La Grieta 16 #3
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16 #3

El despacho del profesor Ramírez estaba en el tercer piso.

Tenía cuarenta y cinco años, pelo corto con algunas canas prematuras y una barba de tres días que le daba un aire más de investigador de campo que de catedrático.

Era conocido por ser uno de los tutores más exigentes…

y, al mismo tiempo, uno de los pocos que no se escandalizaba fácilmente.

“El fin justifica los medios cuando los medios son éticos y los datos son buenos”, solía decir en clase.

Rebelde dentro de la profesión, sí. Pero nunca irresponsable.

Moon llamó a la puerta con los nudillos. Una voz grave y tranquila contestó desde dentro:

—Adelante.

Entraron. Ramírez estaba sentado detrás de su escritorio lleno de pilas de artículos y tazas de café vacías. Levantó la vista, sonrió al verlas y señaló las dos sillas frente a él.

—Moon, Sofía. Sentaos. Tenéis cara de haber pasado el fin de semana trabajando en algo interesante.

Moon respiró hondo y empezó a hablar con voz clara y profesional, tal como habían ensayado:

—Profesor, creemos que tenemos un caso que puede convertirse en algo más grande que un TFG.

Es un estudio de caso único sobre reactivación del deseo sexual en una pareja heterosexual de larga duración (más de 25 años) mediante intervención observacional-participativa con dos facilitadoras.

La evolución ha sido… dramática. En menos de una semana han pasado de una vida sexual casi nula a una reactivación explosiva.

Sofía le pasó el USB en silencio. Ramírez lo conectó y abrió el archivo. Mientras leía las primeras páginas —la tabla de variables, las referencias a habituación sexual, desire discrepancy, responsive desire de Basson, vergüenza corporal de Fredrickson—, sus cejas se iban levantando poco a poco.

—Interesante… —murmuró—. Muy interesante. El cambio en 48 horas es casi un caso de libro. Pero quiero que me contéis el origen. ¿Cómo llegasteis exactamente a esta pareja?

Moon miró a Sofía un segundo. Sofía tragó saliva, visiblemente nerviosa. Moon decidió ser sincera, pero controlada:

—Empezó con observación sistemática en entornos cotidianos.

Yo detecté al sujeto masculino y lo observé durante varias semanas en su rutina diaria.

Pasaba por delante de su taller, luego coincidimos en el autobús…

Observé patrones de lenguaje no verbal, micro-expresiones de insatisfacción, rutina marital elevada.

Fue una fase exploratoria previa, sin contacto.

Solo observación pasiva. Después establecimos el primer contacto formal con la esposa y obtuvimos consentimiento verbal explícito para continuar.

Sofía se removió en la silla, incómoda. Moon continuó, bajando un poco la voz:

—En el autobús… las cosas se aceleraron más de lo esperado. Hubo contacto físico intencionado. Y… sí, llegamos a tener relaciones sexuales allí mismo, antes de que la esposa supiera nada.

Sofía palideció visiblemente y miró a Moon con los ojos muy abiertos, como diciendo “¿qué coño haces?”.

Ramírez se recostó en su silla, cruzó los brazos y las observó durante unos segundos largos. No parecía escandalizado. Más bien… intrigado. Una sonrisa pequeña, casi divertida, asomó bajo su barba.

—Así que llegasteis al sexo en el autobús —repitió, como si estuviera saboreando la frase—. Sin que la esposa lo supiera. Sin consentimiento previo de nadie.

Moon asintió, tensa. Sofía parecía a punto de desmayarse.

Ramírez levantó una mano para tranquilizarlas.

—Tranquilas. No os voy a suspender ni a denunciar.

Sois buenas chicas y, por lo que leo aquí, el caso ya ha evolucionado hacia algo mucho más ético.

Pero escúchame bien, Moon —dijo mirándola directamente a los ojos—.

De ninguna manera, bajo ningún concepto, podéis incluir ni una sola palabra de esa fase del autobús en el documento.

Ni en el TFG ni en ninguna publicación futura.

Ni siquiera como “fase exploratoria”. Eso se queda fuera.

Punto. Es material que podría destruiros académicamente y, lo que es más importante, podría hacer daño real a la pareja si saliera a la luz.

Hizo una pausa. Su tono se volvió más serio, pero seguía habiendo un brillo rebelde en sus ojos.

—Dicho eso… —continuó, inclinándose hacia delante—, lo que describes es una prueba apabullante de exactamente lo que estabais buscando.

Ese deseo escondido y reprimido de Jacob.

Un hombre de cincuenta años, en una rutina matrimonial muerta, que en un autobús lleno permite que dos desconocidas lo lleven al límite sin apartarse.

Eso no es solo “contacto casual”. Eso es un deseo que llevaba años dormido, esperando la chispa adecuada.

Es un dato brutalmente valioso para entender cómo funciona la habituación sexual y cómo una intervención externa puede romperla.

Sofía soltó el aire que había estado conteniendo. Moon, en cambio, sonrió ligeramente, aliviada de que el profesor no las estuviera juzgando.

Ramírez continuó:

—Quiero que reescribáis la sección de “Contexto de reclutamiento del caso” de forma limpia y académica: “La facilitadora principal identificó el caso mediante observación sistemática en entornos públicos durante tres semanas, detectando indicadores conductuales de deseo sexual discrepante y alta rutina marital. El contacto formal se estableció posteriormente con el consentimiento explícito de ambos miembros de la pareja.” Nada más.

Y a partir de ahí, todo debe estar perfectamente documentado con consentimiento informado por escrito.

Señaló la pantalla.

—Esto tiene mucho potencial chicas, si lo hacéis bien, será un estudio espectacular.

Un estudio longitudinal de doce meses mínimo.

Quiero protocolo de consentimiento, debriefing psicológico, seguimiento a 3, 6 y 12 meses, y un apartado completo de limitaciones éticas.

Si la pareja acepta continuar como sujetos, podemos convertirlo en algo publicable. Anónimo, claro. Pero sólido.

Moon y Sofía se miraron. El alivio era palpable.

—Tenemos el acceso —dijo Sofía, con la voz todavía un poco temblorosa—. Y la pareja está más que dispuesta.

Ramírez sonrió de medio lado, esa sonrisa rebelde que tanto les gustaba.

—Pues empecemos. Esto ya no es un trabajo de fin de grado. Si acabáis aprobando todo este año, y el próximo sois capaces de conseguir el Master, esto podría ser el comienzo de vuestra tesis doctoral.

Salieron del despacho con el corazón a mil. En el pasillo, Moon le dio un codazo suave a Sofía.

—¿Seguimos siendo solo observadoras… o ya somos parte del experimento?

Sofía soltó una risa nerviosa, todavía con las mejillas sonrojadas.

—Las dos cosas, cariño. Las dos cosas. Y me encanta… aunque casi me meo encima cuando has soltado lo del autobús.

Moon sonrió, esta vez con algo de orgullo.

—Tenía que saber si iba a entender la importancia de esa fase. Y lo entendió. El deseo reprimido de Jacob… era real. Y ahora tenemos a alguien que nos va a ayudar a convertirlo en ciencia de verdad.