La Grieta 3
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Los días siguientes no tuvieron nada de especial. Y, sin embargo, empezaron a parecerse demasiado entre sí.

Moon siguió pasando por delante del taller a la misma hora, casi sin proponérselo.

Al principio no cambió nada: mismo paso tranquilo, misma expresión distraída, misma indiferencia aparente que mostraba ante todo lo que formaba parte del paisaje urbano.

Pero empezó a mirar. Solo un instante. Lo justo.

Un parpadeo más largo de lo normal, un giro casi imperceptible de la cabeza.

A veces Jacob estaba dentro del taller, apenas visible entre coches elevados en los gatos hidráulicos, el ruido metálico de herramientas y el olor fuerte del taller que se escapaba por la puerta abierta.

Otras veces salía a la entrada, hablando con algún cliente, limpiándose las manos con un trapo azul desgastado, con esa naturalidad de quien lleva años haciendo siempre exactamente lo mismo: escuchar, explicar, asentir, resolver.

Había algo hipnótico en su forma de moverse.

Eran movimientos económicos, precisos, como si su cuerpo supiera exactamente cuánto esfuerzo necesitaba cada acción.

No volvió a escuchar su nombre enseguida.

La clienta de aquel primer día no apareció de nuevo, al menos no cuando Moon pasaba.

Pero ya no hacía falta. Lo reconocía por la silueta, por la anchura de los hombros bajo la camiseta gris, por la forma en que se pasaba la mano por la barba cuando estaba pensando, por el modo en que apoyaba el peso en una pierna mientras hablaba.

Jacob se había convertido en una constante silenciosa en su recorrido diario.

Pasó una semana. Luego otra.

Y en algún punto indefinido, sin que hubiera una decisión consciente, Moon empezó a ajustar su recorrido.

No lo suficiente como para llamarlo cambio.

Solo pequeños matices: salir de clase un minuto antes, caminar un poco más despacio en la acera, detenerse un segundo más en el semáforo, aunque la luz ya estuviera en verde.

Lo justo para coincidir. Lo justo para que su paso y el ritmo de él se alinearan durante unos segundos más cada tarde.

No se lo planteaba como una estrategia. Era más bien una atracción sutil, casi magnética.

Como cuando uno empieza a notar un olor familiar en el aire y, sin darse cuenta, busca su origen.

Moon se decía a sí misma que solo estaba observando, que formaba parte de su interés por las dinámicas humanas, que era material para sus estudios.

Pero en el fondo sabía que había algo más.

Una curiosidad que iba más allá de lo académico.

Una fascinación por las grietas que intuía debajo de esa apariencia sólida y rutinaria.

Jacob, por su parte, no pensaba en ello.

Sus días seguían el ritmo de siempre. Llegaba al taller a las siete y media, se ponía el mono, revisaba el listado de trabajos pendientes, atendía clientes, comía un bocadillo rápido a mediodía sentado en una silla plegable junto a la máquina de café, y terminaba la jornada entre las seis y media y las siete.

Luego caminaba dos calles hasta la parada, cogía el autobús, llegaba a casa, cenaba con su mujer, veía un rato la televisión o revisaba facturas, y se acostaba.

Conversaciones conocidas, gestos repetidos, silencios cómodos que ya no le molestaban.

De vez en cuando, una sensación difusa de cansancio que no sabía ubicar del todo: no era físico exactamente, sino algo más profundo, como si una parte de él se hubiera quedado atrapada en un bucle del que ya no recordaba cómo salir.

Pero sí empezó a notar algo. No una persona concreta. Sino una presencia.

Esa sensación vaga de haber visto a alguien antes.

De cruzarse con una misma figura en distintos momentos sin llegar a detenerse en ella.

Una chica delgada, alta, que pasaba por la acera con paso ligero.

A veces con el pelo suelto, otras recogido.

A veces con chaqueta clara, otras oscura.

Siempre parecía formar parte del fondo, como un elemento más del paisaje que se repetía pero que no sería capaz de reconocer aunque la tuviera delante.

No le dio importancia. En una ciudad tan grande, las rutinas se solapan constantemente.

Miles de personas compartían las mismas calles, los mismos horarios, los mismos trayectos. Era normal.

El cambio llegó sin aviso.

Aquella tarde, el taller cerró unos minutos antes de lo habitual.

Un cliente había cancelado a última hora y Jacob decidió aprovechar para adelantar su llegada a casa.

Se limpió las manos con el trapo habitual, se quitó el mono de trabajo manchado de grasa y aceite, se puso la chaqueta vaquera que usaba para salir y salió ajustándose el cuello mientras comprobaba la hora en el reloj de muñeca. Iba justo.

Caminó con paso firme hasta la parada del autobús urbano, a un par de calles de allí.

No había demasiada gente esperando, pero sí la suficiente como para formar ese pequeño grupo silencioso de desconocidos que comparten espera sin mirarse a los ojos: una señora mayor con bolsas de la compra, dos jóvenes con auriculares, un hombre de traje mirando el móvil con gesto cansado.

Jacob se colocó cerca de la marquesina, mirando de vez en cuando la calle por la que debía aparecer el autobús.

El sol de la tarde ya bajaba, tiñendo todo de un tono anaranjado suave.

Él no se fijó en nada más. Su mente estaba en la lista mental de cosas que aún le quedaban por hacer esa semana: llamar al proveedor de piezas, revisar el coche de su mujer que hacía un ruido extraño, …

Unos metros más atrás, parcialmente oculta tras la estructura lateral de la parada, Moon observaba.

Había llegado antes. No por casualidad.

Había visto desde lejos cómo Jacob salía del taller, cómo echaba a andar con esa prisa contenida que delataba que quería llegar a tiempo.

Y, sin pensarlo demasiado, había cambiado su dirección.

En lugar de seguir su ruta habitual hacia su apartamento, había girado en la esquina y acelerado el paso lo justo para llegar a la parada justo tras él.

No era la primera vez que ajustaba su camino para coincidir.

Pero sí la primera en la que lo seguía hasta ese punto concreto: la parada del autobús.

Hasta entonces todo había sido en movimiento, en la acera, en un cruce breve.

Ahora era diferente. Era detenerse en el mismo espacio, compartir el mismo tiempo de espera.

Se mantuvo a cierta distancia, lo suficiente para no llamar la atención.

Su ropa aquel día no tenía nada de llamativo: tonos neutros, una chaqueta amplia de color beige que le quedaba un poco grande, vaqueros oscuros, el pelo recogido en una coleta baja sin demasiado cuidado.

Podía pasar desapercibida entre la gente. Y eso era exactamente lo que quería.

Lo miraba sin insistir, alternando con miradas al suelo, al móvil que sostenía en la mano (aunque la pantalla estaba en negro), a cualquier otro punto que justificara su presencia allí.

De vez en cuando levantaba la vista un segundo, solo para confirmar que él seguía en el mismo sitio, con la misma postura relajada, las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta.

Jacob seguía ajeno.