12
El jueves había hablado con Sofía, Jacob ya no podía más.
El taller funcionaba como siempre: motores rugiendo, olor a aceite quemado, clientes entrando y saliendo.
Pero él estaba ausente. Cada vez que alguien pasaba por la acera, levantaba la cabeza como un perro de caza.
Cada vez que veía una falda corta o un pelo rubio platino, el corazón le daba un vuelco.
Nada. Ni Moon ni Sofía habían aparecido.
Ni un mensaje. Ni una mirada desde lejos.
Era como si la noche del autobús y la cama nunca hubiera existido.
El lunes por la tarde, a las siete menos cuarto, Jacob tomó una decisión.
Se quitó el mono manchado de grasa, se lavó las manos con jabón industrial hasta que le escocieron, se puso la chaqueta vaquera y salió del taller sin decir nada a nadie.
Caminó con paso firme hacia el apartamento de Sofía.
No iba a llamar por el interfono y esperar. Necesitaba verlas. Sobre todo a Moon.
—¿Quién?
—Soy Jacob.
Silencio.
—Jacob, no es buen momento.
—Necesito hablar con vosotras. Solo cinco minutos.
—Ahora no.
Jacob apretó la mandíbula y se acercó más al interfono.
—Llevo varios días sin veros. Moon no ha pasado por el taller. Necesito saber que estáis bien. Por favor.
Otro silencio más largo. Se escuchó una conversación apagada al fondo: la voz de Moon diciendo algo que no logró entender. Finalmente, Sofía suspiró.
—Sube. Pero solo cinco minutos.
La puerta se abrió con un zumbido. Jacob subió las escaleras de dos en dos. Cuando llegó al tercero, la puerta del apartamento estaba entreabierta. Empujó suavemente y entró.
El salón estaba en penumbra, como siempre. Moon estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas, vestida con una camiseta oversize y pantalones cortos. Sofía estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados bajo el pecho. Ninguna de las dos sonreía.
—Hola —dijo Jacob, cerrando la puerta tras de sí.
Ninguna respondió al saludo. Moon lo miraba fijamente, con una mezcla de vergüenza y algo más difícil de leer. Sofía tenía la mandíbula tensa.
—Cinco minutos —repitió Sofía—. Di lo que tengas que decir y vete.
Jacob se quedó de pie en medio del salón. Se pasó una mano por la barba larga, buscando las palabras.
—Primero… quería disculparme por irme sin decir nada aquella mañana. Fue una cobardía. Me desperté, os vi dormidas y… me entró el pánico. Tengo una vida, una mujer, un taller… No supe cómo gestionarlo.
Moon bajó la mirada hacia sus manos. No dijo nada.
—Segundo —continuó Jacob—, Sofía me contó lo que pasó al día siguiente. Lo del posible embarazo. Siento mucho que hayas pasado por eso, Moon. De verdad. Si hubiera sabido que no tomabas nada, os lo habría dicho antes de… todo.
Moon levantó la cabeza lentamente. Su voz salió baja, pero firme:
—Mentí. Te dije que tomaba la píldora. Las dos te lo dijimos. Fue mi culpa.
Jacob negó con la cabeza.
—Los tres la cagamos esa noche. Pero quiero que sepas que no hay riesgo. Tengo la vasectomía hecha desde hace dieciocho años. Cero espermatozoides. No puedes estar embarazada de mí.
Moon cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había alivio, pero también algo de rabia contenida.
—Lo sé. Sofía me lo contó esa misma tarde. Me derrumbé como una idiota pensando que mi vida se había acabado… y todo era mentira.
Jacob dio un paso hacia ella.
—Lo siento. De corazón. —Jacob seguía mirando a los ojos a Moon—.
Quería daros espacio. Pensé que necesitabais tiempo después de todo el drama.
Se que apenas han pasado 4 días desde que hablé aquí con Sofía, pero hoy…
no pude más. Necesitaba veros. Saber que estabais bien.
Saber si… queríais volver a verme o si preferís que desaparezca.
Se hizo un silencio pesado.
Moon se levantó del sofá lentamente. Se acercó a Jacob hasta quedar a menos de un metro. Lo miró de arriba abajo: la barba larga, los hombros anchos, las manos callosas. Luego habló con voz baja pero clara:
—Esa noche fue la cosa más intensa que he vivido nunca. Me sentí poderosa. Me sentí deseada. Me sentí viva. Pero también me sentí como una mierda al día siguiente. Porque jugué con algo serio y casi me quemo.
Jacob asintió, sin apartar la mirada.
—Lo entiendo.
Moon dio otro paso más cerca. Ahora casi podía tocarlo.
—Sofía y yo hemos hablado mucho estos días. Estamos cabreadas contigo. Estamos cabreadas conmigo. Estamos cabreadas con nosotras mismas. Pero… también seguimos pensando en ti. En cómo nos tocaste. En cómo gemías cuando nos tenías a las dos. En cómo te corriste dentro de nosotras.
Jacob tragó saliva. Su respiración se había vuelto más pesada.
Sofía se acercó por el otro lado, quedando los tres formando un triángulo cerrado. Su voz sonó más ronca:
—Eres un cabrón con suerte, Jacob. Te follaste a estas dos zorras universitarias a pelo y no hay consecuencias. Deberíamos odiarte por eso.
Jacob miró a una y a otra. El aire en el salón se había vuelto espeso, cargado.
—No subí el otro día al autobús buscando follaros ni vine hoy aquí buscando sexo —dijo con voz grave—. Vine porque no dejo de pensar en vosotras. Porque en tres días he dormido como el culo. Porque cada vez que cierro los ojos os veo a las dos apretadas contra mí en ese maldito autobús.
Moon levantó una mano y le rozó la barba con las yemas de los dedos. Un contacto ligero, pero eléctrico.
—¿Y ahora qué quieres, Jacob?
Él respiró hondo.
—Quiero saber si vosotras queréis seguir. O si queréis que me vaya y no vuelva nunca.
Sofía se colocó detrás de él. Le puso una mano en la espalda y subió lentamente hasta su nuca, acariciándole el pelo largo.
—Nosotras queremos las dos cosas —susurró contra su oreja—. Queremos que te vayas… y queremos que te quedes. Queremos odiarte… y queremos follarte otra vez.
Moon se pegó por delante. Su cuerpo delgado se apretó contra el torso de Jacob. Sintió cómo su polla ya empezaba a endurecerse dentro de los vaqueros.
—Esta vez sin mentiras —dijo Moon, mirándolo a los ojos—. Esta vez sin miedo al embarazo. Solo nosotros tres. Sin reglas. Sin límites. ¿Estás dispuesto?
Jacob soltó un gruñido bajo. Sus manos grandes subieron: una a la cintura de Moon, la otra hacia atrás buscando la cadera de Sofía.
—Estoy dispuesto —respondió con voz ronca—. Pero quiero que sea en vuestros términos. Decidme qué queréis.
Sofía le mordió suavemente el lóbulo de la oreja.
—Primero… queremos que te desnudes. Aquí. Ahora.
Moon sonrió por primera vez en días. Una sonrisa peligrosa, llena de esa curiosidad que tanto la definía.
—Y luego… queremos que nos folles como la otra noche. Pero más fuerte. Más sucio. Sin prisas. Sin miedo. Queremos que nos uses. Y queremos usarte a ti.
Jacob sintió que el control se le escapaba otra vez. Pero esta vez no le importaba. Se quitó la chaqueta vaquera y la dejó caer al suelo. Luego la camiseta. Su torso ancho y sólido quedó al descubierto: pecho fuerte, algo de barriga, vello oscuro que bajaba hasta la cintura.
Las dos chicas lo miraron con hambre.
Moon se arrodilló primero. Le desabrochó el cinturón con dedos hábiles y bajó la cremallera. Sacó su polla ya medio dura y la acarició con la mano.
—Bienvenida de nuevo —susurró antes de metérsela en la boca con lentitud.
Sofía se pegó a su espalda, le levantó los brazos y le quitó la camiseta del todo. Le besó la nuca, le lamió la columna mientras sus tetas grandes se aplastaban contra él.
—Esta vez no te vas a ir sin despedirte, ¿vale? —le advirtió al oído—. Esta vez te vamos a dejar seco.
Jacob gruñó de placer. Una mano en el pelo de Moon, guiándola mientras ella lo chupaba con ganas. La otra mano hacia atrás, agarrando el culo firme de Sofía.
El salón se llenó rápidamente de sonidos húmedos y respiraciones agitadas. Moon lamía y succionaba con dedicación, mirándolo de vez en cuando con esos ojos que parecían leerle el alma. Sofía le mordía el hombro, le arañaba el pecho, le susurraba cosas sucias al oído.
—Vamos a la cama —dijo Moon de repente, sacando la polla de su boca con un sonido obsceno—. Esta vez quiero que nos folles en condiciones. Sin gente alrededor. Sin tener que callarnos.
Los tres se movieron hacia el dormitorio. La ropa fue quedando tirada por el camino. Cuando llegaron a la cama, Jacob ya estaba completamente desnudo y duro como una piedra. Moon y Sofía se desnudaron frente a él, despacio, disfrutando de cómo las miraba.
—Primero tú —le dijo Sofía a Moon, empujándola suavemente sobre la cama.
Moon se tumbó de espaldas y abrió las piernas. Su coño ya estaba empapado esperando la polla de Jacob. Él se colocó entre sus muslos y entró de un solo empujón lento pero profundo. Moon soltó un gemido largo, arqueando la espalda.
—Joder… cómo te echaba de menos —jadeó.
Sofía se subió a la cara de Moon, sentándose sobre su boca. Moon empezó a lamerla con ansia mientras Jacob la follaba con embestidas profundas y constantes. La habitación se llenó de gemidos, sonidos húmedos y el choque de piel contra piel.
—Más fuerte —exigió Sofía, moviendo las caderas sobre la boca de su amiga—. Fóllala más fuerte. Quiero oír cómo le das.
Jacob obedeció. Agarró las caderas estrechas de Moon y empezó a embestir con más potencia. La cama crujía. Moon gemía contra el coño de Sofía, vibrando contra su clítoris.
Cambió de posición varias veces. Follaron en misionero, en perrito, en tijera con las dos chicas frotándose mientras él las penetraba alternadamente.
Jacob sudaba, respiraba con fuerza, pero no paraba.
Las dos chicas lo usaban y se dejaban usar: besándose entre ellas, lamiéndose, pidiéndole que las llenara porque sabían que no había riesgo.
En un momento dado, mientras Jacob follaba a Sofía desde atrás y Moon le chupaba las tetas, Sofía miró a Jacob por encima del hombro con ojos brillantes.
—Dime la verdad… ¿esto es mejor que follar con tu mujer?
Jacob gruñó y le dio una embestida más profunda.
—Mucho mejor —admitió con voz rota—. Hacía años que no sentía esto.