XIII. La visita #2
El hombre no sonrió. Aquello, en otra persona, habría podido ser una broma. En él pareció una parte del inventario.
Sacó algo del interior del abrigo.
Una pequeña pieza oscura.
La dejó sobre la mesa. Tenía el mismo color imposible del sello de la cueva, esa negrura compacta que parecía haber aprendido a imitar la materia sin pertenecerle del todo.
—La grieta sigue creciendo —dijo él.
Léira asintió muy despacio.
—Sí.
El hombre miró la pieza oscura sobre la mesa.
—Entonces no has cerrado nada.
Léira miró la pieza oscura sobre la mesa. Luego miró a Saren .
—Compré tiempo —dijo—. Y ni siquiera sé cuánto.
El hombre gris inclinó un poco la cabeza, como si aquella respuesta le pareciera aceptable por lo poco que prometía.
Saren miró a uno y a otro.
—¿Qué significa eso?
Ninguno respondió.
El hombre volvió a guardar las manos dentro del abrigo.
—Cuando otros vengan, no serán tan amables.
Léira levantó la vista.
—Saren no entra en esto.
El hombre la observó por primera vez de verdad. No como quien mira a una muchacha en una cocina, sino como quien investiga que ha pasado después de un incendio.
—Ya está dentro.
Léira se quedó callada.
El hombre rodeó la mesa sin prisa. Saren no retrocedió, quizá porque no entendía lo bastante; quizá porque una parte de ella seguía siendo la muchacha que había entrado en el templo sola antes de que le arrancaran el nombre de la mujer que amaba.
—Abre la boca —dijo él.
Léira dio un paso.
—No.
El hombre ni siquiera la miró.
—No voy a coserle nada. Hoy no.
La frase dejó la cocina más fría .
Saren abrió la boca despacio. No por obediencia completa, sino por esa confusión limpia de quien todavía está decidiendo si tiene derecho a tener miedo.
El hombre sacó una aguja corta, sin hilo, de un estuche de madera gris.
Le levantó el labio inferior con dos dedos y pinchó la carne por dentro, lo justo para que brotara una gota.
Saren se estremeció.
No gritó.
La sangre le llenó la boca con un sabor breve. El hombre recogió la gota con la punta de la aguja y la apoyó sobre la pieza oscura. La sangre no resbaló. Quedó allí, pequeña y roja, como una palabra recién escrita en un idioma que nadie quería leer.
—Ahora consta —dijo.
Léira lo miraba con una quietud peligrosa.
—No tenéis derecho.
—El derecho es una palabra que inventan quienes llegan tarde.
Saren se tocó el labio con dos dedos. Al retirarlos, había sangre. Muy poca. Demasiado poca para lo que acababa de ocurrir.
—¿Qué queréis de ella? —preguntó.
El hombre salió sin responder.
La puerta quedó abierta unos segundos y dejó entrar el frío del patio. Saren fue a cerrarla. Al volver, la pieza oscura seguía sobre la mesa y Léira seguía sin tocarla.
—¿Qué es eso ?
Léira miró la pieza con el asco contenido de quien reconoce algo que no debería estar sobre una mesa.
—Una prueba de sangre.
—¿Y eso qué significa?
—Que te estarán vigilando.
Saren entendió el resto mirando la gota de sangre: que alguien la hubiera puesto allí con una aguja y dos dedos, sin pedirle permiso, y que ahora existía en algún sitio donde ella no podía ir a borrarse.
—La tiraré al fuego.
Léira agarró con fuerza el brazo de su aprendiz.
—No la toques.
Días después, en la aldea, llamaron a Léira por un niño que no respiraba bien. No era un parto. Solo un crío de tres años con fiebre baja, la garganta cerrada y la madre llorándole
La casa estaba llena de vecinas inútiles. Léira se arrodilló junto al niño, le apartó el pelo de la frente y le abrió la boca con dos dedos.
—Luz.
Saren acercó la lámpara.
El niño respiraba con un silbido fino, como si el aire pasara por una caña rota. Léira le tocó el cuello, el pecho, la espalda. Sus manos estaban firmes. Exactas. Lo que la sacerdotisa le había cerrado de niña trabajaba ahora con ellas, sin temblar.
—Agua caliente. Y sacad a la mitad de esta gente antes de que lo maten de cariño .
Una mujer protestó.
Saren la miró. Fue suficiente para que la mujer saliera.
Léira trabajaba con la misma calma de siempre: paño tibio, vapor, una infusión amarga que el niño tragó entre arcadas y lágrimas, la madre sujetándole las piernas mientras murmuraba promesas a todos los dioses con la desesperación de quien también podría estar maldiciendo.
Cuando el silbido empezó a aflojar, apoyó dos dedos en la frente del crío.
Saren la oyó pronunciar la bendición.
No la de Lurian.
La otra.
—Elaen vhalé —dijo Léira, en voz baja—. Sura mon.
La madre del niño no entendió las palabras. Nadie en la habitación pareció entenderlas. Solo una anciana junto al hogar levantó la cabeza y se tapó la boca con la mano, como si hubiese oído abrirse una puerta vieja en mitad de la casa.
Saren lo vio.
Léira también.
Volvieron a la cabaña cuando ya era de noche.
Cenaron poco. La pieza oscura seguía sobre la mesa, junto al cuenco vacío.
La gota de sangre de Saren permanecía encima, intacta, inquietantemente roja bajo la luz pobre de la lámpara.
Durante un rato solo se oyó la cuchara rozando el fondo del plato, el fuego mordiéndose a sí mismo y la lluvia empezando a caer de nuevo.
Léira habló sin levantar la vista .
—Antes, cuando una mujer paría en Las Marcas, no se decía la bendición de Lurian.
Saren dejó la cuchara.
Léira tenía la mirada fija en la ventana, aunque fuera ya no se distinguía nada. Solo su propio reflejo en el cristal.
—Había otras palabras. Para el cuerpo de la madre. Para el niño. Para lo que se abre y tiene que cerrarse bien. Mi madre las sabía. Ornia las oyó de la suya. Muchas las sabían.
—¿Y qué pasó?
Léira pasó el pulgar por el borde del cuenco.
—No llegaron con antorchas. Eso habría sido más honesto. Llegaron con tablillas.
La lluvia golpeó el techo con más fuerza.
—Primero venía una mujer gris. Se sentaba en la cocina, pedía agua y preguntaba quién cantaba.
La familia contestaba mal, porque el miedo siempre contesta mal.
Después venía otra. Más joven, casi siempre.
Miraba la cama, el hogar, los paños de parto.
Preguntaba quién había tocado al niño al nacer.
Quién había guardado dientes. Quién sabía cerrar una sangre demasiado alegre.
Nadie acusaba a nadie al principio. Solo anotaban.
Saren miró la pieza oscura sobre la mesa.
—¿Y luego?
—Luego una mujer despertaba y ya no recordaba la voz de su hermana. Otra dejaba de saber la oración que había dicho durante veinte años. Otra miraba a su hija y no entendía por qué le daba miedo que cantara. A veces se llevaban cuerpos. No siempre. Era más limpio llevarse nombres.
Saren escuchaba sin moverse. Tenía el labio hinchado por dentro. Cada vez que tragaba, la pequeña herida le recordaba que una parte de ella ya figuraba en algún sitio donde nadie le había pedido permiso para entrar.
—A mi madre nunca pudieron quitárselo todo —continuó Léira—. Guardaba cosas. Dientes. Botones. Piedras. Restos pequeños. Supongo que pensaba que lo que se guarda con las manos tarda más en desaparecer.
—¿Eso servía?
Léira tardó en responder.
—Servía para no obedecer del todo.
—No es lo mismo.
—No.
La frase quedó sobre la mesa.
Saren bajó la vista.
—¿Qué eran esas mujeres?
Léira miró la pieza oscura. Miró la sangre de Saren encima.
Pensó en su madre cantando junto al hogar, en Ornia callando lo que sabía, en las mujeres grises cosiendo bocas y en las otras, las viejas de cocina, guardando dientes, piedras y nombres como quien conserva brasas bajo ceniza y luego finge que no queman.
—Brujas —dijo.
La palabra no sonó con orgullo.
Tampoco como una acusación .
Sonó como herencia y como condena.
Por la noche, la casa se apagó lentamente. Léira se recostó junto a Saren y ella permaneció un rato despierta, de espaldas, con la mano cerca de la boca. Después, dormida, su cuerpo buscó calor y se acercó a Léira con una confianza que ya no tenía nombre.
Léira no se movió.
La dejó venir.
Escuchó su respiración, el ruido de la lluvia y, por debajo, a la mujer que había vuelto a ser: despierta, callada, sin nadie a quien decírselo. Pensó en la cueva, todavía abierta, en su madre tocando un diente de leche junto al hogar apagado y en la gota de sangre sobre la pieza oscura.
Por primera vez en treinta y dos años, supo qué era.
Y también supo que no se lo habían quitado solo para que olvidara a su hermano, se lo habían quitado por miedo a que, en algún momento, alguien la ayudara a recordarlo.