asintió despacio.

—¿Quieres que sigan viniendo? —preguntó en voz baja.

Eva tardó unos segundos en contestar

—Sí —dijo al fin—. Pero cuando yo lo diga. Y como yo lo diga. Quiero dictar yo las normas ahora. Quiero que sepan que esta casa, este matrimonio, esta cama… son nuestros. Y que, si entran, es porque nosotros las dejamos entrar.

Eva se quedó un rato en silencio, sentada en el regazo de Jacob, sintiendo sus brazos alrededor de ella. Luego suspiró y apoyó la cabeza en su hombro.

—Van a llorar todo el camino a casa —murmuró.

—Probablemente —contestó Jacob, besándole el pelo.

—Y mañana… o pasado… ya veremos.

Se quedaron así, abrazados en la cocina, con el desayuno a medio hacer y el olor a café flotando en el aire. La casa volvía a estar en silencio. Pero ya no era el silencio vacío de antes.

Era un silencio nuevo. Más pesado. Más vivo. Más suyo.

Y, por primera vez en muchos años, Eva sintió que era ella quien marcaba el ritmo.