20
El viernes por la tarde, a las seis y veinticinco, Eva abrió la puerta con el pulso acelerado. Llevaba la blusa beige con un botón más desabrochado que la semana anterior. Estaba nerviosa, sí. Pero también mojada. Muy mojada.
Y cuando vio a Moon y a Sofía en el umbral, tapadas con chaquetas largas y faldas que parecían normales desde fuera… supo que dentro de esa casa iba a arder todo.
—Hola, me alegro de veros —dijo—. Jacob llegará en cualquier momento. Hoy quería que estuviera desde el principio.
Eva abrió la puerta con el pulso acelerado pero una sonrisa que intentaba parecer tranquila.
Allí estaban las dos, en el umbral, con esas chaquetas largas que les llegaban casi a medio muslo y faldas que, desde fuera, parecían normales.
Moon llevaba una chaqueta vaquera oversize, Sofía una gabardina ligera de color beige que disimulaba todo.
Parecían dos estudiantes serias que venían a una sesión de psicología. Perfecto.
—Pasad, pasad —dijo Eva en voz baja, cerrando la puerta rápido detrás de ellas—. Jacob está a punto de llegar. Ha dicho que salía un poco antes del taller.
Las chicas entraron al recibidor. El olor a casa —café reciente, un toque de limpiador de limón— las envolvió. Moon y Sofía se miraron un segundo, conteniendo la sonrisa. Eva las miró de arriba abajo y sintió un calor subirle por el cuello.
—Quedaos así un rato más, ¿vale? —susurró—. Tapadas. Hasta que yo os dé la señal. Quiero que sea… sorpresa total para él.
Moon asintió con esa calma suya, casi clínica.
—Como tú quieras, Eva. Estamos aquí para ti.
Sofía se mordió el labio inferior, pero no dijo nada. Se notaba que ya estaba excitada; el pecho le subía y bajaba un poco más rápido bajo la gabardina.
Se sentaron en el salón, en el mismo sofá de la semana pasada. Eva les ofreció café, pero las tres sabían que nadie iba a beberlo. El ambiente estaba cargado, eléctrico. Eva no paraba de mirar hacia la puerta, mordiéndose el interior de la mejilla.
Jacob llegó diez minutos después. Se oyó la llave en la cerradura, el sonido metálico de siempre, y luego sus pasos pesados en el recibidor.
Entró en el salón quitándose la chaqueta vaquera, todavía con la camiseta gris del taller manchada de grasa en un hombro.
Vio a las chicas sentadas, tapadas, serias, y por un segundo su cara se congeló.
Frustración pura. Había imaginado faldas cortas, escotes, algo que le provocara dar un salto a su polla nada más abrir la puerta.
Pero allí estaban, como la semana pasada.
Cubiertas. Profesionales. Se obligó a sonreír, a no delatarse.
—Hola, chicas —dijo con voz grave, normal—. Eva… ¿todo bien?
Eva se levantó y le dio un beso rápido en los labios.
—Todo perfecto. Siéntate, amor. Vamos a continuar donde lo dejamos la semana pasada.
Jacob se sentó en su sillón habitual, el de cuero viejo al lado de la ventana. Intentó relajarse, pero por dentro estaba ardiendo de decepción. «Joder, pensé que…». No dijo nada. No quería estropear nada.
La conversación comenzó con un repaso suave de lo hablado la semana anterior. Eva habló con más calma:
—Sigo teniendo mucho miedo. Pero quiero ver si puedo dar un paso más. A mi ritmo.
Moon y Sofía asintieron. Moon abrió su cuaderno.
—Perfecto, Eva. Hoy iremos exactamente donde tú te sientas cómoda. ¿Te parece bien que empecemos revisando algunas de las creencias que mencionaste la otra vez?
La sesión avanzó como una verdadera consulta psicológica.
Las chicas hicieron preguntas profundas sobre la imagen corporal, sobre mensajes recibidos en la infancia y la juventud, sobre cómo la maternidad había cambiado su percepción de sí misma.
Eva respondía con pausas, pero cada vez con más fluidez. Moon y Sofía tomaban notas constantes:
Moon escribió: “Identificación de creencias nucleares negativas sobre el cuerpo posparto y posmenopáusico. Alta correlación con evitación sexual.” Sofía anotó: “Posible intervención cognitivo-conductual combinada con exposición gradual. Potencial para artículo en revista de sexología.”
Poco a poco, la conversación se acercó al momento físico. Moon habló con voz suave:
—Eva, la semana pasada llegamos hasta el tercer botón y te sentiste abrumada. ¿Te gustaría intentar avanzar desde ahí hoy? Solo si tú lo decides.
Eva respiró hondo. Miró a Jacob, que permanecía en su sillón, observándola con paciencia infinita. Luego miró a las chicas.
—Quiero intentarlo —dijo en voz baja—. Pero despacio. Muy despacio.
—Perfecto. Entonces, Eva, la última vez te pregunté si estabas cómoda con que te tocáramos la parte superior del cuerpo. Hoy quiero preguntarte lo mismo, pero más concreto: ¿estás preparada para que continúe desabrochándote la blusa?
Eva tragó saliva. Miró a Jacob otra vez. Él estaba tenso en el sillón, las manos agarrando los reposabrazos.
—Sí —respondió ella, la voz más baja pero firme—. Estoy preparada.
Moon se acercó un poco más en el sofá. Sus dedos fueron al primer botón de la blusa beige de Eva.
Lo desabrochó despacio, con cuidado. Luego el segundo.
El tercero. La tela se fue abriendo poco a poco, dejando ver la piel del escote.
Cuando llegó al cuarto botón, Moon separó ligeramente la blusa y se quedó quieta.
—Eva… —dijo, con un tono de sorpresa genuina—. ¿No llevas sujetador hoy?
Eva sintió que se le encendían las mejillas, pero no apartó la mirada. Miró directamente a su marido.
—No —contestó, casi en un susurro—. No llevo.
Jacob se tensó visiblemente en el sillón. Su espalda se enderezó, los hombros se le pusieron rígidos. La polla, que hasta ese momento estaba medio dormida por la frustración, dio un latido fuerte dentro de los vaqueros. Tragó saliva con dificultad.
Moon no siguió desabrochando de inmediato. Miró a Eva a los ojos.
—¿Quieres que continúe? ¿Estás segura?
Eva asintió. Lentamente, pero sin dudar.
—Sí. Continúa.
Moon desabrochó los dos botones que quedaban.
Abrió la blusa por completo y la deslizó por los hombros de Eva con movimientos suaves.
La prenda cayó sobre el sofá detrás de ella.
Eva quedó sentada con el torso completamente desnudo.
Sus pechos maduros, generosos, quedaron expuestos al aire del salón: pezones ya endurecidos por la excitación y la vergüenza mezclada, la piel ligeramente sonrosada.
No se cubrió. Se quedó allí, respirando un poco más rápido, mirando a Jacob.
Jacob no podía apartar los ojos. La polla se le estaba poniendo dura a toda velocidad, empujando contra la tela de los pantalones. Sentía el corazón latiéndole en los oídos.
Moon observó los pechos de Eva con una mezcla de admiración y ternura profesional.
—Estás muy guapa así, Eva. De verdad. ¿Cómo te sientes ahora mismo?
—Expuesta… —admitió Eva, la voz temblorosa pero honesta—. Pero también… deseada. Me gusta que Jacob me mire así.
Sofía, que hasta entonces había permanecido en silencio, se abanicó un poco con la mano, como si de repente tuviera mucho calor. Sus ojos no se apartaban de los pechos desnudos de Eva. Al mismo tiempo se dirigió a Eva.
—Eres hermosa, Eva. De verdad. Tu cuerpo cuenta una historia de vida. Eso tiene su propia belleza.
Jacob, desde su sillón, habló con voz grave y serena:
—Siempre me has gustado, amor. Siempre.
Las chicas la observaron con admiración sincera, sin prisa, dejando que el momento se estirara.
Jacob, desde su sillón al otro lado de la mesa baja, no se movió.
Solo la contemplaba con un deseo contenido que llevaba años guardado, las manos apoyadas en los reposabrazos como si necesitara sujetarse para no levantarse.
Pero por dentro estaba ardiendo.
Su polla había reaccionado al instante en que Moon deslizó la blusa por los hombros de Eva y vio que no llevaba el sujetador.
Ahora estaba completamente dura, gorda y palpitante, presionando con fuerza contra la tela de sus pantalones.
Sentía cada latido en la entrepierna, un calor pesado y urgente que le hacía apretar la mandíbula.
La cabeza de su polla empujaba contra la cinturilla, como si quisiera liberarse por sí sola y lanzarse sobre su mujer.
«Joder… Eva», pensó, sin poder apartar la mirada de aquellos pechos que conocía tan bien. Los pezones oscuros y duros, la suave caída natural de sus senos maduros, la piel que aún conservaba el rubor de la vergüenza y la excitación… Todo ello lo estaba volviendo loco.
Quería levantarse, cruzar la habitación en dos zancadas, agarrar esos pechos con sus manos, hundir la cara entre ellos y chupar aquellos pezones hasta que Eva gimiera su nombre. Quería tumbarla en el sofá, abrirle las piernas y follarla allí mismo, delante de las chicas, sin importarle nada más.
Pero no se movió.
La educación, la costumbre de años conteniéndose y el respeto por el ritmo que Eva había marcado lo mantenían clavado en el sillón. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar los reposabrazos. Respiraba por la nariz, profundo y lento, intentando controlar el fuego que le subía por el vientre.
Moon fue la primera en notarlo. Su mirada experta bajó un instante hasta la entrepierna de Jacob y captó la evidente erección que tensaba la tela.
Una sonrisa muy sutil, casi imperceptible, asomó a sus labios.
«Está a punto de reventar los pantalones», pensó.
«Y se está conteniendo con todas sus fuerzas. Perfecto.»
Sofía también lo vio. Sus ojos se detuvieron en el bulto prominente y sintió un cosquilleo de satisfacción entre las piernas.
«Madre mía… mira cómo se le marca. Pobre Jacob, debe de estar sufriendo», se dijo con malicia cariñosa.
Le encantaba ver a un hombre maduro y fuerte luchando por mantener el control.