11 #2
—Anoche me sentí poderosa —confesó en voz baja, rota—.
Cuando lo teníamos entre las dos en el autobús…
cuando lo sentí temblar, cuando se corrió dentro de mí…
me sentí viva. Como si por fin estuviera rompiendo algo real.
Pero ahora… ahora solo siento miedo. Mucho miedo.
¿Y si tengo que dejar la universidad? ¿Y si tengo que volver a casa de mis padres con un hijo de un desconocido?
¿Y si Jacob decide que soy un problema y me denuncia o algo? No sé… no sé nada.
Sofía la apretó más contra su pecho, meciéndola ligeramente como si fuera una niña.
—Escúchame bien —dijo con voz firme pero cariñosa—.
Pase lo que pase, no estás sola. ¿Me oyes?
Yo estoy aquí. Aunque esté cabreada contigo, aunque quiera darte una hostia por ser tan irresponsable…
estoy aquí. Si estás embarazada, decidimos juntas qué hacer.
Si quieres abortar, te acompaño. Si quieres tenerlo, te ayudo a buscar opciones.
Si quieres decírselo a Jacob… lo planeamos. Pero no vas a pasar por esto sola.
Moon se quedó callada un momento, respirando contra el cuello de Sofía. Las lágrimas seguían cayendo, pero más lentas.
—Gracias… —susurró—. No merezco que seas tan buena conmigo después de lo que hice.
Sofía soltó una risa corta y amarga.
—No, no lo mereces. Eres una puta loca. Pero eres mi loca. Y anoche… joder, anoche también me lo pasé increíble. Aunque ahora todo esté complicado.
Se apartó un poco para mirar a Moon a los ojos otra vez. Le limpió una lágrima que todavía colgaba de la barbilla.
—Además… no sabemos si estás embarazada.
Puede que no lo estés. El cuerpo a veces es impredecible.
Pero si lo estás… vamos a afrontarlo. Tú y yo.
Y si Jacob quiere formar parte, bien. Si no…
pues que se joda. No eres la primera mujer que cría un niño sola, mejor dicho, sin padre, porque yo estaré a tu lado, siempre ¿de acuerdo?
Moon asintió débilmente, aunque el miedo seguía allí, profundo.
—Me da terror decírselo a mis padres —admitió—. Mi madre siempre me dice que soy demasiado intensa, que vivo en mi cabeza. Si se entera de que me he quedado embarazada de un mecánico del taller al que observaba como si fuera un caso de estudio… me muero de vergüenza.
Sofía sonrió con ternura y le apartó el pelo de la cara.
—Pues por ahora no se lo digas a nadie. Solo a mí. Y cuando estés lista, decidimos cómo contarlo. Paso a paso.
Moon se quedó en silencio unos segundos, respirando más calmada. El llanto había disminuido, pero el peso seguía en su pecho.
—Anoche, cuando se corrió dentro… sentí cada chorro —confesó en voz muy baja, casi avergonzada—. Me gustó. Me gustó demasiado. Me sentí llena, deseada, peligrosa. Ahora solo pienso en que esa misma leche puede estar creando algo dentro de mí. Algo vivo. Y no sé si estoy preparada para eso.
Sofía le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Es normal tener miedo. Es una puta locura lo que hicimos. Pero también fue intenso. Real. No como los polvos vacíos que tenemos con los tíos de nuestra edad. Jacob… aunque sea mayor, aunque esté casado… anoche se entregó. Se dejó llevar. Y eso no lo borra el hecho de que se haya ido esta mañana.
Moon suspiró temblorosa.
—¿Crees que volverá a buscarnos?
Sofía se encogió de hombros.
—No lo sé. Depende de cuánto miedo tenga y de cuánto le haya gustado. Pero si no vuelve… nosotras decidimos si vamos a buscarlo o no. El taller sigue estando ahí. Tú sigues pasando por delante cada día.
Moon cerró los ojos un momento.
—No sé si quiero verlo ahora. Me da vergüenza. Me da miedo que me mire y sepa que mentí. Que vea en mi cara que puede que lleve a su hijo dentro.
Sofía la abrazó de nuevo, esta vez más largo, más protector.
—Entonces no lo veas todavía. Date unos días. Date tiempo para pensar. Para sentir. Y cuando estés más tranquila, decidimos qué hacer. Juntas.
Moon se quedó pegada a ella, respirando su olor, sintiendo el calor de su piel morena y el peso suave de sus pechos contra los suyos.
—Sofía… —susurró después de un rato.
—¿Qué?
—Siento haberte metido en esto. Siento haberte mentido también a ti. Cuando te dije que tomaba la píldora… no era verdad. Y tú confiaste en mí.
Sofía le besó el pelo.
—Lo sé. Y estoy cabreada. Mucho. Pero… te quiero, idiota. Aunque seas una psicópata obsesionada con grietas y hombres mayores.
Moon soltó una risa débil entre lágrimas.
—Soy una mierda de psicóloga… ni siquiera puedo controlarme a mí misma.
—Nadie puede —respondió Sofía con una sonrisa triste—. Todos tenemos grietas. Hasta tú. Y hoy se te ha abierto una bien grande.
Se quedaron abrazadas en silencio durante varios minutos. La habitación estaba llena de la luz suave de la mañana, de olor a sexo seco y a piel. Afuera se escuchaba el ruido normal de la ciudad: coches, gente hablando, una sirena lejana.
Moon habló de nuevo, con voz más pequeña:
—¿Y si decido tenerlo?
Sofía tardó un poco en responder.
—Entonces serás madre a los veintitrés o veinticuatro. Y yo seré la tía loca que le enseña a decir palabrotas y a observar a la gente. Y buscaremos la forma de que puedas seguir estudiando. No será fácil. Será jodidamente difícil. Pero no imposible.
Moon asintió contra su hombro.
—¿Y si decido no tenerlo?
—Entonces iremos juntas a la clínica, te acompañaré en todo el proceso, y después nos emborracharemos y follaremos hasta que se te olvide el nombre de Jacob durante unas semanas.
Moon soltó una risa corta y rota.
—Eres una buena amiga, Sofía. Aunque me hayas gritado como una loca hace un rato.
—Te grité porque me importas, imbécil —respondió Sofía, apretándola más fuerte—. Si no me importaras, me habría levantado, me habría vestido y te habría dejado aquí sola con tu drama.
Moon levantó la cabeza y la miró a los ojos. Tenía la cara hinchada de llorar, pero por primera vez en esa mañana había un atisbo de calma.
—Gracias… de verdad.
Sofía le dio un beso suave en los labios. No fue sexual. Fue cariñoso. Consolador.
—De nada. Ahora vamos a ducharnos las dos. Hueles a sexo y a lágrimas, y yo también. Después pedimos algo de comer, nos tumbamos en el sofá y vemos alguna serie absurda. Nada de pensar en pruebas de embarazo ni en Jacob hasta dentro de unos días. ¿Trato?
Moon asintió lentamente.
—Trato.
Sofía se levantó de la cama y le tendió la mano. Moon la tomó y se dejó llevar hasta el baño.
Mientras el agua caliente empezaba a caer, Sofía abrazó a Moon por detrás bajo la ducha. Le besó el hombro y le susurró al oído:
—Sea lo que sea que pase… lo vamos a enfrentar juntas. ¿Vale?
Moon cerró los ojos y se apoyó contra ella.
—Vale.
El agua caía sobre las dos, lavando las lágrimas, el sudor de la noche anterior y parte del miedo. Pero no todo. Algunas grietas, una vez abiertas, ya no se cierran fácilmente.
Y Moon, por primera vez en su vida, se dio cuenta de que ella también tenía grietas profundas.
Y que, esta vez, no era ella quien las observaba.
Era ella quien se estaba rompiendo por dentro.Jacob pasó el resto de ese primer día en el taller como en piloto automático.
Limpiaba piezas, atendía clientes, explicaba presupuestos…
pero su mirada volvía una y otra vez a la acera de enfrente.
Cada vez que oía pasos o veía una silueta delgada con falda corta, el corazón le daba un salto. Pero nunca era ella.
Ni Moon. Ni Sofía.
A las siete y media cerró la persiana metálica con más fuerza de la necesaria.
El ruido resonó en la calle vacía. Caminó hasta la parada del autobús con las manos en los bolsillos y la cabeza llena de imágenes de la noche anterior: el calor de los dos cuerpos jóvenes apretados contra él, los gemidos ahogados, la forma en que se habían corrido mientras él las llenaba.
Sacudió la cabeza. «Se acabó. Mejor así. »
Pero al día siguiente, jueves, volvió a pasar lo mismo.
Esperó. Miró. Revisó la hora cada cinco minutos. Nada. Moon no pasó por delante del taller a su hora habitual. Ni sola, ni con Sofía. El hueco que solía ocupar en su rutina diaria se sintió extrañamente vacío, como si alguien hubiera quitado una pieza del engranaje sin avisar.
A las seis y media, cuando ya no quedaban clientes y en el taller solo había silencio, Jacob se quitó el mono manchado, se lavó las manos con jabón de taller y tomó una decisión.
Iría a casa de Sofía.
Sabía la dirección porque dos noches antes, cuando bajaron del autobús, las había acompañado caminando. Recordaba el portal, el número del piso. No era lejos: solo dos paradas más allá de la suya.
Salió del taller con la chaqueta vaquera echada al hombro. El sol ya bajaba y el aire empezaba a refrescar. Mientras caminaba, se repetía que solo iba a comprobar que estuvieran bien. Que no había pasado nada raro. Que Moon no estaba enfadada, o arrepentida, o… lo que fuera. Solo eso. Nada más.
Llegó al portal poco después de las siete. Pulsó el timbre del 3.º B. Esperó. Nada. Volvió a pulsar, más tiempo esta vez.
—¿Sí? —La voz de Sofía sonó a través del interfono, cautelosa.
—Soy Jacob.
Silencio de varios segundos.
—¿Jacob?
—Sí. ¿Puedo subir un momento?
Otro silencio. Luego el zumbido de la puerta al abrirse.
Subió las escaleras despacio. Cuando llegó al tercero, Sofía ya estaba en la puerta, con una camiseta holgada y pantalones cortos de algodón. El pelo platino recogido en un moño desordenado. No sonreía.
—Hola —dijo él, un poco incómodo.
—Hola —respondió ella, sin moverse del umbral—. ¿Qué haces aquí?
—Moon no pasó hoy por el taller. Ni ayer. Me preocupé un poco. Quería saber si… está bien.
Sofía lo miró fijamente durante unos segundos. Luego suspiró y se apartó para dejarlo pasar.
—Pasa.
El apartamento olía a café y a algo dulce, como vainilla. La luz era tenue, como siempre. Sofía cerró la puerta y se cruzó de brazos.
—Moon no está aquí ahora. Fue a la universidad a entregar un trabajo. Pero sí… pasó algo.
Jacob frunció el ceño.
—¿Está bien? ¿Le pasó algo?