14 #2
La casa transmitía esa calidez ordenada de los hogares que llevan décadas habitados. Olía a limpio, a guiso lento y a ese aroma indefinible que solo tienen las viviendas donde la vida ha transcurrido sin grandes sobresaltos.
Eva las condujo al salón, con la bandeja de galletas en las manos, donde ya esperaba una bandeja con tazas, una jarra de café humeante y otras dos con leche, una fría y otra caliente.
Se sentaron. Eva sirvió el café con manos que delataban un ligero temblor y se acomodó frente a ellas, cruzando las piernas con gesto contenido.
Comenzaron las chicas informando a Eva de que la entrevista seria grabada y le pidieron consentimiento, el cual acepto y firmo. Luego continuaron con las preguntas más generales del cuestionario.
Moon y Sofía habían preparado el documento con cuidado: encabezado universitario, bloques temáticos claros y espacio para anotaciones.
Mientras Eva hablaba, ambas tomaban notas con discreción. Moon escribía con letra pequeña y precisa; Sofía usaba abreviaturas que solo ellas entendían.
—Llevamos veinticinco años casados —contó Eva con voz pausada—.
Al principio todo era distinto. Había entusiasmo, risas, planes.
Pero llegaron los niños, el taller que heredó Jacob de mi padre, las facturas, las rutinas…
Poco a poco las conversaciones importantes se fueron quedando atrás.
Ahora hablamos de lo práctico: si hay que cambiar el coche, si la nevera sigue haciendo ruido, si el hijo pequeño necesita dinero para el alquiler. De nosotros como pareja… casi nunca.
Moon anotó: “Patrón clásico de deriva emocional en parejas de larga duración. Prioridad de lo instrumental sobre lo afectivo.” Sofía añadió en su cuaderno: “Posible disminución progresiva de la intimidad emocional. Valor clínico alto para capítulo sobre habituación relacional.”
La conversación avanzó con naturalidad durante casi cuarenta minutos. Eva se sentía cómoda hablando de los hijos, del trabajo, de cómo habían construido una vida estable. Moon y Sofía tomaban notas con discreción, asintiendo y haciendo preguntas suaves que hacían que Eva se abriera cada vez más.
Pero cuando llegaron al Bloque 3 —Intimidad y deseo—, el ambiente cambió.
Eva bajó la mirada hacia sus manos. Sus dedos se entrelazaron con fuerza.
—La intimidad física… ha disminuido mucho con el paso de los años —admitió en un tono casi inaudible—. Ya casi no ocurre. A veces me pregunto si es normal o si simplemente nos hemos acomodado a esta distancia.
Justo en ese momento se oyó el sonido familiar de la llave girando en la cerradura.
Eva levantó la cabeza, sorprendida y a la vez expectante. Moon y Sofía intercambiaron una mirada fugaz.
Jacob entró en casa con su paso habitual, todavía con la chaqueta vaquera puesta y ese olor característico del taller: una mezcla de aceite, grasa y combustible que siempre lo acompañaba. Se estaba sacando las llaves del bolsillo cuando levantó la vista hacia el salón y se quedó clavado un segundo.
Ese segundo le pareció una eternidad, Jacob se quedó paralizado en la entrada del salón. El corazón le dio un vuelco fuerte.
«¿Qué coño…?» pensó. Sabía que las chicas iban a venir a “entrevistar” a Eva, pero no esperaba que fuera tan pronto, ni que ya estuvieran sentadas en su salón como si llevaran allí toda la tarde.
Allí estaban dos mujeres jóvenes que no había visto nunca… o eso era lo que tenía que aparentar.
Eva lo miró directamente, con una sonrisa nerviosa pero cargada de curiosidad. Sus ojos brillaban con esa mezcla de malicia y excitación que él había notado antes en muy pocas ocasiones. Era como si le estuviera diciendo, sin palabras: “Vamos… reacciona. Quiero verte reaccionar”.
Jacob tragó saliva. Entendió al instante lo que Eva esperaba de él.
Eva se levantó ligeramente del sofá.
—Jacob, cariño, llegas justo a tiempo —dijo con voz suave—. Te presento a Moon y Sofía. Son alumnas de Psicología de la universidad. Me contactaron para un proyecto sobre parejas de larga duración y les dije que podían venir hoy a charlar un rato.
Jacob se recompuso con esfuerzo, fingiendo una sorpresa natural y educada, como si realmente estuviera viendo a las dos jóvenes por primera vez.
—Buenas tardes… —dijo con su voz grave y calmada, aunque un leve ronquido de tensión se coló en el tono—. No sabía que teníamos visita.
Moon fue la primera en levantarse. Con un gesto educado y natural, extendió la mano hacia Jacob.
—Encantada, señor. Soy Moon —dijo con una sonrisa tranquila, mirándolo directamente a los ojos como si fuera la primera vez que lo veía.
Sofía se levantó justo después, con esa gracia despreocupada que tenía.
La blusa azul claro se movió ligeramente con el gesto, y los dos botones superiores desabrochados dejaron entrever, por un instante, el profundo escote que el sujetador realzaba con generosidad.
Extendió la mano también, sonriendo con calidez.
—Mucho gusto. Yo soy Sofía. Gracias por dejarnos invadir su casa un rato.
Jacob tardó medio segundo de más en reaccionar.
Su mirada pasó primero por Moon con cortesía neutra y luego se posó en Sofía.
No pudo evitar que sus ojos bajaran brevemente al escote cuando ella se inclinó un poco hacia delante para estrecharle la mano.
Tragó saliva de forma casi imperceptible y se pasó la mano por la barba, un gesto automático para disimular.
—Encantado —respondió con su voz grave, estrechando primero la mano de Moon y luego la de Sofía. La de Sofía la sostuvo un instante más de lo estrictamente necesario, aunque intentó que no se notara—. Disculpad el olor… vengo directamente del taller.
Se quitó la chaqueta vaquera con movimientos lentos, tomándose su tiempo para colgarla en el perchero. Cuando se giró de nuevo hacia el salón, su mirada volvió a desviarse un segundo hacia el pecho de Sofía mientras ella volvía a sentarse. La mandíbula se le tensó ligeramente.
Eva lo observaba todo con atención. Notó ese pequeño titubeo, la forma en que su marido intentaba mantener la compostura y cómo su mano buscaba la barba para disimular.
Sintió un calor conocido subirle por el vientre.
Ver a Jacob reaccionando exactamente como ella había imaginado la estaba excitando más de lo que quería admitir.
Sofía sonrió con esa expresión traviesa que él ya conocía, inclinándose ligeramente hacia delante para dejar la taza de café en la mesa baja.
El movimiento hizo que sus pechos se movieran con peso natural, el valle entre ellos profundizándose por un momento.
Jacob sintió cómo su polla reaccionaba al instante, traicionera, y tuvo que ajustar disimuladamente el peso de una pierna a otra.
Eva no perdía detalle. Sus mejillas se habían sonrojado ligeramente y apretaba los muslos bajo la falda. Ver como los ojos de su marido se desviaban una y otra vez hacia el pecho de Sofía la estaba poniendo mucho más húmeda de lo que jamás habría admitido en voz alta.
Jacob se sentó en su sillón individual, manteniendo una postura relajada pero claramente alerta.
—Entonces… —dijo, carraspeando un poco para que su voz sonara más natural—, ¿de qué estabais hablando?
Eva bajó la mirada un segundo, todavía con los dedos entrelazados, y respondió con voz suave:
—Precisamente de eso, amor… de cómo la intimidad física ha ido desapareciendo con los años.
Jacob asintió lentamente, fingiendo que escuchaba por primera vez. Pero su mirada volvió a desviarse, casi contra su voluntad, hacia el escote de Sofía cuando esta se movió para cruzar las piernas. Tragó saliva de nuevo y se pasó la mano por la barba, esta vez con más insistencia.
Eva lo vio todo. Y sonrió por dentro.
Moon, que había permanecido atenta desde el momento en que Jacob entró, captó el instante con precisión quirúrgica. No necesitó mirar directamente a Eva ni a Jacob para entender la dinámica. Su mente, entrenada en leer micro expresiones y lenguaje corporal, procesó la escena en segundos.
«Interesante», pensó. Jacob no estaba sorprendido de verlas allí.
La sorpresa era real, sí, pero no por la presencia de dos desconocidas.
Era la sorpresa de quien se encuentra con un plan que se ha acelerado más de lo esperado.
Había tensión en sus hombros, un control excesivo en la mandíbula y esa mirada que intentaba ser casual pero que volvía una y otra vez al escote de Sofía, como si estuviera cumpliendo un guion que no había ensayado del todo.
Moon notó también cómo Eva observaba a su marido: no con celos, sino con una excitación contenida, casi curiosa.
Como si estuviera disfrutando de ver a Jacob en esa posición incómoda y excitante al mismo tiempo.
«Ella quiere que él reaccione», concluyó Moon.
«Y él está fingiendo que reacciona por primera vez.
Perfecto. La grieta ya está ahí, solo hay que ampliarla con cuidado. »
Mantuvo su expresión neutra y profesional, pero por dentro sonrió. Todo estaba saliendo mejor de lo planeado.
Sofía, por su parte, era menos analítica que Moon, pero tenía un instinto muy fino para leer el deseo y la incomodidad ajena.
Cuando Jacob desvió la mirada hacia su pecho por segunda vez, ella sintió esa familiar oleada de satisfacción.
Sabía perfectamente el efecto que causaba su cuerpo, y en ese momento lo estaba usando como herramienta.
«Pobre hombre», pensó con una mezcla de diversión y ternura. «Está intentando disimular como si nunca nos hubiera visto, pero su cuerpo lo traiciona. Y su mujer… joder, su mujer está disfrutando de esto. Mira cómo aprieta los muslos. Le pone ver que su marido se pone nervioso por mis tetas.»
Sofía cruzó las piernas de nuevo, esta vez de forma un poco más lenta y deliberada, dejando que la blusa se moviera lo justo. Notó cómo Jacob tragaba saliva otra vez y cómo Eva, aunque intentaba disimular, respiraba un poco más profundo.