La Grieta 6
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—Venga, baja conmigo —dijo Sofía tirando suavemente del brazo de Moon. No te vayas con esta lluvia. Mi casa está a dos minutos.

Moon aceptó sin pensarlo. Bajaron juntas bajo la lluvia que ya caía con ganas. Las gotas frías les salpicaban la cara y los hombros. Caminaron rápido por la acera, riendo cuando alguna gota grande les golpeaba la nariz.

Sofía llevaba una camiseta de tirantes blanca, fina, sin sujetador debajo.

La lluvia no tardó en traicionar la tela: se pegó completamente a su piel morena, volviéndose casi transparente y marcando con todo detalle sus grandes tetas.

Los pezones se endurecieron por el frío y se notaban claramente, oscuros y prominentes contra la tela mojada.

Tan solo su chaqueta disimulaba tímidamente la situación.

—Joder, cómo llueve —protestó Sofía sacudiendo el pelo platino empapado al entrar en el portal. Sube, anda.

Subieron en el ascensor todavía riendo, completamente mojadas. Una vez dentro del pequeño pero acogedor apartamento, se quitaron las chaquetas y los zapatos. La camiseta de Sofía seguía pegada a su cuerpo como una segunda piel.

Moon la miró un segundo y negó con la cabeza, medio sonriendo.

—Sofía, quítate esa camiseta mojada, anda. Vas a pillar un resfriado.

Sofía bajó la mirada hacia su propio pecho y soltó una risita traviesa, como si acabara de darse cuenta del espectáculo que estaba dando.

—¿Te molesta la vista o qué? —preguntó con tono burlón, aunque ya se estaba agarrando el borde de la camiseta.

—No es que me moleste… —respondió Moon, sin apartar la mirada. Pero estás empapada. Ve a cambiarte antes de que te pongas mala.

Sofía se detuvo con la camiseta a medio subir, dejando al descubierto la parte inferior de sus senos. Una sonrisa lenta y provocadora se dibujó en sus labios.

—Me parece que la que se está poniendo mala eres tú —dijo con voz baja y burlona, mirándola directamente a los ojos. No me digas que también te gustan ahora las chicas…

Moon parpadeó, sorprendida por la frase. Sintió un calor repentino subirle por el cuello hasta las mejillas. Abrió la boca para responder, pero solo salió un sonido entrecortado.

—Yo… ¿qué? ¡No seas idiota! —logró decir al fin, soltando una risa nerviosa. Solo estoy siendo una buena amiga. Estás empapada y vas a coger una pulmonía.

Sofía terminó de quitarse la camiseta de tirantes por la cabeza en un solo movimiento fluido.

Sus tetas quedaron completamente libres, balanceándose ligeramente con el gesto.

La piel morena brillaba por la humedad de la lluvia y sus pezones seguían duros, oscuros y prominentes. No hizo ningún intento de taparse.

—Ajá… —murmuró Sofía, inclinando la cabeza. Pues te has quedado mirando bastante rato para ser “solo una buena amiga”.

Moon tragó saliva. Intentó apartar la mirada, pero sus ojos volvían una y otra vez al pecho desnudo de su amiga.

Las gotas de agua todavía resbalaban por la curva inferior de sus senos y caían sobre el suelo del salón.

Era algo muy sensual que Moon no pudo obviar, aunque trató de disimularlo con torpeza.

—No estoy mirando —protestó débilmente. Es que… joder, Sofía, eres muy descarada.

Sofía soltó una carcajada baja y se acercó un paso más. Sus tetas se movieron con naturalidad al caminar.

—¿Descarada yo? Tú eres la que no deja de comerme con los ojos desde que bajamos del autobús. ¿O crees que no me he dado cuenta?

Moon retrocedió un paso hasta chocar suavemente con la pared.

El corazón le latía con fuerza. Nunca había sentido nada parecido al mirar a otra chica.

Siempre le habían gustado los chicos. Siempre.

Pero en ese momento, con Sofía medio desnuda delante de ella, con esa piel morena brillante y esos pezones húmedos y endurecidos, algo extraño y caliente se removía en su vientre.

—No es eso… —susurró Moon, aunque su voz sonaba menos convincente de lo que pretendía. Es solo… la situación. La lluvia, el frío…

Sofía se detuvo a menos de medio metro. Podía oler el perfume mezclado con el olor a lluvia de su amiga. Bajó la mirada un segundo a los labios de Moon y luego volvió a sus ojos.

—Claro. La situación —repitió con tono burlón. Entonces, si te quito esto también… —señaló la camiseta mojada de Moon— no te va a afectar nada, ¿verdad?

Moon sintió que se le secaba la boca.

—Sofía…

—¿Qué? —preguntó ella inocentemente, aunque sus ojos brillaban con picardía—. Solo estoy siendo una buena amiga. No querrás pillar un resfriado tú también.

Antes de que Moon pudiera responder, Sofía dio el último paso y sus cuerpos casi se rozaron. Con movimientos lentos, agarró el borde de la camiseta húmeda de Moon y empezó a subirla.

—Levanta los brazos —susurró.

Moon dudó solo un segundo. Luego levantó los brazos. Sofía le quitó la camiseta. Debajo no llevaba sujetador. Sus pechos, pequeños y firmes eran prácticamente inexistentes comparados con los de su amiga.

Sofía tiró la prenda al suelo y miró el pecho de Moon con curiosidad.

—Vaya… tienes unas tetas muy bonitas —murmuró. Más pequeñas que las mías, pero muy bien puestas.

Moon sintió que le ardía la cara.

—Para ya… esto es raro.

Sofía sonrió y se llevó las manos a sus propios senos, levantándolos ligeramente.

—¿Te parecen raras estas? Porque a ti te están gustando bastante, por lo que veo.

Moon no pudo evitar bajar la mirada otra vez. Los pezones de Sofía estaban tan duros que parecían pedir atención. Sintió un cosquilleo entre las piernas que la avergonzó profundamente. ¿Estaba deseando lamer esas tetas? ¿Las tetas de su amiga? ¿Le gustaban las chicas y no lo sabía?

—No… no sé qué me pasa —admitió en voz baja. Nunca había mirado a una chica así.

Sofía se mordió el labio inferior, claramente excitada por la confesión.

—Yo tampoco —reconoció. Siempre me han gustado los tíos. Pero verte mirándome de esa forma… me está poniendo bastante.

El silencio que siguió fue denso. Solo se oía la lluvia golpeando la ventana y sus respiraciones cada vez más agitadas.

Moon respiró hondo y puso las manos sobre los hombros de Sofía con suavidad, deteniéndola antes de que avanzara más.

—Espera… —dijo con voz calmada, aunque su pulso seguía acelerado.

Vamos a cenar algo primero, ¿vale? Hace calor aquí dentro y no necesitamos ponernos nada encima.

Pero… calmémonos un poco. No quiero que hagamos algo de lo que nos arrepintamos después.

Moon necesitaba poner en orden sus pensamientos y su…

cuerpo. Sintió como se estaba derritiendo allí, de espaldas a la pared y con su amiga justo delante.

No solo tenía mojada la camiseta y el pantalón.

Las bragas también estaban empapadas, y no era por la lluvia de la calle

Sofía la miró un segundo, sorprendida por la calma de Moon, pero luego sonrió y asintió.

—Está bien… cenemos. Pero no me pidas que me vista, porque no pienso hacerlo.

Moon soltó una risa baja y nerviosa.

—Trato hecho.

—Voy a ver qué hay en la nevera —dijo Sofía, todavía con las tetas al aire, caminando con naturalidad hacia la cocina. ¿Te apetece una ensalada rápida o hacemos unos sándwiches calientes?

—Sándwiches están bien —respondió Moon, quitándose también los calcetines húmedos. Y si tienes vino blanco o algo fresco, mejor. Moon no podía dejar de mirar a Sofía, aunque procuraba evitar que ella lo notara.

Prepararon juntas una cena sencilla: sándwiches de pan tostado con queso fundido, atún, tomate y mayonesa.

Sofía abrió una botella de vino blanco que tenía guardada.

Se sentaron en el sofá cama del salón, con los platos en la mesita baja y las copas en la mano.

La lluvia golpeaba la ventana, creando un ambiente cerrado y acogedor.

Ambas seguían desnudas de cintura para arriba; la temperatura del piso era agradable y ninguna sintió necesidad de cubrirse.

Al principio hablaron de la universidad, de clases aburridas y profesores pesados. Pero el vino y la intimidad del momento hicieron que la conversación derivara pronto hacia temas más personales.

Sofía dio un sorbo a su copa y miró a Moon con curiosidad.

—Oye, y volviendo a lo de antes… ¿esa fijación con el tío del taller? El de la barba larga y pinta de madurito fuerte.

Moon sonrió mientras mordía su sándwich.

—No es que esté obsesionada… pero me llama la atención.

Sofía levantó una ceja, divertida.

—¿Te gustan los viejos o qué? Porque ese hombre fácilmente podría ser tu padre.

—No son “viejos” —contestó Moon con calma, casi clínica.

Solo… interesantes. Tienen grietas. Vidas ya construidas, rutinas, una mujer en casa…

y aun así siguen teniendo hambre, muchos de ellos ya no tienen sexo en casa.

Algunos se desahogan con putas, otros frente a su ordenador viendo porno, otros acaban cansados y tiran toda su vida por la borda y otros aguantan en silencio.

Estos últimos son los que me interesan. Me gusta ver cómo se rompen un poco cuando aparece alguien como yo.

Sofía se rio bajito, pero se notaba que la respuesta le había despertado interés.

—Joder, qué manera de decirlo. Yo siempre he salido con chicos de nuestra edad. Idiotas la mayoría, sí, pero sin tanto drama. Aunque… ahora que lo dices, a veces me pregunto cómo sería con alguien mayor. Alguien que sepa lo que hace, que no vaya solo a correrse rápido.

Moon dio un sorbo largo al vino y miró a su amiga.

—¿Y qué te imaginas exactamente?

Sofía se encogió de hombros, aunque sus mejillas ya estaban un poco sonrojadas.

—No sé… que me toque con más calma. Que sepa dónde están los puntos. Que me haga sentir deseada de verdad, no solo un polvo rápido. Que me agarre fuerte, pero sin hacerme daño. Y que tenga experiencia suficiente para hacer que me corra varias veces antes de terminar él.

El vino empezaba a hacer efecto. Las voces se volvieron más bajas, las miradas más largas.

Moon dejó el plato vacío en la mesita y se giró hacia Sofía, cruzando las piernas en el sofá.