La Grieta 11
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Moon se mordió el labio inferior un segundo antes de hablar. Su tono seguía siendo calmado, pero había una nota diferente:

—No tomo anticonceptivos.

El silencio que cayó en la habitación fue inmediato y pesado.

Sofía giró la cabeza lentamente hacia ella, como si no hubiera entendido bien.

—¿Qué has dicho?

—Que no tomo la píldora —repitió Moon, sin alterarse—. Nunca la he tomado. Y anoche… Jacob se corrió dentro de mí. Bastante.

Sofía se quedó mirándola fijamente durante varios segundos, procesando. Luego su expresión cambió por completo. La sorpresa dio paso a una furia repentina y ardiente.

—¿Estás de coña, Moon? —Su voz subió de volumen—. ¿Me estás diciendo que le dijiste a Jacob que las dos tomábamos anticonceptivos… y tú ni siquiera los tomas?

Moon se incorporó un poco, apoyándose en los codos. Su expresión seguía serena, casi clínica.

—Le dije lo que tenía que decirle en ese momento para que no se frenara. Tenía miedo de que se echara atrás.

Sofía se levantó de la cama de un salto, completamente desnuda, con los ojos muy abiertos y las mejillas enrojecidas por la rabia.

—¡¿Estás loca?! ¡Le dijiste que podía correrse dentro sin problema! ¡Yo sí tomo la píldora, joder! ¡Pero tú no! ¿Y si te ha dejado embarazada?

Moon se encogió de hombros ligeramente, como si el asunto no fuera tan grave.

—Es posible. Bastante posible, sí. Se corrió mucho… y profundo.

Sofía se pasó las manos por el pelo platino, caminando de un lado a otro del dormitorio como un animal enjaulado.

—¡No me lo puedo creer! ¡Moon, esto no es un puto juego psicológico!

¡Esto es tu vida real! ¿Qué coño vas a hacer si estás preñada de un tío de cincuenta años que ni siquiera tiene el coraje de despedirse?

¿Eh? ¿Vas a criar a un hijo tú sola mientras estudias psicología y sigues persiguiendo a hombres casados?

Su voz iba subiendo más y más. Estaba realmente enfadada, casi fuera de sí.

Moon se sentó en la cama, cruzando las piernas con calma. Su desnudez contrastaba con la tranquilidad de su postura.

—No lo sé todavía. Pero no me arrepiento de lo de anoche. Fue… intenso. Y necesario.

—¡Necesario! —Sofía soltó una risa amarga y furiosa—. ¡Necesario para ti, sí! ¡Porque te pone jugar con fuego! ¡Pero ahora el fuego te puede quemar de verdad! ¿Y yo? ¡Yo también le dije que era seguro! ¡Ahora parezco tan mentirosa como tú!

Se detuvo frente a Moon, señalándola con el dedo, los pechos subiendo y bajando con la respiración agitada.

—Eres una irresponsable de mierda, Moon. Te creíste demasiado lista. “Las grietas”, “la observación”, “el control” … ¡y al final la que va a terminar con un crío de un mecánico casado eres tú! ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Decírselo? ¿Esconderlo? ¿Abortar? ¡Dime, joder!

Moon la miró fijamente, sin alterarse, aunque por primera vez apareció un leve destello de duda en sus ojos.

—No lo sé aún, Sofía. Pero… sí, es probable que esté embarazada. Lo siento si te he metido en esto.

Sofía soltó un bufido fuerte y se giró, dándole la espalda. Se llevó las manos a la cara, intentando controlar la rabia.

—Hostia puta… no me lo puedo creer. Anoche estábamos los tres follando como locos y ahora tú me sueltas esto. Eres una puta inconsciente.

Se quedó callada unos segundos, respirando con fuerza. Luego, sin girarse del todo, añadió con voz más baja pero todavía cargada de enfado:

—Y lo peor es que… una parte de mí todavía quiere volver a follárselo. Pero ahora todo está jodido por tu culpa.

La habitación quedó en silencio, solo roto por la respiración agitada de Sofía y el sonido lejano del tráfico en la calle.

Moon seguía sentada en la cama, desnuda, mirando la espalda tensa de su amiga.

Y por primera vez en mucho tiempo, no tenía una respuesta preparada.

Sofía se quedó de espaldas a la cama, con las manos todavía cubriéndose la cara. El enfado le ardía en el pecho como una bola de fuego. Quería seguir gritando, quería sacudir a Moon por los hombros y preguntarle en qué coño estaba pensando. Pero entonces escuchó algo que no esperaba.

Un sollozo.

Pequeño. Ahogado. Casi inaudible.

Se giró lentamente.

Moon seguía sentada en el centro de la cama, desnuda, con las piernas cruzadas.

Pero ya no tenía esa expresión serena y casi clínica que siempre llevaba.

Su rostro se había descompuesto. Los ojos marrones con ese leve matiz verdoso estaban llenos de lágrimas que empezaban a caer en silencio por sus mejillas.

Los labios le temblaban. Intentaba mantener la compostura, pero el dique se había roto.

—Moon… —murmuró Sofía, sorprendida.

Moon intentó hablar, pero solo salió un sonido entrecortado. Se llevó una mano a la boca, como si quisiera contenerlo, pero ya era tarde. Los hombros le empezaron a temblar. Las lágrimas caían más rápido, silenciosas al principio, luego con sollozos más profundos que le sacudían todo el cuerpo.

—Yo… yo no… —balbuceó entre lágrimas—. No pensé… no pensé que…

Sofía sintió cómo la rabia se le deshacía en el pecho como azúcar en agua caliente. Ver a Moon, siempre tan controlada, tan observadora, tan dueña de cada situación, derrumbándose de esa manera fue como un puñetazo en el estómago.

—Joder… —susurró Sofía.

Se subió de nuevo a la cama con rapidez y se arrodilló frente a ella. Sin pensarlo dos veces, la abrazó con fuerza, rodeándola con sus brazos. Los pechos grandes y suaves de Sofía se apretaron contra el torso de Moon mientras la atraía contra su cuerpo.

—Ey… ey, tranquila —le dijo con voz más suave, aunque todavía había restos de enfado en el tono—. Respira, Moon. Respira conmigo.

Moon se derrumbó del todo. Escondió la cara en el cuello de Sofía y empezó a llorar con más intensidad, los sollozos saliendo ahora sin control. Todo su cuerpo temblaba. Las lágrimas le mojaban la piel morena de Sofía.

—No quería… no quería llegar tan lejos —lloraba Moon, la voz rota—.

Solo quería ver… quería ver cómo se abría…

cómo se rompía la rutina. Quería sentir que tenía control.

Pero ahora… ahora puede que esté embarazada de un hombre casado de cincuenta años que escapó de nosotras dejándonos tiradas en la cama.

¿Qué he hecho, Sofía? ¿Qué coño he hecho?

Sofía le acariciaba la espalda desnuda con movimientos lentos y firmes, subiendo y bajando la mano por su columna. Sentía cada sollozo, cada estremecimiento.

—Shhh… ya está. Ya está —murmuraba—. Estoy aquí. No estás sola en esto.

Moon se aferró a ella con más fuerza, como si fuera lo único sólido en ese momento.

—Le dije que tomaba la píldora… le dije que era seguro…

Mentí. Mentí porque quería que se corriera dentro.

Quería sentirlo. Quería que me llenara. Y ahora…

ahora puede que tenga un hijo suyo creciendo dentro de mí.

Un hijo de Jacob. Un mecánico casado que tiene una vida, una mujer que se llama Eva, una casa, una rutina…

¿Y yo? Yo soy la chica universitaria que lo observó durante semanas como si fuera un puto experimento.

Sofía cerró los ojos un segundo, tragando saliva. El enfado seguía ahí, pero ahora estaba mezclado con una pena profunda por su amiga.

—Moon… mírame —dijo suavemente, apartándose lo justo para tomar el rostro de Moon entre sus manos. Los pulgares le limpiaron las lágrimas de las mejillas—. Respira hondo. Vamos.

Moon intentó obedecer, pero le salió un sollozo entrecortado. Sofía esperó, paciente, hasta que Moon consiguió tomar una bocanada de aire más estable.

—Vale… así. Otra vez.

Moon respiró de nuevo, temblorosa.

—Ahora escúchame —continuó Sofía, mirándola directamente a los ojos—.

Sí, la cagaste. La cagaste fuerte. Mentiste sobre algo serio.

Pusiste en riesgo tu cuerpo, tu futuro y, joder, también el mío porque yo también le dije que era seguro.

Pero… no eres la primera ni la última persona que hace una estupidez enorme por deseo.

Por curiosidad. Por querer sentir algo real.

Moon negó con la cabeza, más lágrimas cayendo.

—No es solo una estupidez… Es mi vida, Sofía. Si estoy embarazada… ¿qué hago? ¿Se lo digo? ¿Lo aborto? ¿Lo tengo? No estoy preparada para ser madre. Ni siquiera sé si quiero serlo algún día. Y menos así… con un hombre que probablemente ahora mismo esté arrepentido y pensando cómo evitarme.

Sofía suspiró y volvió a abrazarla, esta vez más despacio, dejando que Moon apoyara la cabeza en su hombro. Le acariciaba el pelo castaño con ternura, enredando los dedos entre los mechones revueltos.

—Primero tienes que saber si realmente estás embarazada —dijo con voz más calmada—.

Han pasado solo unas horas. Es demasiado pronto para hacerte una prueba de las que venden en la farmacia.

Tendrás que esperar unos días, mínimo una semana, para que sea fiable.

Mientras tanto… no te tortures con suposiciones.

Moon soltó un sollozo más pequeño.

—Pero si lo estoy… Jacob tiene cincuenta años.

Tiene una mujer. Una vida hecha. ¿Qué va a hacer él?

¿Dejar a Eva por mí? ¿Ayudarme a criar un hijo?

¿O simplemente desaparecer y fingir que nunca pasó nada?

Yo… yo lo observé durante semanas. Sé cómo es.

Es un hombre de rutinas. De decisiones prudentes.

Anoche se dejó llevar porque lo acorralamos entre las dos…

pero hoy, cuando se despertó y vio lo que había hecho…

se fue sin decir nada. Sin nota. Sin número. Se fue corriendo.

Sofía le besó la sien con suavidad, un gesto raro en ella, pero que en ese momento salió natural.

—Puede que sí. Puede que ahora mismo esté cagado de miedo en su casa, al lado de su mujer, preguntándose cómo coño va a mirarla a la cara. Pero eso no significa que tú seas mala persona, Moon. Eres impulsiva. Eres obsesiva con tus “grietas”. Te gusta jugar al límite. Pero no eres mala.

Moon levantó la cabeza un poco, los ojos enrojecidos y brillantes.