La Grieta 10 #2
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10 #2

—Hola —dijo ella con esa sonrisa tranquila que siempre tenía—. Pensé que no vendrías hasta la tarde. ¿Qué pasó con el cliente del coche clásico?

Jacob se quedó parado un segundo en la entrada. La mentira de anoche le pesaba como plomo en la lengua.

—Al final… se solucionó más rápido de lo que pensaba —mintió, y la voz le salió ronca—. Me quedé hasta tarde, pero pude arreglarlo. Dormí unas horas en el taller.

Eva lo miró un segundo más de la cuenta. Jacob sintió que le leía la cara. Pero ella solo asintió.

—Vale. ¿Quieres café? Te veo cansado.

—Mucho —admitió él, y se acercó. Le dio un beso en la mejilla, como siempre. El beso de siempre. Corto. Cálido. Familiar.

Eva olía a casa. A jabón de lavadora, a crema de manos, a la vida que habían construido juntos. Y él olía a dos chicas de jóvenes que le habían hecho sentir vivo por primera vez en una década.

Se sentó a la mesa. Eva le puso el café delante y una tostada con mantequilla. Se sentó enfrente y lo miró mientras removía su propia taza.

—¿Todo bien en el taller?

—Todo normal.

Silencio. Cómodo. Como siempre. Pero esta vez Jacob sentía que el silencio tenía grietas. Grietas que él mismo había abierto anoche.

Mientras masticaba la tostada, la cabeza no paraba.

«¿Cuánto tiempo podré mantener esto?»

Porque sabía que no iba a parar. No después de haber probado eso. No después de haber sentido dos cuerpos jóvenes apretándose contra él, dos coños chorreando mientras lo besaban a él y se besaban entre ellas, dos voces susurrándole que se corriera dentro, que las llenara.

Eva hablaba de algo del supermercado, de que había que comprar aceite para el coche, de que su hermana quizás viniese el fin de semana. Jacob asentía, sonreía con esa calma de siempre. Pero por dentro estaba calculando.

Moon pasaría por delante del taller esta tarde, como siempre. Y él estaría allí, en la puerta, limpiándose las manos con el trapo azul. Y cuando la viera… ¿qué haría? ¿Apartar la mirada? ¿O dejar que ella se acercara?

Sofía probablemente estaría con ella.

Y él… él ya sabía que no iba a resistirse mucho.

Porque por primera vez en muchos años se sentía deseado. De verdad. No como un marido cómodo, no como el padre de familia, no como el dueño del taller. Sino como un hombre. Un hombre al que dos veinteañeras habían elegido para romper su rutina.

Y eso, sabía Jacob, era más peligroso que cualquier mentira que le contara a Eva.

Terminó el café. Se levantó. Le dio otro beso a su mujer en la frente.

—Voy a ducharme y me voy al taller.

Eva sonrió.

—Descansa un poco, ¿eh? Te veo muy cansado.

Jacob subió las escaleras. Entró en el baño. Se quitó la ropa. En el espejo vio los arañazos leves en los hombros, la marca de un mordisco en el pectoral, el olor de las chicas todavía pegado a su piel.

Abrió el agua caliente y se metió debajo.

Mientras el agua le caía por la cabeza, cerró los ojos y sonrió con tristeza.

«Hacía años que no disfrutaba tanto de una mujer… de dos.»

Y supo, con una claridad que le heló la sangre y le calentó la polla al mismo tiempo, que esto solo acababa de empezar.

Que las grietas que Moon tanto buscaba en él ya estaban abiertas.

Y que, por mucho que intentara cerrarlos, los problemas con Eva ya no eran un «si» … eran un «cuándo».

El agua caliente le caía por la cara y Jacob, por primera vez en mucho tiempo, no sabía si estaba llorando o si solo era el agua.

Pero sí sabía una cosa: volvería a verlas.

Esta tarde.

En el autobús.

O en el taller.

O donde fuera que ellas quisieran.

Porque el fuego que creía apagado no lo estaba.

Solo había estado esperando a que alguien como Moon y Sofía soplara sobre las brasas.

Y ahora ardía.

Y Eva, abajo, preparando la comida del mediodía como cada día, no tenía ni idea de que su marido ya no era el mismo hombre que había salido de casa ayer por la mañana.

Jacob cerró el grifo. Se secó. Se puso ropa limpia.

Bajó.

Le dio un beso a Eva en los labios esta vez. Más largo. Más sincero.

—Te quiero —le dijo.

Y lo decía de verdad.

Pero también sabía que eso ya no era suficiente.

Salió de casa hacia el taller.

Y en su cabeza, mientras caminaba, solo había una imagen: dos cuerpos desnudos durmiendo en una cama, esperando que él volviera a despertarlos.

La luz de la mañana ya entraba con más fuerza por las cortinas cuando Sofía se removió en la cama. Soltó un gruñido suave y estiró el brazo, buscando el cuerpo caliente de Jacob. Pero solo encontró sábanas frías.

Abrió los ojos de golpe.

—¿Jacob? —murmuró, incorporándose sobre un codo.

Moon seguía dormida a su lado, desnuda, con el pelo revuelto y una pierna ligeramente flexionada. El sitio donde había dormido Jacob estaba vacío. Ni ropa, ni nota, ni rastro de él.

Sofía miró hacia la puerta del dormitorio. Silencio absoluto en el apartamento.

—Hijo de puta… se fue —susurró con una mezcla de incredulidad y fastidio.

Moon se despertó entonces, parpadeando lentamente. Se giró hacia Sofía y sonrió con pereza, todavía medio dormida.

—¿Ya se fue?

—Sí. Sin decir ni adiós. Ni una puta nota —respondió Sofía, sentándose del todo en la cama. Sus tetas grandes se movieron con el movimiento—. Típico.

Moon se quedó mirando el techo unos segundos, como si estuviera ordenando sus pensamientos. Luego habló con voz tranquila, casi demasiado tranquila:

—Sofía… hay algo que tengo que contarte.

Sofía la miró de reojo, todavía molesta por la huida de Jacob.

—¿Qué pasa?