La Grieta 19
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En la casa de las afueras, la semana había sido como volver a descubrirse, pero desde un lugar más profundo.

La noche del viernes, cuando las chicas se marcharon, Jacob empujó a Eva contra la pared del recibidor y la folló con una urgencia que ninguno de los dos recordaba.

No fue solo deseo físico. Fue como si los dos estuvieran tocando algo que creían perdido.

Eva se corrió temblando, agarrada a su cuello, y después se quedaron un rato abrazados contra la pared, respirando juntos, sin decir nada.

Desde entonces, la conexión cambió.

No era solo sexo. Era que se miraban de otra forma.

Eva se quedaba observándolo mientras él leía el periódico por la mañana y sonreía sin motivo.

Jacob le acariciaba la espalda al pasar por la cocina, un gesto lento y consciente que llevaba años sin hacer.

Hablaron mucho. De cómo se habían ido apagando sin darse cuenta.

De cómo Eva se sentía invisible desde hacía tiempo.

De cómo Jacob nunca había dejado de quererla, pero no sabía cómo demostrárselo sin que pareciera rutina.

El lunes y el martes fueron días normales por fuera.

Supermercado, llamada a la hija, cena, tele.

Pero por dentro Eva estaba en otra frecuencia.

Cada vez que Jacob llegaba del taller, ella lo miraba con ojos nuevos.

Cada vez que él la rozaba al pasar, ella sentía el pulso acelerarse.

No era indecisión. Era que necesitaba que la decisión saliera de ella sola, madura, sin la emoción del viernes nublándole todo.

Lavaba los platos pensando en la ducha del sábado.

Se acostaba pensando en las chicas. En Moon desabrochándole la blusa con esa calma clínica.

En Sofía mirándola con esa picardía que prometía cosas que Eva ni siquiera se había atrevido a imaginar del todo.

El martes, después de cenar, Eva se sentó en el regazo de Jacob en el sofá y le dijo bajito:

—Durante la sesión del viernes tuve miedo… pero cuando se fueron y me follaste contra la pared, sentí que me veías de verdad. Como mujer. No como la madre de tus hijos o la persona que lleva la casa. Y eso… me dio ganas de seguir intentándolo.

Jacob la abrazó fuerte y le contestó con la voz ronca:

—Nunca dejé de verte, Eva. Solo que no sabía cómo llegar a ti.

Esos días se tocaron con más intención. A veces solo se quedaban abrazados en la cama, desnudos, hablando en voz baja. Eva empezó a mirarse en el espejo sin taparse tanto. Jacob la sorprendía besándola en el cuello mientras cocinaba. La conexión se sentía más real, más madura, menos rutinaria.

Pero en el fondo, Jacob cargaba con una culpa silenciosa. Sabía que todo había empezado con una mentira. Y aunque ahora veía a Eva más viva que nunca, una parte de él tenía miedo de que la verdad saliera a la luz y rompiera lo que estaban reconstruyendo.

Eva, por su parte, iba a la cama cada noche pensando en el viernes. Y cada mañana se despertaba un poco más segura de lo que quería pedir.

El miércoles por la noche, ya en la cama con la luz apagada, Eva se giró hacia Jacob. Él estaba boca arriba, respirando tranquilo. Ella le puso la mano en el pecho y sintió el latido fuerte.

—Jacob —susurró.

—¿Sí, amor?

—He estado dándole vueltas toda la semana. A lo del viernes. A lo que pasó después, cuando nos quedamos solos.

Jacob giró la cabeza hacia ella en la penumbra.

—Eva…

—Quiero volver a verlas —dijo ella, sin titubear—.

A Moon y a Sofía. Quiero que sea el viernes.

A las seis y media, como la otra vez. Pero esta vez quiero ser yo quien las llame.

Mañana por la mañana, cuando te vayas al taller, las llamo.

Quiero decidir yo. Quiero sentir que esto es mío también.

Quiero seguir abriéndome. Con ellas. Contigo mirando. Quiero ver hasta dónde puedo llegar.

Se hizo un silencio corto. Luego Jacob sonrió en la oscuridad. Eva lo sintió más que lo vio.

—Como tú decidas, amor. Tú marcas el paso. Siempre.

Eva se acercó y lo besó. Un beso lento, profundo, sin prisa. Cuando se separaron, apoyó la frente contra la de él.

—Gracias por esperarme —susurró.

—Gracias por atreverte —contestó él.

Se durmieron así, pegados, con las piernas enredadas y el futuro oliendo a algo nuevo, caliente y suyo.

Jacob ya se había ido al taller cuando Eva se sentó a la mesa de la cocina con el móvil en la mano. Tenía el pulso acelerado.

Marcó el número de Moon.

—¿Hola?

—Hola, Moon… soy Eva. ¿Estás ocupada?

La voz le salió más firme de lo que esperaba.

Moon contestó con sorpresa contenida.

—Para ti nunca, Eva. —Moon sonaba sincera, con esa calidez profesional que ya conocía, pero también con algo más suave, como si estuviera sonriendo al otro lado—. ¿Cómo estás?

—Bien. Mejor de lo que pensaba. —Eva respiró hondo—. He estado pensando mucho esta semana. En la sesión del viernes pasado… y en lo que pasó después, cuando os fuisteis.

Hizo una pausa corta.

Se mordió el labio inferior. Recordó el recibidor, la pared fría contra su espalda, las manos de Jacob sujetándola mientras la penetraba con esa hambre que llevaba años dormida.

—Quiero que vengáis otra vez. El viernes, a las seis y media. En casa.

Moon sonrió al otro lado. Sofía seguía revisando sus apuntes, mirando de reojo a Moon intentando adivinar lo que Eva le decía a su compañera.

—Allí estaremos —dijo Moon—. ¿Quieres que continuemos donde lo dejamos la otra vez? ¿O prefieres que comencemos la entrevista desde el principio?

Eva cerró los ojos un segundo. Luego soltó lo que llevaba días dando vueltas:

—Bueno, eso… Eso como vosotras penséis que sea mejor, pero quiero que sea diferente.

Quiero que vengáis… más provocativas. Que parezcáis dos niñas jóvenes, descaradas y desvergonzadas.

Faldas muy cortas, escotes que apenas tapen nada, sin sujetador…

Quiero ver cómo le crece el bulto bajo los pantalones cuando os vea, nada más abrir la puerta.

Quiero verlo al límite desde el primer segundo.

Jacob… bueno, él… me di cuenta de que los pechos de Sofia le ponen muy…

bueno, ya sabes, se le pone dura, se puso muy contento cuando os vio el otro día.

Se le nota. Me gusta verlo así. Pero me da un poco de vergüenza decirlo directamente.

Silencio absoluto al otro lado.

Eva sintió que se le calentaban las mejillas. Miró hacia la puerta de la cocina, como si Jacob pudiera aparecer de repente y oírla. Bajó la voz.

Eva continuó, con la voz más baja pero decidida:

—Entrad tapadas con chaquetas largas. No quiero que los vecinos os vean así.

Son todos unos malditos hijos de puta que parecen alegrarse de las desgracias ajenas y sabe Dios que empezarían a hablar si ven a dos zorritas entrar en nuestra casa a plena luz del día.

Pero una vez que se cierre la puerta… soltad todo.

Moon tardó dos segundos en responder. Su voz sonó claramente sorprendida:

—Eva… ¿quieres que vayamos vestidas como putas?

—Sí —contestó Eva, y por primera vez sonrió de verdad—. Exacto. Quiero… joder, Moon, me da vergüenza admitirlo, pero sí. Quiero que parezcáis dos putas adolescentes descaradas que vienen solo a volverlo loco. He oído que fantasear con esas cosas les pone mucho a los hombres

Eva soltó el aire que estaba reteniendo. Se sentía expuesta, pero también liberada. El coño le palpitaba suavemente, mojado, y tuvo que cruzar las piernas para calmarse un poco.

—Hay una cosa más —añadió, bajando aún más la voz—. Un favor personal. No sé si es demasiado pedir, pero… lo necesito.

—Dime.

Eva se pasó la mano por el pelo, nerviosa.

—Quiero aprender. De verdad. Quiero poder…

o dejar que Jacob me la ponga dentro de mi boca.

Bien. Sin que me dé asco ni me parezca raro el sabor cuando…

cuando se vacíe en ella. La otra noche, cuando Jacob se corrió dentro de mí, fue increíble.

Pero quiero poder hacerlo con la boca también.

Quiero quitármelo de la cabeza, ese rechazo tonto que tengo.

¿Podrías… ayudarme? ¿Enseñarme? ¿Decirme cómo hacerlo para que a él le guste de verdad y a mí no me dé asco?

Moon tardó un segundo en responder. Cuando lo hizo, su tono era suave, casi tierno, pero con un filo de excitación.

—Eva… claro que sí. Vamos a ayudarte con eso. Vamos a ir paso a paso. Te voy a enseñar todo lo que sé. Cómo respirar, cómo relajar la garganta, cómo saborearlo sin que te dé rechazo. Y si quieres que te lo demuestre en directo… también podemos hacerlo. Todo a tu ritmo.

Eva sintió que se le humedecían los ojos, pero no de vergüenza. De alivio. De deseo.

—Gracias… de verdad.

—Nos vemos el viernes —dijo Moon—. A las seis y media. Prepárate, Eva. Va a ser intenso.

Colgaron.

Eva se quedó un rato con el móvil en la mano, mirando la pantalla. Tenía el coño empapado. Se levantó, subió al baño y se masturbó otra vez, rápido, pensando en Jacob abriendo la puerta y encontrándose con dos chicas vestidas como putas, listas para devorarlo mientras ella miraba.

Mientras tanto, en el apartamento de Moon, la chica colgó el teléfono y se giró hacia Sofía, que estaba tumbada en el sofá con una camiseta de tirantes y unas braguitas, revisando apuntes de la universidad. Moon tenía una sonrisa lenta, casi depredadora.

—Era Eva —dijo.

Sofía levantó la vista, interesada.

—Me he dado cuenta. ¿Y?

Moon se sentó a su lado y le contó todo.

La petición de quedar el viernes. La insinuación tímida de ir más provocativas.

La pregunta directa que ella le había hecho y cómo Eva había admitido que quería que parecieran dos putas para poner a Jacob al límite nada más entrar.

La vergüenza con los vecinos y la petición de ir tapadas hasta dentro.

Y, por último, el favor personal: quería aprender a chupar pollas, a tragarse el semen sin asco, a disfrutar de ello.

Sofía escuchó con los ojos cada vez más abiertos. Cuando Moon terminó, soltó un silbido bajo.