15 #2
—No… no lo recuerdo —admitió con honestidad, la voz ronca—. Hace tanto tiempo que… ya ni sé. Siempre era rápido, a oscuras, y tú te cubrías enseguida. Creo que fue antes de que la pequeña se fuera a la universidad… pero ni siquiera estoy seguro.
Eva se quedó mirándolo unos segundos. El rubor le subió por el cuello hasta las mejillas, se teñían de un rojo intenso, como un semáforo. Pero no apartó la mirada.
Sin decir nada más, se separó un poco de él.
Con las manos temblorosas pero decididas, empezó a desabrochar los botones de su blusa, uno a uno.
Cuando llegó al último, se la quitó lentamente y la dejó caer al suelo.
Luego llevó las manos a la espalda, desabrochó el cierre del sujetador y, con un movimiento suave, dejó que las tiras resbalaran por sus hombros.
El sujetador cayó también.
Eva quedó frente a él, desnuda de cintura para arriba. Sus pechos maduros, pesados, con los pezones ya endurecidos por los nervios y el aire fresco del recibidor, quedaron completamente expuestos bajo la luz de la lámpara del pasillo.
Estaba colorada como nunca, las mejillas ardiendo, los ojos brillantes por la vergüenza y la emoción. Instintivamente cruzó los brazos un segundo sobre el pecho, pero se obligó a bajarlos de nuevo, dejando que Jacob la viera.
—Aquí están —susurró, la voz entrecortada—. Míralos. Sin prisa. Sin que yo me esconda. Quiero que los disfrutes… como antes. Como deberías haber podido hacerlo todos estos años.
Jacob se quedó quieto, respirando más profundo. Sus ojos recorrieron el cuerpo de su mujer con una mezcla de sorpresa, deseo y algo muy parecido a la ternura. No dijo nada durante unos segundos, solo la miró.
Eva tragó saliva, todavía roja como un tomate, pero no se cubrió.
—¿Te siguen gustando? —preguntó en voz muy baja, casi insegura—. Aunque ya no sean como cuando teníamos treinta…
Jacob dudó un segundo. Sus manos se movieron en el aire, como si no terminara de creerse que podía tocarla así, a plena luz, sin que ella se apartara.
Finalmente, con mucho cuidado, las colocó bajo los pechos de Eva, levantándolos suavemente desde abajo.
Eran pesados, cálidos, y se acomodaron perfectamente en sus palmas.
Los sostuvo así, observándolos de cerca.
Sus pulgares rozaron la curva inferior mientras sus ojos se fijaban en los pezones, que se endurecían poco a poco bajo su mirada y el contacto.
La respiración de Jacob se volvió más agitada, audible.
Se relamió los labios sin darse cuenta, como si estuviera conteniéndose para no lanzarse directamente.
Eva lo notó todo. Vio la desesperación contenida en su mirada, la forma en que sus dedos temblaban ligeramente al sostenerla, cómo su polla empezaba a presionarle con fuerza contra la tela del pantalón.
Y eso la afectó más de lo que esperaba. Sintió un calor líquido entre las piernas, cómo se mojaba despacio, casi de forma vergonzosa.
Sus muslos se apretaron instintivamente.
—Joder, Eva… —murmuró Jacob con voz ronca, sin apartar los ojos de sus pechos—. Están… perfectos. Más bonitos de lo que recordaba.
Levantó un poco más el izquierdo, acercándolo a su cara. Su aliento cálido rozó el pezón endurecido. Eva sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda y soltó un pequeño gemido involuntario.
Jacob seguía dudando, como si temiera que en cualquier momento ella fuera a taparse o a pedirle que apagara la luz. Pero no lo hizo. Se quedó allí, de pie frente a él, dejándose mirar y tocar, con las mejillas ardiendo y la respiración cada vez más entrecortada.
Sus pezones estaban ahora completamente duros, oscuros y sensibles. Cada roce de los pulgares de Jacob enviaba una descarga directa entre sus piernas. Eva sentía cómo su humedad empezaba a empapar las bragas, cómo su cuerpo respondía con una intensidad que la sorprendía incluso a ella.
—Puedes… tocarlos más —susurró, la voz temblorosa pero clara—. No voy a apartarme.
Jacob levantó la mirada hacia sus ojos un segundo, como buscando una última confirmación. Al ver que ella no se echaba atrás, soltó un gruñido bajo y se inclinó hacia delante.
Empezó besando la curva superior de su pecho izquierdo, con besos suaves y calientes. Luego bajó lentamente, cubriendo la piel con besos más húmedos hasta llegar al pezón. Lo besó con reverencia primero, luego sacó la lengua y lo lamió despacio, trazando círculos alrededor de la areola endurecida.
Eva soltó un gemido ahogado y arqueó ligeramente la espalda.
Jacob se volvió más ansioso. Agarró ambos pechos con más fuerza, levantándolos y apretándolos entre sus manos grandes mientras su boca pasaba de uno al otro.
Lamió con hambre, chupando los pezones con fuerza, succionándolos y soltándolos con un sonido húmedo.
Después empezó a mordisquearlos suavemente, tirando de ellos con los dientes lo justo para hacerla jadear.
—Dios… Jacob… —gimió Eva, las rodillas temblándole.
Sus manos bajaron tímidamente hasta los pantalones de su marido.
Intentó desabrochar el botón, pero los dedos le temblaban demasiado por los nervios.
Tiró torpemente de la cremallera, sin conseguir bajarla del todo.
Frustrada y excitada a partes iguales, solo consiguió rozar la erección que presionaba con fuerza contra la tela.
Jacob se dio cuenta. Sin dejar de lamer y mordisquear sus pezones, soltó un pecho un segundo, metió la mano y se abrió el pantalón él mismo con un movimiento rápido. Bajó la cremallera y sacó su polla gorda y completamente dura, que saltó pesada y venosa, ya brillando en la punta.
Eva la miró un instante, con los ojos muy abiertos y las mejillas ardiendo. Su mano, todavía temblorosa, la rodeó torpemente. Estaba caliente, dura y palpitante. La apretó con suavidad, sintiendo cómo latía contra su palma.
Jacob gruñó contra su pecho y chupó más fuerte un pezón, como si el contacto de su mano lo estuviera volviendo loco.
Eva sintió otra oleada de humedad entre sus piernas. Ver a su marido tan desesperado, lamiendo y mordiendo sus pechos después de tantos años, mientras su polla latía en su mano, la estaba poniendo al límite.
—Jacob… —susurró con voz entrecortada—, estás… muy duro.
Él levantó la cara un segundo, los labios húmedos y los ojos oscuros de deseo.
—Llevo años queriendo hacer esto… —murmuró ronco—. Y ahora que por fin me dejas… no sé si voy a poder controlarme.
Eva apretó un poco más su polla en la mano, sintiendo cómo se mojaba aún más solo con sus palabras.
Jacob soltó un gruñido bajo y, sin decir nada más, la tomó por las caderas. Con un movimiento firme pero cuidadoso, la volteó para que quedara de espaldas a él. Eva apoyó las manos contra la pared del recibidor, respirando agitada. El corazón le latía con fuerza.
Jacob levantó la falda de Eva con ambas manos, subiéndosela hasta la cintura de un solo gesto. Sin perder tiempo, enganchó los dedos en el borde de las bragas y las bajó con rapidez hasta medio muslo. La tela se deslizó fácilmente por sus piernas, dejando su culo y su coño completamente expuestos.
Eva soltó un gemido ahogado al sentir el aire fresco rozándole la piel húmeda. Estaba empapada; podía notar cómo sus propios fluidos le resbalaban por el interior de los muslos. La vergüenza y la excitación la recorrían al mismo tiempo.
Jacob se quedó un segundo mirando su culo redondo y maduro, la forma en que brillaba de humedad entre sus piernas. Su polla palpitaba con fuerza, dura y pesada, apuntando directamente hacia ella.
—Joder, Eva… —murmuró con voz ronca, casi sin aliento—. Estás chorreando.
Puso una mano grande en su nalga izquierda, apretándola con fuerza, mientras con la otra guiaba su polla gruesa hasta rozar los labios hinchados de su coño. No la metió todavía. Solo la frotó lentamente de arriba abajo, cubriéndose de su humedad.
Eva temblaba contra la pared, las piernas ligeramente abiertas, las bragas todavía enredadas en sus muslos.
—Jacob… —susurró, la voz entrecortada por los nervios y el deseo—. Hazlo… por favor…
Jacob no contestó con palabras. En lugar de penetrarla, soltó su polla y se arrodilló detrás de ella. Con las dos manos le separó las nalgas con firmeza y acercó la cara.
Eva sintió primero su aliento caliente, luego la lengua ancha y húmeda recorriendo lentamente desde su coño empapado hasta su ano.
Jacob lamió con hambre, saboreándola sin prisa, hundiendo la lengua entre sus pliegues hinchados y subiendo después hasta lamerle el culo con círculos lentos y profundos.
Eva soltó un gemido agudo y, por puro instinto, cerró las piernas con fuerza, atrapando la cabeza de su marido entre sus muslos.
—Por favor, Jacob… no… no ahora —suplicó, la voz temblorosa y avergonzada—. Fóllame, por favor… solo fóllame…
Jacob se detuvo un segundo, pero no se levantó. Su voz sonó ronca y cargada de deseo contra su piel húmeda:
—Eva… déjame saborearte. Llevo años sin poder hacer esto.
Volvió a pasar la lengua, más despacio esta vez, lamiendo su coño de abajo hacia arriba y deteniéndose en el clítoris hinchado. Eva temblaba violentamente, las piernas apretadas, las manos apoyadas contra la pared.
—Jacob… por favor… —gimió ella, casi llorosa de vergüenza y placer—. Me da mucha vergüenza… no estoy preparada… solo métemela… te lo ruego.
Jacob dio una última lamida larga y profunda, saboreando toda su humedad, y finalmente se puso de pie. Su barba estaba mojada con los jugos de Eva. Se pegó a su espalda, la polla gruesa y caliente presionando entre sus nalgas.
—Está bien, amor —murmuró contra su oído, la voz grave y entrecortada—. Como tú quieras.
Con una mano guio su polla hasta la entrada de su coño empapado y empujó lentamente, hundiéndose en ella de una sola vez hasta el fondo.
Eva soltó un gemido largo y entrecortado al sentirlo dentro, llenándola por completo.