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Aurora no respondía del todo a su nombre. Para casi todo el mundo era Moon, y a ella le gustaba más así. Encajaba mejor con la versión de sí misma que quería proyectar: alguien más libre, más visible, más difícil de ignorar.
Tenía veintitrés años y estudiaba Psicología en la universidad estatal.
Aunque, si era sincera, los libros y las diapositivas le importaban bastante poco.
Lo que de verdad le fascinaba eran las personas.
Cómo miraban cuando creían que nadie las observaba.
Cómo mentían y su cuerpo las delataba sin remedio.
Cómo deseaban cosas que jamás admitirían en voz alta, ni siquiera ante sí mismos.
Era extrovertida y directa, con una facilidad casi inquietante para conectar con la gente.
Podía entablar una conversación profunda con un desconocido en menos de diez minutos y hacerle sentir que realmente lo veía, que lo entendía, que era especial.
Sin embargo, muy pocos llegaban a conocerla de verdad.
Su cuerpo no buscaba llamar la atención de forma evidente, pero lo conseguía igual.
Era alta y delgada, con una figura de contrastes suaves: pechos pequeños y firmes, cintura estrecha, caderas con la curva justa, un culito pequeño pero bien formado que no pasaba desapercibido y piernas largas.
Se movía con una ligereza despreocupada, como si nunca tuviera que pensar demasiado en cómo ocupaba el espacio.
Vestía con una simplicidad estudiada: faldas que terminaban justo por encima de la rodilla, tops ceñidos pero discretos, y chaquetas oversize que ocultaban y revelaban según cómo se moviera.
Sus ojos marrones tenían un leve matiz verdoso que cambiaba según la luz. Miraban con una fijeza incómoda, sin parpadear demasiado, como si pudieran leer entre líneas y ver lo que la mayoría prefería esconder.
Y tenía una preferencia que nunca explicaba del todo: los hombres que ya tenían una vida hecha.
No era rebeldía ni capricho. Simplemente, en ellos encontraba algo que no veía en los chicos de su edad: grietas.
Grietas profundas, invisibles para casi todos, pero que ella detectaba con facilidad.
Grietas de rutina, de insatisfacción callada, de deseos que llevaban años reprimidos.
Otras veces tan solo llegaba a ver las cicatrices que esas grietas dejaban a su paso.
A Moon le fascinaban esas grietas. Le gustaba observar cómo se abrían poco a poco, cómo se ensanchaban, cómo alguien que parecía sólido podía empezar a desmoronarse por dentro cuando aparecía la persona adecuada.
Todavía no se conocían. Pero eso estaba a punto de cambiar. No de forma evidente. No con un cruce de miradas dramático ni con una escena diseñada para ser recordada. Sino de la manera más simple posible. Casi accidental. Como empiezan las cosas que luego son imposibles de detener.
Aquel día, Moon salió de clase con la cabeza todavía dando vueltas.
La última sesión había sido especialmente interesante.
El profesor había hablado durante casi dos horas sobre patrones de conducta repetitivos, sobre cómo las personas vuelven una y otra vez a dinámicas que les hacen daño porque, en el fondo, les resultan familiares.
Moon había tomado apuntes con su letra pequeña y precisa, pero su mente ya estaba fuera del aula, buscando ejemplos reales en la calle, en el autobús, en las miradas de la gente que se cruzaba con ella.
Le gustaban esas clases. No tanto por lo académico, sino porque siempre encontraba ejemplos vivos fuera del aula, personas que confirmaban o contradecían las teorías que acababa de escuchar.
El camino de vuelta a su piso era siempre el mismo.
Bajaba por la calle principal, cruzaba en el semáforo junto a la cafetería donde los estudiantes se reunían a fumar y tomar café barato, y seguía recto hasta pasar por delante de varios locales comerciales: una ferretería con furgonetas de currelas siempre en doble fila, una tienda de repuestos de coche con neumáticos apilados en la entrada, y finalmente el taller mecánico que ocupaba la esquina de la calle.
No era un sitio que le llamase especialmente la atención.
De hecho, la mayoría de los días ni siquiera miraba.
Pasaba con la vista al frente, los auriculares puestos (aunque muchas veces sin música), perdida en sus pensamientos o repasando mentalmente alguna conversación que había tenido ese día.
El taller era solo otro elemento del paisaje urbano, ruidoso, con olor a aceite y gasolina, lleno de hombres con monos manchados que hablaban alto y reían con bromas groseras y a veces machistas. Nada que mereciera su atención.
Pero aquel día había movimiento en la entrada.
Una mujer estaba allí, bien vestida, con ese tipo de presencia tranquila que no necesita imponerse: blazer beige, pantalones oscuros, bolso de cuero que parecía caro pero discreto (un bimbo y lolo de esos chinos).
Frente a ella, un hombre apoyado ligeramente en el marco de la puerta del taller, escuchando con atención.
Tenía las manos metidas en los bolsillos del mono que llevaba bajado hasta la cintura, dejando ver una camiseta gris ajustada al torso.
Moon no redujo el paso. Ni hizo nada que delatara interés. Pero miró.
Él tenía el pelo y la barba largos, oscuros, algo descuidados, pero no dejados.
La barba cubría buena parte de su rostro, suavizando los rasgos y dándole un aire de hombre que no se preocupaba demasiado por la imagen.
Complexión fuerte, sin exageraciones: hombros anchos, brazos marcados por el trabajo físico, pecho sólido que subía y bajaba con respiraciones calmadas.
No destacaba de forma evidente entre la gente, pero tampoco pasaba desapercibido si te fijabas un poco más de lo normal.
Había algo en su postura, en la forma relajada en que apoyaba el hombro contra el marco, que transmitía una seguridad tranquila, casi cansada.
Parecía concentrado en la conversación. La mujer hablaba con naturalidad, gesticulando poco, como si aquello fuera una escena repetida muchas veces.
Había confianza en la distancia que mantenían, en la forma en que ella inclinaba ligeramente la cabeza y él respondía con movimientos breves.
Moon captó fragmentos sueltos: algo sobre frenos, pastillas desgastadas, un presupuesto que parecía alto. Nada interesante.
Moon habría seguido de largo, como cualquier otro día. Y, de hecho, lo hizo. Sus pasos continuaron con el mismo ritmo tranquilo, los ojos ya desviándose hacia el siguiente semáforo.
Entonces lo escuchó.
—Jacob…
La mujer lo había llamado con naturalidad, casi con cariño rutinario, como quien llama a alguien que conoce desde hace años. No fue un tono especial. Ni una llamada cargada de nada romántico o urgente. Solo su nombre, dicho en medio de una frase sobre el coche.
Suficiente.
Moon continuó caminando, sin girarse, sin detenerse, sin que su expresión cambiara lo más mínimo. Pero algo cambió en la forma en que procesó aquella escena. Ya no era solo un hombre anónimo frente a un taller ruidoso y lleno de grasa. Ahora tenía un nombre.
Jacob.
El nombre resonó en su cabeza mientras cruzaba la siguiente calle.
No era un nombre particularmente bonito ni exótico, pero tenía peso.
Sonaba sólido, adulto, con una cierta gravedad.
Moon lo repitió en silencio, casi sin darse cuenta: Jacob.
Más por cómo sonaba en su mente —grave, lento, con la “b” ligeramente marcada— que por lo que significaba en ese momento.
No pensó mucho más en ello durante el resto del camino.
No era su estilo dar vueltas innecesarias a algo tan simple.
Tenía cosas que hacer: preparar un trabajo para la semana siguiente, comprar leche en el supermercado de abajo, contestar mensajes de Sofía que llevaba ignorando todo el día. La vida seguía su curso normal.
Sin embargo, cuando llegó a su apartamento, se quitó los zapatos, se dejó caer en el sofá y, durante unos segundos, su mirada se perdió en la pared de enfrente.
El nombre volvió a aparecer, sin invitación.
Jacob. El hombre del taller. El de la barba larga y los hombros anchos.
El que escuchaba con esa paciencia tranquila.
Moon sacudió la cabeza y se levantó para prepararse algo de comer. No era nada. Solo un cruce casual en la calle. Miles de personas pasaban por allí cada día. Probablemente nunca volvería a fijarse en él.
Pero esa noche, mientras se duchaba con el agua caliente cayendo sobre sus hombros, volvió a verlo mentalmente: la forma en que se apoyaba en el marco de la puerta, la manera en que su camiseta se pegaba ligeramente al pecho por el sudor del trabajo, el gesto ausente con el que se pasaba la mano por la barba mientras escuchaba a la clienta.
Y por primera vez, sin saber por qué, Moon se preguntó qué grietas podría esconder un hombre como ese.