La Grieta 22
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Lo primero que sintió fue el frío del suelo contra la mejilla y el sabor metálico en la boca.

Parpadeó despacio, desorientada, como si acabara de salir de un sueño demasiado largo.

La luz de la mañana entraba por la ventana de la cocina y le daba de lleno en la cara, obligándola a entrecerrar los ojos.

Alguien le sostenía la cabeza con cuidado.

Era Eva. Estaba sentada en el suelo a su lado, con la bata todavía entreabierta y una mano tibia apoyada en su frente.

Olía a café frío y a la crema hidratante que usaba siempre, esa que olía a vainilla y a algo dulce.

—Tranquila —murmuró Eva con voz suave, casi maternal—. Ya estás aquí. No te muevas todavía.

Moon intentó incorporarse, pero el mareo la volvió a tumbar. El corazón le latía lento y pesado, como si acabara de correr una maratón. Recordó todo de golpe: la bajada por las escaleras, el llanto de Sofía, su propia confesión entre lágrimas, y luego… nada. El negro.

—¿Dónde… dónde está Sofía? —preguntó con la voz ronca, rota por el llanto de antes.

Eva le acarició el pelo con lentitud, recogiendo un mechón que se le había pegado a la mejilla húmeda.

—Jacob se la llevó hace un rato. Supuse que las dos necesitabais ropa limpia y algo más… decente. Sofía estaba histérica, no paraba de llorar. No quería dejarte sola, pero Jacob la convenció. Volverán pronto.

Moon cerró los ojos un segundo. El alivio le aflojó un poco el nudo que tenía en el pecho. Sofía estaba bien. No la habían echado todavía. No del todo.

Eva la ayudó a sentarse con la espalda apoyada contra la nevera.

Le puso un vaso de agua en las manos y esperó a que bebiera despacio, a sorbitos pequeños, como si fuera una niña.

El silencio entre ellas no era incómodo.

Era pesado, sí, pero también… paciente. Eva no la miraba con odio.

La miraba con algo más complicado: cansancio, dolor, curiosidad y, por debajo de todo eso, una especie de compasión que Moon no se esperaba.

—¿Cuánto tiempo estuve… fuera? —preguntó Moon.

—Unos diez minutos. Jacob te tomó el pulso y dijo que solo era la presión. El susto, las lágrimas, todo junto. Eres joven, pero esto que hemos montado… pesa mucho.

Moon asintió. Se miró las manos. Estaban temblando todavía. Se las apretó contra el regazo para que Eva no lo viera.

—Eva… gracias por no… por no echarnos todavía. Por dejarme hablar.

Eva soltó una risa corta, sin alegría.

—No te voy a mentir, Moon. Todavía estoy enfadada.

Muy enfadada. Pero os vi. Os vi de verdad cuando entrasteis.

Sofía se derrumbó como si le hubiera caído el cielo encima.

Y tú… tú te quedaste allí de pie, contando todo, aunque se te rompía la voz.

Eso no lo hace alguien que solo quería follar y punto.

Eso lo hace alguien que está aterrado de haberlo roto todo.

Moon sintió que se le volvían a humedecer los ojos. No lloró esta vez. Solo dejó que las lágrimas se acumularan y se quedaran ahí, brillando.

—Quiero contarte el resto —dijo en voz baja—. Todo. Mientras Jacob y Sofía no están. Porque hay cosas que… que son solo mías. Y creo que necesitas oírlas para decidir si puedes confiar en nosotras otra vez.

Eva se acomodó mejor en el suelo, cruzando las piernas. La bata se le abrió un poco más en el escote, pero ninguna de las dos se fijó. Era una conversación de mujeres, no de cuerpos.

—Habla —dijo Eva simplemente—. Tengo tiempo.

Moon respiró hondo. Empezó despacio, como si cada palabra le costara.

—Mis padres se separaron cuando yo tenía catorce años.

No fue un divorcio limpio, de esos que se hacen por mutuo acuerdo y luego se toman un café.

Fue feo. Gritos, abogados, reproches que duraban hasta las tres de la mañana.

Mi padre se fue de casa una noche y nunca volvió a dormir allí.

Mi madre se quedó con la casa, pero también se quedó con toda la rabia.

Y yo… yo me quedé en medio. Como un mueble que nadie quería pero que tampoco se atrevían a tirar.

Hizo una pausa larga

—Vivíamos en una ciudad pequeña. De esas donde todo el mundo se conoce y todo el mundo habla.

De repente todos sabían que mi padre tenía otra mujer desde hacía tres años y que mi madre lo había descubierto por un mensaje que se dejó abierto en el ordenador del trabajo.

Yo era la hija. La que lo sabía todo pero no podía decir nada.

La que escuchaba los gritos desde su habitación con la música a todo volumen para no oírlo.

Hizo una pausa. Se miró las uñas.

—Cuando cumplí dieciocho me vine aquí, a la universidad.

Dije que era por los estudios, pero en realidad era para huir.

Vivo sola en un apartamento minúsculo que pago con la beca y con lo poco que me pasa mi madre cuando se acuerda.

No tengo hermanos. No tengo primos cerca.

Los fines de semana a veces me quedo mirando la pared durante horas y me pregunto cómo sería tener una familia que no se hubiera roto.

Una casa donde no hubiera silencio incómodo ni reproches guardados.

Por eso empecé a fijarme en las parejas.

En las grietas. En las pequeñas cosas que delatan que algo se está apagando: cómo un hombre se apoya en el marco de la puerta como si ya no supiera cómo entrar en su propia casa, cómo una mujer se cruza de brazos cuando su marido habla, cómo se miran sin verse de verdad.

Era como estudiar algo que me dolía en casa, pero que aquí podía controlar. Un experimento. Frío. Seguro.

Eva la escuchaba sin interrumpir. Solo asentía de vez en cuando, como si estuviera encajando piezas.

—Entonces apareció Jacob —continuó Moon—.

En el taller. Lo vi por casualidad. Y algo hizo clic.

No era atracción física. Era que él tenía lo que yo nunca tuve: una familia de verdad, con historia, con arrugas, con rutinas compartidas.

Pero también tenía esa grieta. Esa forma de mirar al suelo cuando pensaba que nadie lo veía.

Empecé a seguirlo. No era acoso al principio.

Era observación. El autobús, la parada, la forma en que se sujetaba a la barra del autobús, siempre en el mismo lugar.

Y luego… pasó lo que pasó. El autobús. El miedo al embarazo.

El alivio brutal cuando nos dijo lo de la vasectomía. Y después la noche en casa de Sofía.

Se le quebró la voz. Tuvo que respirar hondo varias veces antes de continuar.

—Y ahí, observando a Jacob, descubrí algo que no esperaba. Descubrí a Sofía. De verdad.

Eva levantó una ceja, curiosa.

—¿A Sofía?

Moon sonrió por primera vez en toda la mañana. Una sonrisa pequeña, temblorosa, pero real.

—Sofía es… un caos. Siempre lo ha sido. Llega tarde a todas partes, se ríe demasiado alto, se olvida de pagar las facturas pero nunca se olvida de traerme chocolate cuando estoy de bajón.

Cuando mis padres dejaron de llamarme por mi cumpleaños, ella se presentó en mi apartamento con una tarta comprada en el supermercado y velas de número equivocado.

Me dijo: “Da igual el año que cumplas, hoy vamos a fingir que tienes doce y que todo es más fácil”.

Y nos comimos la tarta a cucharadas, viendo series malas hasta las cinco de la mañana.

Cuando me quedo sin dinero a final de mes, ella aparece con bolsas de la compra y dice que es “porque le sobraba”.

No es verdad. Siempre paga de más. Me cuida.

Me mima. Me hace sentir que no estoy sola en esta ciudad enorme donde no conozco a nadie.

Las lágrimas volvieron, pero esta vez eran distintas. Más suaves.

—Observando a Jacob me di cuenta de que yo también tenía una grieta.

La grieta de no saber querer a alguien sin miedo a que se rompiera todo.

Y Sofía… Sofía es la que me está enseñando a no tenerla.

Es alocada, sí. A veces me vuelve loca con sus mensajes a las tres de la mañana y sus ideas absurdas.

Pero es especial. Muy especial. Y yo… yo la quiero.

Creo que la quiero desde hace meses y no me había dado cuenta hasta que, después de observar a Jacob conmigo en el autobús, fuimos a su casa y me fije en ella de otra forma que no sabría explicar y…

y ella se dio cuenta de ello y supo que quería que estuviésemos juntas las dos pasara lo que pasara.

Cuando vi cómo te miraba Jacob en nuestra primera entrevista, supe que yo quería mirar siempre así a Sofía. Y que ella me mire así a mí.

Eva se quedó callada un buen rato. Se pasó la mano por la cara, como si necesitara ordenar todo lo que acababa de oír. Luego suspiró.

—Moon… no sé qué decirte. Me duele. Todavía me duele mucho.

Pero te creo. Te creo cuando dices que no era solo sexo.

Y te creo cuando hablas de Sofía. Se nota.

Se nota en cómo te derrumbaste antes, en cómo ella se puso histérica cuando te desmayaste.

No sois dos niñas malas. Sois dos niñas que se metieron en un lío muy grande y que ahora están pagando por ello.

Se quedó mirando el vaso de agua que Moon tenía en las manos.

—Necesito tiempo —dijo al fin—. Tiempo para hablar con Jacob.

Tiempo para pensar en qué coño quiero hacer con mi matrimonio.

Con mi cuerpo. Con todo esto. No os voy a mentir: estoy enfadada.

Pero también… también estoy agradecida. Porque la semana pasada, cuando os fuisteis y Jacob me folló contra la pared, sentí algo que hacía años que no sentía.

Y esta semana hemos hablado más que en los últimos cinco años juntos.

No quiero perder eso. Pero tampoco quiero que sea a costa de más mentiras.

Moon asintió. No se atrevió a hablar.

Eva continuó, más suave:

—No quiero que perdáis el estudio. Ese trabajo que habéis hecho…

es serio. Ramírez no sabe lo que pasó de verdad y no voy a ser yo quien se lo cuente.

Os voy a dar una oportunidad. Pero no hoy.

Ni mañana. Necesito unos días. Voy a hablar con Jacob.

Vamos a decidir cómo queremos seguir, si es que seguimos.

Y cuando lo tenga claro, os llamaré. Os prometo que os llamaré.

Para concretar otra entrevista. Psicológica.

Como debe ser. Sin mentiras esta vez. Y veremos qué pasa.

Moon sintió que algo se le aflojaba dentro del pecho. No era perdón completo. No era un “todo está bien”. Pero era una puerta entreabierta. Y en ese momento era más de lo que se atrevía a pedir.

—Gracias —susurró—. De verdad, Eva. Gracias.

Eva le apretó la mano un segundo. No fue un abrazo. Todavía no. Pero fue algo.

En ese momento se oyó la llave en la puerta. Jacob y Sofía entraron. Sofía llevaba una bolsa grande de deporte y traía la cara hinchada de haber llorado. Jacob parecía cansado pero sereno, con esa calma de hombre que ha pasado por muchas cosas y sabe que las tormentas se pasan.

Sofía vio a Moon sentada y soltó un sollozo de alivio. Corrió hacia ella y se arrodilló a su lado, abrazándola fuerte, sin importarle que Eva estuviera allí.

—Joder, Moon… no vuelvas a hacerme esto. Pensé que te morías.

Moon le devolvió el abrazo. Enterró la cara en el cuello de Sofía y aspiró su olor: perfume, sudor nervioso y ese champú de fresa que usaba siempre.

—Estoy bien —murmuró—. Eva y yo hemos hablado.

Jacob dejó la bolsa en el suelo y miró a su mujer. Había una pregunta muda en sus ojos. Eva asintió una sola vez, despacio.

—Les he dicho que necesito tiempo —explicó Eva—. Que vamos a hablar tú y yo. Y que cuando sepamos qué queremos, las llamaré para otra entrevista. No quiero que pierdan el estudio.

Jacob soltó el aire que estaba conteniendo. No dijo nada. Solo se acercó y le puso una mano en el hombro a Eva, un gesto pequeño pero lleno de años.

Sofía ayudó a Moon a levantarse. Le dio la ropa limpia que habían traído, unos vaqueros suyos que le quedaban un poco grandes a Moon y una camiseta sencilla. Moon se cambió allí mismo, en un rincón de la cocina, sin vergüenza ya. Estaba demasiado agotada para sentir pudor.

Mientras se vestía, Jacob se giró discretamente hacia la ventana. No miró. O al menos intentó no mirar.

Sofía, todavía nerviosa, no se dio cuenta de nada. Solo ayudaba a Moon a abrocharse los botones con dedos temblorosos.

Cuando estuvieron vestidas, Eva se puso de pie. La bata ya cerrada del todo.

—Marchaos ahora —dijo con voz firme pero no cruel—. Las dos. Necesito hablar con Jacob a solas. Y vosotras… necesitáis descansar. Y pensar también.

Sofía asintió, tragando saliva. Moon dio un paso hacia Eva, como si quisiera abrazarla, pero se detuvo a tiempo.

—Gracias —repitió en voz baja.

Eva no sonrió. Todavía no. Pero sus ojos ya no eran de hielo.

—Id con cuidado —dijo simplemente.

Jacob las acompañó hasta la puerta. No dijo mucho. Solo les apretó el hombro a cada una, un gesto torpe pero sincero.

—Cuidaos —murmuró.

Y cerró la puerta tras ellas.

Fuera, en la calle, el sol de mediodía les dio de lleno. Sofía y Moon caminaron en silencio un rato, cogidas de la mano. Ninguna de las dos habló hasta que doblaron la esquina.

Entonces Sofía soltó un sollozo corto y se detuvo.

—Joder, Moon… pensé que nos echaba para siempre.

Moon la abrazó allí mismo, en medio de la acera. La gente pasaba a su lado y las miraban raro, pero les daba igual.

—No nos ha echado —susurró Moon contra su pelo—. Nos ha dado tiempo. Y eso… eso ya es mucho.

Sofía se separó un poco y la miró a los ojos. Tenía la nariz roja y los ojos hinchados, pero sonreía. Una sonrisa pequeña, temblorosa, pero suya.

—Te quiero —dijo de repente—. Mucho. Más de lo que creía.

Moon sintió que algo se le calentaba por dentro. No era deseo. Era algo más profundo. Más tranquilo.

—Yo también te quiero, loca —contestó—. Y ahora… vámonos a casa. Necesito dormir. Y tú también.

Caminaron hacia la parada del autobús cogidas de la mano. El futuro seguía siendo incierto. Eva podía llamar mañana o dentro de dos semanas. Podía decir que sí o que no. El estudio podía salvarse o derrumbarse.

Pero por primera vez en mucho tiempo, Moon no sentía que estuviera sola en esa ciudad grande y fría.

Tenía a Sofía.

Y Eva, de alguna manera extraña y retorcida, les había dado una oportunidad.

El autobús llegó. Se subieron. Se sentaron al fondo, como siempre. Y mientras el vehículo arrancaba, Moon apoyó la cabeza en el hombro de Sofía y cerró los ojos.

Por hoy, era suficiente.