XIII. La visita
Dos mañanas después del regreso de la cueva, Saren cogió la chaqueta de Léira sin pedir permiso y se sentó junto a la ventana.
No dijo para qué, pero tampoco hizo falta: había dejado el hilo en la mesa y una aguja clavada en un trozo de tela vieja. Además, tenía esa manera suya de juntar las cejas cuando algo banal le parecía ofensa personal. Léira la observó desde el hogar mientras reforzaba las costuras de la chaqueta.
Saren repasó primero el hombro, luego el puño derecho, después el borde gastado del cuello. Al llegar al botón de hueso, se detuvo.
Lo hizo girar entre los dedos.
—Este botón no es de esta chaqueta —afirmó.
Léira tardó un momento en responder.
—No.
Saren tenía la cabeza inclinada, el pelo cayéndole a un lado de la cara y la aguja detenida entre los dedos. Se quedó esperando una explicación que no llegó .
Léira pudo haberle contado lo de Tornvik: el dulce de miel, la frase del romero, Saren cosiendo junto al fuego con el botón entre los labios. Pudo decirle que lo había comprado ella con su parte de las monedas de Bren, solo porque era feo y porque no todo lo inútil era una estafa, pero no lo hizo.
—Está flojo —dijo Saren.
Dio tres puntadas firmes, cortó el hilo con los dientes y dejó la chaqueta doblada sobre la silla. Luego pasó a otra cosa, como si nada.
Léira salió al porche a respirar.
La mancha de sangre seguía en la madera del porche. Más débil, más oscura, hundida ya en las vetas. La miró hasta que oyó pasos en el camino.
Maura apareció con un pañuelo atado bajo la barbilla y una cesta en el brazo. Venía de Veredås, aunque su cara decía que no pensaba admitir cansancio ni aunque se le cayeran las piernas al suelo. Traía queso, un tarro pequeño de grasa y una bolsa de monedas.
—Bren dice que os pagó poco.
—Bren lloraba tanto que no pudo contar bien.
—También dice que el niño no agarra el pecho.
—¿Y no agarra?
Maura dejó la cesta sobre la mesa.
—Agarra como un perro.
Léira la miró.
La vieja sostuvo su mirada dos segundos antes de apartarse hacia el fuego .
—He venido por otra cosa.
Saren estaba al fondo de la cocina, guardando los hilos. Maura la vio allí, notó algo en su cara pero decidió no preguntar.
—Lo de la lengua —dijo.
Léira no respondió.
—Lo viste.
—Maura.
—No me hables como si viniera a asustarme tarde. Lo vi: una línea fina, negra, recta, debajo de la lengua.
Saren levantó la cabeza.
Léira apoyó la taza en la mesa.
—¿Ena lo sabe?
—Ena mira a su hijo como miran las madres cuando todavía no saben si han sobrevivido o solo han aplazado algo. No se lo he dicho.
—Bien.
—No sé si bien. Sé que lo hice.
La vieja abrió la cesta y sacó el queso, pero no lo puso sobre la mesa. Lo mantuvo entre las manos, como si hubiera olvidado para qué lo llevaba.
—Hay más.
Léira esperó.
—Ena repite tus palabras.
—¿Qué palabras?
Maura la miró con una irritación seca, casi agradecida por tener algo concreto contra lo que empujar .
—Las del niño. Las que dijiste mal.
Saren dejó el carrete de hilo sobre la mesa.
—No las dije mal —dijo Léira.
—Entonces las dijiste distinto. Me da igual cómo prefieras mentirte. Ena las dice junto a la cuna cuando cree que nadie la oye. «Que guarde el deseo donde haya cuidado.» Esa parte. La otra no le sale entera. Dice que se le queda en la boca y que el niño duerme mejor.
El fuego crujió dentro del hogar.
—Eso no debería haberse quedado con ella.
—Pues se quedó.
Maura dejó por fin el queso sobre la mesa.
—Y ayer pasó una mujer gris por Veredås. Se sentó en mi cocina, pidió agua y preguntó quién atendió el parto. Preguntó quién tocó al niño. Preguntó quién dijo la bendición.
Saren no se movió.
—¿Qué contestaste? —preguntó Léira.
—Cualquier cosa.
La vieja se limpió las manos en la falda, aunque no las tenía sucias.
—Le dije que dijiste lo de Lurian, que el niño lloró, que Ena vive y que Bren sigue siendo idiota. Eso último no lo apuntó.
—¿Y te creyó?
—No había venido a creerme. Había venido a escribir.
Durante un momento ninguna habló.
Maura bajó la voz.
—También fue preguntando por el monte .
Léira levantó la vista.
—Un arriero que paró en Veredås al caer la tarde. Venía del puerto y me dijo que había visto gente gris subiendo por el camino viejo, dos, con mulas de carga… también dijo otra cosa.
Saren tenía los dedos apoyados sobre el borde de la mesa.
—¿Qué cosa?
Maura la miró entonces a ella, no a Léira.
—Que habían estado indagando sobre un trapo atado a un espino, una tira de lino con algo oscuro, junto a una grieta en la piedra. Cuando el arriero pasó por allí ya no estaba.
Saren bajó la vista hacia su mano. El pulgar tenía una línea casi cerrada, tan pequeña que podía confundirse con cualquier corte de trabajo.
Ninguna dijo nada al respecto.
—No sé qué habéis hecho. No quiero saberlo.
Fue hasta la puerta, pero se detuvo antes de abrir.
—Ena vive. El niño vive. Eso también cuenta, aunque a veces aquí parezca que solo cuentan las cosas malas.
Maura salió sin despedirse, que era su manera más limpia de no pedir nada a cambio.
Durante un rato, Léira no se movió.
La casa siguió como si la vieja no hubiera dejado allí nada: el fuego bajo, la taza sobre la mesa, Saren al fondo, los hilos guardados en su sitio.
Pero las palabras de Maura permanecieron en la cocina con una terquedad más física que el humo.
El niño dormía mejor. Ena repetía junto a la cuna una frase que no debía saber.
Y una mujer gris había cruzado Veredås para poner nombre a aquello antes de que nadie pudiera fingir que solo era una rareza de parto.
Léira miró sus propias manos.
Su madre había guardado cosas pequeñas. Restos que podían meterse en una bolsa y atarse con un cordón fino, como si el mundo permitiera salvar algo cuando ya no quedaba cuerpo donde ponerlo.
Su madre había cerrado con las manos lo que otros le habían arrancado de la memoria, pero ella había hecho otra cosa.
Había puesto dos dedos sobre la frente de un niño vivo y había dejado salir unas palabras que no eran de Lurian, ni de la casa de Ena, ni de ninguna oración limpia que una madre pudiera repetir sin peligro.
No sabía si aquella línea negra estaba allí antes de sus palabras o si sus palabras solo habían encontrado el lugar exacto donde quedarse.
Pero entendió, con una claridad pobre y suficiente, que algunas cosas no se deshacen después.
Un diente podía guardarse. Una piedra podía volver al fondo de una bolsa.
Una palabra metida en una criatura viva no se sacaba con los dedos.
Quizá nadie sabía sacarla.
Pensó entonces que aquello no empezaba en ella.
Venía de más atrás: de su madre cantando junto al hogar apagado, de Ornia escuchando a la suya detrás de una puerta cerrada, de mujeres que habían aprendido a callarse y aun así dejaban algo pasando de boca en boca cuando el miedo se descuidaba.
Y ahora seguía. En otra casa. En otra cuna. Bajo otra lengua.
Léira cerró los ojos.
Aquella noche, Saren dejó la chaqueta de Léira sobre la silla, con el botón de hueso más firme que antes, y se durmió antes que ella.
Léira esperó hasta que su respiración se volvió honda antes de levantarse. Con la escasa luz de las brasas buscó un retal pequeño en el cesto de costura y lo extendió sobre la mesa. Durante un rato se quedó mirándolo sin tocar nada más.
Después cogió una hebra del mismo hilo con que Saren había reforzado el botón. Era corta, casi inútil. La puso en el centro de la tela.
La dobló una vez. Luego otra.
Sus manos hicieron un nudo antes de que pudiera decidir si aquello era amor, miedo o la forma más vergonzosa de la cobardía.
Guardó el pequeño envoltorio en el fondo del arcón, junto a la bolsita de su madre.
Léira se quedó allí, de rodillas, escuchando a Saren respirar en la habitación.
—De nada —dijo en voz muy baja.
Y volvió a la cama.
Después de aquello, los días pasaron sin noticias: todo parecía en su sitio, solo que Saren no había vuelto. No del todo.
Estaba allí. Dormía en la misma casa, sabía dónde se guardaban los paños, qué cuchillo servía para cortar tallos y cuál para hilo, cuándo había que añadir leña y cuándo bastaba con remover las brasas.
A veces pasaba junto a Léira y el cuerpo tendía hacia ella, por una costumbre que su cabeza ya no recordaba.
Luego se detenía, confusa, como quien ha estado a punto de entrar en una habitación equivocada.
Entonces llamaron a la puerta.
Tres golpes.
Saren levantó la cabeza antes que Léira.
La puerta se abrió sin esperar respuesta y un hombre entró en la cocina.
Llevaba túnica gris y la capucha baja. Una cicatriz fina le cruzaba la barbilla de lado a lado.
No parecía sacerdote, pero vestía la tela del clero: un color sin temperatura, hecho para borrar el cuerpo y dejar solo el cargo.
Tenía las botas limpias, las manos cuidadas, los hombros rígidos y la misma forma de mirarlo todo como si estuviera haciendo un registro.
Su mirada pasó por ellas, por la mesa, por el cuenco, por la ropa tendida cerca del fuego. Al llegar a Saren, se detuvo una fracción de más.
Y ella lo reconoció: la barbilla, la cicatriz, el hombre con el que había chocado al bajar las escaleras del templo, el que se había girado a mirarla como quien anota algo. Ya entonces empezaba a constar.
—Comadrona Léira —dijo, inclinándose ligeramente—. Busco información sobre una niña. Hace treinta y dos años.
Léira dejó el cuenco sobre la mesa.
Sus manos no temblaron. Sus ojos no cambiaron. Cada gesto era mentira, y Saren lo notó sin saber por qué: el dedo que no terminaba de soltarse del borde de la madera, la respiración contenida en la parte alta del pecho, la mandíbula quieta.
—La sacerdotisa dijo que quizá habías empezado a recordar.
Saren miró a Léira. Léira ni siquiera parpadeó.
Entonces comprendió algo terrible, no con la memoria, sino con el pecho: aquel hombre no venía a preguntar. Venía a comprobar.
—¿Quién eres? —preguntó Saren.
—Alguien que lleva demasiado tiempo limpiando errores ajenos.
Léira soltó aire por la nariz.
—Entonces debes de estar cansado.
—Mucho.