20 #2
Eva, aunque tenía los ojos medio cerrados por la vergüenza y la excitación, también se dio cuenta.
Conocía demasiado bien a su marido. Vio la tensión en sus hombros, la forma en que apretaba la mandíbula y, sobre todo, esa prominente erección que no conseguía disimular del todo.
Saber que Jacob estaba así de excitado solo por verla a ella, le provocó una oleada de calor húmedo entre los muslos.
Las tres mujeres se miraron un segundo, compartiendo un entendimiento silencioso. Ninguna dijo nada, pero el aire del salón se volvió más denso, más cargado.
Moon rompió el silencio con voz suave y calmada, como si estuviera dirigiendo una sesión terapéutica normal:
—Estás yendo muy bien, Eva.
Jacob soltó el aire lentamente por la nariz, sin apartar los ojos de ella. Su polla dio otro latido fuerte contra la tela, casi doloroso.
Sofía se mordió el labio inferior, conteniendo una sonrisa traviesa, y añadió en voz baja:
—Se te nota que estás muy excitado, Jacob… ¿Quieres acercarte un poco más? Eva ha dicho que puede ser.
Jacob no contestó de inmediato. Solo apretó más los reposabrazos, como si temiera que sus manos decidieran por él.
—Eres preciosa —dijo Moon—. De verdad.
Eva soltó un suspiro entrecortado. Sus ojos brillaban, mitad vergüenza, mitad algo parecido al alivio.
Se había imaginado este instante mil veces en las últimas noches: la luz encendida, su cuerpo desnudo, tres pares de ojos mirándola sin piedad.
Y ahora estaba ocurriendo. No era tan terrible como había temido. Dolía menos. Ardía de otra forma.
Sofía se inclinó un poco más cerca, sin tocarla todavía.
—Recuerda lo que nos contaste la semana pasada —murmuró con voz suave, casi clínica pero cargada de cariño—.
El miedo a que te vieran… a que te abrieran las piernas…
a que la luz lo mostrara todo. Hoy estás aquí, con la luz del salón encendida, y sigues respirando.
Eso ya es un paso enorme, Eva. ¿Lo sientes?
Eva asintió, mordiéndose el labio inferior. Tenía la piel de los brazos erizada.
—Sí… lo siento —susurró—. Pero todavía… todavía siento vergüenza de que me miréis ahí abajo. De que no os guste.
Moon sonrió con paciencia infinita y anotó algo rápido en su cuaderno sin que Eva lo viera: “Exposición torácica lograda. Miedo persistente a genitales expuestos. Alta ansiedad de valoración estética. Material clave para capítulo sobre vergüenza corporal crónica.”
—No tenemos prisa —dijo Moon en voz alta—. Nadie va a abrirte las piernas si tú no quieres. Hoy solo vamos a ir donde tú nos lleves. ¿Quieres que Jacob se acerque un poco más? ¿O prefieres que nosotras te ayudemos primero?
Eva miró a su marido. Jacob seguía en el sillón, inmóvil, respetando el espacio que ella había marcado la semana anterior. Sus ojos se encontraron. En los de él había tanto amor como hambre, pero también una calma que la anclaba.
—No aún… —pidió Eva con voz ronca—. Pero pronto, quiero que continuemos Moon. Jacob no te levantes todavía.
Jacob continuó en el sillón. Solo estuvo ahí, cerca, dejando que su presencia la envolviera.
Moon y Sofía se miraron. Sofía tomó nota mental: “Jacob actúa como regulador emocional. Presencia sin invasión. Modelo de apoyo no directivo muy efectivo.”
Moon continuó con voz calmada:
—Eva, la semana pasada también hablamos de la parte baja del cuerpo. De la vergüenza que sentías al imaginar que viéramos tu sexo. ¿Estás lista para que sigamos avanzando? ¿Quieres que te quite la falda?
Eva miró a Jacob otra vez. Él tenía la mandíbula apretada, los nudillos blancos de tanto apretar los reposabrazos. La erección ya era evidente bajo los vaqueros.
—Sí —dijo Eva—. Estoy lista.
Moon se levantó despacio. Se colocó frente a Eva y, con gestos lentos y respetuosos, le bajó la cremallera lateral de la falda. Tiró suavemente hacia abajo. La falda cayó al suelo alrededor de los tobillos de Eva.
Y entonces Moon se quedó paralizada un segundo.
—Eva… —murmuró, claramente sorprendida—. ¿Tampoco llevas bragas?
Eva estaba completamente desnuda de pies a cabeza. Su coño depilado, ya hinchado y brillante de humedad, quedó totalmente expuesto a la vista de los tres. No había ni un hilo de tela.
Sofía soltó un suspiro audible y se abanicó más fuerte con las manos, las mejillas sonrojadas.
—Joder… —susurró, sin poder contenerse.
Jacob tragó saliva con fuerza. La polla le palpitaba dolorosamente dentro de los pantalones, completamente dura, la cabeza empujando contra la tela. No sabía dónde mirar: los pechos desnudos de su mujer, su coño expuesto, o las dos chicas que todavía seguían tapadas.
Eva sintió una oleada de calor por todo el cuerpo. Ver la reacción de Jacob, ver cómo se le marcaba la polla, la estaba poniendo muchísimo.
—Eva —continuó Moon—, nos contaste que te gustaría probar algo que nunca habías hecho con él. Que querías tenerlo en la boca. Que querías que se corriera ahí. ¿Sigue siendo así?
Eva tragó saliva. Sus mejillas ardían, pero asintió.
—Sí. Quiero… quiero sentirlo. Quiero chuparle la polla, que me folle la boca. Quiero aguantar. Quiero que se corra dentro de mi boca o en mi cara. Pero antes de nada, será mejor que os quitéis esas chaquetas, va a hacer mucho calor aquí.
Las chicas sonrieron y se levantaron al mismo tiempo, una sonrisa cómplice y profesional.
Primero se quitó Moon la chaqueta vaquera.
Debajo apareció la camiseta de tirantes negra rota desde el escote hasta casi el ombligo.
Con cualquier movimiento pequeño, la tela se abría y dejaba ver sus pechos pequeños y firmes, los pezones rosados asomando constantemente.
La falda vaquera era tan corta que cuando se giró un poco se le vio el culo casi entero, solo cubierto por un tanguita negro mínimo que se perdía entre sus nalgas.
Luego fue Sofía. Se quitó la gabardina beige con un movimiento lento.
La blusita blanca, estaba tan apretada que los botones parecían a punto de reventar sobre sus tetas enormes y pesadas.
Respiró profundo, hinchando el pecho… y los botones estallaron.
Uno, dos, tres. La blusa se abrió de golpe y sus tetas grandes, suaves, naturales, saltaron fuera con un balanceo pesado y delicioso.
Los pezones oscuros y grandes quedaron completamente expuestos.
La falda cortísima apenas tapaba la mitad de su culo, y el tanguita que llevaba debajo era tan pequeño que prácticamente no tapaba nada.
Jacob no sabía a quién mirar. Sus ojos saltaban de un lado a otro: el coño desnudo y mojado de Eva, los pezones que asomaban de Moon con cada respiración, las tetas enormes y libres de Sofía que se movían con vida propia. La polla le dolía de lo dura que estaba.
Eva lo miró con una sonrisa nerviosa pero triunfante.
—Jacob… sácatela. Quiero verla. Quiero ver lo dura que te la hemos puesto.
Jacob no se hizo de rogar. Se desabrochó el cinturón con manos torpes, se bajó los vaqueros y los bóxers de un tirón. Su polla dura y venosa saltó fuera, completamente erecta, la cabeza brillante de precum.
Eva miró a Sofía.
—Sofía… chúpasela. Despacio. Quiero verlo.
Sofía se arrodilló frente a Jacob sin decir una palabra. Abrió la boca y se metió la cabeza de la polla entre los labios, chupando con lentitud y hambre. Jacob soltó un gruñido profundo y agarró el pelo platino de la chica.
Mientras tanto, Moon se sentó al lado de Eva y empezó a acariciarle los pechos desnudos, pellizcándole los pezones con suavidad. Eva gimió bajito, sin apartar la vista de cómo Sofía le chupaba la polla a su marido.
—Mira —explicó Moon con tono casi didáctico, pero cargado de deseo—. Fíjate en cómo responde. Cuando Sofía se la sujeta así, por la base, y apretamos un poco… ¿ves? Se pone más dura al instante.
—Los hombres disfrutan más cuando sienten presión constante —continuó Sofía—. No solo arriba y abajo. También aquí, en la cabeza… con la palma abierta, como si la estuvieras puliendo. Y si le lames justo debajo del glande… ahí, donde está esa pequeña hendidura… se vuelve loco.
Eva observaba hipnotizada. Su respiración se había vuelto más profunda. Tenía los pechos subiendo y bajando, los pezones duros como piedras.
—¿Quieres probar? —preguntó Moon, ofreciéndole la polla de Jacob como quien pasa un micrófono en una terapia de grupo.
—No, quiero que Sofía haga que se corra —susurró Eva que, empapada, ya se estaba acariciando. —Jacob, ¿cómo se siente?
Jacob soltó un gruñido bajo, la cabeza echada hacia atrás.
—Joder… perfecto…
Eva observaba hipnotizada, con los ojos fijos en cómo la boca de Sofía se deslizaba arriba y abajo por la polla gruesa de su marido.
Su propia mano ya se había colado entre sus piernas abiertas, acariciándose el coño depilado y empapado en círculos lentos.
La respiración se le había vuelto pesada, casi jadeante.
—Moon… —susurró Eva sin apartar la mirada—, ayúdala. Quiero que Jacob se corra lo antes posible. Quiero verlo explotar en su boca.
Moon sonrió con esa calma peligrosa suya y se arrodilló al lado de Sofía sin decir una palabra.
Mientras Sofía seguía chupando con hambre, Moon se inclinó y empezó a lamer la base de la polla de Jacob, bajando hasta los huevos pesados y chupándolos con suavidad.
Sus manos pequeñas y firmes se unieron: una apretaba la base con fuerza, la otra acariciaba el perineo de Jacob con la yema de los dedos.
Jacob soltó un gruñido ronco y profundo, las venas del cuello marcadas.
—Joder… las dos… vais a matarme…
Eva se mordió el labio inferior, excitada hasta el límite.
—Y tú, Sofía… —continuó Eva con voz temblorosa pero autoritaria—, cuando se corra… no tragues. Ni escupas. Guárdalo todo en la boca. Quiero que me lo des después… con un beso.