12 #2
Moon sonrió contra el pecho de Sofía.
—Bien. Porque esto solo acaba de empezar.
Siguieron durante casi dos horas. Jacob se corrió dos veces: una dentro de Moon, otra sobre las tetas de Sofía mientras las dos se besaban. Las chicas se corrieron varias veces cada una, entre lenguas, dedos y la polla gruesa de Jacob.
Al final, los tres quedaron exhaustos sobre la cama, sudorosos y enredados. Moon a un lado, Sofía al otro, Jacob en el centro con un brazo alrededor de cada una.
—Esta vez no te vas sin despedirte —murmuró Moon, medio dormida, besándole el pecho.
Jacob sonrió con cansancio y besó la frente de cada una.
—No me voy. Al menos… no todavía. Pero he de madrugar para ir al taller, os prometo que si no estáis despiertas cuando me vaya os dejo el desayuno preparado
Sofía levantó la cabeza y lo miró con una sonrisa peligrosa.
—Bien. La próxima vez queremos probar algo más… intenso.
Jacob cerró los ojos, respirando el olor a sexo y a piel joven que lo envolvía.
Sabía que estaba metido hasta el cuello.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no quería salir.
Jacob abrió los ojos antes de que amaneciera.
La habitación todavía estaba oscura, solo una fina línea de luz gris se colaba por la rendija de las cortinas.
A su izquierda, Moon dormía profundamente, boca abajo, con el pelo castaño revuelto sobre la almohada y una pierna enredada entre las sábanas.
A su derecha, Sofía estaba acurrucada contra su costado, el pecho generoso aplastado contra su brazo y la respiración lenta y tranquila.
Se quedó un momento quieto, sintiendo el calor de los dos cuerpos jóvenes pegados al suyo. El olor a sexo de la noche anterior aún flotaba en el aire. Por un segundo pensó en quedarse allí, en cerrar los ojos y volver a dormirse entre ellas. Pero la realidad pesaba más que el deseo.
Con mucho cuidado, se deslizó fuera de la cama.
Moon murmuró algo ininteligible y se giró, ocupando el espacio que él había dejado.
Sofía ni siquiera se movió. Jacob las miró un instante: dos chicas, que juntas, no sumaban 50 años, desnudas, exhaustas después de haberlas follado durante horas.
Sintió una punzada extraña en el pecho, una mezcla de culpa, placer y algo que no sabía nombrar.
Se vistió en silencio: vaqueros, camiseta gris, la chaqueta vaquera.
Antes de salir del dormitorio, entró en la pequeña cocina del apartamento.
Preparó café en la cafetera vieja de Sofía.
Hizo suficiente para las tres tazas. Dejó dos tazas llenas sobre la mesita del salón, junto a una nota escrita a mano en un trozo de papel que encontró en un cajón:
«Tuve que irme temprano al taller. Os dejé café. Gracias por la noche. Hablamos pronto. Jacob»
No puso besos. No puso “os quiero”. Solo eso, simple y directo, como él siempre actuaba.
Salió del apartamento sin hacer ruido y cerró la puerta con suavidad.
El cielo todavía estaba oscuro cuando llegó al taller. Abrió la persiana metálica, encendió las luces fluorescentes y puso en marcha la cafetera del local. El olor a café mezclado con el de aceite y metal le resultó reconfortante. Familiar. Seguro.
Se sentó un momento en la silla plegable junto a la máquina de herramientas y se pasó las manos por la cara. Tenía el cuerpo dolorido: espalda, hombros, muslos. A sus cincuenta años, una noche de sexo intenso pasaba factura. Pero no era solo el cuerpo. Era la cabeza.
No había llamado a Eva.
Sabía que ella estaría preocupada. Sabía que, si no aparecía pronto, iría a buscarlo al taller. Eva no era de las que montaban escenas, pero sí de las que se preocupaban en silencio y luego preguntaban con esa mirada tranquila que lo desarmaba.
Jacob sacó el móvil del bolsillo. La pantalla estaba llena de notificaciones perdidas: llamadas de Eva, mensajes preguntando si todo estaba bien, si había pasado algo en el taller, si necesitaba que le llevara comida.
Suspiró. Miró el teléfono un momento más.
Luego, sin pensarlo dos veces, lo golpeó con fuerza contra el borde metálico de la mesa de trabajo. Una vez. Dos. Tres. La pantalla se agrietó. El cuarto golpe lo destrozó por completo. El aparato quedó inservible, con trozos de cristal y plástico esparcidos.
—Lo siento, Eva… —murmuró para sí mismo.
Ahora tenía una excusa real: el teléfono se le había roto mientras trabajaba. No había podido avisarla. Tendría que comprar uno nuevo más tarde. Era una mentira a medias, pero suficiente para ganar tiempo.
Se levantó, fue al pequeño cuarto de atrás donde guardaban material y sacó el viejo catre plegable que usaban cuando algún coche requería guardia nocturna. Lo abrió en un rincón del taller, entre dos elevadores. Se quitó las botas y se tumbó vestido, con un brazo bajo la cabeza.
No durmió. Solo cerró los ojos y dejó que los pensamientos giraran.
Imágenes de la noche anterior se mezclaban con recuerdos de Eva: su sonrisa tranquila por las mañanas, el olor a café que ella preparaba, la forma en que le preguntaba “¿todo bien?” sin presionar. Se sentía como un cabrón. Un cabrón cansado y satisfecho, pero cabrón al fin y al cabo.
Pasaron las horas. El taller permaneció cerrado. No abrió la persiana. No atendió a nadie. Solo se quedó allí, tumbado en el catre, mirando el techo sucio y las tuberías oxidadas.
Alrededor de las diez de la mañana escuchó el ruido de un coche deteniéndose frente al taller. Luego pasos. Luego la voz de Eva llamando desde fuera:
—¿Jacob? ¿Estás ahí?
Él no respondió inmediatamente. Se incorporó despacio en el catre, pasándose una mano por la barba.
Eva golpeó la persiana metálica con los nudillos.
—Jacob, sé que estás dentro. Tu coche está aparcado atrás. Abre, por favor.
Jacob se levantó, se puso las botas y caminó hasta la persiana. La subió solo lo suficiente para que Eva pudiera pasar agachada. Cuando ella entró, él volvió a bajarla casi del todo, dejando el taller en penumbra.
Eva lo miró de arriba abajo. Llevaba una chaqueta ligera, el pelo recogido y una bolsa de papel en la mano con lo que parecía comida.
—Dios mío… ¿qué te ha pasado? —preguntó, preocupada—. No contestas al teléfono desde ayer por la tarde. Vine ayer por la noche y estaba todo cerrado. Pensé que te había pasado algo.
Jacob se pasó una mano por la nuca, evitando mirarla directamente a los ojos al principio.
—Se me rompió el móvil —dijo con voz ronca—. Ayer por la tarde, mientras trabajaba. Lo golpeé sin querer contra la mesa y quedó inservible. No pude avisarte.
Eva frunció el ceño.
—¿Y no podías haber usado el teléfono del taller? ¿O pedirle el móvil a algún cliente?
Jacob se encogió de hombros.
—Estaba… cansado. Me quedé dormido aquí. No pensé con claridad.
Eva dejó la bolsa sobre la mesa y se acercó a él. Le puso una mano en el brazo y lo miró con esa calma serena que siempre tenía.
—Jacob… mírame.
Él levantó la vista. Eva lo observaba con atención, buscando algo en su rostro.
—¿Estás bien? De verdad. Tienes mala cara. Pareces agotado.
—Lo estoy —admitió él—. Estos últimos días han sido… intensos en el taller. Mucho trabajo. Poco descanso.
Eva asintió lentamente, pero no parecía del todo convencida. Le acarició la barba con ternura.
—Ven a casa. Come algo. Descansa en una cama de verdad. Yo puedo quedarme aquí si quieres, o cerrar el taller por hoy.
Jacob negó con la cabeza.
—No. Tengo que terminar un par de cosas. Pero… gracias. De verdad.
Eva se quedó mirándolo unos segundos más. Luego suspiró suavemente.
—Está bien. Te traje un bocadillo de tortilla y un poco de fruta. Come algo, por favor. Y compra un móvil nuevo cuanto antes. Me tienes preocupada.
Jacob tomó la bolsa y asintió.
—Lo haré.
Eva se acercó y le dio un beso en los labios.
Un beso corto, familiar, lleno de cariño rutinario.
Jacob lo correspondió, pero sintió un nudo en el estómago.
El contraste entre ese beso cálido y seguro y los besos hambrientos y desesperados de Moon y Sofía la noche anterior le revolvió algo por dentro.
—Te quiero —dijo Eva antes de dirigirse a la persiana.
—Yo también —respondió él, y lo decía de verdad.
Eva se agachó para salir. Antes de marcharse del todo, se giró una última vez.
—Si necesitas algo, llámame desde el teléfono fijo del taller. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Cuando la persiana bajó del todo y el taller quedó otra vez en silencio, Jacob se sentó en la silla plegable y abrió la bolsa. El bocadillo olía bien. Comió despacio, sin hambre real, solo para llenar el estómago.
Después se tumbó de nuevo en el catre, mirando al techo.
Sabía que no podría seguir así mucho tiempo.
Eva era inteligente. Tarde o temprano notaría que algo no encajaba. Y él… él ya no sabía si quería seguir escondiéndose o si quería seguir hundiéndose más en esa nueva grieta que Moon y Sofía habían abierto en su vida.
Por ahora, solo quería cerrar los ojos un rato más.
Y fingir que todo seguía bajo control.