X. La grieta
Salieron de la cabaña con la primera luz.
Léira cerró la puerta sin echar el cerrojo y echó a andar hacia el monte por donde el valle se estrechaba y las casas se acababan pronto.
La cueva no quedaba cerca: sin saberlo entonces, había puesto dos días de camino entre aquella entrada y la vida que se construyó después.
El primer día discurrió entre caminos de carro y aldeas que se miraban con desconfianza desde las dos orillas de un río. Saren no preguntó por qué iban tan lejos ni por qué Léira conocía el camino sin dudar una sola vez. Durmieron al raso, al borde de un hayedo.
Al amanecer se lavaron en un arroyo antes de seguir.
Saren se agachó dentro de la corriente para quitarse el barro y el sueño y, al echarse la melena hacia atrás, vio a Léira mirándola desde la orilla, solo un instante.
Ella le sonrió, una curva cansada en la boca, pero todavía suya, todavía limpia de aquella otra cosa que llevaba días moviéndose detrás de sus ojos.
Saren se quedó quieta dentro del agua un momento más, porque ese gesto le dolió igual que duelen las cosas que uno empieza a echar de menos antes de haberlas perdido.
El sendero empezó a subir entre hayas viejas. Léira iba delante, apartando ramas con la mano, subiendo la ladera con una energía extraña, sin quejarse del cansancio, del barro ni del frío. La bolsa le golpeaba el costado a cada paso.
Saren la miró caminar delante durante un buen rato. Reconocía la inclinación de los hombros, el modo en que cargaba el peso en la pierna derecha cuando el camino se endurecía. La mujer que caminaba delante seguía siendo ella, pero algo había cambiado.
Saren carecía de palabras para entenderlo y tampoco las buscó.
Su cuerpo llevaba dos días reconociendo algo raro dentro de la mujer con la que compartía cama: una tensión distinta en los silencios, una manera nueva de quedarse quieta, una atención que parecía asomarse desde una profundidad desconocida.
Las hayas crecían torcidas en aquella parte del monte, con las raíces rompiendo la tierra mojada.
Léira se detuvo de pronto y se sentó junto a una raíz gruesa, apoyando la espalda en el tronco.
Saren dejó la bolsa en el suelo y se sentó enfrente.
Durante un rato no hablaron. El bosque hacía sus ruidos pequeños alrededor de ellas: agua bajando en algún sitio más abajo, matorrales movidos por animales escondidos y las copas de los árboles arrulladas por el viento.
Después levantó la vista y la miró directamente por primera vez en dos días .
Saren sintió un nudo seco en el pecho. Los ojos seguían siendo los de Léira: el mismo color, las mismas pequeñas líneas en las comisuras, la misma forma de sostener la mirada un segundo de más. Pero había algo detrás, asomándose desde dentro.
Aquello la entristeció más de lo que la asustó.
—No me mires así —dijo Léira.
La voz seguía siendo completamente suya.
Saren tragó saliva.
—No sé cómo te estoy mirando.
Léira apoyó los antebrazos sobre las rodillas y bajó la cabeza un momento antes de hablar.
—Si no salgo, te vuelves sola.
Sintió rabia al oír aquello.
—Vas a salir.
Léira no respondió.
Se levantó primero y siguió caminando monte arriba. Saren recogió la bolsa y fue detrás.
La cueva apareció a media mañana.
No estaba en ningún sitio especial, y eso le molestó.
Esperaba otra cosa: árboles muertos, piedra negra, un lugar que avisara desde lejos.
Pero la entrada aparecía simplemente allí, en mitad de una pared gris cubierta de raíces y espino, igual que un agujero olvidado por cualquiera.
Solo al acercarse entendió que algo fallaba en el aire.
El bosque seguía alrededor, aunque parecía haberse quedado esperando .
Léira se acercó despacio al sello.
Saren comprendió enseguida que aquello no era piedra, aunque tuviera su color. Era demasiado liso, demasiado perfecto. Las vetas oscuras bajo la superficie parecían inmóviles hasta que la mirada se cansaba sobre ellas.
Y la grieta estaba abierta de verdad.
Subía desde el suelo hasta media altura del sello, irregular, negra, más ancha de lo que ella había descrito. No parecía rota, parecía cansada de resistir.
Léira apoyó la mano junto a la abertura.
—Ha seguido abriéndose.
Saren miró la grieta desde donde estaba.
—¿Desde entonces?
Léira asintió muy despacio.
Entonces entendió algo: aquello no se había abierto de golpe. La grieta tenía la paciencia de las cosas enterradas durante años, de lo que no rompe una puerta porque puede pasarse años respirando junto a ella.
Léira retiró la mano del sello y se volvió hacia ella.
—Quédate fuera.
Saren abrió la boca para discutir, pero la petición llegó con una voz que no le dejó sitio a la respuesta. No sonaba autoritaria ni asustada. Sonaba muy cansada.
—¿Dónde?
Léira señaló una piedra unos metros más atrás.
—Ahí .
Saren miró la entrada otra vez. Luego volvió a ella.
—Sal —le ordenó Saren.
Léira dejó la bolsa junto a la pared de roca y se quitó la chaqueta. La dobló una vez antes de dejarla encima, como si todavía existiera un mundo donde las cosas pequeñas siguieran teniendo orden. Después se acercó.
Saren creyó por un momento que iba a besarla, pero solo le rozó el brazo con dos dedos.
—Si oyes algo, no entres.
Saren negó.
—No me pidas eso.
Los ojos de Léira volvieron a sostenerla un instante. Los suyos y los otros. Los dos allí.
—No entres —repitió.
Saren le sostuvo la mirada un instante más. Después se agachó, sacó de la bolsa una tira estrecha de lino y se hizo un corte mínimo en el pulgar con la punta de la navaja. Léira dio un paso hacia ella.
—¿Qué haces?
Saren apretó la tela contra la herida hasta mancharla.
—Dejar constancia.
Ató el lino a una raíz seca junto al sello, donde pudiera verlo cualquiera que se acercara a la entrada.
—Si no sales, alguien sabrá que no viniste sola.
—Saren.
—No estoy entrando.
La frase no sonó obediente .
Atravesó la grieta de lado, apoyando una mano en el borde del sello para no golpearse el hombro al pasar. La oscuridad se la tragó enseguida, sin ruido, sin resistencia, como si llevara años esperándola únicamente a ella.
Saren se quedó quieta unos segundos antes de sentarse en la piedra. Desde allí solo veía la entrada.
El tiempo empezó a perder bordes casi enseguida. Vio moverse la luz entre las ramas, pero no supo si habían pasado minutos o una mañana entera hasta que se descubrió escuchando su propia respiración.
El bosque había dejado de sonar.
Ya no había pájaros ni viento ni ramas moviéndose sobre ella. Solo la entrada de la cueva abierta en la roca y aquel silencio saliendo desde dentro con una presencia que parecía física.
Entonces oyó su voz.
No entendió las palabras. Solo la voz, baja, rota por la piedra, desde algún punto detrás de ella.
Saren se inclinó hacia delante sin pensar. Las piernas se tensaron bajo la falda, las manos se cerraron sobre la tela y durante un instante todo su cuerpo quiso levantarse e ir hacia la voz.
No lo hizo.
«No entres.»
La frase seguía allí, más firme que ella.
Le temblaban las manos. Notó las lágrimas cuando ya le bajaban por la cara, se las limpió con rabia usando la manga y volvió a sentarse en la piedra, con la boca seca, los dedos cerrados sobre la tela de la falda.
El frío del pecho volvió entonces con más claridad. Saren apretó una mano contra el esternón, como si pudiera sujetar desde fuera algo que empezaba a ceder por dentro.
Se quedó mirando la grieta mientras el silencio seguía saliendo de la cueva, y por primera vez entendió que obedecer también podía ser una forma de perder a alguien.