15
No se acercó de inmediato. Esperó. Sabía que Eva necesitaba ser ella quien diera el primer paso.
Eva se quedó unos segundos mirando la puerta cerrada, como si todavía pudiera ver a las dos chicas al otro lado.
Luego, sin decir nada, se dio la vuelta y apoyó la frente contra el pecho de él.
Jacob la envolvió con sus brazos grandes y marcados por el trabajo en el taller, pero sin apretar demasiado.
—Soy un desastre… —susurró ella contra su camisa, la voz quebrada.
Jacob le acarició la espalda lentamente, con esa paciencia que solo da una vida entera juntos.
—No eres un desastre, Eva —respondió con voz grave y tranquila—. Eres una mujer que lleva veinticinco años protegiéndose de algo que le da mucho miedo. Eso no te hace menos válida. Solo te hace humana. Y yo te quiero humana, no perfecta.
Eva soltó un sollozo pequeño, casi silencioso.
—Es que… cuando Moon empezó a desabrocharme la blusa, sentí que me faltaba el aire. Como si de repente todos mis defectos estuvieran bajo un foco. Las estrías, la flacidez, la celulitis… todo. Me sentí vieja. Fea. Inadecuada.
Jacob guardó silencio un momento, solo abrazándola.
—Yo nunca te he visto así —dijo por fin—. Para mí sigues siendo la misma mujer de la que me enamoré. Con más historia, sí. Con más curvas, con más vida encima. Pero sigues siendo tú. Y sigo deseándote. Aunque entiendo que para ti no sea tan sencillo.
Eva levantó la cara y lo miró a los ojos.
—¿De verdad sigues deseándome? ¿Después de tantos “no”, de tantas veces que te he dejado a medias, de tantas noches en las que me he girado para dormir?
Jacob le limpió una lágrima con el pulgar.
—Desearte nunca ha sido el problema. El problema ha sido no poder acercarme sin que te cerraras. Pero hoy… hoy has dado un paso muy grande. Has hablado de cosas que nunca habías dicho en voz alta. Eso ya es muchísimo.
Eva respiró hondo, como si necesitara tomar impulso. Se quedó callada unos segundos, mordiéndose el labio inferior. Luego, con un tono más bajo y travieso que contrastaba con las lágrimas recientes, añadió:
—Pues… no sé si te diste cuenta, pero cuando entraste en casa y viste a Sofía sentada ahí… no pudiste evitar mirarle el escote. Dos veces. Y la segunda vez te quedaste un segundo de más.
Jacob parpadeó, claramente pillado por sorpresa. Abrió la boca, pero Eva continuó antes de que él pudiera hablar, con una media sonrisa que delataba que estaba usando ese comentario para liberarse de la tensión que aún le apretaba el pecho.
—No te pongas colorado ahora… Lo vi clarísimo. Te pasaste la mano por la barba como siempre que te pones nervioso, y tragaste saliva. Casi se te nota el pulso en el cuello.
Se separó un poco de su pecho para mirarlo mejor, todavía abrazada a su cintura.
—O sea… yo aquí medio muriéndome de vergüenza porque me desabrochan dos botones, y tú entrando por la puerta y comiéndote con los ojos las tetas de una chica que podría ser nuestra hija. ¿No te da un poco de vergüenza, Jacob?
Lo dijo sin verdadero reproche, casi con alivio. Era como si señalar lo que había visto le permitiera respirar mejor después de la ansiedad de minutos antes.
Jacob soltó una risa corta e incómoda, rascándose la nuca.
—Eva… yo no…
—Ah, no te excuses tan rápido —lo cortó ella suavemente, con una sonrisa que ya sonaba más ligera—. No estoy enfadada. De verdad. Sabía que ibas a mirar. Lo esperaba. Y… no te voy a mentir, me gustó verlo. Me puso bastante cachonda, la verdad.
Se quedó mirándolo a los ojos un segundo más largo, evaluando su reacción, y luego apoyó de nuevo la frente contra su pecho, esta vez con menos peso y más cercanía juguetona.
—Solo digo… que si yo estoy intentando ser valiente aquí, tú tampoco disimules tanto cuando te gusta lo que ves. Porque te vi, eh. Te vi clarito. Y me mojé viéndote mirar.
Jacob soltó el aire que tenía retenido y la apretó un poco más contra él, mitad avergonzado, mitad divertido.
—Está bien… sí, miré. No voy a negártelo. Fue más de un segundo. Es que la chica…
—Dos segundos y medio —le corrigió Eva, con una risita baja que ya sonaba mucho más relajada.
—…vale, dos segundos y medio —aceptó él—. Pero tú estabas aquí, intentando abrirte un poco, y yo… bueno, soy humano también.
Eva levantó la cara otra vez. Sus ojos seguían rojos, pero ahora brillaban con algo más vivo y cálido.
—Pues que sepas que lo noté —dijo, bajando un poco la voz—.
Y no solo lo noté… me gustó. Me excitó verte mirándola así.
Cuando te pasaste la mano por la barba y tragaste saliva, vi cómo se te empezaba a marcar la polla contra el pantalón.
Y yo… sentí cómo me mojaba. Ahí mismo, sentada en el sofá, mientras fingía que todo era normal.
Jacob se quedó quieto, sorprendido por la confesión directa. Eva continuó, con las mejillas todavía húmedas pero la voz más firme y un poco traviesa:
—Yo viéndote reaccionando a sus tetas como un crío.
Y en vez de enfadarme, me puse cachonda.
Noté el calor subiendo y cómo se me mojaban las bragas.
Fue raro… pero me alivió. Me recordó que todavía puedes ponerte así, y que yo aun puedo mojarme, aunque sea viéndote mirar a otra.
Y de repente estaba muerta de vergüenza por lo de los botones, sintiéndome vieja y fea…
Se mordió el labio inferior un segundo, como si todavía le costara un poco decirlo en voz alta, y añadió más bajito:
—Así que sí… me gustó. Me gustó mucho verte tan… vivo.
Jacob le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, todavía procesando sus palabras.
Eva se quedó callada un instante, disfrutando del contacto, y luego murmuró, casi para sí misma:
—Pues la próxima vez que vengan… no sé si quiero que disimules o no.
Y con esa frase dejó escapar el último resto de tensión, apoyándose de nuevo contra él con un suspiro más tranquilo.
Jacob se quedó callado un momento, abrazándola con fuerza pero sin prisa. Pasaron casi dos minutos en silencio, solo se oía el sonido lejano del reloj de pared y sus respiraciones acompasadas. Eva sentía cómo el pecho de su marido subía y bajaba bajo su mejilla, todavía un poco acelerado.
Al final, Jacob habló en voz baja, casi como si estuviera pensando en voz alta:
—Entonces… ¿habrá una segunda sesión con las psicólogas?
Eva levantó ligeramente la cabeza para mirarlo. Asintió despacio.
—Creo que sí. Esperaré unos días a ver cómo me encuentro pero, aunque estoy muy avergonzada por lo que ha pasado esta noche, creo que quiero seguir con esto, por ti y porque hoy me he sentido excitada viendo como mirabas a Sofía y me imaginaba cosas cuando estaba así, te imagine follándome mientras le besabas el pecho a ella…
Jacob asintió, no supo que decir a eso, su polla estaba despertando. Procesó la información. Se quedó callado otro instante y luego preguntó, con un tono más bajo y directo:
—¿Quieres que sea más… descarado cuando vuelvan esas chicas?
Eva sintió un nuevo latido entre las piernas al oír la pregunta. Se mordió el labio inferior un segundo antes de responder.
—No lo sé todavía —admitió con sinceridad—. Una parte de mí se muere de vergüenza solo de pensarlo… pero otra parte… se excita. Mucho. Verte mirando a Sofía hoy me puso muy húmeda. Así que… quizás sí. Quizás quiero que seas un poco más descarado. Que mires. Que no disimules tanto.
Jacob tragó saliva. Su mano subió lentamente por la espalda de ella.
—Y la tercera pregunta —continuó él, con la voz más ronca—: Eres tan vergonzosa y tan… por decirlo de alguna forma, casta durante tantos años… y ahora me da la impresión de que quieres que yo esté con ellas… o que ellas estén contigo… o quizás delante de ti? No sé si me entiendes.
Eva se quedó callada unos segundos. El rubor le subió otra vez por el cuello, pero no apartó la mirada.
—Te entiendo perfectamente —murmuró—. Y sí…
creo que quiero las tres cosas. Quiero verte con ellas.
Quiero que ellas me toquen a mí mientras tú miras.
Y también quiero que estés delante cuando yo…
me deje llevar. No sé hasta dónde voy a poder llegar, Jacob.
Todavía me da mucho miedo y mucha vergüenza.
Pero hoy, cuando te vi mirando a Sofía y sentí cómo me mojaba…
me di cuenta de que una parte de mí quiere probar. Quiere ver hasta dónde llega esto.
Se incorporó un poco más para mirarlo mejor a los ojos.
—No quiero que sea algo escondido. Si va a pasar, quiero que sea aquí, en nuestra casa, contigo delante. Sin mentiras. Sin que tengas que disimular. ¿Eso te asusta?
Jacob negó lentamente con la cabeza, aunque su respiración se había vuelto más profunda.
—No me asusta —respondió con voz grave—. Me sorprende… pero no me asusta. Y si tú quieres intentarlo, yo estoy aquí. Contigo. Sea lo que sea que pase.
Eva soltó un suspiro tembloroso y volvió a apoyar la frente contra su pecho.
—Entonces… esperaré unos días para mentalizarme de esto y las llamaré —susurró—. Y esta vez… no sé cómo voy a reaccionar. Pero quiero que estés preparado. Y a mi lado
Jacob le besó el pelo con ternura y la apretó un poco más contra él.
—Estaré preparado, amor. Los dos lo estaremos.
Se quedaron así un rato más, abrazados en el recibidor, con el peso de la conversación flotando entre ellos. Ya no era solo vergüenza ni solo deseo. Era algo nuevo, más grande, que empezaba a tomar forma entre los dos.
Eva respiró hondo, como si estuviera reuniendo valor para dar un paso más. Levantó la cabeza y miró a Jacob directamente a los ojos. Su voz salió baja, casi un susurro:
—Jacob… ¿cuándo fue la última vez que disfrutaste de mis pechos? De verdad. Sin prisa, sin que yo me tapara o apagara la luz.
Jacob parpadeó, claramente descolocado por la pregunta. Frunció el ceño, intentando hacer memoria. Abrió la boca, la cerró, y al final negó lentamente con la cabeza.