La Grieta 21 #4
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21 #4

Se arrastró de rodillas hasta donde Moon había caído, con el cuerpo convulsionado por los sollozos. Le puso las manos en la cara, le acarició el pelo, le dio palmaditas en las mejillas.

—¡Moon, despierta! ¡No me hagas esto, por favor! ¡Eva, está pálida, está… joder, respira, respira!

Jacob se movió por primera vez. Se agachó rápido, le levantó la cabeza a Moon con cuidado y le comprobó el pulso en el cuello.

—Está respirando —dijo con voz grave pero tranquila—. Solo se ha desmayado. La presión. Trae agua, Eva.

Eva no se movió al principio. Se quedó mirando la escena con los ojos muy abiertos: Sofía histérica en el suelo, Moon inconsciente, Jacob arrodillado intentando reanimarla. Luego, como si despertara de un sueño, corrió al fregadero, llenó un vaso de agua y se agachó al lado de ellas.

Le mojó la frente a Moon con los dedos húmedos. Su voz salió baja, pero ya no era solo dura. Había algo más. Cansancio. Dolor. Y, sorprendentemente, una nota de ternura.

—Tranquila, Sofía. Respira. No se va a morir. Solo está… sobrepasada. Como todas.

Sofía levantó la cara, con los ojos hinchados y llenos de lágrimas.

—Eva… por favor… no nos odies. No nos eches para siempre.

Nosotras… nosotras solo queríamos ayudar.

Al principio era una obsesión de Moon, sí, pero después…

después os vimos. De verdad. Y queríamos que volvierais a miraros como os mirabais en esa foto de la boda que tienes en el salón. Queríamos eso.

Eva se quedó callada un largo rato. Miró a Jacob, que seguía sosteniendo la cabeza de Moon. Luego miró a Sofía, que seguía arrodillada, temblando.

Finalmente suspiró profundamente y se sentó en el suelo con ellas. La bata se le abrió un poco, pero ya no le importó.

—Duele —dijo al fin—. Duele saber que todo empezó con una mentira y una observación a escondidas.

Duele pensar que mientras yo estaba aquí sola, vosotras ya estabais…

con él. Pero os estoy viendo. Os estoy viendo de verdad ahora.

No sois dos zorras manipuladoras. Sois dos niñas muy espabiladas que se metieron en algo mucho más grande de lo que imaginaban y podían controlar.

Y que ahora están pagando las consecuencias.

Le acarició el pelo a Moon con una mano suave, casi maternal.

—Cuando despierte… hablaremos. Las tres. Y con Jacob. Porque esto ya no es solo vuestro estudio. Ni solo mi matrimonio. Esto es… nuestro lío. Y vamos a decidir juntos cómo seguimos. O cómo paramos.

Sofía sollozó más fuerte, pero esta vez era de alivio. Apoyó la frente en el hombro de Eva y susurró:

—Gracias… gracias por no odiarnos todavía.

Eva no contestó. Solo siguió acariciando el pelo de Moon mientras Jacob le daba pequeños golpecitos en las mejillas para que volviera en sí.

La cocina olía a café frío, a sexo reciente y a lágrimas.

Y por primera vez en toda la mañana, el silencio ya no era acusador.

Era… el principio de algo.

La cocina estaba en silencio cuando Moon abrió los ojos.

Eva sugirió que Jacob llevara en coche a Sofía a buscar ropa limpia para ambas chicas, mientras ella se quedaba cuidando de Moon.

Jacob y Sofía llegaron al apartamento de ella poco después de las once de la mañana.

El trayecto en coche había sido casi en silencio.

Sofía iba mirando por la ventanilla, con los ojos todavía hinchados de llorar y las manos apretadas sobre el regazo.

Jacob conducía concentrado, con la mandíbula tensa, sin saber muy bien qué decir.

Cuando aparcaron, él bajó primero y sacó la bolsa de deporte del maletero.

—Vamos —dijo con voz grave pero suave—. Te ayudo a traer la ropa para Moon. Y te esperaré mientras te cambias.

Sofía asintió sin mirarlo. Subieron las escaleras en silencio. El edificio era viejo, con ese olor a madera y a comida de vecinos que siempre tenía. Cuando entraron en el apartamento, Sofía encendió la luz del salón y se quedó parada un momento, como si no supiera qué hacer con su propio cuerpo.

—Voy… voy a ducharme rápido —murmuró—. Me siento sucia después de todo lo que ha pasado. No tardo nada.

Jacob dejó la bolsa sobre el sofá.

—Tranquila. Tómate tu tiempo. Yo espero aquí.

Sofía desapareció por el pasillo. Jacob se quedó de pie en el salón, con las manos en los bolsillos, mirando alrededor.

El apartamento era pequeño pero acogedor: un sofá lleno de cojines desparejados, una mesa con apuntes y tazas sucias, una estantería con libros de psicología y novelas románticas baratas.

En la nevera había imanes con frases tontas.

Olía ligeramente a perfume de Sofía y a café de la mañana anterior.

Desde el pasillo se oía el ruido de la ducha.

Sofía nunca cerraba la puerta del baño. Ni cuando estaba sola ni cuando Moon estaba allí.

Era una costumbre que tenía desde siempre: “Si cierro la puerta me siento encerrada”, le había dicho una vez a Moon entre risas.

Jacob no lo sabía, pero lo descubrió en ese momento.

Se acercó un par de pasos hacia el pasillo, sin intención de espiar. Solo para comprobar que todo estaba bien. La puerta del baño estaba entreabierta, como siempre. Desde donde estaba podía ver perfectamente el interior sin tener que moverse.

El vapor empezaba a salir. Sofía se quitó la ropa que aún llevaba puesta (la misma que había usado en casa de Eva) y la dejó caer al suelo. Entró en la ducha y abrió el agua caliente. Jacob se quedó quieto. No dio ni un paso más. Solo miró.

El agua caía sobre el cuerpo de Sofía, resbalando por sus hombros redondos, por sus gran pecho, por la curva de su cintura y sus caderas anchas.

Se enjabonó con movimientos mecánicos, como si estuviera en piloto automático.

Se lavó el pelo, se pasó las manos por los pechos, bajó hasta entre las piernas.

Todo sin prisa, pero también sin ninguna conciencia de que alguien la estaba viendo.

Jacob sintió que se le ponía dura. Fue casi inmediato.

La imagen de esa chica joven, desnuda, con el agua corriendo por su piel, después de toda la tensión de la mañana, era demasiado.

Notó cómo la polla se le hinchaba dentro de los pantalones, presionando contra la tela.

Tragó saliva y apretó la mandíbula. Se obligó a pensar en Eva.

En la cara de Eva cuando las vio en la cocina.

En lo que acababa de pasar. En que su mujer estaba en casa, sola, intentando procesar todo aquello.

Cerró los ojos un segundo y respiró hondo por la nariz. Contó hasta diez. La erección no desapareció del todo, pero dejó de crecer. Se quedó ahí, incómoda, latiendo, pero bajo control. No se tocó. No se movió del sitio. Solo esperó.

Sofía terminó de ducharse. Cerró el grifo, salió y se envolvió en una toalla grande y vieja que colgaba detrás de la puerta.

Se secó el pelo con otra toalla más pequeña, frotando con fuerza.

Luego dejó caer la toalla grande al suelo sin pensarlo dos veces y empezó a vestirse allí mismo, frente al espejo del baño.

Jacob seguía sin moverse. La veía perfectamente: primero las bragas limpias, de algodón azul claro, que se subió por las piernas esbeltas.

Luego un sujetador sencillo, negro, que le costó un poco abrochar porque todavía tenía la piel húmeda.

Después unos vaqueros cómodos y una sudadera holgada gris.

Nada provocativo. Ropa de estar en casa, cómoda, de las que usaba cuando estaba nerviosa o triste.

Sofía no se miró al espejo más de lo necesario.

No se contoneó. No hizo ningún gesto que indicara que sabía que la estaban observando.

Simplemente se vestía, con la cara todavía hinchada y la mirada perdida, como si estuviera en otro planeta.

No se dio cuenta en ningún momento de que Jacob estaba allí, a pocos metros, viéndolo todo.

Cuando terminó, se pasó un peine rápido por el pelo mojado y salió del baño. Jacob ya se había apartado dos pasos hacia el salón y fingía mirar un cuadro en la pared.

—¿Ya estás? —preguntó con voz neutra, como si no hubiera visto nada.

Sofía asintió, sin sospechar nada.

—Sí. Gracias por esperar. Voy a coger ropa para Moon. ¿Puedes… puedes ayudarme a elegir algo que no sea muy… no sé, que no parezca que vamos de fiesta?

Jacob asintió y la siguió hasta el dormitorio. Entre los dos metieron en la bolsa unos vaqueros de Sofía, una camiseta básica negra, ropa interior limpia y una sudadera. Nada sexy. Ropa normal para una chica que acababa de desmayarse y necesitaba sentirse segura.

Mientras cerraban la bolsa, Sofía se detuvo un segundo y lo miró.

—Jacob… gracias por traerme. Y por no… por no haber hecho nada raro ahí dentro. Sé que estoy hecha un desastre, pero… gracias.

Jacob tragó saliva. Sintió un pinchazo de culpa por haber mirado, aunque no se hubiera movido ni un centímetro ni hubiera hecho nada más.

—No hay de qué —dijo simplemente—. Vamos. Moon nos está esperando.

Salieron del apartamento. Sofía cerró la puerta con llave y bajaron las escaleras en silencio otra vez.

Jacob caminaba un paso por delante, con la bolsa al hombro.

La erección ya había bajado casi del todo.

Solo quedaba un resto incómodo, un recuerdo de que, a pesar de todo lo que estaba pasando, su cuerpo seguía reaccionando como el de un hombre de cincuenta años que acababa de ver a una chica joven y guapa desnuda bajo la ducha.

Pero lo había controlado.

Y Sofía nunca se enteró.