11 #4
—Moon —dijo Sofía, con una voz que mezclaba alivio y algo más urgente.
Moon cerró la puerta detrás de ella y se quedó allí, de pie en la entrada, con la mochila todavía colgada de un hombro. Tenía los ojos enrojecidos e hinchados. Se había lavado la cara antes de subir, pero era evidente que había llorado otra vez.
—Hola… —respondió en voz baja, casi rota.
Sofía dejó la cerveza sobre la mesita y se acercó rápidamente.
Sin decir nada más, la abrazó con fuerza.
Moon soltó la mochila, que cayó al suelo con un golpe sordo, y se dejó envolver por los brazos de su amiga.
El cuerpo de Sofía estaba caliente, familiar.
Sus grandes pechos, suavemente, se apretaron contra el pecho de Moon en un contacto que, en cualquier otro momento, habría tenido otro significado. Ahora solo era consuelo.
—Estás helada —murmuró Sofía contra su pelo—. Ven, siéntate.
La llevó hasta el sofá y la hizo sentar. Moon se dejó caer, exhausta. Sofía se sentó a su lado, muy cerca, y le tomó las manos.
—¿Cómo estás? —preguntó con suavidad.
Moon tardó en responder. Miraba al suelo, los ojos llenos de lágrimas que ya no caían con tanta fuerza, pero que seguían allí.
—Mal —admitió finalmente—. Muy mal. No he podido dejar de pensar en ello en todo el día.
Cada vez que cerraba los ojos veía la misma imagen: un bebé con la barba de Jacob y mis ojos.
Y yo… sola, intentando terminar la carrera mientras cambio pañales.
O yendo a casa de mis padres a decirles que estoy embarazada de un mecánico casado de cincuenta años al que apenas conozco.
Sofía le apretó las manos con más fuerza.
—Moon… escúchame. Tengo que contarte algo importante.
Moon levantó la mirada, asustada.
—¿Qué pasó? ¿Le dijiste algo a alguien? ¿Jacob…?
—No, no le dije nada a nadie —la interrumpió Sofía—. Pero Jacob vino hoy.
Moon parpadeó, sorprendida.
—¿Jacob? ¿Aquí?
—Sí. Apareció después del trabajo. Preguntó por ti. Dijo que no habías pasado por el taller ni ayer ni hoy y que se preocupó.
Moon tragó saliva. El corazón le latía más rápido.
—¿Y qué le dijiste?
Sofía respiró hondo antes de continuar.
—Le conté lo que pasó ayer. Le dije que me confesaste que no tomas anticonceptivos. Que estabas muerta de miedo pensando que podías estar embarazada de él. Que te habías derrumbado llorando…
Moon cerró los ojos con fuerza, avergonzada.
—Dios… ¿y qué dijo él?
Sofía hizo una pausa. Una sonrisa pequeña, casi incrédula, apareció en sus labios.
—Se rio.
Moon abrió los ojos de golpe.
—¿Qué?
—Se rio, Moon. Primero flojo, luego a carcajadas. Tuve que pedirle que parara porque pensé que se ahogaba. Le di agua, le dije que se sentara bien… y él seguía riéndose.
Moon se quedó mirándola sin entender.
—¿Se rio? ¿De mí? ¿De que pueda estar embarazada?
—No exactamente —dijo Sofía, ahora más seria—. Se rio de alivio. Porque… Moon, Jacob tiene hecha la vasectomía desde hace dieciocho años.
El silencio que cayó sobre el apartamento fue absoluto.
Moon tardó varios segundos en procesar las palabras. Su rostro pasó de la confusión al shock, y luego a una mezcla de incredulidad y algo que se parecía mucho a la esperanza.
—¿Qué… qué has dicho?
—Vasectomía —repitió Sofía con claridad—.
Se la hizo hace dieciocho años, después de tener a su segundo hijo.
Me dijo que él y su mujer decidieron que no querían más.
Se operó, hizo los controles posteriores y desde entonces tiene cero espermatozoides.
Su semen no puede dejarte embarazada. Ni a ti ni a nadie.
Moon se llevó una mano a la boca. Las lágrimas que habían estado a punto de caer se detuvieron en seco. Empezó a temblar, pero esta vez no era de miedo.
—¿Estás… estás segura? —preguntó con voz temblorosa.
—Completamente. Me lo dijo mirándome a los ojos. Me ofreció incluso enseñarme el informe médico si quería. Dijo que entonces no lo mencionó porque todo pasó muy rápido y porque nosotras le dijimos que tomábamos la píldora. Pensó que no hacía falta aclararlo.
Moon se quedó callada durante casi un minuto entero. Luego, de repente, soltó una risa corta, nerviosa, que se convirtió rápidamente en llanto. Esta vez no era de desesperación. Era de alivio puro, liberador, casi doloroso.
—No estoy… no estoy embarazada —susurró entre lágrimas y risas entrecortadas—. No puede ser. No puede ser…
Sofía la abrazó de nuevo, riendo también, aunque con los ojos húmedos.
—No, tonta. No lo estás. Todo ese miedo, todo ese drama de ayer… fue por nada. Bueno, no por nada. Fue porque las dos somos unas irresponsables de mierda que follamos sin protección con un tío desconocido. Pero al menos… no hay consecuencias permanentes.
Moon se aferró a Sofía con fuerza, escondiendo la cara en su cuello. Lloraba y reía al mismo tiempo, el cuerpo sacudiéndose con la liberación repentina.
—Dios mío… pensé que mi vida se había acabado —sollozó—. Pensé que iba a tener que dejar todo. Que iba a ser madre a los veintitrés de un hombre que ni siquiera conocía. Que mis padres me mirarían con decepción para siempre…
—Shhh… ya pasó —murmuró Sofía, acariciándole el pelo—. Ya pasó. Estás bien. Estamos bien.
Se quedaron abrazadas durante varios minutos. Moon lloraba contra el hombro de Sofía, soltando toda la tensión acumulada en las últimas treinta y seis horas. Sofía la mecía suavemente, besándole la sien de vez en cuando.
Cuando Moon se calmó un poco, se apartó lo justo para mirarla a los ojos. Tenía la cara roja e hinchada, pero por primera vez en todo el día había luz en su mirada.
—¿De verdad se rio? —preguntó, todavía incrédula.
—Como un loco —confirmó Sofía con una sonrisa—. Ya te digo que tuve que darle agua y menos mal que estaba sentado, porque pensaba que le iba a dar algo. Luego me explicó lo de la vasectomía y… joder, Moon, nunca me había sentido tan aliviada en mi vida.
Moon soltó una risa débil.
—Qué cabrón… y qué suerte tiene.
Sofía asintió.
—Muchísima suerte. Hemos tenido muchísima suerte, no haberte quedado embarazada después de follar con un tipo sin gomita…
Y él también, porque a ver cómo se lo explicaba a su esposa: “Me follé a dos chicas más jóvenes que nuestra hija sin condón en el autobús, me corrí dentro las veces que quise y las deje preñadas a las dos. La vida es muy injusta.”
Rieron juntas imaginando la escena, luego Moon se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—¿Qué más te dijo?
—Que lo sentía. Que se fue sin despedirse porque le entró miedo. Que no fue por arrepentimiento, sino porque se dio cuenta de lo que había hecho y no sabía cómo gestionarlo. También me pidió que te dijera que, si quieres hablar con él, puedes ir al taller o llamarlo. Me dio su número.
Moon miró al suelo, procesando.
—No sé si quiero verlo todavía —admitió en voz baja—. Me da vergüenza. Le mentí. Le dije que tomaba la píldora. Y él… él se fio de nosotras.
Sofía le levantó la barbilla con dos dedos.
—Tú también te fiaste de él. Y las dos nos fiamos la una de la otra. La cagamos los tres. Pero al menos ahora sabemos que no hay un bebé en camino. Eso lo cambia todo.
Moon asintió lentamente. Se quedó callada un rato, respirando más tranquila.
—Sofía… ayer me derrumbé de verdad —confesó—. Cuando te lo dije y te enfadaste tanto… pensé que me ibas a dejar sola. Que ibas a decirme que era una irresponsable y que me las arreglara. Pero te quedaste. Me abrazaste. Me consolaste, aunque estuvieras cabreada. Gracias. De verdad.
Sofía sonrió con ternura y le apartó un mechón de pelo de la cara.
—Claro que me quedé, idiota. Eres mi amiga. Mi loca favorita. Aunque a veces quieras jugar a ser psicóloga experimental con hombres casados.
Moon soltó una risa suave.
—Nunca más —prometió—. O al menos… no sin protección y sin preguntar antes si tienen vasectomía.
Las dos rieron juntas, un sonido liberador que llenó el apartamento.
Sofía se levantó, fue a la nevera y volvió con dos cervezas frías. Le ofreció una a Moon.
—Brindemos —dijo.
—¿Por qué?
—Por no estar embarazada. Por haber tenido el polvo más intenso de nuestras vidas. Y porque, a pesar de todo, seguimos siendo nosotras y seguimos estando juntas. Te quiero Moon.
Moon aceptó la cerveza y chocó su botella contra la de Sofía.
—Y yo te quiero a ti, Sofi. Salud.
Bebieron en silencio durante un momento. Luego Moon habló de nuevo, más calmada:
—¿Cómo era Jacob cuando vino? ¿Estaba nervioso? ¿Arrepentido?
Sofía pensó un segundo.
—Al principio parecía preocupado por ti. Preguntó si estabas bien. Cuando le conté lo del posible embarazo se rio, pero después se puso serio. Dijo que sentía no haber sido más claro. Que había sido increíble, pero que tenía una vida, una mujer, y que no sabía cómo manejar todo esto.
Moon asintió, pensativa.
—Si… fue increíble —admitió en voz baja—.
Nunca había sentido algo así. La forma en que nos miraba, cómo nos tocaba, cómo se dejó llevar entre las dos…
Por un momento pensé que podía romper su rutina para siempre.
Pero ahora sé que no. Tiene una vida hecha.
Y yo… yo solo quería ver sus grietas. No quería crear una en mi propia vida.
Sofía le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia sí.
—Las grietas se abren, Moon. Pero también se pueden cerrar. O aprender a vivir con ellas. Lo importante es que ahora sabes que no hay un hijo en camino. Tienes tiempo. Podemos decidir qué queremos hacer con Jacob… o si queremos dejarlo como un recuerdo increíble.
Moon se apoyó contra Sofía, cerrando los ojos.
—Todavía quiero verlo —confesó—. Pero no hoy. Ni mañana. Necesito unos días para procesar todo esto. Para sentirme yo otra vez.
—Cuando estés lista, iremos juntas —dijo Sofía—. O irás sola. Como tú decidas.
Se quedaron abrazadas en el sofá durante un buen rato. La cerveza se calentaba lentamente en sus manos. Afuera, la ciudad seguía su ritmo normal: coches, voces lejanas, el sonido de la vida cotidiana.
Moon habló después de un largo silencio:
—Sofía… ¿tú también quieres volver a verlo?
Sofía tardó en responder.
—Sí —admitió—. Me gustó. Me gustó mucho. La forma en que nos tocaba, cómo gemía cuando nos tenía a las dos… cómo se corrió dentro de nosotras. Fue potente. Pero ahora todo es más complicado. Ya no es solo diversión. Hay una mujer en casa. Hay mentiras. Hay miedo.
Moon asintió.
—Quizás… deberíamos dejarlo estar un tiempo. O quizás no. No lo sé.
Sofía le besó el pelo con cariño.
—No tienes que decidir nada hoy. Ni mañana. Tenemos tiempo. Y nos tenemos la una a la otra.
Moon levantó la cabeza y la miró a los ojos. Por primera vez en todo el día, sonrió de verdad.
—Te quiero, ¿sabes? Aunque seas una tetona platino que me grita cuando me porto mal.
Sofía soltó una carcajada y la abrazó más fuerte.
—Y yo a ti, loca de las grietas. Aunque a veces quieras follarte al universo entero solo para estudiarlo.
Las dos rieron juntas, el sonido ligero y liberador llenando el apartamento.
Más tarde, cuando ya habían pedido comida y estaban tumbadas en el sofá viendo una serie absurda, Moon habló de nuevo, casi en un susurro:
—Sofía… gracias por no dejarme sola ayer. Y gracias por contármelo hoy. Creo… creo que voy a estar bien.
Sofía le acarició el brazo con ternura.
—Vas a estar más que bien. Vamos a estar las dos bien.
Y por primera vez desde que se despertaron aquella mañana, Moon sintió que era verdad.
El miedo seguía ahí, en algún rincón. La vergüenza también. Pero el alivio era mucho más grande. Y, debajo de todo, todavía quedaba el recuerdo caliente de aquella noche: dos cuerpos jóvenes y un hombre de cincuenta años rompiendo todas las reglas en un autobús.
Quizás, dentro de unos días, volverían a romperlas.
O quizás no.
Pero por ahora, Moon solo quería respirar.
Y Sofía estaba allí, a su lado, para recordarle que no estaba sola.