13 #2
Se levantó del catre y empezó a caminar de un lado a otro del taller.
El corazón le latía fuerte. Sabía que acababa de lanzar una bomba.
No era la respuesta responsable que ellas esperaban.
Era la respuesta de un hombre de cincuenta años que, por primera vez en mucho tiempo, se permitía querer algo diferente.
En el apartamento, el móvil de Sofía vibró sobre la mesita.
Las dos chicas lo miraron al mismo tiempo. Moon fue más rápida y lo cogió. Leyó el mensaje en voz alta, lentamente. Cuando terminó, se hizo un silencio denso.
Sofía se pasó las manos por el pelo platino, visiblemente sorprendida.
—Joder… —murmuró—. No se anda con rodeos.
Moon se quedó mirando la pantalla, procesando cada frase. Su expresión pasó de la sorpresa a la preocupación, y luego a algo más complejo: una mezcla de excitación y miedo.
—No era esto lo que esperábamos —dijo en voz baja.
—No —confirmó Sofía—. Esperábamos que dijera “tenéis razón, voy a intentar arreglarlo con Eva”. Pero esto… esto es otra cosa.
Moon se levantó y empezó a caminar por el salón, igual que había hecho antes.
—Está dispuesto a dejar a su mujer —dijo, casi para sí misma—. No solo a vernos a escondidas. Quiere algo más. Quiere que las tres estemos metidas en esto. Quiere que Eva participe.
Sofía soltó una risa nerviosa.
—¿Participar cómo? ¿Qué se imagina? ¿Qué Eva acepte de repente que su marido folle con dos universitarias y que se una a la fiesta? Eso no pasa en la vida real, Moon.
—Lo sé —respondió Moon—. Pero él lo está planteando en serio. No está huyendo. Está echando un órdago, o todo o nada.
Se sentó de nuevo, esta vez más cerca de Sofía. Las dos se miraron.
—¿Qué hacemos? —preguntó Sofía.
Moon tardó en contestar. Su mente de estudiante de psicología estaba trabajando a toda velocidad.
—Podemos ignorarlo y cortar por lo sano —dijo finalmente—. Sería lo más seguro. Pero también sería cobarde. O podemos responderle con la misma honestidad.
Sofía se mordió el labio.
—¿Y qué le decimos?
Moon respiró hondo.
—Le decimos la verdad. Que nos gusta. Que nos atrae.
Que las dos noches que pasamos con él fueron increíbles.
Pero que lo que propone es muy complicado y peligroso.
Que involucrar a Eva no es tan sencillo como él cree.
Que ella podría reaccionar muy mal. Que podríamos destruir su matrimonio de verdad y hacerle mucho daño.
Hizo una pausa.
—Y también le decimos que… una parte de nosotras se siente tentada. Que la idea de tenerlo solo para nosotras, sin escondernos, nos excita. Pero que tenemos miedo.
Sofía asintió lentamente.
—Suena bien. Pero hay que ser claras. No podemos darle falsas esperanzas.
Las dos se pusieron a escribir la respuesta juntas. Esta vez fue más larga. Más honesta. Más cruda.
El mensaje que enviaron decía:
«Jacob,
Gracias por ser tan directo. Nosotras también vamos a serlo.
Sí, nos gustas. Mucho. Las noches que pasamos contigo fueron intensas y nos hicieron sentir cosas que no esperábamos. No lo negamos.
Pero lo que propones es muy complicado.
Dejar a Eva no es solo “dejar de vivir con ella”. Es romper veinticinco años de vida en común. Una casa, recuerdos, familia, amigos en común… Todo eso duele. Y duele mucho. No queremos ser la causa de ese dolor.
Respecto a que Eva “participe” … es una idea muy arriesgada.
La mayoría de las mujeres en su situación no reaccionan bien.
Podría enfadarse, sentirse traicionada, humillada.
Podría acabar en una separación fea, con reproches y resentimiento.
No sabemos si Eva es una persona abierta a ese tipo de cosas. Y si no lo es, podríamos destrozarla.
Nosotras no queremos hacer daño a nadie. Ni a ella, ni a ti, ni a nosotras mismas.
Por eso te preguntamos:
¿Estás realmente dispuesto a dejar a Eva? ¿O solo lo dices porque ahora mismo estás excitado y confundido?
Si de verdad quieres intentarlo con nosotras, primero tienes que ser sincero contigo mismo y con ella. No nos escondas. No nos uses como excusa para no afrontar lo que pasa en tu matrimonio.
Si decides hablar con Eva, hazlo con cuidado. Si decides separarte, hazlo porque tú quieres separarte, no solo porque nosotras aparecimos.
Mientras tanto, necesitamos tiempo. Los tres.
No desaparezcas del todo, pero tampoco vengas corriendo. Piensa bien lo que quieres. Cuando lo tengas claro, nos avisas.
Moon y Sofía»
Enviaron el mensaje y soltaron el móvil.
Sofía se dejó caer hacia atrás en la cama.
—Esto se está poniendo muy serio —murmuró.
Moon se tumbó a su lado y miró al techo.
—Sí. Ya no es solo sexo. Ahora es una decisión que puede cambiar cuatro vidas.
Se quedaron en silencio, cada una perdida en sus pensamientos.
Mientras tanto, en el taller, Jacob leyó la respuesta.
Se quedó sentado en el catre durante mucho rato, con el móvil en la mano.
No contestó inmediatamente.
Por primera vez, la posibilidad de dejar a Eva se había vuelto real. Ya no era solo una fantasía vaga. Era una opción que estaba sobre la mesa.
Y eso lo aterrorizaba… y lo excitaba al mismo tiempo.
Jacob leyó el último mensaje de las chicas por tercera vez.
Estaba sentado en el borde del catre del taller, con la luz fluorescente zumbando sobre su cabeza.
El móvil nuevo le pesaba en la mano. Las palabras de Moon y Sofía seguían allí, en la pantalla, pidiéndole espacio, pidiéndole que luchara por su matrimonio, pidiéndole que no tirara todo por la borda.
El cableado de su cabeza comenzó a chispear y algunas conexiones en su cerebro cambiaron.
Ahora lo veía todo con claridad.
Se pasó la mano por la barba larga, respiró hondo y empezó a escribir. No borró nada. No se censuró. Escribió exactamente lo que pensaba, con la misma crudeza con la que hablaba en el taller cuando explicaba un presupuesto complicado.
El mensaje que envió fue largo, directo y sin adornos:
«Moon y Sofía,
He leído todo lo que me habéis escrito. Dos o tres veces. Y os voy a contestar con la misma sinceridad que antes.
Sí, sé que tenéis razón en lo que decís. Sé que Eva no se merece esto. Sé que llevo veinticinco años con ella y que tirar todo por la borda es una puta locura. Pero también sé otra cosa: ya no quiero seguir fingiendo que mi matrimonio funciona.
Lo que pasó entre nosotros no fue solo sexo. Fue la primera vez en muchos años que me sentí vivo de verdad. Y no quiero volver a la rutina de antes. No quiero seguir llegando a casa, cenar, ver la tele y acostarme al lado de una mujer a la que ya no deseo como antes.
Entonces os pregunto directamente: ¿y si yo no quiero seguir con Eva?
¿Y si lo que yo quiero es estar con vosotras?
Sé que suena fuerte. Sé que es complicado. Pero prefiero ser claro ahora y no seguir dando vueltas.
Y aquí viene la parte donde os pido que uséis lo que sois: estudiantes de psicología.
Cuando un matrimonio no funciona y quiere arreglarlo, ¿a dónde va la gente? A un psicólogo. A terapia de pareja. A alguien que les ayude a hablar, a entender qué coño pasa.
Vosotras podéis hacerlo.
Presentadlo como un trabajo de la universidad.
Un estudio sobre dinámicas de pareja en matrimonios de larga duración.
Decid que estáis buscando perfiles reales para un proyecto de fin de curso.
Preguntad por la zona donde vivo. En mi vecindario solo hay un matrimonio que encaja perfectamente en el perfil que necesitáis: el nuestro.
Eva y yo. Los demás son dos parejas jóvenes (una se casó hace tres años y la otra apenas lleva tres meses) y tres matrimonios de jubilados que ya casi ni se hablan.
Entrad en contacto con Eva. Ella es buena gente.
Si le decís que sois estudiantes serias, educadas y que necesitáis entrevistar a parejas estables de más de veinte años casados, os invitará a entrar en casa.
Os lo garantizo. No vayáis ni muy puritanas ni como putas.
Sed vosotras mismas: naturales, directas, curiosas. Eso es lo que mejor se os da.
Luego llego yo.
Hablamos los tres delante de ella. Empezamos con la terapia ficticia, con las preguntas, con todo el rollo psicológico que queráis. Y poco a poco… dejamos que las cosas fluyan.
Os prometo que terminaremos follando los cuatro.
No es una fantasía loca. Es lo que quiero. Eva es una mujer atractiva todavía. Si ve que soy feliz, si ve que hay deseo de verdad, si ve que no es solo “su marido se ha vuelto loco”, quizás… quizás pueda abrirse. O quizás no. Pero al menos lo intentamos sin mentiras.
Si me decís que no, lo entenderé. Pero si me decís que sí… este es el camino que quiero tomar.
Pensadlo.
Jacob»
Envió el mensaje y soltó el móvil sobre el catre como si quemara.
Se levantó, caminó hasta la máquina de café y se sirvió una taza negra.
Le temblaban un poco las manos. Sabía que acababa de cruzar una línea muy grande.
No era solo proponer sexo. Era proponer que las chicas entraran en su casa, que se sentaran frente a Eva, que fingieran ser terapeutas…
y que todo terminara en una orgía de cuatro.
Era una locura.
Y al mismo tiempo era lo más honesto que había hecho en años.
En el apartamento de Sofía, el móvil vibró sobre la mesita del salón.
Las dos chicas estaban tumbadas en la cama, todavía procesando su propio mensaje anterior. Moon fue la primera en cogerlo. Leyó en silencio. Sus ojos se fueron abriendo más y más. Cuando terminó, se quedó callada unos segundos.
—Joder… —susurró.
Sofía se incorporó de golpe.
—¿Qué dice?
Moon le pasó el móvil sin decir nada. Sofía leyó el mensaje entero, dos veces. Cuando levantó la vista, tenía las mejillas rojas y la respiración más rápida.
—Está loco —dijo en voz baja.
—Sí —respondió Moon—. Pero también es la primera vez que es completamente sincero.
Se quedaron mirándose. El silencio era denso.
Sofía se pasó una mano por el pelo platino.