11 #3
Sofía soltó una risa corta y amarga. Se pasó una mano por la cara.
—Siéntate, Jacob. Esto va a ser largo.
Él se sentó en el sofá cama donde habían follado la otra noche. Sofía se quedó de pie frente a él.
—Ayer por la mañana, cuando te fuiste, Moon y yo nos despertamos. Ella… me confesó algo. Me dijo que no toma anticonceptivos. Nunca los ha tomado. Y que es muy probable que tú la hayas dejado embarazada.
Jacob parpadeó. Una vez. Dos.
Luego empezó a reírse.
Al principio fue una risa baja, incrédula. Luego se fue haciendo más fuerte, más profunda, hasta que tuvo que inclinarse hacia delante y sujetarse el estómago. Las carcajadas le salían del pecho como si llevaran años guardadas.
Sofía lo miró con los ojos muy abiertos, primero sorprendida, luego claramente enfadada.
—¿De qué coño te ríes?
Jacob intentó hablar, pero le salió otra carcajada. Se llevó una mano a la boca, los ojos llorosos de la risa.
—Joder… perdona… es que… —intentó respirar— ¿Embarazada? ¿Moon cree que está embarazada de mí?
Sofía dio un paso hacia él, furiosa.
—¡Sí! ¡Y yo también lo creí! ¡Las dos nos pasamos ayer media mañana con ella llorando como una magdalena, derrumbada, pensando en abortar o en ser madre soltera tan joven! ¡¿Y tú te estás partiendo el culo?!
Jacob levantó una mano, pidiendo tiempo.
—Agua… por favor… y un asiento… espera, ya estoy sentado.
Sofía fue a la cocina de mala gana, llenó un vaso de agua y se lo puso en la mano con malas maneras. Jacob bebió un trago largo, todavía con la risa temblándole en los labios. Se secó los ojos con el dorso de la mano.
—Vale… vale… ya… ya paro.
Sofía se plantó frente a él con los brazos cruzados, el pecho subiendo y bajando de rabia.
—Explícame de qué cojones te estás riendo, Jacob. Mi amiga está hecha una mierda por tu culpa y tú te descojonas como si te hubiera contado el chiste del año.
Jacob respiró hondo, intentando recuperar la seriedad. Pero todavía le quedaban restos de sonrisa en la comisura de los labios.
—Porque no puede estar embarazada, Sofía.
—¿Cómo que no puede? Te corriste dentro de ella en el autobús. Bastante y profundo. Ella misma me lo contó mientras lloraba.
Jacob negó con la cabeza, ahora más calmado, aunque la diversión seguía brillando en sus ojos.
—Porque yo tengo hecha la vasectomía desde hace dieciocho años.
Sofía se quedó congelada.
—¿Qué?
—Vasectomía. Me la hice cuando mi hijo pequeño tenía tres años. Eva y yo decidimos que no queríamos más hijos. Fue una decisión conjunta. Me operaron, hice los controles a los tres meses… cero espermatozoides. Desde entonces, nada. Cero. Mi semen no tiene vida.
Sofía abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
—¿Estás… estás hablando en serio?
—Completamente en serio. Puedo enseñarte el informe médico si quieres, aunque no lo llevo encima. Pero sí. Moon no puede estar embarazada de mí. Ni ella ni nadie.
Sofía se dejó caer en el sofá a su lado, como si las piernas ya no la sostuvieran. Se pasó las manos por el pelo platino, soltando un largo suspiro.
—Hostia puta… —murmuró—. ¿Y no se te ocurrió decírnoslo entonces? ¿Cuándo te decíamos que era seguro correrte dentro?
Jacob se encogió de hombros, ahora con expresión más seria.
—Todo fue muy rápido. Muy intenso. Cuando me dijisteis que las dos tomabais la píldora, me relajé. No pensé en mencionar la vasectomía. Además, en ese momento no estaba pensando con la cabeza precisamente.
Sofía lo miró de reojo, todavía procesando.
—O sea… Moon se pasó todo el día de ayer y parte de hoy muerta de miedo, llorando, imaginando que iba a tener que dejar la carrera, contárselo a sus padres, criar un hijo sola… ¿y todo era mentira?
—No era mentira desde su punto de vista —dijo Jacob con tono más suave—. Ella creía que era posible. Y yo no la corregí porque no sabía que ella no tomaba nada. Pero sí… desde mi lado, era imposible.
Sofía se quedó callada un buen rato. La rabia se le estaba disolviendo, pero quedaba un regusto amargo.
—Eres un cabrón con suerte —dijo finalmente, aunque sin verdadera malicia—. Te follas a dos jovenzuelas sin condón, te corres dentro las veces que quieres y encima no hay consecuencias. La vida es muy injusta.
Jacob soltó una risa baja, esta vez más controlada.
—No es suerte. Es planificación. Después de dos hijos y quince años de matrimonio, Eva y yo lo hablamos mucho. Yo no quería más. Ella tampoco. La operación fue sencilla. Unos días de molestias y listo. Desde entonces, el sexo con ella se volvió más relajado… aunque, bueno, ya sabes cómo acabó eso.
Sofía lo miró con curiosidad.
—¿Y nunca te arrepentiste?
—Alguna vez, al principio. Sobre todo, cuando veía a otros compañeros con bebés nuevos. Pero no. Fue la decisión correcta. Ahora tengo cincuenta años. No me veo criando a otro hijo. Y menos con… —señaló alrededor— esto.
Sofía asintió lentamente.
—Moon se va a quedar de piedra cuando se lo cuente. Ayer estaba destrozada. Se derrumbó del todo. Lloró como nunca la había visto llorar. Me abrazaba y repetía que no quería ser madre así, que había sido una irresponsable, que había jugado con fuego y se había quemado.
Jacob se puso más serio.
—Lo siento. De verdad. Si hubiera sabido que ella no tomaba nada, os lo habría dicho antes de… todo. Pero esa noche estaba… perdido. Hacía años que no sentía algo así. Vosotras dos… me desarmasteis.
Sofía lo miró un momento en silencio.
—Ella te fascinaba, ¿verdad? Desde el primer día que te vio en la puerta del taller.
Jacob la corrigió.
—Hasta que me abordasteis en el autobús no me había fijado en vosotras, sabía que Moon la había visto en algún sitio pero no podría asegurar donde, cuando estoy en el taller enfrascado en mis asuntos no presto atención a quien pasa por delante.
—Jacob fijo su vista en un punto indeterminado de la pared y continuó—.
Y en el autobús siempre iba pensando en el trabajo del día siguiente, en las cuentas del taller, y en menor medida en mi esposa y nuestra relación.
No me fijaba en la gente a mi alrededor en el autobús.
Pero si puedo decir que me sentía observado o vigilado. Era una sensación extraña.
Jacob volvió la vista a Sofía.
—En el autobús… cuando os pusisteis las dos… perdí el control. No me arrepiento de lo que pasó. Fue increíble. Pero sí me arrepiento de no haber sido más claro.
Sofía se levantó, fue a la cocina y volvió con dos cervezas frías. Le ofreció una a Jacob.
—Toma. Creo que los dos necesitamos esto.
Jacob aceptó la cerveza y dio un trago largo.
—¿Moon está muy mal?
—Hoy estaba mejor. Le dije que esperáramos unos días para hacerse la prueba, que no se torturara. Pero sigue asustada. Le da terror decírselo a sus padres, dejar los estudios… todo.
Jacob miró la etiqueta de la botella, pensativo.
—Cuando se lo digas… dile que no hay riesgo. Que estoy esterilizado. Que puede respirar tranquila.
Sofía dio un sorbo a su cerveza y lo miró con una ceja levantada.
—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Volver a tu rutina con Eva como si nada?
Jacob tardó en responder.
—No lo sé. Eso fue… diferente. Me sentí vivo de una forma que ya no recordaba. Pero tengo una vida. Una mujer que no se merece esto. Un taller. Una hipoteca. No puedo simplemente desaparecer o empezar una doble vida como en las películas.
Sofía sonrió con ironía.
—Pues bienvenido al club de las grietas, Jacob. Ahora tú también tienes una bien grande abierta.
Él soltó una risa seca.
—Parece que sí.
Se quedaron un rato en silencio, bebiendo cerveza. Afuera empezaba a oscurecer.
—¿Quieres que le diga algo más a Moon? —preguntó Sofía finalmente.
Jacob pensó un momento.
—Dile que siento haberme ido sin despedirme. Que no fue por arrepentimiento… fue por miedo. Y dile que… si quiere hablar, puede venir al taller. O llamarme. Le doy mi número.
Sofía asintió.
—Se lo diré.
Jacob terminó la cerveza y se levantó.
—Gracias por contármelo. Y… siento el ataque de risa. No era por burlarme de ella. Era… alivio. Alivio grande. Porque por un momento pensé como habría afrontado haberle jodido la vida a una chica que podría ser mi hija.
Sofía lo acompañó hasta la puerta.
—Eres un buen tío, Jacob. Un poco cabrón, pero buen tío. Aunque te hayas follado a dos universitarias en un autobús.
Jacob sonrió con tristeza.
—Intenta no contarle a nadie lo de la vasectomía hasta que hables con ella, ¿vale? Quiero que sea ella quien lo sepa primero.
—Tranquilo. Será nuestra conversación.
Abrió la puerta. Jacob salió al rellano.
—Cuídate —dijo él.
—Tú también. Y… si vuelves a pasar por aquí… avisa antes. Queremos estar preparadas, no todos los días tiene una la oportunidad de follarse a un viejo mecánico.
Jacob soltó una última risa baja y bajó las escaleras.
Sofía le despidió con una sonrisa y un guiño, cerró la puerta y se apoyó contra ella un momento.
—Joder… Menos mal —murmuró para sí misma— Espero que esto haga que Moon piense las cosas dos veces la próxima vez que quiera hacer alguna locura.
Mientras tanto, Jacob caminaba de vuelta a casa con las manos en los bolsillos y una sensación extraña en el pecho: alivio, sí. Pero también una especie de vacío. Porque, aunque no hubiera riesgo de embarazo, lo que había pasado con Moon y Sofía ya no podía borrarse.
Y las grietas, una vez abiertas, tienden a seguir ensanchándose.
Moon giró la llave en la cerradura con dedos que todavía le temblaban un poco.
El día había sido eterno. Había entregado el trabajo en la universidad casi sin leerlo, había caminado durante más de dos horas por el parque sin rumbo fijo, y había pasado casi una hora sentada en un banco mirando cómo las hojas caían, intentando no pensar. Pero pensar era lo único que hacía.
Empujó la puerta y entró en el apartamento de Sofía.
El olor familiar a café y a la vela de vainilla que nunca encendían la envolvió.
La luz era baja, cálida, como siempre. Sofía estaba sentada en el sofá cama, con las piernas cruzadas y una cerveza en la mano. En cuanto la vio, se levantó de golpe.