La Grieta 1
2%
La Grieta

La Grieta

Por Trebor Fernandez

© inepub.com

1

Jacob no era un hombre infeliz. O al menos eso era lo que se intuía cada vez que alguien, en una conversación trivial, mencionaba lo rápido que pasaban los años o lo difícil que era mantener una familia unida.

Él asentía, sonreía con esa calma que dan las ostias que te da la vida y volvía a lo suyo.

Pero ya no compartían el deseo.

No recordaba exactamente cuándo había desaparecido.

No fue de golpe, no hubo una discusión dramática ni una razón concreta que pudiera señalarse con el dedo.

Simplemente… se apagó. Como una luz que nadie se molesta en encender de nuevo porque, al fin y al cabo, podía recorrer la casa con los ojos vendados.

Las noches se volvieron más silenciosas, los roces más funcionales, los besos más breves y protocolarios.

El sexo, cuando ocurría, era más un acto de compromiso conyugal que de pasión.

Jacob se había convencido de que eso era normal a su edad, que el fuego inicial no podía durar para siempre.

Aun así, había algo dentro de él que seguía ahí.

Una necesidad que no tenía nombre cuando la pensaba en voz alta, pero que se hacía evidente en los momentos más inesperados: al ver a una mujer joven riendo en la calle, al sentir el calor de una ducha después de un día duro, o en esas madrugadas en las que se despertaba con una erección inexplicable y se quedaba mirando el techo durante minutos que se hacían eternos.

Jacob no era un hombre que llamara la atención a primera vista, pero tampoco pasaba desapercibido.

Medía uno setenta y cinco, cargaba noventa kilos repartidos entre hombros anchos y un pecho sólido que delataba años de trabajo físico.

Tenía una ligera barriga, de esas que se ganan a base de guisos caseros, tapitas con la caña y pocas horas de gimnasio (ninguna de hecho).

La barba y el pelo largo, oscuros con algunas canas traicioneras en las sienes, le daban un aire más joven de lo que sus cincuenta años sugerían.

Una cicatriz pequeña en la barbilla, recuerdo de cuando, de niño, jugaba entre las piedras del pueblo, quedaba medio oculta bajo el vello.

Sus manos eran grandes, callosas, y se movía con esa economía de quien lleva toda la vida haciendo lo mismo.

Nunca había sido un hombre de excesos. Ni tatuajes.

Ni adornos. Ni riesgos innecesarios. Su vida había sido una sucesión de decisiones prudentes: casarse joven, aceptar el taller, criar a sus dos hijos, pagar la hipoteca, llegar a casa a una hora decente.

Y, sin embargo, algo en su vida empezaba a sentirse…

incompleto. No era infelicidad exactamente.

Era más bien un vacío silencioso, como si una parte de él se hubiera quedado dormida y ya no supiera cómo despertarla.