La Grieta EPÍLOGO La supervisión
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EPÍLOGO La supervisión

EPÍLOGO La supervisión

La sala olía a humedad, cera apagada y papel viejo.

Había mesas bajas junto a las paredes, tablillas apiladas en montones exactos y cuencos llenos de agua oscura donde la luz de la lámpara temblaba sin llegar a reflejarse del todo.

El aire entraba por las rendijas de una ventana alta y levantaba los bordes de algunos pergaminos sin llegar a desplazarlos, pero el resto permanecía quieto, contenido, como si allí dentro incluso el polvo hubiera aprendido a esperar.

El hombre gris estaba inclinado sobre las tablillas. Llevaba la capucha baja por respeto, no por ocultarse. Aun así, la cicatriz fina seguía cruzándole la barbilla con una claridad desagradable.

Desde el fondo de la sala, alguien observaba.

No estaba sentada. Tampoco era completamente visible.

Se percibía su postura, rígida y paciente, el roce mínimo de una tela que cubría parte de su rostro a la altura de la boca y una quietud tan precisa que hacía parecer demasiado humano todo lo demás: la lámpara, el hombre, el cuero del cartapacio, el agua oscura en los cuencos .

El hombre abrió el cartapacio.

—La de Las Marcas ha recordado.

La figura del fondo no respondió.

Sus manos, todavía mojadas, se movieron sobre una mesa baja. Tocaban los objetos uno a uno, despacio, con una delicadeza arcaica y administrativa a la vez, como si cada resto exigiera un orden distinto antes de poder ser guardado. No había magia visible ni dramatismo en aquel gesto. Solo método.

Un diente de leche.

Un botón infantil.

Una campanilla diminuta.

Una astilla oscura con una gota seca en la superficie.

—La muchacha también consta —dijo el hombre.

La figura siguió tocando los objetos.

—Conserva oficio, caminos, nombres menores. No conserva el vínculo.

El agua de uno de los cuencos onduló levemente, aunque nadie lo había tocado.

—El vínculo fue suficiente pago —añadió él.

La figura abrió la mano lentamente. En la palma quedaban el diente, el botón y la campanilla. Los sostuvo sin apretarlos, como se sostiene algo que aún puede romperse aunque lleve años roto, y después los dejó junto a los demás restos, en una línea tan limpia que casi parecía compasión.

El hombre aguardó un momento más.

—¿Ordeno cerrar el expediente ?

La figura no se movió.

El hombre bajó la mirada al cartapacio, anotó una línea breve y volvió a guardar el punzón.

Después inclinó la cabeza y salió. Cuando la puerta se cerró tras él, el eco llenó la sala durante un instante y luego se apagó entre las tablillas.

La figura del fondo permaneció inmóvil.

Sobre la mesa baja, los restos seguían ordenados: dientes, botones, piedras, campanillas y fragmentos de tela.

Muy lejos de allí, en Las Marcas, una mujer soñaba con su hermano.

Y, por primera vez en treinta y dos años, no lo olvidó al despertar.