XI. Dentro
Léira cruzó de lado por la grieta, con una mano apoyada en el borde del sello y el cuerpo girado lo justo para no quedarse encajada.
Aun así, el hombro rozó el material oscuro y también la mejilla.
La primera vez, treinta y dos años atrás, el sello le devolvió un frío de pozo, una temperatura ajena al verano, a la sombra y a la piedra; ahora estaba tibio, casi como la piel de alguien que hubiera dormido dos días bajo una manta.
Se detuvo un instante, más por precisión que por miedo, y después pasó al interior.
La luz de fuera quedó reducida detrás de ella a una abertura gris.
La cámara era más pequeña de lo que recordaba.
El techo bajaba enseguida, obligándola a inclinar un poco la cabeza, y el aire le produjo un rechazo inmediato: olía a piedra seca, a polvo quieto y a algo vivo demasiado tiempo sin haber necesitado pulmones.
La luz que entraba por la grieta se posaba en el suelo como un charco de agua sucia y apenas alcanzaba a reflejarse en la pared del fondo.
Dio unos pasos despacio, pasando la mano por la roca interior. Allí sí era roca: fría, áspera, normal. El suelo estaba seco y marcado por hendiduras finas, arañazos pequeños, señales de algo que había estado allí sin moverse.
Fue entonces cuando vio los huesos contra la pared del fondo, pequeños, limpios, dispuestos con un orden que no podía deberse al azar.
Las costillas. El fémur. La curva del cráneo vuelta hacia un lado. Los huesos finos de una mano cerca del pecho. Allí no había ropa, restos de carne, huellas de animales ni señales de agua. Tampoco parecía que nadie hubiera querido enterrarlo.
Léira se arrodilló junto a él. El suelo le enfrió las rodillas a través de la falda.
Llevaba media vida metiendo las manos en cuerpos abiertos, contando dedos, sangrados, placentas, piezas mal colocadas bajo la piel, niños que venían de espaldas y madres que se iban antes de que nadie quisiera decirlo.
Sabía mirar materia humana sin apartarse y separar lo que era horror de lo que era trabajo.
Aquello era su hermano. También eran huesos.
Tocó una costilla con la punta de los dedos, con el cuidado inútil de quien aún teme romper lo que ya ha sido roto del todo.
—Lirenn —dijo.
El nombre quedó un momento entre las paredes antes de desaparecer. La cueva lo recibió sin eco distinto, sin movimiento en la piedra, sin una sola respuesta que pudiera parecer consuelo.
Era el cráneo más pequeño que recordaba haber visto. Lirenn había vuelto entero a su memoria como cuando corría, protestaba, la seguía, se enfadaba por no poder meter el dedo en la grieta; allí, en cambio, ocupaba poco. Un niño de diez años ocupa poco cuando le retiras todo salvo los huesos.
Léira apoyó la palma en el suelo y el polvo se le pegó a la piel.
No entendió la cueva. No entendió lo que había dentro ni por qué había esperado tantos años con una paciencia infinita.
Solo entendió algo, mucho más pequeño y mucho peor: ella había abierto el sello, ella había entrado primero y ella había vuelto.
Lirenn, no.
La cueva no le ofrecía una razón, y sin razón no había sitio donde apoyar la culpa para que doliera menos. Solo quedaban los huesos pequeños, el polvo en la mano.
Durante más de tres décadas había vivido encima de aquel hecho sin saberlo: cortó pan, dobló ropa, abrió cuerpos, bendijo recién nacidos, enterró mujeres, durmió junto a Saren, recordó tonterías y olvidó lo único que debería haberle partido la vida en dos.
Entonces lloró.
No fue agradable. Lo sintió primero por la espalda, luego por la garganta y al final por la boca.
Léira lloró sentada junto a los huesos, con una mano abierta sobre el suelo y la otra cerrada en la falda, sin cubrirse la cara, sin intentar hacer menos ruido, dejando que el aire saliera roto porque en aquella cueva ya no quedaba nadie a quien proteger de aquello.
Cuando terminó, se mantuvo un rato inclinada hacia delante. Respiraba mal. Tenía la cara mojada y la nariz llena de polvo. Después se enderezó despacio, con el cansancio exacto de quien no ha resuelto nada pero ha dejado de poder mentirse.
Miró el cráneo de Lirenn y le puso dos dedos en la frente, el mismo gesto con que había tocado a tantos niños al nacer, aunque allí la forma llegara tarde.
Abrió la boca y las palabras salieron antes de que pudiera buscarlas, en una lengua que no había aprendido y que, aun así, no le sonó ajena dentro del pecho.
—Elaen vhalé. Lirenn vae. Sura mon.
No habría podido traducir aquellas palabras. Tampoco quiso intentarlo. El cuerpo entendió lo suficiente: despedida, nombre, deuda. No absolución.
La cueva las recibió sin responder.
Léira retiró la mano y esperó que algo se aflojara dentro de ella, que el nombre de su hermano, al volver, colocara el dolor en un sitio soportable.
Pero no fue la pena. Lo que se aflojaron fueron las puertas.
Empezó muy adentro, en un sitio que no recordaba tener: primero el camino hasta la cueva con su hermano, que llevaba treinta y dos años sin poder encontrar; luego el sello, el frío, la cara de Lirenn.
Y debajo, cosas que no eran recuerdos: el peso de una palabra vieja en la boca, la manera en que las manos sabían girar una cabeza que no debía girar, lo que se abre y lo que se cierra en el cuerpo de otra persona.
La sacerdotisa no le había cerrado solo al hermano. Le había cerrado eso: lo que había entrado con su linaje .
La presencia seguía donde había estado siempre, al otro lado de la piedra que no era piedra.
Vieja. Quieta. No la quería a ella, solo había rozado una vez a una niña lo bastante abierta para dejarla pasar, y por aquel roce le cosieron por dentro todas las puertas.
Lo que sentía ahora no era la cosa de la cueva.
Era ella misma.
Apoyó una mano en la pared para no caer. Entonces supo qué tenía que hacer con los huesos.
No fue una idea. Fue una certeza física, igual que en Veredås, igual que cuando sus manos giraron una cabeza que no debía girar.
Se inclinó sobre Lirenn. Durante unos segundos no pudo ni tocarlo.
Había abierto mujeres vivas y había cerrado mujeres muertas; había limpiado sangre de muslos, de sábanas, de suelos, de niños que lloraban y de niños que no llegaron a hacerlo.
Pero aquello era distinto. Aquello era su hermano.
Y lo que iba a hacer con él no era enterrarlo.
Era usarlo.
Cogió uno de los huesecillos de la mano, una pieza fina, seca, ligera como una raíz vieja.
Al separarlo de los otros, el orden del cuerpo se rompió de una forma mínima y definitiva.
Léira cerró los ojos y lo colocó junto a la base del sello, en el punto donde la grieta entraba en la cueva como una línea negra.
Después puso encima la piedrecita que había recogido del suelo.
Piedra sobre hueso. Hueso sobre abertura.
Las palabras volvieron, más bajas.
—Elaen vhalé. Sura mon. Edrain .
El aire cambió y la respiración en la cueva se hizo más difícil. Un hueso de niño y una piedra contra una puerta que llevaba años abriéndose sola. Aguantaría, pero no sabía cuánto.
Saren.
El nombre le cruzó el cuerpo antes que la voz. Se levantó con prisas, se golpeó el hombro contra la roca y avanzó hacia la salida con una mano en la pared. La abertura gris seguía allí, estrecha, viva de luz. Desde dentro, el mundo parecía más lejos.
—Saren —gritó.
La voz le salió rota.
Al otro lado no hubo respuesta.
Cruzó de lado por la grieta, raspándose la mejilla y el hombro contra el borde tibio del sello. El aire del bosque le golpeó la cara con olor a hojas mojadas y tierra abierta. Después de la cueva, tuvo que cerrar un momento los ojos.
—Saren.
Saren estaba sentada en la piedra, donde le había dicho que esperase. Tenía los ojos rojos y la cara aún húmeda, pero estaba tranquila. Levantó la cabeza al oír la voz.
Léira fue hacia ella. Necesitaba sus brazos. Necesitaba que la sostuviera como la última noche en la cabaña, sin preguntar, sin palabras que llegaran tarde.
Saren se puso de pie despacio.
La miró acercarse con una atención educada, cada vez más tensa.
Léira se detuvo a un paso .
Lo entendió ahí. En los ojos que la recorrían sin engancharse en nada. En la mano que no subía a buscarla. En el cuerpo entero, cortés y cerrado.
Aquello era lo que se había cerrado en otra parte.
Saren se limpió la cara con el dorso de la mano, sin terminar de entender por qué la tenía mojada. Miró el bosque, la grieta, a la mujer que tenía delante.
—¿Quién eres?