14
El sol todavía calentaba las aceras, pero una brisa fresca anunciaba que el día empezaba a declinar.
Moon vestía una falda midi de color carbón que le rozaba las rodillas, un top blanco sencillo que se ajustaba discretamente a su torso y una chaqueta holgada beige que suavizaba su silueta. Llevaba el cabello suelto, con un toque natural que transmitía cercanía.
Sofía había optado por unos vaqueros oscuros que realzaban sus curvas sin exagerar y una blusa azul claro con los dos primeros botones desabrochados, lo suficiente para sugerir sin invadir.
Ambas proyectaban la imagen perfecta de estudiantes universitarias serias, curiosas y profesionales.
Eva abrió la puerta con una sonrisa que intentaba ocultar su nerviosismo.
Llevaba una blusa beige abotonada hasta el cuello y una falda que le sobrepasaba ligeramente las rodillas.
Su cabello castaño, salpicado de algunas hebras plateadas, estaba recogido en un moño práctico.
Olía a jabón de lavanda y a algo casero que se cocinaba en la cocina.
—Hola… vosotras sois Moon y Sofía, ¿verdad? Pasad, por favor. He preparado café y unas galletas que horneé esta mañana. Espero que os gusten.
Eva se quedó un momento pensativa, con la bandeja de galletas todavía entre las manos y el aroma del café flotando en el aire.
Sonrió con una mezcla de nervios y excitación.
Eva llegó a los 52 años con un deseo sexual que seguía vivo, pero completamente encerrado bajo llave.
Ya casi no tenía relaciones con Jacob, y cuando las tenía, todo tenía que ser exactamente de una determinada manera: luz apagada, sábana por encima, movimientos suaves y predecibles, nada de miradas largas, nada de posiciones que la dejaran demasiado expuesta.
Si algo se salía de ese guion tan estrecho, se bloqueaba por completo.
No era que no quisiera; simplemente no podía.
Todo empezó a torcerse tres años después del nacimiento de su segundo hijo, cuando Jacob se hizo la vasectomía.
En su momento lo vivieron como algo bueno y práctico: ya no más pastillas, ya no más sustos.
Pero para Eva esa operación fue, sin que ella misma lo supiera del todo, un punto de no retorno simbólico.
Su cuerpo ya había cumplido. Dos hijos sanos.
Ya no era “necesario” en ese sentido. Y aunque Jacob nunca dijo nada negativo, ella empezó a notar cambios en su propio cuerpo que la angustiaban: la barriga ya no volvía a su sitio como antes, los pechos habían perdido firmeza después de dar el pecho, tenía estrías y la piel ya no era tan elástica.
Poco a poco se fue convenciendo de que Jacob también lo veía.
Que ya no la miraba igual. Que el deseo que había sentido por ella durante años se estaba enfriando.
Y como nunca hablaron de ello abiertamente, Eva empezó a llenar los silencios con sus propios miedos.
“Seguro que ya no le gusto como antes. Seguro que solo sigue conmigo por cariño.”
A partir de ahí todo fue decayendo sin que ninguno de los dos supiera realmente qué pensaba el otro.
Jacob veía que ella apagaba la luz antes de meterse en la cama, que se tapaba rápido, que evitaba ciertas posturas, y pensó que Eva ya no tenía tantas ganas.
Como era un hombre respetuoso, no insistía.
No quería hacerla sentir presionada. Eva, por su lado, interpretaba esa falta de insistencia como confirmación de que él ya no la deseaba.
Y así se creó un círculo vicioso horrible: cuanto menos sexo había, más convencidos estaban ambos de que al otro “ya no le apetecía”.
Eva empezó a poner condiciones cada vez más estrictas para poder tener relaciones.
La luz tenía que estar apagada. La sábana tenía que cubrirla.
Nada de estar mucho rato desnuda. Nada de que él la mirara mientras la penetraba.
Nada de durar demasiado. Si Jacob intentaba besarle el vientre, acariciarla más despacio o proponer algo diferente, ella se tensaba inmediatamente y la excitación se le iba.
No era un rechazo consciente; era puro miedo.
Miedo a que él viera su cuerpo tal como era ahora y confirmara lo que ella ya pensaba: que ya no era deseable.
Con los años esas reglas se volvieron automáticas.
Ya ni siquiera tenía que pensarlo. Apagaba la luz sin decir nada.
Se tapaba sin explicaciones. El sexo se convirtió en algo breve, controlado y bastante mecánico.
Y cuanto más mecánico era, menos placer sentía…
lo que reforzaba la idea de que “ya no tenemos ganas como antes”.
Pero la verdad es que el deseo nunca se había ido del todo.
Seguía ahí, reprimido. A veces, en la ducha, se tocaba pensando en Jacob follándola contra la cocina con la luz del día entrando por la ventana, o imaginaba que él la agarraba fuerte del pelo mientras ella se la chupaba mirándolo a los ojos.
Esas fantasías la ponían muy cachonda… pero enseguida las cortaba.
“Eso ya no es para mí. Si lo pido y él no reacciona igual, me va a doler demasiado.”
El miedo principal era siempre el mismo: “ya no soy deseable”.
Eva estaba convencida de que su cuerpo de 52 años, después de dos partos y tantos años, ya no podía despertar en Jacob la misma pasión de antes.
Creía que él la quería como compañera, como madre de sus hijos, como la mujer con la que había construido una vida…
pero ya no como mujer sexual. Y como nunca hablaron de eso, esa creencia se volvió sólida como una roca.
Por eso necesitaba tanto control. Cada condición era una forma de protegerse.
Si todo se mantenía dentro de esas reglas, podía permitirse sentir algo sin arriesgarse a un rechazo que, para ella, habría sido devastador.
Fuera de ese marco tan reducido, su cuerpo se cerraba automáticamente.
No era que no tuviera ganas. Era que no se atrevía a tenerlas si no podía esconderse.
Durante más de veinte años Eva vivió con un deseo sexual que seguía latiendo por debajo, pero que solo se permitía salir cuando se sentía segura.
Y segura, para ella, significaba invisible.
Tapada. Controlada. Porque si Jacob la veía de verdad, tal como era ahora, tenía miedo de que dejara de desearla del todo.
Y así fue como llegó a ese punto: con muchas ganas guardadas, pero casi ninguna libertad para expresarlas.
Cuando se fijó en el cuerpo de Sofía todo ese deseo escondido asomó débilmente la cabeza y Eva comenzó a fantasear.
«Si Jacob estuviera aquí ahora mismo…»
Se lo imaginó llegando del taller, todavía con las manos un poco sucias de grasa, quitándose la chaqueta vaquera en la entrada y entrando al salón con su paso tranquilo de siempre.
Primero saludaría a Moon con esa cortesía suya, firme pero amable.
Pero luego sus ojos se posarían en Sofía.
Y ahí… todo cambiaría.
Sofía llevaba una blusa ligera, de tela suave, con los dos botones superiores desabrochados.
Ese detalle tan sencillo hacía que el escote fuera imposible de ignorar: se abría justo lo suficiente para dejar ver el nacimiento de sus…
«Dios, son mucho más grandes que las mías y no las tengo pequeñas, precisamente, ¿Cómo puede esta niña tener un pecho tan grande y andar tan erguida?
» Con cada movimiento, la tela de su blusa se separaba un poco más, ofreciendo un vistazo profundo al valle entre sus pechos, al peso suave que se movía debajo.
No era descarado, pero tampoco inocente.
Era un pecho provocador por mucho que se intentara evitar.
Eva casi podía ver la reacción de su marido: ese microsegundo en el que su mirada se detendría más de la cuenta.
Tragaría saliva. Intentaría mantener la compostura, desviando los ojos hacia la ventana o hacia las galletas, pero ya sería tarde.
Conocía demasiado bien ese gesto: la mandíbula ligeramente tensa, la forma en que se pasaría la mano por la barba como si necesitara hacer algo con las manos, los hombros un poco más rectos.
«Joder…», pensaría Jacob sin decirlo. «Esa blusa… con solo dos botones abiertos y ya se le ve casi todo. Esas tetas son enormes… y se mueven tanto…» Eva sintió un calor familiar subirle por el vientre.
Sabía que él no sería grosero. No se quedaría mirando fijamente ni haría ningún comentario fuera de lugar.
Pero por dentro se le removería todo. Se imaginaría, aunque fuera solo un instante, cómo se sentiría hundir la cara entre esos pechos tan grandes y suaves, cómo rebotarían si ella se inclinara hacia delante para coger una taza, cómo se marcarían los pezones contra la tela fina de la blusa si se excitara un poco.
Y lejos de molestarle, esa idea la excitaba.
Le gustaba imaginar a su marido de cincuenta años, sólido y contenido, intentando mantener una conversación normal mientras su mente se llenaba de imágenes de Sofía inclinándose, de esa blusa entreabierta, de ese escote profundo que parecía invitar a mirar aunque él luchara por no hacerlo.
Sabía que su polla reaccionaría. No de inmediato, pero sí lo suficiente como para tener que ajustar la postura en el sofá o quedarse de pie un rato más, disimulando.
«Pobre Jacob…», pensó Eva con ternura y una pizca de malicia. «Intentaría ser el perfecto anfitrión, educado y correcto… pero esa blusa y esas tetas tan grandes lo volverían loco en silencio.»
Se mordió el labio inferior, notando cómo se le humedecía la entrepierna solo con imaginarlo.
A las chicas les ofrecía la misma sonrisa cálida de siempre que Eva regalaba a todo aquel que se acercaba a charlar con ella. Pero por dentro ya estaba disfrutando por adelantado de la reacción que provocaría Sofía en su marido en cuanto él cruzara la puerta esa tarde.
Porque estaba segura de una cosa: Jacob no saldría indiferente.
Y eso, curiosamente, la ponía muchísimo.