La Grieta 17
70%

17

Eva esa mañana, antes de bajar a la cocina y encontrarse con Jacob, se despertó con el cuerpo aún pesado de la noche anterior, como si alguien le hubiera inyectado una dulzura lenta en los músculos.

La cama estaba tibia, las sábanas revueltas, y el lado de Jacob ya vacío.

Abrió los ojos despacio, parpadeando contra la luz que se filtraba por las cortinas entreabiertas.

Eran las ocho y media de la mañana del sábado.

El primer sábado después de que todo hubiera empezado a romperse…

o a recomponerse, todavía no estaba segura de cuál de las dos cosas.

Se incorporó con cuidado. Le dolían los pechos, sensibles al roce de la bata que se puso encima del camisón.

Entre las piernas sentía un leve escozor agradable, el recuerdo físico de cómo Jacob la había follado contra la pared del recibidor apenas unos minutos después de que Moon y Sofía se marcharan.

Las chicas se habían ido con una sonrisa comprensiva cuando ella, en medio de la sesión, había sentido que el aire se le escapaba del pecho y había pedido parar.

No había sido capaz de seguir. Pero luego, cuando la puerta se cerró y se quedaron solos…

Dios. Jacob había sido otro hombre. Fuerte, paciente, hambriento.

La había besado como si llevara décadas conteniéndose y por fin le hubieran dado permiso.

La había levantado en brazos, la había apoyado contra la pared y la había penetrado despacio al principio, luego más fuerte, susurrándole al oído cosas que la habían hecho correrse con un gemido que todavía le resonaba en la cabeza.

No había habido vergüenza. Solo deseo puro, crudo, de los dos.

Bajó las escaleras descalza, sintiendo la madera fría bajo los pies. El olor a café ya flotaba por la casa. Y entonces lo oyó.

Jacob estaba en la cocina, cantando. No tarareando por lo bajo, no.

Cantando de verdad, con voz grave y algo desafinada, una canción vieja de los ochenta que ella reconocía de cuando eran novios.

«I want to know what love is…» Movía los hombros al ritmo, bailando solo frente a la sartén donde chisporroteaban las tostadas.

Llevaba los bóxers negros y una camiseta gris vieja, el pelo largo revuelto y la barba sin peinar.

Parecía diez años más joven. O veinte. Tenía una sonrisa tonta en la cara, de esas que no se pueden fingir.

Eva se quedó en el umbral de la puerta, observándolo sin que él la viera.

El corazón se le hinchó de golpe. Ese hombre, su Jacob, el de siempre, el que llegaba del taller oliendo a aceite y se sentaba en el sofá con la misma cara de cansancio de siempre…

estaba bailando. Por ella. Por lo que había pasado anoche.

Por lo que Moon y Sofía habían empezado a remover dentro de los dos.

La puerta se cerró. Y de repente la casa se quedó en silencio.

Eva se quedó sentada un rato más, con la taza entre las manos.

El sol entraba por la ventana de la cocina y le calentaba la espalda.

Pensó en la noche anterior otra vez. En cómo Moon le había desabrochado los botones de la blusa con una paciencia infinita, en cómo Sofía la había mirado a los ojos sin juzgarla, en cómo Jacob la había observado desde su sillón con esa mezcla de amor y deseo que la había hecho sentir…

vista. Por primera vez en años, vista de verdad.

Y luego, cuando las chicas se marcharon, la forma en que él la había tomado.

Sin prisa al principio. Con toda la prisa del mundo después.

Sus manos grandes en sus caderas, su polla entrando en ella como si llevara años esperando ese permiso.

Se levantó. Subió al baño del dormitorio principal.

Se quitó la bata y el camisón frente al espejo grande.

Se miró. Cincuenta y dos años. El cuerpo que había parido dos hijos, que había cambiado con la menopausia, que había escondido bajo blusas holgadas durante tanto tiempo.

Los pechos ya no eran tan firmes, las caderas más anchas, la tripa suave.

Pero esta mañana no apartó la mirada. Pasó las manos por sus pezones, todavía sensibles, y sintió un cosquilleo inmediato entre las piernas.

Abrió el grifo de la ducha. El agua caliente cayó con fuerza. Se metió debajo y dejó que el chorro le golpeara los hombros. Cerró los ojos.

Y empezó a tocarse.

Primero despacio, como si estuviera pidiendo permiso a su propio cuerpo.

Una mano en un pecho, apretando suavemente el pezón.

La otra bajando por el vientre, entre los labios hinchados.

Estaba mojada. No solo por el agua. Mojada de verdad, resbaladiza, caliente.

Pensó en Jacob. En cómo la había follado anoche contra la pared, sus gruñidos graves en su oído, sus manos sujetándola para que no se cayera.

Se metió dos dedos y soltó un gemido bajo que se perdió bajo el ruido del agua.

Luego la imagen cambió. Pensó en Jacob con Sofía.

En cómo las chicas le habían descrito —sin decirlo directamente— lo que podía pasar si ella seguía.

Imaginó a Sofía, con esas tetas grandes y pesadas, arrodillada frente a él en el salón, chupándosela mientras Eva miraba.

Jacob con la mano en el pelo platino de la chica, guiándola, pero mirando a Eva todo el tiempo.

Sofía mirándola a ella también, con esos ojos traviesos, invitándola.

Eva se frotó el clítoris más rápido. El placer subió de golpe.

Y entonces pensó en las dos chicas con ella.

Moon, tan delgada y serena, besándola en la boca mientras Sofía le separaba las piernas y le lamía el coño con esa lengua experta que Eva había intuido la noche anterior.

Las manos suaves de Moon en sus pechos, pellizcándole los pezones al mismo tiempo que Sofía le metía dos dedos.

Jacob mirando desde el sillón, la polla dura en la mano, sin tocarse todavía, solo observando cómo ellas la abrían.

Eva se imaginó de rodillas en el sofá, con Moon delante y Sofía detrás, lamiéndola, tocándola, susurrándole que era preciosa, que no tenía que esconder nada.

Se corrió con un gemido largo y tembloroso, las rodillas flojas, apoyándose en la pared de azulejos para no caerse.

El orgasmo le duró más de lo normal, oleadas que la dejaron jadeando bajo el agua.

Salió de la ducha con las piernas temblorosas.

Se secó despacio, mirándose otra vez en el espejo.

No se sentía rota. Se sentía… despierta.

Deseosa. Quería más de eso. Quería volver a verlas.

Quería que la ayudaran a seguir abriéndose.

No por Jacob. Bueno, sí por él también, porque verlo tan feliz esa mañana le había dado alas.

Pero sobre todo por ella. Quería descubrir hasta dónde podía llegar sin ahogarse.

Se vistió con ropa cómoda: unos leggins viejos y una camiseta ancha de Jacob.

Bajó a la cocina, recogió los platos del desayuno y se puso a limpiar la casa con una energía que no recordaba tener desde hacía años.

Mientras pasaba la aspiradora por el salón, pensaba en la segunda sesión.

En cómo sería. En si esta vez sería capaz de dejarse tocar más.

En si Jacob estaría allí, mirándola, excitándose con ella.

La idea le provocó otro cosquilleo entre las piernas.

El domingo Jacob propuso el paseo al estanque. Eva aceptó. Caminaron cogidos de la mano, hablando de todo y de nada. Cuando llegaron al claro donde tantos años atrás él había intentado hacerle el amor y ella se había negado por miedo a que los vieran, Eva se detuvo.

—Aquí no —dijo, suave pero firme—. Sigo teniendo miedo de que alguien pase. Pero quiero que sepas que ya no es por ti. Es solo… el sitio. El miedo. Anoche, en casa, contigo… fue diferente. Me gustó. Quiero seguir intentándolo.

Jacob la abrazó. No insistió. Solo la besó en el pelo y le dijo que ella marcaba el paso.