La Grieta 5
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Hoy en el autobús estaba acompañada por Sofía.

Sofía era su amiga más cercana de la universidad. Era de esas chicas que llamaban la atención sin proponérselo. Delgada, de piernas largas y cintura estrecha, con una cara bonita y una sonrisa traviesa que siempre parecía estar a punto de soltar alguna barbaridad.

Pero lo que realmente te dejaba clavado en el sitio eran su pecho.

Suave, grande, colgaba por el peso, pero todo era natural, de esos que se mueven con vida propia, balanceándose suavemente con cada paso rompiendo pescuezos.

Eran imposibles de ignorar. La tela de cualquier camiseta o blusa se tensaba sobre ellos, marcando su forma y su movimiento, y ella lo sabía perfectamente. Disfrutaba siendo mirada.

Llevaba el pelo corto, teñido de un rubio platino muy claro que contrastaba de forma brutal con su piel morena y suave. Sus ojos oscuros y expresivos le daban un aire juguetón y directo que combinaba peligrosamente bien con esa sonrisa.

Desde su cintura estrecha, las caderas se abrían en curvas marcadas y redondeadas, terminando en un culo respingón, redondo y muy sexy.

Firme pero con la carne justa para que se viera jugoso, se marcaba de forma indecente dentro de unos buenos Levi’s.

Cuando caminaba, las tetas se balanceaban suavemente por delante mientras el culo se movía con ese ritmo lento y provocador por detrás, creando un contraste que hacía que más de uno perdiera el hilo de lo que estaba diciendo.

Se habían encontrado por casualidad en la parada. Sofía vivía dos paradas más allá y, al ver a Moon esperando, decidió subirse con ella “para hacer el trayecto juntas y cotillear un rato”. Ahora estaba allí, apretada contra ella por la multitud.

Continuaba su recorrido sin cambios aparentes.

Paradas, arranques, frenadas suaves. El sonido constante del motor diésel vibraba bajo los pies, las puertas se abrían y cerraban con ese suspiro hidráulico cansado, y el murmullo bajo de la gente subiendo y bajando creaba una banda sonora monótona que nadie parecía escuchar de verdad.

El aire estaba cargado, la mezcla de olores en el autobús, completamente cerrado y con una ventilación insuficiente, no hacia el paseo precisamente agradable.

Jacob seguía en el centro del pasillo. Su mano sujetaba la barra superior, el cuerpo adaptado al movimiento como quien lleva años haciendo el mismo viaje.

La mirada fija en algún punto indefinido a través de la ventana empañada.

No parecía pensar en nada en concreto. O quizá pensaba en demasiado como para que se notara desde fuera como en la cena que le esperaría en casa, el coche que aún tenía pendiente en el taller, el silencio cómodo pero vacío que compartía cada noche con su mujer.

Moon permanecía atrás. No se acercaba. No cambiaba su posición más de lo necesario. Era una más. O eso parecía.

Desde su sitio, utilizaba lo que tenía a favor: reflejos en los cristales sucios, movimientos indirectos, cambios en la luz cuando el autobús pasaba por zonas más abiertas o entraba en tramos más oscuros bajo los edificios altos.

No lo miraba de forma directa. Lo reconstruía.

Un reflejo en la ventana le devolvía su perfil por fragmentos: la línea espesa de la barba oscura, el ángulo fuerte del cuello, la forma en que inclinaba ligeramente la cabeza cuando el autobús frenaba bruscamente.

No necesitaba más. Su mente trabajaba en silencio, con esa precisión casi clínica que había desarrollado en los años de la universidad.

No había emoción evidente en su expresión, pero sí una actividad intensa.

Comparaba, encajaba, descartaba. Cada gesto de él encontraba un lugar dentro de un esquema que aún estaba incompleto.

“Rutina estable. Baja reactividad. Movimiento eficiente…”

No eran pensamientos completos. Eran apuntes mentales. Fragmentos que iba archivando para más tarde, cuando estuviera sola en su apartamento con la luz tenue.

Un leve tirón del autobús desplazó a varios pasajeros. Moon ajustó su postura con naturalidad, dejando que otra persona quedara entre ella y él. Cobertura. Sin esfuerzo.

En ese preciso momento, sintió un codazo suave en el costado y una voz familiar, baja y divertida, le llegó al oído:

—Oye… ¿me vas a explicar por qué estás tan callada o sigues en modo psicóloga observando al mundo?

Moon giró ligeramente la cabeza. A su lado, casi pegada por la falta de espacio, estaba Sofía.

Absorta en Jacob se había olvidado por completo de su amiga.

Cada vez que el autobús frenaba o tomaba una curva, sus cuerpos se apretaban inevitablemente.

Moon sentía el pecho grande y suave de Sofía presionándose contra su brazo y su costado, cálido, pesado, transmitiendo su calor a través de la fina tela.

Notaba cómo subía y bajaba con cada respiración, cómo se movía ligeramente con las sacudidas del vehículo.

—Solo pensaba en la clase de hoy —mintió Moon con naturalidad, aunque su mente estaba dividida entre Jacob y la cercanía de su amiga—. Patrones repetitivos. Ya sabes.

Sofía soltó una risita baja y se inclinó un poco más hacia ella. El movimiento hizo que sus tetas se aplastaran con más fuerza contra el brazo de Moon durante un segundo largo.

—Patrones repetitivos… —repitió Sofía con tono burlón—. Claro. Y yo que pensaba que estabas mirando al madurito fuerte de la barba larga. Llevas varios días pasando más tiempo del normal por la zona del taller.

Moon sintió un calor subirle por el cuello. Sofía era demasiado perspicaz. Mientras respondía, su mirada volvió al reflejo de Jacob en el cristal.

—No es nada —dijo en voz baja—. Solo… curiosidad.

Sofía sonrió con esa expresión traviesa que siempre usaba cuando quería pincharla.

El autobús dio otro frenazo y sus cuerpos se apretaron aún más.

Moon notó claramente el peso suave y firme contra ella, el pezón endurecido marcándose levemente bajo la camiseta.

El calor de la piel morena de Sofía traspasaba la ropa.

—Curiosidad, ¿eh? —susurró Sofía, su aliento cálido rozándole la oreja—.

A mí me parece que te pone ese rollo de “hombre con vida hecha”.

Grietas y todo eso que dices siempre. Yo prefiero los de nuestra edad, aunque sean idiotas.

Menos complicaciones. Aunque… si te soy sincera, verte tan concentrada en él me está dando curiosidad a mí también.

Moon guardó silencio un momento. Su mente, como siempre, no podía dejar de analizar. Patrones repetitivos. Ahí estaba ella, repitiendo el mismo comportamiento: observar, acercarse, dejarse presionar. Primero con Jacob… ahora con Sofía. Todo formaba parte del mismo juego.

—Los de nuestra edad son predecibles —murmuró finalmente, manteniendo la voz baja—. Los mayores… tienen capas. Historias. Cosas que ya no dicen en voz alta pero que siguen ahí, debajo.

Sofía soltó un suspiro divertido y se colocó un mechón platino detrás de la oreja. El autobús tomó una curva cerrada y sus cuerpos se comprimieron de nuevo. Moon sintió el peso completo de las tetas de Sofía aplastándose contra su torso, obligándola a olvidar a Jacob por unos segundos.

—Joder, Sofía, me estás aplastando con esas tetas… ¿qué puta talla gastas?

Sofía sonrió y se acercó a su oído, susurrando con picardía:

—G.

Moon soltó una risa baja.

—Dios… a mí casi me queda grande una A.

Las dos se miraron y rompieron en una carcajada que intentaron contener, pero que les salió al mismo tiempo, breve y nerviosa.

Moon respiró más profundo. La combinación era extraña y excitante: la observación fría y calculada de Jacob, y el calor físico y juguetón de Sofía pegada a ella.

Su mente no podía evitar unir las dos cosas.

Jacob, sólido y rutinario. Sofía, joven, curvilínea y directa.

Dos polos que, en su imaginación, podrían complementar perfectamente una misma grieta.

El autobús se detuvo de nuevo. Puertas abiertas. Movimiento de gente.

Jacob dio un paso hacia adelante, absorbido por el flujo de pasajeros que bajaban. Durante un instante, su figura quedó parcialmente oculta entre los cuerpos. Luego desapareció por completo al bajar.

Las puertas se cerraron con un sonido seco. El autobús arrancó otra vez.

Moon levantó la mirada. No hacia la puerta. Sino hacia el reflejo vacío que había dejado en el cristal.

No había frustración. Tampoco prisa. Solo una conclusión silenciosa:

Ya no era suficiente observar desde dentro.

Apoyó la espalda contra la barra, cerrando los ojos un segundo. No para descansar. Para ordenar.

“Rutina. Trayecto fijo. Tiempo aproximado… repetición.”

Cuando volvió a abrirlos, su expresión era la misma de siempre. Neutra.

Pero su siguiente movimiento ya estaba decidido. Y, por primera vez, esa decisión incluía la vaga posibilidad de que Sofía no fuera solo una compañera de trayecto… sino una aliada en el juego que empezaba a formarse en su mente.

Sofía la miró de reojo, todavía sonriendo con esa curiosidad juguetona.

—¿Todo bien?

Moon asintió lentamente.

—Todo bien.

El autobús siguió dos paradas más. El cielo encapotado empezó a descargar una lluvia fina que pronto se volvió más intensa. Cuando las puertas se abrieron en la parada de Sofía, el olor a asfalto mojado entró con fuerza.