La Grieta 10
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Jacob abrió los ojos lentamente, como si el sueño todavía se resistiera a soltarlo del todo.

La habitación estaba en penumbra, solo una rendija de luz grisácea se colaba por entre las cortinas mal cerradas.

El aire olía a sexo, a sudor seco y a algo dulce que no conseguía identificar: perfume de Sofía, quizás, o el aroma de la piel de Moon después de horas de roce.

Estaba boca arriba, con el pecho subiendo y bajando en respiraciones profundas.

A su izquierda, Moon dormía completamente desnuda, hecha un ovillo contra su costado.

Una pierna larga y delgada descansaba sobre su muslo, el pie frío rozándole la pantorrilla.

Su cabello castaño se extendía desordenado sobre la almohada.

Los pechos pequeños y firmes subían y bajaban con cada respiración tranquila.

Tenía una marca roja en el cuello, un chupetón que él mismo le había hecho sin darse cuenta.

Más abajo, entre sus piernas todavía ligeramente abiertas, se veía un brillo seco: restos de su semen mezclado con los jugos de ella.

A su derecha, Sofía dormía de lado, de espaldas a él, el culo redondo y firme pegado a su cadera.

La curva de su cintura era hipnótica incluso en reposo.

El pelo rubio platino le caía sobre un hombro, dejando al descubierto la espalda morena y suave.

Sus tetas enormes, esas que habían estado aplastadas contra él toda la noche, se desparramaban sobre la sábana oscura.

Jacob podía ver el pezón oscuro de la que quedaba visible, todavía un poco hinchado por los mordiscos y las succiones de la noche anterior.

Las dos respiraban con esa calma profunda de quien ha follado hasta el agotamiento. Ninguna se movió cuando él giró ligeramente la cabeza para mirarlas. Eran hermosas. Jóvenes. Peligrosas.

Jacob tragó saliva. El corazón le dio un latido fuerte, casi doloroso.

«¿Qué coño he hecho?»

No era arrepentimiento todavía. Era más bien…

conciencia. La realidad cayendo sobre él como una losa fría después de una noche de fiebre.

Tenía cincuenta años. Cincuenta. Y acababa de pasar la noche follando como un animal con dos chicas que juntas no llegaban a los cuarenta y cinco.

En un autobús lleno de gente. Y luego aquí, en esta cama, durante horas.

Se incorporó muy despacio, con cuidado de no despertarlas.

La pierna de Moon se deslizó de su muslo y ella murmuró algo ininteligible, pero no abrió los ojos.

Sofía ni siquiera se movió. Jacob se quedó sentado en el borde del colchón un momento, mirando sus cuerpos desnudos a la luz débil de la mañana.

La polla, a pesar del cansancio y de las 3 corridas brutales de la noche anterior, dio un leve tirón al recordar: el calor apretado de Moon, la forma en que Sofía le había exigido que la llenara, los besos entre ellas mientras él alternaba entre sus coños…

Sacudió la cabeza.

«No pienses en eso ahora.»

Se levantó. Las rodillas le crujieron. El cuerpo le dolía de una forma que no recordaba desde hacía años: músculos de la espalda, los hombros, los muslos…

Todo tenso por el esfuerzo de follar de pie en un autobús y luego durante casi dos horas más en esta cama.

Encontró sus calzoncillos tirados en el suelo, junto a la puerta.

Se los puso. Luego los vaqueros, la camiseta gris que olía a sudor y a perfume de chicas.

La chaqueta vaquera. Los zapatos. Todo en silencio absoluto.

No dejó nota. Ni un «gracias», ni un «llámame», ni siquiera un número de teléfono.

Nada. Solo se quedó un segundo más en el marco de la puerta del dormitorio, mirándolas por última vez.

Moon se había girado hacia el hueco que él había dejado y ahora tenía un brazo extendido sobre la sábana, como si buscara su cuerpo incluso dormido.

Sofía seguía en la misma posición, el culo todavía marcado con la huella rojiza de sus dedos.

Jacob cerró la puerta del apartamento con un clic suave y bajó las escaleras sin encender la luz.

El portal olía a humedad y a desayuno de alguien en el primer piso.

Salió a la calle. Eran las siete y veinte de la mañana.

El cielo estaba nublado, típico de esta ciudad en primavera.

Caminó deprisa, sin mirar atrás, hacia la parada de autobús que estaba dos calles más allá.

No era la misma de siempre. Esta era la siguiente después de la de las chicas.

Mientras esperaba, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, la cabeza empezó a girar.

Eva.

El nombre le cayó como un puñetazo en el estómago.

Eva, que en este momento probablemente ya estaba levantada, preparando café en la cocina de su casa de dos plantas.

Eva seguía siendo una mujer atractiva a sus cincuenta y dos años.

No de esas que giran cabezas en la calle, pero sí de las que uno nota cuando se fija un poco.

El pelo castaño, con canas que se negaba a disimular del todo, le caía con naturalidad.

Tenía curvas suaves, de las que se mantienen sin dietas estrictas, y una forma de moverse tranquila que transmitía estabilidad.

Llevaba años sin intentar seducir a nadie, y precisamente por eso aún conservaba algo que muchas mujeres más jóvenes habían perdido.

Eva, que anoche le había enviado un mensaje preguntando a qué hora llegaba y que él había contestado con una mentira enorme: «problema en el taller, cliente urgente, no duermo en casa».

Eva, que confiaba en él.

«Joder, Jacob… eres un hijo de puta.»

El autobús llegó. Subió, validó el billete y se colocó en el mismo sitio de siempre, sujetándose a la barra. Esta vez no había chicas. Solo gente normal yendo a trabajar. Y él, con la ropa arrugada, el olor a sexo todavía pegado a la piel y la polla dolorida dentro de los calzoncillos.

Empezó a darle vueltas.

Lo primero: ¿y si lo descubría? Eva no era tonta.

Llevaban veinticinco años juntos. Sabía leerle la cara como nadie.

Si llegaba a casa oliendo a perfume barato de chica joven, si tenía arañazos en la espalda (y los tenía, podía sentirlos arder bajo la camiseta), si se comportaba raro…

ella lo notaría. Y entonces ¿qué? ¿Una discusión?

¿Lágrimas? ¿O peor: silencio? Eva era de las que se callaba y sufría en silencio. Y eso era lo que más le jodía.

Segundo: las chicas. Moon y Sofía. Dos universitarias de poco más de veinte años.

¿Qué coño querían de él? Porque ayer no parecía que solo fuera un polvo.

La forma en que lo habían buscado, la forma en que Sofía había tomado el control, la forma en que Moon lo observaba desde hacía semanas…

No era casualidad. Lo habían elegido. A él.

A un mecánico de cincuenta años con barriga incipiente y barba larga.

¿Por qué? ¿Por el morbo de follarse a un hombre casado? ¿Por diversión? ¿O había algo más?

Y lo peor: él se lo había pasado de puta madre.

Hacía… ¿cuántos años? ¿Diez? ¿Quince? que no sentía algo así.

Con Eva el sexo se había vuelto mecánico, casi un deber.

Un par de veces al mes, si acaso. Besos cortos, penetración rápida, acabar y dormir.

Ayer, en cambio… Había follado en un autobús lleno de gente.

Había tenido dos coños jóvenes, apretados y empapados alternándose en su polla.

Se había corrido varias veces dentro de ellas, llenándolas hasta que les chorreaba por las piernas.

Y luego en la cama, aunque el cuerpo ya no le respondiera como a los veinte, el morbo había sido tan fuerte que se había corrido otra vez.

Se pasó la mano por la barba. Sonrió sin querer, un gesto amargo.

«Hacía años que no disfrutaba tanto de una mujer. De dos, joder.»

Pero el placer venía acompañado de un miedo frío que le subía por la espalda.

¿Y si volvían al taller? Moon pasaba todos los días por delante.

Ahora ya sabía su nombre, sabía dónde trabajaba, sabía que estaba casado.

¿Y si un día entraban las dos, con esa sonrisita que tenían, y le pedían algo?

¿Dinero? ¿Que las llevara a algún sitio?

¿O peor: que las volviera a follar allí mismo, en el taller, ¿entre coches elevados?

¿Y si se enamoraban? O peor aún: ¿y si una de ellas se encaprichaba y empezaba a mandarle mensajes? Él ni siquiera les había dado su número, pero ellas sabían dónde encontrarlo. El taller era su vida. Eva conocía a todos los clientes. Si alguna vez una de las chicas aparecía por allí y decía algo…

Jacob cerró los ojos un segundo mientras el autobús traqueteaba.

Imaginó la escena: Eva llegando al taller un día cualquiera, como hacía de vez en cuando para llevarle comida o simplemente saludar.

Y allí, Moon, apoyada en el mostrador con esa falda corta y esa mirada que lo desnudaba.

O Sofía, con esas tetas enormes marcadas bajo la blusa.

Una sonrisa. Un comentario inocente que no lo era.

Y Eva, que lo sabía todo sin que nadie dijera nada.

El estómago se le revolvió.

«No puedo volver a verlas.»

Pero incluso mientras lo pensaba, sabía que era mentira. Porque ya estaba imaginando la próxima vez. El próximo autobús. La próxima tarde en que Moon pasara por delante del taller y lo mirara un segundo más de la cuenta. La forma en que su cuerpo reaccionaría sin que él pudiera evitarlo.

Bajó en su parada habitual. Caminó las dos calles hasta casa con paso pesado.

El barrio estaba tranquilo, como siempre.

Jardines pequeños, olor a café y a pan recién hecho saliendo de algunas ventanas.

Su casa de dos plantas, la que había pagado con el taller que heredó de su suegro, estaba al final de la calle.

La puerta del garaje estaba cerrada. El coche de Eva seguía aparcado fuera.

Entró por la puerta de la cocina. El aroma de café recién hecho le golpeó en la cara. Eva estaba allí, de espaldas, con una bata ligera y el pelo recogido en una coleta desordenada. Se giró al oírlo.