XII. El patio
Saren seguía de pie junto a la piedra. Aguardaba una respuesta. Léira dijo su nombre.
Lo dijo una vez. Luego otra, porque la primera pareció quedarse en el aire sin encontrar sitio donde agarrarse.
Saren escuchó con atención, como se escucha a una desconocida que no parece peligrosa del todo, pero tampoco familiar.
Miró el bosque, la grieta, la falda manchada de polvo de Léira, sus manos, su cara.
Después recogió la bolsa del suelo con un gesto tan suyo que, durante un instante, Léira estuvo a punto de creer que todo había sido un mal sueño.
No lo fue.
Empezaron a bajar cuando el sol ya había pasado el centro del cielo.
La ladera se inclinaba entre hayas viejas, raíces mojadas y piedras sueltas.
Léira caminaba delante al principio, pero enseguida redujo el paso para ponerse a su altura.
Saren intentaba no acercarse demasiado. A veces la miraba de reojo con una prudencia casi educada, como si intentara unir una cara a un nombre recién aprendido .
Durmieron esa noche bajo un saliente de roca, sin fuego.
Saren se envolvió en la manta y se quedó de espaldas a ella, con la bolsa entre las dos como si aquella distancia hubiera sido acordada por alguien que ninguna recordaba.
Léira permaneció despierta mucho tiempo, escuchando la respiración de la muchacha y el monte cerrándose alrededor.
Al día siguiente siguieron bajando.
Recordaba el camino.
Recordaba la bolsa.
Recordaba cómo colocar el peso en la bajada para no resbalar.
Recordaba, incluso, que no debía entrar en la cueva.
Pero no recordaba por qué aquella mujer caminando a su lado la miraba así.
Hicieron un alto junto a un muro medio vencido por las raíces.
Léira dejó la bolsa en el suelo y se sentó encima de una roca plana.
Saren permaneció de pie unos segundos antes de sentarse enfrente.
La piedra todavía estaba caliente. Más abajo sonaban cencerros.
Léira bebió agua del odre y se limpió la boca con el dorso de la mano.
Saren observó el gesto con una atención casi incómoda. No habría sabido decir por qué, pero algo en aquella mujer hacía que no terminara de ser una extraña.
—¿Me has dicho tu nombre? —preguntó.
Léira levantó los ojos hacia ella.
—¿Qué eres tú? —insistió Saren—. Para mí .
No supo qué contestar que no fuera mentira o le hiciera daño: que había sido su maestra, que dormía a su lado o que se bañaban juntas en el arroyo. Nada de eso cabía ya en la cabeza de Saren, y meterlo allí a la fuerza habría sido otra forma de entrar donde no la llamaban.
—Alguien que te conocía —dijo al fin.
Saren asintió despacio. Aquello no la tranquilizó, pero le bastó, de momento, porque no tenía nada mejor. Había en ella una confianza vieja cuyo origen ya no encontraba.
Siguieron caminando poco después.
La aldea apareció entre los árboles al final de la tarde: primero el humo de las chimeneas, luego los tejados oscuros, después los cercados de piedra y los corrales. Al bajar la última pendiente, Léira sintió el olor reconocible de las casas: ceniza, estiércol mojado, sopa hirviendo en algún sitio.
Entraron por el camino bajo, el que daba al patio común del barrio. Había ropa tendida entre dos postes y un niño sentado en el suelo, jugando con una rueda rota. Al verlas pasar, levantó la cabeza y salió corriendo hacia una de las casas.
Antes de llegar a la puerta de la cabaña, una mujer las llamó desde el otro lado del patio.
—¡Léira!
Las dos se giraron. Era Tova, la vecina de la casa roja, con la frente sudada y las manos todavía mojadas.
—Ha empezado ya —dijo, sin aliento—. Creíamos que faltaban días, pero ha roto aguas hace una hora y no baja.
Las dos se miraron mientras la mujer seguía hablando .
—El niño viene torcido, creo. Está sangrando más de lo normal.
Léira dejó la bolsa en el suelo. El cuerpo entendió el trabajo antes que la cabeza.
—Pon agua a hervir —dijo—. Y busca paños limpios.
La mujer asintió y echó a correr. Saren ya estaba abriendo la bolsa cuando Léira llegó a su lado.
Le tendió las vendas, el hilo y las agujas sin que ninguna de las dos tuviera que pedir nada.
Todo ocurrió con esa naturalidad de las cosas hechas demasiadas veces: la mujer expuesta, los paños bajo el brazo, ella cruzando el umbral sin mirar atrás.
El parto duró más de una hora: respiraciones cortadas, agua moviéndose en un barreño, órdenes breves, el llanto de la mujer cuando llegó el momento de empujar de verdad.
Mientras atendía el parto, no había huecos extraños en mitad de las frases ni aquella otra presencia asomándose detrás de los ojos. Solo una mujer moviéndose alrededor de un cuerpo abierto, colocando las manos donde debían ir, haciendo lo que había hecho siempre.
Saren supo cuándo acercar agua antes de que se lo pidieran. Supo qué paño estaba limpio y cuál no servía ya. Supo distinguir el grito malo del grito útil. Todo aquello seguía dentro de ella, entero, obediente.
Cuando el niño lloró, Saren cerró los ojos un instante.
Después oyó la bendición de Lurian, la fórmula dicha en su orden, sin palabras cambiadas ni tropiezos.
No sintió alivio. Sintió algo más pobre: la comprobación de que aquella mujer seguía sabiendo salvar vidas aunque ya no pudiera devolverle la suya.
El sol bajaba detrás de las casas cuando Léira salió al patio con sangre en las manos hasta casi los codos. Sangre fresca, todavía brillante en algunos dedos. La luz caía sobre la grava blanca y le devolvía reflejos suaves a la piel mojada.
Saren se levantó de la piedra.
Fue hasta el cántaro que había junto al pozo, llenó un vaso y se lo tendió sin decir nada. Léira bebió despacio. Tenía la cara cansada, el pelo pegado a la nuca y una mancha pequeña de sangre en la manga.
Saren dejó el vaso en el suelo y cogió un trapo limpio del borde del pozo. Lo mojó, lo escurrió una vez entre las manos y levantó la vista hacia ella.
El gesto bastó.
Léira extendió las manos.
Saren empezó por la derecha. Le limpió la sangre del dorso, luego los dedos, uno por uno, pasó el trapo por la cicatriz blanca del pulgar, entre las articulaciones, bajo las uñas, por los pliegues donde la sangre empezaba ya a secarse.
Lo hizo con una precisión que no parecía aprendida, sino devuelta.
Léira permanecía quieta mientras ella trabajaba, dejando hacer, observando cómo el agua rojiza iba cayendo gota a gota sobre la grava del patio.
Después la izquierda .
La tarde seguía cayendo detrás de las casas. Había voces al otro lado del patio, alguien riéndose, un cubo golpeando piedra, el niño recién nacido llorando otra vez dentro de la casa.
Cuando terminó, Saren levantó la mirada.
En sus ojos no quedaba nada de aquel reconocimiento, ni la costumbre de la cama, ni su manera de enfadarse primero para no asustarse después.
Y, aun así, sus manos habían sabido limpiar las de Léira siguiendo el orden exacto: dedos, palmas, muñecas.
Como si una parte de ella conservara la tarea después de haber perdido el motivo.
—Gracias —dijo Léira.
Saren asintió con una cortesía casi insoportable.
—No hay de qué.
No había crueldad en su voz. No había reproche. Tampoco amor. Solo una mujer cansada ayudando a otra.
Léira sintió entonces a la otra. No la cosa de la cueva: aquella seguía monte arriba, respirando contra el sello. La otra era ella misma, la mujer que le habían cerrado de niña y que había vuelto a abrirse allí dentro. No hablaba. No pedía. No le devolvía a Saren.
Estaba.
Saren dejó el trapo sobre el borde del pozo y se apartó un paso.
Las dos se quedaron en el patio.