La Grieta 13
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Moon y Sofía se quedaron solas en el apartamento después de que Jacob se marchara aquella mañana. El café que él había preparado seguía tibio sobre la mesita. Ninguna de las dos lo había tocado todavía.

Sofía estaba sentada en el borde del sofá, con las piernas cruzadas y la mirada perdida en la pared. Moon caminaba de un lado a otro del salón, descalza, con la camiseta oversize que usaba para dormir apenas cubriéndole los muslos.

—Esto no está bien —dijo Moon de repente, deteniéndose—. No está nada bien.

Sofía levantó la vista.

—¿El qué exactamente? ¿Que nos hayamos follado a un hombre casado… o que nos esté gustando demasiado?

Moon se pasó las manos por el pelo, frustrada.

—Las dos cosas. Pero sobre todo… lo segundo. Jacob tiene una vida. Una mujer que lleva veinticinco años con él. Una casa, un taller, rutinas. Y nosotras llegamos, vimos las grietas y las abrimos más. Con ganas. Con hambre. Sin pensar en las consecuencias para ella.

Sofía soltó un suspiro largo y se dejó caer hacia atrás en el sofá.

—Yo también lo he estado pensando. Esta mañana, cuando se levantó temprano, preparó café y se fue sin hacer ruido… me sentí como una mierda. Como si estuviéramos robando algo que no nos pertenece.

Moon se sentó a su lado, abrazándose las rodillas.

—Eva no ha hecho nada malo. Solo… existir. Ser la mujer que ha estado ahí todos estos años mientras Jacob se apagaba poco a poco. Y nosotras llegamos y lo hicimos tambalear todo.

Se quedaron en silencio un rato. El sol ya entraba con más fuerza por la ventana, iluminando el desorden de ropa tirada por el suelo de la noche anterior.

—¿Qué hacemos Moon? —preguntó Sofía finalmente—. ¿Lo dejamos aquí? ¿Le decimos que no volvemos a vernos? ¿O seguimos hasta que todo explote?

Moon tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó más calmada, más reflexiva.

—No podemos seguir como si nada. Si seguimos viéndolo, tarde o temprano Eva se enterará. Y cuando eso pase, no solo se romperá su matrimonio… también nosotras quedaremos como las villanas de la historia. Y lo peor es que tendríamos razón en serlo.

Sofía asintió.

—Entonces… ¿lo cortamos?

—No tan fácil —dijo Moon—. Si solo desaparecemos, Jacob se quedará con la culpa y el vacío. Puede que intente compensar en casa de forma rara y Eva termine notando que algo pasó. O peor: puede que vuelva a buscarnos porque ya probó algo que le hizo sentir vivo. Y entonces sí que lo destruimos todo.

Sofía se incorporó, interesada.

—¿Entonces qué propones?

Moon respiró hondo. La idea llevaba rondándole desde que se despertó y vio la nota de Jacob junto al café.

—Hacemos algo para ayudarles. A él y a Eva. Algo que intente reparar lo que nosotros rompimos. No podemos devolverle los años que Jacob pasó apagado, pero sí podemos intentar que no tire toda una vida por la borda por esto.

Sofía levantó una ceja.

—¿Y cómo coño hacemos eso? ¿Mandándole flores a Eva de parte de su marido? ¿Dándole consejos de pareja a un tío de cincuenta años?

Moon sonrió débilmente, aunque la sonrisa no llegaba a sus ojos.

—No. Hacemos algo más directo. Pero inteligente. Usamos lo que sabemos.

Las dos se miraron. La culpa seguía allí, pesada, pero también había una determinación nueva. Eran estudiantes de psicología. Observaban patrones. Entendían grietas. Quizás, por una vez, podían intentar cerrar una en vez de abrirla.

Durante las siguientes horas hablaron sin parar.

Desayunaron tarde, tomaron más café y escribieron ideas en un cuaderno.

Al principio las propuestas eran absurdas: enviar una carta anónima a Eva contándole todo (descartada inmediatamente), fingir ser clientas del taller y hablar bien de Jacob (demasiado arriesgado), o simplemente desaparecer y esperar que el tiempo lo arreglara (demasiado pasivo).

Al final, llegaron a un plan sencillo pero arriesgado.

—Le escribimos un mensaje a Jacob —dijo Moon—. Le decimos la verdad: que nos sentimos culpables. Que lo que vivimos fue intenso y real, pero que no queremos ser la razón por la que su matrimonio se rompa. Le pedimos que no nos busque más durante un tiempo. Y… le damos un empujón.

Sofía frunció el ceño.

—¿Un empujón?

—Sí. Le recordamos lo que tiene en casa.

Le pedimos que haga algo concreto por Eva esta misma semana.

Una cena fuera, un fin de semana juntos, lo que sea.

Algo que demuestre que quiere luchar por su matrimonio.

Y le decimos que, si de verdad quiere volver a vernos algún día, tiene que reconstruir primero lo que tiene con ella.

Si no… que se quede con nosotras sabiendo que está tirando todo por la borda.

Sofía se mordió el labio inferior, pensativa.

—Es manipulador.

—Lo es —admitió Moon—. Pero es honesto. Estamos siendo egoístas al querer seguir viéndolo, pero al menos intentamos que no destruya su vida por nosotras.

Sofía asintió lentamente.

—Vale lo hacemos pero las dos juntas, sin secretos esta vez.

Esa misma tarde, sentadas en la cama con el móvil de Sofía, escribieron el mensaje. Les costó casi una hora. Lo borraron, lo reescribieron, discutieron cada palabra. Al final, el texto quedó así:

«Jacob,

Moon y Sofía.

Primero: gracias por el café de esta mañana. Fue un detalle bonito.

Segundo: hemos estado hablando entre nosotras mucho desde el día en el que “te violamos” en el autobús.

Lo que pasó entre nosotros tres fue intenso, real y, para nosotras, inolvidable.

Nos hiciste sentir deseadas y vivas de una forma que pocas veces habíamos sentido. Pero también nos sentimos culpables.

Sabemos que tienes una mujer (Eva) y una vida construida durante muchos años. No queremos ser la razón por la que todo eso se rompa. No queremos que tires por la borda veinticinco años de matrimonio por esto.

Por eso, te pedimos algo difícil: no nos busques durante un tiempo. No vengas al apartamento, no esperes a que pasemos por el taller. Necesitamos espacio y tú también.

Pero no te dejamos solo con esto. Queremos que hagas algo por Eva esta semana. Algo real. Una cena fuera como cuando erais novios. Un fin de semana los dos solos. Un regalo sin motivo. Lo que sea que creas que puede recordarle por qué seguís juntos después de tanto tiempo.

Si después de eso sigues queriendo vernos… hablaremos. Pero solo si sientes que has hecho todo lo posible por salvar lo que tienes en casa. Si no, mejor que te quedes con ella y nosotras sigamos siendo solo un recuerdo bonito.

No es un ultimátum. Es una forma de intentar no destrozar todas nuestras vidas al mismo tiempo.

Cuídate.

Moon y Sofía»

Lo leyeron varias veces. Sofía tenía los ojos brillantes.

—Es duro —dijo.

—Lo es —respondió Moon—. Pero es lo más responsable que podemos hacer ahora.

Pulsaron “enviar” desde el número de Sofía.

El mensaje llegó a Jacob mientras estaba en el taller, tumbado en el catre. Cuando vio el nombre de Sofía en la pantalla del móvil nuevo que acababa de comprar, el corazón le dio un salto. Lo abrió y lo leyó dos veces.

Se quedó mirando el techo durante mucho rato.

No contestó inmediatamente.

Mientras tanto, en el apartamento, Moon y Sofía se abrazaron en la cama. La culpa no había desaparecido del todo, pero se sentía más ligera. Habían hecho algo. No era perfecto. No borraba lo que habían vivido. Pero al menos intentaban no ser solo destrucción.

—Ojalá funcione —susurró Moon.

Sofía la besó en la frente.

—Aunque no funcione… al menos lo intentamos. Y eso ya es más de lo que mucha gente haría.

Se quedaron abrazadas, en silencio, pensando en Jacob, en Eva, en las grietas que habían abierto y en la extraña responsabilidad que ahora sentían de intentar cerrarlas.

No sabían si Jacob contestaría. No sabían si seguiría el consejo. Solo sabían que, por primera vez desde que todo empezó, estaban intentando hacer lo correcto… aunque doliera.

Y eso, para dos chicas que habían pasado semanas observando grietas ajenas, ya era un gran paso.

Jacob leyó el mensaje tres veces seguidas.

Estaba sentado en el viejo catre del taller, con el móvil nuevo todavía oliendo a plástico. Cada palabra le golpeaba en el pecho. La culpa de las chicas era sincera, casi noble. Le pedían espacio. Le pedían que luchara por su matrimonio. Le daban un camino “responsable”.

Pero algo dentro de él se rebeló.

Se quedó mirando la pantalla un buen rato, con el pulgar suspendido sobre el teclado. Luego empezó a escribir. No pensó demasiado. Solo dejó que saliera lo que llevaba días dándole vueltas en su cabeza.

El mensaje que envió fue directo, crudo y sin filtros:

«Moon y Sofía,

Leí vuestro mensaje. Os agradezco la sinceridad y que intentéis hacer lo correcto. De verdad.

Pero tengo que ser sincero yo también.

No sé si quiero seguir con Eva.

Estos últimos días he estado pensando mucho. Lo que pasó entre nosotros no fue solo un polvo. Fue la primera vez en muchos años que me sentí realmente vivo. Deseado. Querido como hombre, no solo como marido o como el dueño del taller.

Eva es una buena mujer. Llevamos veinticinco años juntos y le tengo cariño. Pero hace mucho tiempo que entre nosotros ya no hay fuego. Solo rutina, cariño cómodo y silencios. Yo ya no la deseo como antes. Y creo que ella tampoco me desea a mí.

Entonces me pregunto: ¿por qué tengo que luchar por algo que ya está muerto? ¿Por qué tengo que fingir que todo está bien cuando lo único que me hace sentir vivo sois vosotras?

Por eso os pregunto directamente:

¿Y si yo no quiero seguir con Eva?

¿Y si lo que yo quiero es estar con vosotras?

En lugar de huir y pedirme que arregle mi matrimonio… ¿por qué no me ayudáis a que Eva participe de esto?

Sé que suena loco. Sé que es complicado. Pero prefiero ser honesto. No quiero mentirle más a ella, ni mentirme a mí mismo. Si hay alguna forma de que esto no termine en destrucción total, prefiero intentarlo con las cartas sobre la mesa.

Decidme qué pensáis.

Jacob»

Envió el mensaje y soltó el móvil como si quemara.