21 #3
—Joder, Moon… todo lo que documentamos, las variables, las tablas… Si Eva decide que fuimos unas manipuladoras y corta todo contacto, Ramírez nos va a pedir explicaciones.
Moon cerró los ojos un segundo. El miedo era doble: miedo a hacer daño a Eva, y miedo a que todo el trabajo académico se derrumbara por culpa de su obsesión inicial.
—No podemos huir —susurró Moon, aunque la voz le temblaba—. Tenemos que dar la cara. Ahora.
Sofía asintió, con lágrimas ya brillando en los ojos.
En la cocina, la escena continuaba.
Fuera, el plan… por fin mostraba todas sus capas.
Y ninguna de las dos tenía intención de interrumpir.
Mientras tanto Eva ya había comenzado a trabajarse la polla de Jacob
Eva la tomó con una mano, la acarició de arriba abajo y luego se la metió en la boca con una lentitud deliciosa.
Jacob soltó un gruñido bajo y apoyó las manos en la encimera.
—Joder, Eva… sí… así…
Eva empezó a chupársela con más confianza que nunca. Lamía la cabeza gruesa, bajaba por el tronco venoso y volvía a subir, succionando con ganas. Sus mejillas se hundían y sus ojos se cerraban de placer. Jacob le puso una mano en el pelo con suavidad, acompañando sus movimientos.
—Así… justo así… qué bien la chupas, amor…
Eva gemía bajito alrededor de su polla, cada vez más mojada entre las piernas. Aceleró el ritmo, metiéndose más profundamente, aunque todavía le costaba llegar hasta el fondo.
Moon y Sofía esperaron fuera de la cocina a que la pareja terminase lo que había empezado.
Eva estaba de rodillas frente a Jacob, chupándole la polla con dedicación absoluta. Se la sacaba de la boca para lamerla desde los huevos hasta la punta y luego volvía a metérsela, con los ojos cerrados y las mejillas hundidas por la succión.
Jacob tenía la cabeza echada hacia atrás, respirando con fuerza.
—Eva… me voy a correr… —avisó con voz ronca.
Eva no se apartó. Al contrario, chupó con más intensidad, moviendo la cabeza más rápido.
Las jóvenes no habían querido interrumpir ese momento mágico de Jacob y Eva.
Cuando escucharon a Jacob decir que estaba a punto de correrse, Moon y Sofía entraron en la cocina.
Jacob abrió los ojos y las vio. El contraste fue demasiado: su mujer de cincuenta y dos años arrodillada chupándosela con ganas, y las dos chicas jóvenes y casi desnudas mirándolos desde la puerta.
—Joder… —gruñó.
No pudo aguantar más. Agarró con más fuerza el pelo de Eva y se corrió con un gemido profundo y largo.
Chorros gruesos y calientes de semen llenaron la boca de Eva.
Ella intentó tragarlo todo, pero parte se le escapó por la comisura de los labios y le cayó sobre los pechos desnudos que asomaban por la bata abierta.
Eva tragó lo que pudo, tosió un poco y se limpió la boca con el dorso de la mano. Luego levantó la mirada y vio a Moon y Sofía.
Se puso roja como un tomate, pero no se levantó. Se quedó de rodillas, con los labios hinchados, semen en la barbilla y gotas blancas brillando sobre sus pechos.
—Buenos… buenos días —dijo con la voz entrecortada y avergonzada.
Jacob ayudo a Eva a incorporarse. Se sentó en una silla y Eva en su regazo.
Eva se limpió las mejillas con el dorso de la mano y señaló las sillas frente a ellos con voz temblorosa.
—Sentaos, por favor.
Moon y Sofía obedecieron en silencio. Moon se mordía el labio inferior con fuerza; Sofía se abrazaba a sí misma, claramente nerviosa y con los ojos ya brillantes.
Eva las miró a las dos durante unos segundos. Sus ojos seguían húmedos.
Hubo un silencio denso, pesado, como si el aire se hubiera solidificado.
Eva volvió a pasarse la mano por la boca. Poniéndose en pie, cerró la bata con manos temblorosas pero firmes. Su voz salió baja, pero sin gritar. Solo firme. Dolida.
—Así que era verdad… Todo empezó mucho antes de lo que yo pensaba.
—Esta mañana he estado atando cabos. El perfume de Moon en la ropa de Jacob… las miradas que os dedicabais anoche… la forma en que os tocabais con tanta naturalidad… Y las dos noches que Jacob no volvió a casa. Hace tres semanas y la semana pasada.
Hizo una pausa. Una lágrima nueva rodó por su mejilla.
—Sé que pasó algo entre vosotros antes de que vinierais aquí la primera vez. Quiero la verdad. Sin filtros.
Sofía se derrumbó.
Literalmente.
Las piernas le fallaban. De no haber estado sentada no habría podido permanecer en pie, se dejó caer sobre la mesa de la cocina, como si alguien le hubiera cortado los hilos. Las lágrimas le brotaron de golpe, sin control, y empezó a sollozar con la cara entre las manos. Todo el cuerpo le temblaba.
—Lo siento… Eva, lo siento tanto… —La voz se le quebró en un gemido ahogado—.
No queríamos hacerte daño, te juro que no…
Al principio era solo… solo curiosidad, pero luego…
luego os vimos juntos y ya no podíamos parar y…
joder, Eva, nos importáis de verdad. No era solo sexo.
No era solo un juego. Te lo juro por lo que más quiero.
Eva se quedó mirándola. No se movió. No gritó. Solo respiró hondo, visiblemente afectada, pero sin apartar la mirada. Había algo en sus ojos que no era solo rabia. Había dolor, sí, pero también una especie de comprensión cansada.
Moon sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.
No pudo permanecer sentada, los nervios se lo impedían e intentó mantenerse de pie, pero las piernas le temblaban tanto que tuvo que apoyarse en el marco de la puerta.
Cuando habló, la voz le salió rota, entrecortada, pero decidida a no callarse nada.
—Eva… por favor, déjame explicártelo todo. Desde el principio. Sin mentiras esta vez. Porque si nos vas a echar, que sea sabiendo toda la verdad.
Eva no dijo que sí. Solo cruzó los brazos y esperó, con la mirada fija en ella.
Moon tragó saliva. Las lágrimas ya le caían por las mejillas sin que pudiera pararlas.
—Empezó conmigo. Solo conmigo. Llevaba semanas observando a Jacob.
En el taller. En el autobús. Me obsesioné con…
con las grietas. Con esa forma que tienen los hombres maduros de moverse cuando su matrimonio se ha vuelto rutina.
Cómo se apoya en el marco de la puerta, cómo se pasa la mano por la barba, cómo cambia el peso de una pierna a otra.
Era… clínico. Frío. Como un estudio. Pero luego se convirtió en algo más.
Lo seguí. A casa. Al autobús. Y una tarde, en el autobús… pasó.
La voz se le quebró. Tuvo que respirar hondo varias veces.
—Jacob se corrió dentro de mí. En el autobús.
Fue… rápido, intenso, prohibido. Y yo… yo me asusté muchísimo después.
Pensé que estaba embarazada. No tenía síntomas, no me hice ninguna prueba, pero durante días viví con ese miedo encima.
Me imaginaba todo: la universidad, mis padres…
Todo se me venía abajo. Y entonces, unos días después, Jacob nos llamó y nos dijo la verdad.
Tenía una vasectomía hecha hace dieciocho años.
No podía tener hijos. Nunca. El alivio fue…
brutal. Pero el daño ya estaba hecho. Ya había cruzado la línea.
Eva no se movió. Solo escuchaba. Los ojos se le humedecieron, pero no lloró.
Moon continuó, ahora con la voz más baja, casi susurrando.
—Luego vino el segundo encuentro. En casa de Sofía.
La noche de lluvia. Jacob vino. Y… pasó otra vez.
Más despacio. Más consciente. Y ahí ya no era solo sexo.
Era… conexión. Ver cómo se relajaba, cómo se dejaba querer.
Y luego, cuando tú entraste en la primera sesión…
todo cambió. Ya no era solo Jacob. Eras tú también.
Te vi bloquearte, te vi avergonzarte de tu cuerpo, y luego te vi abrirte.
Y cuando nos fuimos esa noche y Jacob te folló contra la pared del recibidor…
lo supimos. Supimos que algo se había despertado en vosotros.
Se le escapó un sollozo. Tuvo que limpiarse la nariz con el dorso de la mano.
—Y luego está el estudio. El que presentamos al profesor Ramírez.
Es real, Eva. Es un trabajo académico serio.
Estamos tuteladas por él. Pero… mentimos un poco.
Le dijimos que todo empezó con observación sistemática en entornos públicos y que el consentimiento era retroactivo.
No le contamos los encuentros sexuales previos con Jacob.
No sabe nada de eso. Para él esto es un caso longitudinal de reactivación matrimonial mediante intervención observacional-participativa.
Nada más. Si perdemos vuestro contacto ahora…
el estudio se cae. Ramírez ya tiene la versión 1.
Nos dio todo su apoyo, y lo único que nos pidió fue que no la cagáramos.
Doce meses. Protocolo exportable para otras parejas.
Y nosotras… nosotras sabíamos que esto podía pasar.
Sabíamos que era una consecuencia posible.
Pero no imaginábamos que… que nos importaría tanto.
Moon se quedó sin aire. Las lágrimas le caían sin control. El cuerpo le temblaba entero.
—Eva… lo sentimos. Lo sentimos de verdad.
No solo por el engaño. Sino porque de verdad empezamos a quereros un poco.
A los dos. Y ahora tenemos miedo de haberlo roto todo.
De que nos veas solo como dos chicas que os manipularon.
De que el trabajo académico que ya entregamos se convierta en una mentira completa.
Se hizo un silencio largo.
Sofía seguía de rodillas, llorando en silencio, con la cara entre las manos. Moon estaba de pie, pero apenas. Las piernas le fallaban.
Y entonces, de repente, todo se volvió negro.
Moon sintió que el suelo se movía. El corazón le latía tan fuerte que le dolía. La presión en el pecho era insoportable. La habitación dio una vuelta lenta y se inclinó. Intentó agarrarse al marco de la puerta, pero los dedos no le respondieron.
Se desmayó.
Cayó hacia delante como una muñeca rota.
Sofía soltó un grito histérico.
—¡Moon! ¡Moon, no! ¡Eva, ayúdame, por favor!